SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA © JOSÉ CARVAJAL

 


Ejercer cualquier tipo de crítica literaria a veces resulta incómodo por la sensibilidad de algunos autores dispuestos a defender su trabajo a capa y espada. Los métodos de críticas varían según el medio de difusión. En estos tiempos digitales y de redes sociales se impone la brevedad que por lo general no satisface las aspiraciones del crítico ni las expectativas del autor que recibe la opinión acerca de su obra.

Las modalidades de hoy son el comentario y la reseña, dejando a los académicos el estudio profundo en caso que les interese la obra en cuestión, cosa que tarda mucho en suceder o nunca ocurre.

Edmund Wilson observó alguna vez que «las reseñas pueden ser de cierto interés para el autor, si sabe cómo leerlas; pero no será capaz de averiguar en ellas demasiado sobre el valor de su obra [...] teniendo siempre presente que quizá, en toda su vida, nunca llegue a apreciarse la verdadera excelencia o la mala calidad de lo que ha escrito».

Más adelante, Wilson propone que el autor «debe leer las reseñas que le han hecho no como el veredicto de un Tribunal Supremo de críticos, sino como una serie de opiniones realizada por personas con diferentes grados de inteligencia que por casualidad han tenido algún tipo de contacto con el libro. Considerándolo desde este punto de vista, se puede aprender algo de ellas, aunque sea de forma ocasional».

Hay críticas literarias que responden a la prisa del periodismo; otras precisan de una aproximación reposada como lo requiere una revista especializada dirigida a un público exigente; y una más que busca perpetuarse o acercarse a los niveles de calidad y aceptación de la obra. Aún así, sin ánimo de sonar tajante, lo cierto es que de una obra mediocre no se puede esperar una crítica brillante, por más que el crítico lo intente. En esos casos, lo mejor es dejarla pasar, aguardar por una mejor, aunque la mayoría de las obras literarias son indudablemente mediocres, y por lo tanto, no merecen salvo los comentarios complacientes de los amigos de juergas para que la fiesta siga en paz.

De las clasificaciones de la crítica en el pasado destacan las enumeradas por el estudioso Carmelo M. Bonet en su libro «La crítica literaria». Ese desglose va desde la crítica dogmático-hedonista, la comprensiva de Madame de Staël y la biográfica de Sainte-Beuve, hasta la determinista de Taine y la evolucionista de Ferdinand Brunetière, además de la impresionista y la estilística.

En cada uno de aquellos tipos de críticas prevalecía la intención del crítico, y quizá la más invasiva era la de Sainte-Beuve, porque como sugiere Bonet, iba más allá de la obra, extendiendo la pesquisa a miembros de la familia del autor con el propósito de comprobar «la tesis de que la psicología de un escritor se aclara y define mediante el estudio de sus consanguíneos».

Sainte-Beuve también tomaba en cuenta las circunstancias familiares, económicas o de otra índole alrededor del escritor durante la elaboración de su obra. Aunque tal vez a salvo por razones de temporalidad de la pluma de Sainte-Beuve, Marcel Proust —que nació dos años después de la muerte del influyente crítico del siglo XIX— rechazó el método de aquel y eso lo llevó a escribir varios ensayos que a su fallecimiento aparecieron entre sus papeles y después como libro póstumo (inconcluso) bajo el título «Contra Sainte-Beuve». Para Proust, lo que ocurre en una obra de ficción no debería de confundirse jamás con la vida real del escritor. La contraposición me recuerda la de Aristóteles con su maestro Platón al momento de definir las funciones de la poesía y del poeta («No tiene el poeta como función relatar lo que ha sucedido, sino lo que puede suceder...»).

Al interpretar la intención crítica de Sainte-Beuve, Bonet subraya que «a menudo la situación económica determina el tono de la obra y hasta la elección del género y de los asuntos. El rico se inclina hacia el arte desinteresado, el pobre hacia el beligerante». Y apunta con cierta prudencia que «la crítica biográfica es sobre todo eficaz para juzgar a escritores desaparecidos, vale decir de ciclo ya cerrado. Aplicada a contemporáneos, es difícil no malearla con elementos espurios, con preocupaciones personales. El mismo Sainte-Beuve lo prueba: fue, como Perrault en su tiempo, harto complaciente con figuras que la posteridad ha olvidado».

La crítica dogmática-hedonista se remonta a Aristóteles, por lo que «en un estudio sobre crítica no debe omitirse el nacimiento de la "Poética"». Sin embargo, el recorrido desde ese punto de partida propuesto por Bonet, hasta el método de Sainte-Beuve, propicia un encuentro con los juicios críticos de Horacio, Zoilo, Aristarco, Longino, Dante, Cicerón, Quintiliano, Tácito... Ya en ellos «gusto y dogma se confunden, se identifican, y entonces la crítica se afianza, pierde la movediza condición de médano que tenía cuando fundada sólo en el placer». A Zoilo se le atribuye flagelación «a poetas como Homero y filósofos como Platón apoyándose en el gusto, en un gusto pervertido por la bilis o por la mala entraña».

