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miércoles, mayo 8

“LA MUERTE EN CUATRO” O EL INCENDIO DEL PENSAMIENTO por Pedro Ovalles


Natacha Batlle, Hato Mayor, 1984. Licenciada en publicidad, artista plástica y maestra. Egresada de la Universidad APEC y de la Escuela Nacional de Bellas Artes. fue miembro del círculo literario El Viento Frío. Es editora y creadora de Colecciones Colibrí, donde ha publicado las antologías Vetas de Fuego y Germinar sobre el asfalto.
Ganadora de varios premios en los géneros de cuento y poesía a nivel regional en 2013 y 2016, y Premio Joven de Poesía de la Feria Internacional del Libro 2017 con Inerte sobre la gota. Su primer libro, Bajo la piel de la aguja, fue publicado en 2013. Sus textos se recogen en diversas antologías nacionales e internacionales y en otros medios.

Pedro Ovalles Pérez. Fundador y co-fundador de los liceos Monte de la Jagua y Moca. Director del colegio Porfirio Morales, de Moca. Director en Liceos Vespertino y Nocturno del Distrito Municipal Monte de la Jagua. Profesor y Escritor. Trabajó en Escuela Andrés Bello. Estudió Maestría y Especialidad en Gestión y Administración de Centros Educativos en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Estudió Gestor Educativo en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Jurado de los Premios Funglode.


Natacha Batlle y Alexis Gómez Rosa

Es innegable que la buena literatura siempre provoca extrañeza como bien lo expresa Harold Bloom en el "Canon Occidental". Como arte, la literatura explora la condición humana y pone a prueba los signos y los símbolos de la época, por lo que el lenguaje literario se vuelve un abanico de posibilidades interpretativas, permitiéndole al sujeto lector reencontrarse con su condición primordial: su libertad y sus otras condiciones diversas, análogas y contradictorias a la vez.
Leer un texto literario de incuestionable calidad artística, con un lenguaje novedoso, impactante, es como tener en las manos un trofeo: el valor se triplica en la medida que es natural que el texto nos traiga a la memoria otras creaciones consagradas como textos permanentes a través de los tiempos cuya novedad sigue y seguirá siendo nueva, parodiando a Ezra Pound.
El texto valor subyuga al lector, le escarba su pensamiento, le despierta su condición humana. En la lectura, su ser se vuelve un hervidero y un viajero perpetuo de sí mismo y, al viajar a su centro, al mismo centro de sus tragedias y sus triunfos, se incendia su reflexibilidad y se dispone alzar alas y avanzar, para en esa búsqueda encontrarse y reencontrarse a cada instante con lo que él es y no es a la vez. Es ahí que cada instante se torna una eternidad: nos creemos eternos porque sentimos la plenitud de lo creado para luego sabernos mortales en medio de angustias y sueños truncos.
La buena literatura nos recrea y nos hace ser el otro que soñamos, a la vez que nos reconstruye el mundo a partir de ese otro que llevamos por dentro. Esa provocación, ese arrebato, esa arremetida que le hacemos al lenguaje, no es más que la respuesta que le damos a él mismo al desnudarnos de arriba a abajo para sentirnos atiborrados de infinitas posibilidades de intuir el mundo y sus cosas, los fenómenos y a nosotros mismos cuando nos autopercibimos como se sienten los dioses: plenos de poderes y lúcidos de horizontes, en un decir y en un disentir permanentes.
Todo lo anterior se ha expresado para poder abordar el texto que hoy nos reúne aquí: "La muerte en cuatro" -otra vez la muerte-, autora Natacha Batlle. Lo primero que hay que decir es que estamos ante un texto-valor, quizás el poemario más importante escrito en los últimos tiempos en nuestro país. Por lo que debo hacer algunas confesiones antes de emitir otros juicios. La primera es que antes de ponerme en contacto con los otros dos jurados, sentí la necesidad de leerlo y de releerlo varias veces. La segunda es que cuando de forma individual hice el cruce de los poemarios que teníamos seleccionados, "La muerte en cuatro" -otra vez la muerte-, los tres lo habíamos seleccionado y dos lo teníamos de primera, quiere decir que ponernos de acuerdo en ese sentido fue fácil. Y lo tercero es que el poemario duró en mi cabecera varias semanas, porque lo fui releyendo muy lentamente poema por poema y hasta de madrugada tenía que volver a tomar el poemario.

Pedro Ovalles y Natacha Batlle

Innegablemente, impacta desde el principio. Expresé desde el inicio de esta exposición que todo texto de calidad incuestionable nos trae a la memoria otros textos cánones. Pues desde el comienzo me pasó eso. Los siguientes versos, después de leérselos, les diré qué poemario me vino a la memoria. Cito: "Yo nací un lunes/el mundo resacado/a la hora más recia/todos eran sombra/de vísceras adornando la acera...". "Nací un día/en que las mujeres pintaban sus labios por deporte/mi madre cruzó medio oeste y parió un punto negro en el océano./Así nací/como un arcoiris trillado en el ocaso./Ella cuenta que mis cabellos eran tan largos/que las olas se perdían entre mis bucles/fui tormenta de arenas...". (Fragmento del poema: "Biografía").
Si continuamos leyendo todo ese poema que le da apertura al poemario, a todo lo largo del mismo nos trae a la memoria a Yelidá de Tomás Hernández Franco. El poema termina con estos cinco versos: "...nací un día en que Piyiya/recibía más pan/que yo palabras./La verdad es que se siente extraño salir de mí/y arrojar lo que queda en la llovizna". Esa epicidad con que la autora le da comienzo a al poemario en cuestión, se configura a través de un lenguaje que presenta unas características especiales y comunes a los grandes poemas de la historia literaria universal.