De la crítica comprensiva practicada por Madame Staël se desprende que «antes de juzgar es necesario comprender» y señalar rumbos después de juzgar y explicar la obra. «La crítica del siglo XIX que inicia con Mme. de Staël, la estimación valorativa, el vale o no vale, pierde terrero», escribió Bonet en su citado libro.

El método de Hyppolyte Taine se asoma a la ventana de Sainte-Beuve, pero insatisfecho con este, el crítico determinista consideraba que «la obra literaria no era un mero juego de la imaginación, el capricho aislado de un cerebro excitado, sino la transpiración de las costumbres contemporáneas, la manifestación de un cierto tipo de mente. Sacóse en conclusión que era posible recuperar en los monumentos de la literatura conocimientos sobre el modo en que los hombres pensaban y sentían siglos ha». Así lo escribió en 1864 en la introducción a su «Historia de la literatura inglesa».

En el caso de Ferdinand Brunetière, pues este creía en la evolución de los géneros literarios, de tal manera, que hasta tituló así una de sus obras («La evolución de los géneros literarios», publicada en 1890). Allí explora el parecido que según él tienen aquellos con los géneros biológicos, a partir de que surgen, crecen o desarrollan, y mueren como los seres humanos.

No quiero terminar sin decir algo de las críticas impresionista y estilística, entre las enumeradas por Bonet. La impresionista es la más común en nuestra época, y no debe sorprendernos que por lo general corona los métodos críticos en países subdesarrollados; casi siempre aparece como artículo o reseña en periódicos o publicaciones afines; está sujeta al gusto personal del lector-reseñador y no al valor intrínseco de la obra; de ahí que una obra mala pueda ser calificada de buena y hasta convertirse en «bestseller» local, si los lectores apelan solo a su gusto, al entusiasmo, o incluso a la simpatía por el autor, y nunca a un análisis profundo, ya que para leer (pobremente) cualquier libro no es necesario ser un experto en literatura. Dar una impresión acerca de una obra no es lo mismo que estudiarla o entender sus méritos para poder valorarla en el nivel que le corresponde.

La crítica estilística que surgió en las primeras décadas del siglo XX gracias a eruditos alemanes (Leo Spitzer, Helmut Hatzfeld, Karl Vossler…) busca todo lo contrario de la dogmática y la impresionista. El interés primordial es examinar el texto con la intención de explorar primero el estilo particular del escritor, el lenguaje que este utiliza como herramienta indispensable y singular, y la forma en que está escrita la obra; todo a partir de un conocimiento profundo de filología y de historia de la literatura. Uno de los mejores ejemplos de este tipo de crítica en nuestro idioma es el estudio de Dámaso Alonso sobre «Soledades» de Góngora. Citado por Bonet, Hatzfeld reconoció que «Góngora nos ha sido realmente descubierto y descifrado por primera vez (en una delicadísima prosificación) con la publicación de «Soledades», editada por Dámaso Alonso». Más adelante, menciona las particularidades tomadas en cuenta por el filólogo español en Góngora: «sabor pomposo, ornamental, recargado»; «imágenes de formación personal»; «halago de los sentidos»; «metáforas vulgares o imágenes insignes», etc.

A lo señalado por Hatzfeld me permito agregar el resultado de mi curiosa mirada al ejemplar original de «Soledades» de Alonso para compartir por acá solamente los apartados que componen dicho estudio titulado «Claridad y belleza de las Soledades», publicado en 1927 por Revista de Occidente. Los apartados son: 1.- Las soledades, centro del gongorismo; 2.- Las soledades y la crítica; 3.- Contenido novelesco de las soledades; 4.- Valor lírico: no épico; 5.- Motivos naturales; 6.- Naturaleza y poesía renacentista; 7.- Metáforas vulgares; 8.- Metáforas vulgares e imágenes insignes; 9.- Imágenes de creación personal; 10.- Halago de los sentidos; 11.- El color; 12.- El sonido; 13.- Musicalidad de los versos; 14.- Hipérboles; 15.- Contenido polimórfico; 16.- Barroquismo; 17.- Dificultad de las soledades; 18.- Dificultades vencibles e invencibles; 19.-Claridad. Belleza.

Concluyo con palabras que ya he dicho en otras ocasiones: dichoso debe sentirse el escritor contemporáneo que tropieza con un crítico; como dichoso también el crítico que encuentra una obra digna de criticar.

©José Carvajal


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