Oigamos esas características, comunes, repito, a todos los grandes poemas universales, según mi humilde opinión: 1) Cohesión semántica. 2) Vuelo lírico-reflexivo invariable a todo lo largo del texto. 3) Densidad poética. 4) Intuición bien acertada. 5) Sensación de término o de completud de cada parte o del poemario en su totalidad. 6) Imágenes novedosas. 7) Sintaxis también novedosa que denota un lenguaje inusual.
El siguiente breve poema que leeré a continuación es una muestra fehaciente de lo anterior expresado. Oigamos: "Con la mano llena de pájaros/la piel es el borde del vaso que se rompe/desde la rueda que nos rueda/hasta el abismo que es tu ojo cargado de mares/desde la roca que muere el vientre/hasta los fantasmas que pueblan los labios/desde la hoja que habita la gota/hasta la nariz que inunda las nubes/con la magia calcinada./Con la mano llena de pájaros/vuela la mirada revuelta en los muertos/que no se ha ido".
A todo lo largo del poemario encontramos poemas y versos que dejan una aguda extrañeza, un nivel de artisticidad sorprendente, imágenes hermosísimas. Oigamos algunas: 1)"Se me ha metido un adiós en el ojo/y mi párpado agita sus entrañas/para hacer ondear el mar". 2)"...la vida cabe en un puño/y se estrella tras la puerta/cuando la vida se vuelve puñal/y se adentra en la piel a liberar a la muerte". 3) Se me ha metido un adiós en el ojo/un adiós que sólo sabe de ruinas/y deja su voz estridente dibujar surcos de penas/que van a humedecerte los labios".
A la vez de ser todo el poemario un solo clamor, producto de un especial desamparo ontológico, es un grito de impotencia. Es una imprecación contra un orden, circunstancias o instantes quemantes ante un barullo de sensaciones que desembocan en el mencionado desamparo ontológico: crisis del ser en el mismo centro de una fuerte e impostergable voluntad de ser. La autora declara insuficientes las palabras. Su voz se doblega ante los enigmas del entorno y de su propia condición de mortal, ineludiblemente expuesta al horrible azar.
Este mundo, su hábitat es un hervidero de incógnitas, y ante esa desarmonía, entre sus sueños y su mundo, cruda realidad, indomable a veces, la autora grita, grita a través de un silencio muy decidor, mudez poética que estalla en exploraciones intuitivas que hablan con las miradas y rompen con la voz las barreras de lo arcano: se abre caminos en las sombras para proclamar la luz, configuración de su universo, expresión ineludible de su ser inconforme con el mundo objetivo y a la vez con sus múltiples valencias y contradicciones. Los siguientes versos lo dicen todo: "Creo que he errado/con las anteriores palabras/porque debo subrayar/que todo un mundo se me ha metido en el ojo/y para ello/sobran las palabras" (Final del poema: "Abarrotado").
Continuamos diciendo que el poemario es un dolor de ser en la impotencia de no ser lo deseado. Sugiere el regreso al origen, a su primigenio otro dolor, definitivamente no ser, vacuidad del Todo y anhelo de volver al Uno para no seguir deambulando hasta perder los colores. Ay sí, "Una vida que se vuelva vientre...", "Luego de ser pisada por el mundo ", para decirlo con las propias palabras de la autora. Los siguientes versos son muy enfáticos con relación a lo expresado anteriormente: "Búscate una vida/Una amarillenta/que juegue al sacrificio/y abandone tus ramas en otoño/que deambule en el viento hasta perder sus colores". La autora sigue su curso por su extrañeza y al reiterar su dolor, su inconformidad en la misma senda en búsqueda de encontrar respuestas a su calvario intuitivo, lo hace con un lenguaje poético que causa escozor en el pensamiento al reflexionar en medio de la intuición y el arcano a desentrañar. Asimismo manifiesta la alternativa que le queda y se hace a sí misma un llamado ferviente y dice: "Búscate una vida/Bibuja sus bordes en un charco de lluvia./Piensa sus cabellos de yegua viajera".
Todo el poemario presenta una densidad poética de dimensión erótica. De ahí que el misterio del significado del título ("La muerte en cuatro" -otra vez la muerte-), se explica exactamente por esa condición erótica que tiene todo el texto. Los poemas titulados: “Monedas”, "Taciturno", "Las sombras se han bebido mis palabras", entre otros más, nos dan la clave. "Taciturno" es uno de los poemas más hermosos que tiene el libro, el cual he leído varias veces y no me canso de seguirlo releyendo. Uno de los textos poéticos más logrados en lo artístico y en lo lingüístico que he leído en las últimas décadas.
En conclusión, si alguien me preguntara sobre el argumento que tuve para seleccionar en mi caso particular "La muerte en cuatro" -otra vez la muerte-, de una vez le diría lo siguiente:

Las razones son: Posee un lenguaje visiblemente innovador, el cual estructura un universo poético compacto a través de un ritmo sólido y estable, dulce y sugestionador, configurado con novedosas imágenes que exorcizan la intuición, llevando y regresando al lector a una extrañeza única. Desde el inicio hasta el final, mantiene un vuelo poético que no decae en ningún momento, dando una sensación de placer, de plenitud y de singularidad lingüística que en cada lectura que se le dé invita a más lecturas. De ahí que desata un arrebato sensorio-conceptual que provoca los sentidos y el pensamiento. Su densidad poética, aunada a la pericia en el uso de la lengua, hace posible la multivocidad en una permanente y delirante contradicción indefinida del sentido, engendrando una emocionante dialéctica lectural que termina conmocionando la lengua-cultura del sujeto lector.

MUCHAS GRACIAS POR SU ATENCIÓN
MOCA, 03 DE MAYO DE 2019

Los poetas Edwin Solano Reyes, Natacha Batlle, Silvia y Leibi


viernes, marzo 1

G. H. Wells

G. H. Wells



«El amor es la cosa
más grande de todas,
mucho más que
la misma fama.»

H. G. Wells

CONOZCO A JHUMPA LAHIRI,

Escritora Jhumpa Lahiri
(Traducido con GOOGLE. Abajo el enlace original)

Lahiri ganó el premio Pulitzer 2000
Beca Guggenheim en 2002.

El Namesake se trata de ser un inmigrante indio en América, cuando la familia Ganguli deja Calcuta y se establece en Cambridge, Massachusetts.

Extracto: 'El homónimo'
JHUMPA LAHIRI

'El homónimo' de Jhumpa Lahiri

1.

1968

En una tarde pegajosa de agosto, dos semanas antes de su fecha de parto, Ashima Ganguli se encuentra en la cocina de un apartamento de la Plaza Central, combinando arroz Krispies y plantadores de cacahuetes con cebolla roja picada en un tazón. Agrega sal, jugo de limón, finas rodajas de chile verde, deseando que haya aceite de mostaza para verter en la mezcla. Ashima ha estado consumiendo esta mezcla a lo largo de su embarazo, una humilde aproximación de la merienda que se vendió por unos centavos en las aceras de Calcuta y en las plataformas ferroviarias de toda la India, derramándose desde los conos de los periódicos. Incluso ahora que apenas hay espacio dentro de ella, es lo único que ella anhela. Degustando de una palma ahuecada, frunce el ceño; Como siempre, falta algo. Ella mira fijamente el tablero de clavijas detrás de la encimera donde cuelgan sus utensilios de cocina, todos ligeramente cubiertos de grasa. Se limpia el sudor de la cara con el extremo libre de su sari. Sus pies hinchados duelen contra el linóleo gris manchado. Le duele la pelvis por el peso del bebé. Abre un armario, los estantes alineados con un sucio papel a cuadros amarillos y blancos que ha querido reemplazar, y toma otra cebolla, frunciendo el ceño otra vez mientras tira de su crujiente piel magenta. Un calor curioso inunda su abdomen, seguido de un apretón tan severo que se duplica, jadeando sin sonido, dejando caer la cebolla con un golpe en el suelo.

La sensación pasa, solo para ser seguida por un espasmo de incomodidad más duradero. En el baño descubre, en sus calzoncillos, una racha sólida de sangre marrón. Ella llama a su esposo, Ashoke, un candidato a doctorado en ingeniería eléctrica en el MIT, que está estudiando en el dormitorio. Se inclina sobre una mesa de juego; En el borde de la cama, dos colchones gemelos colocados juntos bajo una batik roja y púrpura extendida, sirve como su silla. Cuando ella llama a Ashoke, ella no dice su nombre. Ashima nunca piensa en el nombre de su marido cuando piensa en su marido, aunque sabe perfectamente bien qué es. Ella ha adoptado su apellido, pero se niega, por el bien de la propiedad, a pronunciar el primero. No es el tipo de cosas que hacen las esposas bengalíes. Como un beso o caricia en una película hindi, un marido. El nombre de s es algo íntimo y, por lo tanto, tácito, hábilmente parcheado. Y así, en lugar de decir el nombre de Ashoke, pronuncia el interrogativo que viene a reemplazarlo, que se traduce aproximadamente como "¿Me estás escuchando?"

Al amanecer, se llama a un taxi para que los lleve por las calles abandonadas de Cambridge, subiendo por Massachusetts Avenue y pasando Harvard Yard, hasta el hospital Mount Auburn. Ashima se registra y responde preguntas sobre la frecuencia y la duración de las contracciones, a medida que Ashoke completa los formularios. Está sentada en una silla de ruedas y empujada a través de los pasillos brillantes y bien iluminados, se metió en un ascensor más espacioso que su cocina. En la planta de maternidad, se la asigna a una cama junto a una ventana, en una habitación al final del pasillo. Se le pide que se quite el sari de seda de Murshidabad a favor de un vestido de algodón floreado que, para su leve vergüenza, solo llega a sus rodillas. Una enfermera ofrece plegar el sari pero, exasperada por los seis patios resbaladizos, termina metiendo el material en la maleta azul pizarra de Ashima. Su obstetra, el Dr. Ashley, ferozmente guapo en una especie de lord Mountbatten, con un fino cabello de color arena arrastrado desde sus sienes, llega para examinar su progreso. La cabeza del bebé está en la posición correcta, ya ha comenzado su descenso. Le dicen que todavía está en trabajo de parto temprano, tres centímetros dilatado, comenzando a desaparecer. "¿Qué significa, dilatado?" pregunta, y la Dra. Ashley levanta dos dedos, y luego los separa, explicando lo inimaginable que su cuerpo debe hacer para que pase el bebé. El proceso llevará algún tiempo, le dice la Dra. Ashley; Dado que este es su primer embarazo, el parto puede durar veinticuatro horas, a veces más. Ella busca la cara de Ashoke, pero él se ha puesto detrás de la cortina que el doctor ha dibujado. "Volveré", le dice Ashoke a ella en bengalí, y luego una enfermera agrega: "Don ' No se preocupe, señor Ganguli. Ella tiene un largo camino por recorrer. Podemos tomar el mando desde aquí ".

Ahora está sola, cortada por las cortinas de las otras tres mujeres en la habitación. El nombre de una mujer, que ella recoge de las conversaciones, es Beverly. Otra es Lois. Carol miente a su izquierda. "Maldita sea, maldita sea, esto es el infierno", escucha uno de ellos decir. Y luego una voz de hombre: "Te amo, cariño". Palabras que Ashima no ha escuchado ni espera escuchar de su propio esposo; Así no es como son. Es la primera vez en su vida que duerme sola, rodeada de extraños; toda su vida ha dormido en una habitación con sus padres o con Ashoke a su lado. Desea que las cortinas estuvieran abiertas, para poder hablar con las mujeres estadounidenses. Tal vez uno de ellos haya dado a luz antes, pueda decirle qué esperar. Pero ella ha recogido que los estadounidenses, a pesar de sus declaraciones públicas de afecto, A pesar de sus minifaldas y bikinis, a pesar de que están en la calle y apoyados uno encima del otro en el Cambridge Common, prefieren su privacidad. Extiende sus dedos sobre el tenso y enorme tambor en el que se ha convertido su medio, preguntándose dónde están los pies y las manos del bebé en este momento. El niño ya no está inquieto; durante los últimos días, aparte del aleteo ocasional, ella no ha sentido un golpe, una patada o una presión contra sus costillas. Se pregunta si es la única persona india en el hospital, pero una leve contracción del bebé le recuerda que, técnicamente hablando, no está sola. Ashima cree que es extraño que su hijo nazca en un lugar donde la mayoría de las personas ingresa, ya sea para sufrir o para morir. No hay nada que la consuele en las baldosas blanquecinas del suelo, los paneles blanquecinos del techo, Las sábanas blancas metidas firmemente en la cama. En la India, piensa para sí misma, las mujeres van a casa con sus padres para dar a luz, lejos de sus esposos y suegros y cuidados familiares, y se retiran brevemente a la infancia cuando llega el bebé.

Comienza otra contracción, más violenta que la anterior. Ella grita, presionando su cabeza contra la almohada. Sus dedos agarran los rieles fríos de la cama. Nadie la oye, ninguna enfermera se apresura a su lado. Se le ordenó que cronometrara la duración de las contracciones y, por lo tanto, consulta su reloj, un bonito regalo de sus padres, se deslizó sobre su muñeca la última vez que los vio, en medio de la confusión y las lágrimas del aeropuerto. No fue hasta que estuvo en el avión, volando por primera vez en su vida en un BOAC VC-10 cuyo ascenso ensordecedor veintiséis miembros de su familia habían visto desde el balcón en el aeropuerto de Dum Dum, cuando estaba a la deriva. partes de la India en las que nunca había puesto un pie, y aún más lejos, fuera de la misma India, había notado el reloj entre la cabalgata de brazaletes matrimoniales en ambos brazos: hierro, oro, coral, caracola. Ahora, además, lleva un brazalete de plástico con una etiqueta mecanografiada que la identifica como paciente del hospital. Ella mantiene la esfera del reloj girada hacia el interior de su muñeca. En la parte posterior, rodeada por las palabras impermeable, antimagnética y protegida contra golpes, sus iniciales casadas, AG, están inscritas.

Los segundos americanos hacen tictac encima de su punto del pulso. Durante medio minuto, una banda de dolor se envuelve alrededor de su estómago, irradiando hacia su espalda y derribando sus piernas. Y luego, de nuevo, de alivio. Ella calcula el tiempo indio en sus manos. La punta de su pulgar golpea cada peldaño de las escaleras marrones grabadas en el dorso de sus dedos, luego se detiene a la mitad del tercero: hay nueve horas y media por delante en Calcuta, ya de noche, a las ocho y media. En la cocina del apartamento de sus padres en la calle Amherst, en este mismo momento, una sirvienta está sirviendo té después de la cena en vasos humeantes, colocando galletas Marie en una bandeja. Su madre, muy pronto para ser abuela, está de pie ante el espejo de su tocador, desenredando el cabello hasta la cintura, aún más negro que el gris, con sus dedos. Su padre se acurruca sobre su mesa inclinada manchada de tinta junto a la ventana, dibujando, fumando, escuchando la Voz de América. Su hermano menor, Rana, estudia para un examen de física en la cama. Ella imagina claramente el piso de cemento gris de la sala de estar de sus padres, siente su frío constante incluso en los días más calurosos. Una enorme fotografía en blanco y negro de su difunto abuelo paterno se asoma en un extremo contra la pared de yeso rosa; En el lado opuesto, una alcoba protegida por cristales nublados está llena de libros y papeles y las latas de acuarela de su padre. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. Escuchando la Voz de América. Su hermano menor, Rana, estudia para un examen de física en la cama. Ella imagina claramente el piso de cemento gris de la sala de estar de sus padres, siente su frío constante incluso en los días más calurosos. Una enorme fotografía en blanco y negro de su difunto abuelo paterno se asoma en un extremo contra la pared de yeso rosa; En el lado opuesto, una alcoba protegida por cristales nublados está llena de libros y papeles y las latas de acuarela de su padre. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. Escuchando la Voz de América. Su hermano menor, Rana, estudia para un examen de física en la cama. Ella imagina claramente el piso de cemento gris de la sala de estar de sus padres, siente su frío constante incluso en los días más calurosos. Una enorme fotografía en blanco y negro de su difunto abuelo paterno se asoma en un extremo contra la pared de yeso rosa; En el lado opuesto, una alcoba protegida por cristales nublados está llena de libros y papeles y las latas de acuarela de su padre. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. sala de estar, siente su frío sólido bajo los pies incluso en los días más calurosos. Una enorme fotografía en blanco y negro de su difunto abuelo paterno se asoma en un extremo contra la pared de yeso rosa; En el lado opuesto, una alcoba protegida por cristales nublados está llena de libros y papeles y las latas de acuarela de su padre. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. sala de estar, siente su frío sólido bajo los pies incluso en los días más calurosos. Una enorme fotografía en blanco y negro de su difunto abuelo paterno se asoma en un extremo contra la pared de yeso rosa; En el lado opuesto, una alcoba protegida por cristales nublados está llena de libros y papeles y las latas de acuarela de su padre. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. latas de acuarela. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive. latas de acuarela. Por un instante, el peso del bebé desaparece, reemplazado por la escena que pasa ante sus ojos, solo para ser reemplazado una vez más por una franja azul del río Charles, gruesas copas de los árboles verdes, coches que se deslizan hacia arriba y hacia abajo en Memorial Drive.

En Cambridge son las once de la mañana, ya a la hora del almuerzo en el día acelerado del hospital. Una bandeja con jugo de manzana caliente, gelatina, helado y pollo frito al horno se lleva a su lado. Patty, la amable enfermera con el anillo de compromiso de diamantes y una franja de cabello rojizo debajo de su gorra, le dice a Ashima que consuma solo la gelatina y el jugo de manzana. Es igual de bien. Ashima no habría tocado el pollo, aunque hubiera sido permitido; Los estadounidenses comen su pollo en su piel, aunque Ashima ha encontrado recientemente un amable carnicero en Prospect Street dispuesto a quitárselo. Patty viene a esponjar las almohadas, ordenar la cama. El Dr. Ashley asoma en su cabeza de vez en cuando. "No hay necesidad de preocuparse", él grita, colocando un estetoscopio en el vientre de Ashima, dándole palmaditas en la mano, admirando sus diversas pulseras. " Todo se ve perfectamente normal. Estamos esperando un parto perfectamente normal, señora Ganguli ".

Pero nada se siente normal a Ashima. Durante los últimos dieciocho meses, desde que llegó a Cambridge, nada se ha sentido normal en absoluto. No es tanto el dolor, que ella sabe, de alguna manera, sobrevivirá. Es la consecuencia: la maternidad en un país extranjero. Una cosa era estar embarazada, sufrir las mañanas en la cama, las noches de insomnio, el latido sordo en su espalda, las innumerables visitas al baño.

A lo largo de la experiencia, a pesar de su creciente incomodidad, se sorprendió por la capacidad de su cuerpo para hacer la vida, exactamente como lo habían hecho su madre y su abuela y todas sus bisabuelas. Que sucediera tan lejos de casa, no supervisado ni observado por aquellos a quienes amaba, lo había hecho aún más milagroso. Pero está aterrorizada de criar a un niño en un país donde no está relacionada con nadie, donde sabe muy poco, donde la vida parece tan tentativa y escasa.

"¿Qué tal un poco de caminata? Te puede hacer bien", le pregunta Patty cuando viene a limpiar la bandeja del almuerzo.

Ashima levanta la vista de una copia hecha jirones de la revista Desh que había traído para leer en su viaje en avión a Boston y todavía no puede tirar a la basura. Las páginas impresas de tipo bengalí, ligeramente ásperas al tacto, son un consuelo perpetuo para ella. Ella ha leído cada uno de los cuentos, poemas y artículos una docena de veces. Hay un dibujo a pluma y tinta en la página once de su padre, un ilustrador de la revista: una vista del horizonte de North Calcutta esbozado desde el techo de su apartamento en la brumosa mañana de enero. Se había parado detrás de su padre mientras lo dibujaba, observándolo mientras se agachaba sobre su caballete, un cigarrillo colgando de sus labios, sus hombros envueltos en un chal negro de Kashmiri.

"Sí, está bien", dice Ashima.

Patty ayuda a Ashima a levantarse de la cama, se mete uno a uno los pies en zapatillas y se pone un segundo camisón sobre los hombros. "Solo piensa", dice Patty mientras Ashima se esfuerza por pararse. "En uno o dos días tendrás la mitad del tamaño". Ella toma el brazo de Ashima cuando salen de la habitación, hacia el pasillo. Después de unos pocos pies, Ashima se detiene, sus piernas tiemblan cuando otra ola de dolor recorre su cuerpo. Ella sacude la cabeza, sus ojos se llenan de lágrimas. "No puedo."

"Puedes. Aprieta mi mano. Aprieta tan fuerte como quieras".

Después de un minuto continúan, hacia la estación de enfermeras. "¿Esperando un niño o una niña?" Patty pregunta.

"Mientras haya diez dedos y diez dedos", responde Ashima. Para estos detalles anatómicos, estos signos particulares de la vida, son los que ella tiene más dificultades para imaginar cuando se imagina al bebé en sus brazos.

Patty sonríe, un poco demasiado ampliamente, y de repente Ashima se da cuenta de su error, sabe que debería haber dicho "dedos" y "dedos de los pies". Este error le duele casi tanto como su última contracción. El inglés había sido su tema. En Calcuta, antes de casarse, estaba trabajando para obtener un título universitario. Solía ​​dar clases particulares a los escolares del vecindario en sus hogares, verandas y camas, ayudándoles a memorizar a Tennyson y Wordsworth, a pronunciar palabras como signo y tos, a comprender la diferencia entre la tragedia aristotélica y shakesperiana. Pero en bengalí, un dedo también puede significar dedos, dedos de los pies.

Un día después de la tutoría, la madre de Ashima la recibió en la puerta, le dijo que fuera directamente a la habitación y se preparara; Un hombre esperaba verla. Fue el tercero en tantos meses. El primero había sido viudo con cuatro hijos. El segundo, un caricaturista del periódico que conocía a su padre, fue atropellado por un autobús en Esplanade y perdió su brazo izquierdo. Para su gran alivio ambos la habían rechazado. Tenía diecinueve años, en medio de sus estudios, sin prisas por ser una novia. Y así, obedientemente, pero sin expectativa, se había desenredado y se había deshecho de su cabello, se había limpiado el kohl que había manchado debajo de sus ojos, se había acariciado un poco de Cuticura en polvo sobre la piel. El gran sari verde loro que plisaba y se metía en su falda le había sido colocado en la cama por su madre. Antes de entrar en la sala de estar, Ashima se había detenido en el pasillo. Podía escuchar a su madre decir: "Le gusta cocinar, y puede tejer extremadamente bien. En una semana terminó con esta chaqueta de punto que estoy usando".

Ashima sonrió, divertida por la venta de su madre; Le había llevado casi un año terminar la chaqueta de punto, y aún así su madre había tenido que hacer las mangas. Mirando hacia el piso donde los visitantes solían quitarse las zapatillas, notó, junto a dos juegos de chappals, un par de zapatos de hombre que no se parecían a ninguno que hubiera visto en las calles y tranvías y autobuses de Calcuta, o incluso en las ventanas. de bata. Eran zapatos marrones con tacones negros y cordones de color blanquecino y costuras. Había una banda de agujeros del tamaño de una lenteja grabados a cada lado de cada zapato, y en las puntas había un bonito dibujo pinchado en el cuero como con una aguja. Mirando más de cerca, vio el nombre del zapatero escrito en el interior, en letras de oro que casi se habían desvanecido: algo e hijos, decía. Ella vio el tamaño, ocho y medio, y las iniciales EE. UU. Y mientras su madre continuaba cantando sus alabanzas, Ashima, incapaz de resistir un impulso repentino y abrumador, se puso los zapatos a sus pies. El persistente sudor de los pies de la dueña se mezclaba con el de ella, haciendo que su corazón se acelerara; era lo más cercano que había experimentado al toque de un hombre. El cuero estaba arrugado, pesado, y aún cálido. En el zapato izquierdo, ella había notado que uno de los cordones entrecruzados había perdido un agujero, y este descuido la tranquilizó. y todavia caliente En el zapato izquierdo, ella había notado que uno de los cordones entrecruzados había perdido un agujero, y este descuido la tranquilizó. y todavia caliente En el zapato izquierdo, ella había notado que uno de los cordones entrecruzados había perdido un agujero, y este descuido la tranquilizó.

Extrajo los pies, entró en la habitación. El hombre estaba sentado en una silla de ratán, con sus padres posados ​​en el borde de la cama gemela donde su hermano dormía por la noche. Era un poco regordete, de aspecto académico pero todavía joven, con gafas negras de montura gruesa y una nariz prominente y afilada. Un bigote pulcramente recortado conectado a una barba que cubría solo su barbilla le daba un aire elegante, vagamente aristocrático. Llevaba calcetines marrones, pantalones marrones y una camisa a rayas verdes y blancas y miraba con tristeza sus rodillas.

Él no levantó la vista cuando ella apareció. A pesar de que ella estaba consciente de su mirada cuando cruzaba la habitación, en el momento en que logró robarle otra mirada, una vez más se mostró indiferente, concentrado en sus rodillas. Se aclaró la garganta como para hablar pero luego no dijo nada. En cambio, fue su padre quien habló, diciendo que el hombre había ido a St. Xavier y luego a BE College, graduándose en primera clase de ambas instituciones. Ashima se sentó y alisó los pliegues de su sari. Ella sintió que la madre la miraba con aprobación. Ashima medía cinco pies y cuatro pulgadas, era alta para una mujer bengalí, noventa y nueve libras. Su tez estaba en el lado oscuro de la feria, pero había sido comparada en más de una ocasión con la actriz Madhabi Mukherjee. Sus uñas eran admirablemente largas, sus dedos, como los de su padre, artísticamente delgados. Preguntaron por sus estudios y le pidieron que recitara algunas estrofas de "Los narcisos". La familia del hombre vivía en Alipore. El padre era un oficial de trabajo para el departamento de aduanas de una compañía naviera. "Mi hijo ha estado viviendo en el extranjero durante dos años", dijo el padre del hombre, "obteniendo un doctorado en Boston, investigando en el campo de la fibra óptica". Ashima nunca había oído hablar de Boston, o de fibra óptica. Se le preguntó si estaba dispuesta a volar en un avión y luego si era capaz de vivir en una ciudad caracterizada por inviernos severos y nevados, sola. El padre del hombre dijo: "obtener un doctorado en Boston, investigando en el campo de la fibra óptica". Ashima nunca había oído hablar de Boston, o de fibra óptica. Se le preguntó si estaba dispuesta a volar en un avión y luego si era capaz de vivir en una ciudad caracterizada por inviernos severos y nevados, sola. El padre del hombre dijo: "obtener un doctorado en Boston, investigando en el campo de la fibra óptica". Ashima nunca había oído hablar de Boston, o de fibra óptica. Se le preguntó si estaba dispuesta a volar en un avión y luego si era capaz de vivir en una ciudad caracterizada por inviernos severos y nevados, sola.

"¿No estará allí?" preguntó, señalando al hombre cuyos zapatos había ocupado brevemente, pero que todavía no le había dicho nada.

Fue solo después del compromiso que ella había aprendido su nombre. Una semana después, se imprimieron las invitaciones, y dos semanas después de eso, ella fue adornada y ajustada por innumerables tías, innumerables primos que la rodeaban. Estos fueron sus últimos momentos como Ashima Bhaduri, antes de convertirse en Ashima Ganguli. Sus labios se oscurecieron, su frente y mejillas salpicadas de pasta de sándalo, su cabello enrollado, atado con flores, se mantuvo en su lugar por cien alfileres de alambre que tardarían una hora en eliminarse una vez que la boda hubiera terminado. Su cabeza estaba cubierta con una red escarlata. El aire estaba húmedo y, a pesar de los pasadores, el cabello de Ashima, el más grueso de todos los primos, no se extendía. Llevaba todos los collares, gargantillas y brazaletes que estaban destinados a vivir la mayor parte de sus vidas en una caja de seguridad extra grande en una bóveda de un banco en Nueva Inglaterra. A la hora designada, ella estaba sentada en una piri que su padre había decorado, había levantado cinco pies del suelo y se había reunido con el novio. Se había ocultado la cara con una hoja de betel en forma de corazón, con la cabeza inclinada hacia abajo hasta que lo había rodeado siete veces.

A ocho mil millas de distancia, en Cambridge, ha venido a conocerlo. Por las noches, ella cocina para él, con la esperanza de complacerlo, con el azúcar, la harina, el arroz y la sal sin raciones, notablemente inmaculados, que ella había escrito a su madre en su primera carta a casa. A estas alturas, ella ha aprendido que a su marido le gusta su comida del lado salado, que lo que más le gusta del cordero al curry son las papas, y que a él le gusta terminar su cena con una pequeña porción de arroz y dal. Por la noche, acostado a su lado en la cama, él la escucha describir los acontecimientos de su día: su paseo por la avenida Massachusetts, las tiendas que visita, los Hare Krishnas que la acosan con sus folletos, los conos de helado de pistacho que ella misma trata de en Harvard Square. A pesar de su escaso salario de estudiante graduado, reserva dinero para enviarlo a su padre cada pocos meses para ayudar a poner una extensión en la casa de sus padres. Él es fastidioso acerca de su ropa; su primera discusión había sido sobre un suéter que había encogido en la lavadora. Tan pronto como llega a casa desde la universidad, lo primero que hace es colgar su camisa y sus pantalones, ponerse un pijama con cordón y un jersey si hace frío. Los domingos pasa una hora ocupada con sus latas de lustradores de zapatos y sus tres pares de zapatos, dos negros y uno marrón. Los marrones son los que había estado usando cuando fue a verla por primera vez. Al verlo con las piernas cruzadas en los periódicos extendidos en el suelo, moviendo intensamente un cepillo sobre el cuero, siempre le recuerda su indiscreción en el pasillo de sus padres.

En otro piso del hospital, en una sala de espera, Ashoke se encorva sobre un Boston Globe de hace un mes, abandonado en una silla vecina. Lee sobre los disturbios que tuvieron lugar durante la Convención Nacional Demócrata en Chicago y sobre el Dr. Benjamin Spock, el doctor de bebés, que fue sentenciado a dos años de cárcel por amenazar a los evasores de los abogados. El Favre Leuba atado a su muñeca corre seis minutos por delante del gran reloj de cara gris en la pared. Son las cuatro y media de la mañana. Una hora antes, Ashoke había dormido profundamente, en su casa, el lado de la cama de Ashima cubierto con exámenes que había estado calificando a altas horas de la noche, cuando sonó el teléfono. Ashima estaba completamente dilatada y fue llevada a la sala de partos, había dicho la persona en el otro extremo. Al llegar al hospital le dijeron que ella estaba empujando, que podría ser cualquier minuto ahora. En cualquier momento. Y, sin embargo, parecía que solo el otro día, una mañana de invierno color acero, cuando las ventanas de la casa estaban llenas de granizo, ella había escupido su té, acusándolo de confundir la sal con el azúcar. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. Eso fue lo primero que la había hecho sospechar, y luego el médico lo había confirmado, y luego él se despertaba con los sonidos, todas las mañanas cuando ella iba a lavarse los dientes, de sus arcadas. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. Y, sin embargo, parecía que solo el otro día, una mañana de invierno color acero, cuando las ventanas de la casa estaban llenas de granizo, ella había escupido su té, acusándolo de confundir la sal con el azúcar. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. Eso fue lo primero que la había hecho sospechar, y luego el médico lo había confirmado, y luego él se despertaba con los sonidos, todas las mañanas cuando ella iba a lavarse los dientes, de sus arcadas. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. Y, sin embargo, parecía que solo el otro día, una mañana de invierno color acero, cuando las ventanas de la casa estaban llenas de granizo, ella había escupido su té, acusándolo de confundir la sal con el azúcar. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. Eso fue lo primero que la había hecho sospechar, y luego el médico lo había confirmado, y luego él se despertaba con los sonidos, todas las mañanas cuando ella iba a lavarse los dientes, de sus arcadas. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. En la mañana, cuando las ventanas de la casa estaban llenas de granizo, ella escupió el té y lo acusó de confundir la sal con el azúcar. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. Eso fue lo primero que la había hecho sospechar, y luego el médico lo había confirmado, y luego él se despertaba con los sonidos, todas las mañanas cuando ella iba a lavarse los dientes, de sus arcadas. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. En la mañana, cuando las ventanas de la casa estaban llenas de granizo, ella escupió el té y lo acusó de confundir la sal con el azúcar. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. Eso fue lo primero que la había hecho sospechar, y luego el médico lo había confirmado, y luego él se despertaba con los sonidos, todas las mañanas cuando ella iba a lavarse los dientes, de sus arcadas. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. Para demostrar que tenía razón, tomó un sorbo del dulce líquido de su taza, pero ella insistió en su amargura y la vertió en el fregadero. 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Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té. Antes de irse a la universidad, dejaba una taza de té al lado de la cama, donde ella yacía apática y silenciosa. A menudo, al regresar por las noches, la encontraba todavía allí, sin tocar el té.

Ahora necesita desesperadamente una taza de té para sí mismo, al no haber podido hacer una antes de salir de la casa. Pero la máquina en el corredor solo sirve café, en el mejor de los casos, en vasos de papel. Se quita sus gafas de montura gruesa, ajustadas por un optometrista de Calcuta, las pule con el pañuelo de algodón que siempre guarda en el bolsillo, A para Ashoke bordada por su madre con un hilo azul claro. Su pelo negro, normalmente peinado hacia atrás cuidadosamente de su frente, está despeinado, partes de él en el extremo. Él se para y comienza a caminar como lo hacen los otros padres expectantes. Hasta ahora, la puerta de la sala de espera se ha abierto dos veces, y una enfermera ha anunciado que uno de ellos tiene un niño o una niña. Hay apretones de manos alrededor, palmadas en la espalda, antes de que el padre sea escoltado. Los hombres esperan con cigarros, flores, libretas de direcciones, botellas de champán. Fuman cigarrillos, picando en el suelo. Ashoke es indiferente a tales indulgencias. No fuma ni bebe alcohol de ningún tipo. Ashima es la que guarda todas sus direcciones, en un pequeño cuaderno que lleva en su bolso. Nunca se le ha ocurrido comprar flores a su esposa.

Regresa al Globo, todavía paseando mientras lee. Una leve cojera hace que el pie derecho de Ashoke se arrastre casi imperceptiblemente con cada paso. Desde su infancia, tiene el hábito y la capacidad de leer mientras camina, sosteniendo un libro con una mano en su camino a la escuela, de una habitación a otra en la casa de tres pisos de sus padres en Alipore, y subiendo y bajando las escaleras de arcilla roja. . Nada lo despertó. Nada lo distraía. Nada le hizo tropezar. Como adolescente había pasado por todos los Dickens. También leyó a los autores más nuevos, Graham Greene y Somerset Maugham, todos comprados en su puesto favorito en College Street con dinero de pujo. Pero sobre todo amaba a los rusos. Su abuelo paterno, ex profesor de literatura europea en la Universidad de Calcuta, había leído en voz alta en sus traducciones al inglés cuando Ashoke era un niño. Cada día a la hora del té, mientras sus hermanos y hermanas jugaban kabadi y grillo afuera, Ashoke iba a la habitación de su abuelo, y durante una hora su abuelo leía en decúbito en la cama, cruzaba los tobillos y el libro estaba abierto sobre su pecho. Ashoke se acurrucó a su lado. Durante esa hora, Ashoke estaba sordo y ciego al mundo que lo rodeaba. No escuchó a sus hermanos y hermanas reírse en el tejado, ni a ver la habitación diminuta, polvorienta y abarrotada en la que su abuelo leía. "Lee a todos los rusos, y luego reélelos", había dicho su abuelo. "Ellos nunca te fallarán". Cuando el inglés de Ashoke era lo suficientemente bueno, él mismo comenzó a leer los libros. Mientras caminaba por algunas de las calles más ruidosas y concurridas del mundo, en Chowringhee y Gariahat Road, había leído las páginas de Los hermanos Karamazov y Anna Karenina. y padres e hijos. Una vez, un primo más joven que había tratado de imitarlo se había caído por la escalera de arcilla roja en la casa de Ashoke y se había roto un brazo. La madre de Ashoke siempre estaba convencida de que su hijo mayor sería atropellado por un autobús o un tranvía, con la nariz muy metida en Guerra y Paz. Que estaría leyendo un libro en el momento de su muerte.

Un día, en las primeras horas del 20 de octubre de 1961, esto casi sucedió. Ashoke tenía veintidós años, era estudiante en la universidad BE. Viajaba en el 83 Up Howrah – Ranchi Express para visitar a sus abuelos durante las vacaciones; se habían mudado de Calcuta a Jamshedpur tras el retiro de su abuelo de la universidad. Ashoke nunca había pasado las vacaciones lejos de su familia. Pero su abuelo se había quedado ciego recientemente, y había solicitado específicamente a la compañía de Ashoke que le leyera The Statesman por la mañana, Dostoyevsky y Tolstoy por la tarde. Ashoke aceptó la invitación con entusiasmo. Llevaba dos maletas, la primera con ropa y regalos, la segunda vacía. Por lo que sería en esta visita, había dicho su abuelo, que los libros en su estuche de cristal, recogidos durante toda una vida y conservados bajo llave, Se le daría a Ashoke. Los libros habían sido prometidos a Ashoke durante su infancia, y durante todo el tiempo que pudo recordar los había codiciado más que cualquier otra cosa en el mundo. Ya había recibido algunos en los últimos años, que se le habían dado en cumpleaños y en otras ocasiones especiales. Pero ahora que había llegado el día de heredar el resto, un día que su abuelo ya no podía leer los libros, Ashoke se entristeció, y cuando colocó la maleta vacía debajo de su asiento, se sintió desconcertado por su ingravidez, lamentándose de las circunstancias. Eso lo haría, a su regreso, estar lleno. Se le da en cumpleaños y otras ocasiones especiales. Pero ahora que había llegado el día de heredar el resto, un día que su abuelo ya no podía leer los libros, Ashoke se entristeció, y cuando colocó la maleta vacía debajo de su asiento, se sintió desconcertado por su ingravidez, lamentándose de las circunstancias. Eso lo haría, a su regreso, estar lleno. Se le da en cumpleaños y otras ocasiones especiales. Pero ahora que había llegado el día de heredar el resto, un día que su abuelo ya no podía leer los libros, Ashoke se entristeció, y cuando colocó la maleta vacía debajo de su asiento, se sintió desconcertado por su ingravidez, lamentándose de las circunstancias. Eso lo haría, a su regreso, estar lleno.

Llevaba un solo volumen para el viaje, una colección de historias cortas de Nikolai Gogol, que su abuelo le había regalado cuando se graduó de la clase doce. En la página del título, debajo de la firma de su abuelo, Ashoke había escrito el suyo. Debido a la pasión de Ashoke por este libro en particular, la columna vertebral se había dividido recientemente, amenazando con dividir las páginas en dos secciones. Su historia favorita en el libro fue la última, "The Overcoat", y esa fue la que Ashoke comenzó a releer cuando el tren salía de la estación de Howrah a última hora de la noche con un alarido prolongado y ensordecedor, lejos de sus padres y sus amigos. Seis hermanos y hermanas menores, todos los cuales habían venido a despedirlo y se habían acurrucado hasta el último momento junto a la ventana, saludándole desde la larga y oscura plataforma. Habia leido Su boca se humedeció ante la ternera fría, los pasteles de crema y el champán que Akaky consumió la noche en que le robaron su precioso abrigo, a pesar de que Ashoke nunca había probado estas cosas por sí mismo. Ashoke siempre estaba devastado cuando a Akaky lo robaron en "una plaza que le parecía un terrible desierto", dejándolo frío y vulnerable, y la muerte de Akaky, algunas páginas más tarde, nunca dejaba de llorar. En cierto modo, la historia tenía menos sentido cada vez que la leía, las escenas que representaba de forma tan vívida y tan absorbida, cada vez más escurridizas y profundas. Al igual que el fantasma de Akaky perseguía las páginas finales, también perseguía un lugar en lo profundo del alma de Ashoke, arrojando luz sobre todo lo que era irracional, todo lo que era inevitable sobre el mundo. Ashoke siempre estaba devastado cuando a Akaky lo robaron en "una plaza que le parecía un terrible desierto", dejándolo frío y vulnerable, y la muerte de Akaky, algunas páginas más tarde, nunca dejaba de llorar. En cierto modo, la historia tenía menos sentido cada vez que la leía, las escenas que representaba de forma tan vívida y tan absorbida, cada vez más escurridizas y profundas. Al igual que el fantasma de Akaky perseguía las páginas finales, también perseguía un lugar en lo profundo del alma de Ashoke, arrojando luz sobre todo lo que era irracional, todo lo que era inevitable sobre el mundo. Ashoke siempre estaba devastado cuando a Akaky lo robaron en "una plaza que le parecía un terrible desierto", dejándolo frío y vulnerable, y la muerte de Akaky, algunas páginas más tarde, nunca dejaba de llorar. En cierto modo, la historia tenía menos sentido cada vez que la leía, las escenas que representaba de forma tan vívida y tan absorbida, cada vez más escurridizas y profundas. Al igual que el fantasma de Akaky perseguía las páginas finales, también perseguía un lugar en lo profundo del alma de Ashoke, arrojando luz sobre todo lo que era irracional, todo lo que era inevitable sobre el mundo. las escenas que él representó tan vívidamente, y absorbió tan completamente, haciéndose cada vez más escurridiza y profunda. Al igual que el fantasma de Akaky perseguía las páginas finales, también perseguía un lugar en lo profundo del alma de Ashoke, arrojando luz sobre todo lo que era irracional, todo lo que era inevitable sobre el mundo. las escenas que él representó tan vívidamente, y absorbió tan completamente, haciéndose cada vez más escurridiza y profunda. Al igual que el fantasma de Akaky perseguía las páginas finales, también perseguía un lugar en lo profundo del alma de Ashoke, arrojando luz sobre todo lo que era irracional, todo lo que era inevitable sobre el mundo.

Fuera de la vista se volvió rápidamente negra, las luces dispersas de Howrah no cedían nada a nada. Él tenía un durmiente de segunda clase en el séptimo bogie, detrás del entrenador con aire acondicionado. Debido a la temporada, el tren estaba especialmente lleno, especialmente ruidoso, lleno de familias en vacaciones. Los niños pequeños llevaban su mejor ropa, las chicas con cintas de colores brillantes en el pelo. A pesar de que había cenado antes de partir hacia la estación, un transportista Tiffin de cuatro capas empacado por su madre se sentó a sus pies, en caso de que el hambre lo atacara en la noche. Compartió su compartimiento con otros tres. Había una pareja de bihari de mediana edad que, se reunió después de escuchar su conversación, acababa de casarse con su hija mayor, y un hombre de negocios bengalí de mediana edad, amigable y presumido, vestido con traje y corbata. por el nombre de Ghosh. Ghosh le dijo a Ashoke que recientemente había regresado a la India después de pasar dos años en Inglaterra en un vale de trabajo, pero que había regresado a casa porque su esposa era inconsolablemente miserable en el extranjero. Ghosh habló con reverencia de Inglaterra. Las calles relucientes y vacías, los coches negros pulidos, las filas de casas blancas relucientes, dijo, eran como un sueño. Los trenes partieron y llegaron según lo programado, dijo Ghosh. Nadie escupió en las aceras. Fue en un hospital británico donde nació su hijo. Eran como un sueño. Los trenes partieron y llegaron según lo programado, dijo Ghosh. Nadie escupió en las aceras. Fue en un hospital británico donde nació su hijo. Eran como un sueño. Los trenes partieron y llegaron según lo programado, dijo Ghosh. Nadie escupió en las aceras. Fue en un hospital británico donde nació su hijo.

"¿Has visto mucho de este mundo?" Ghosh le preguntó a Ashoke, desatándose los zapatos y acomodándose con las piernas cruzadas en la litera. Sacó un paquete de cigarrillos Dunhill del bolsillo de su chaqueta, ofreciéndolos alrededor del compartimiento antes de encender uno para él.

"Una vez a Delhi", respondió Ashoke. "Y últimamente una vez al año a Jamshedpur".

Ghosh extendió su brazo por la ventana, arrojando la punta encendida de su cigarrillo a la noche. "No este mundo", dijo, mirando decepcionado sobre el interior del tren. Inclinó la cabeza hacia la ventana. "Inglaterra. América", dijo, como si los pueblos sin nombre que pasaron hubieran sido reemplazados por esos países. "¿Has considerado ir allí?"

"Mis profesores lo mencionan de vez en cuando. Pero tengo una familia", dijo Ashoke.

Ghosh frunció el ceño. "¿Ya casado?"

"No. Una madre y un padre y seis hermanos. Soy el mayor".

"Y en pocos años estarás casado y viviendo en la casa de tus padres", especuló Ghosh.

"Supongo."

Ghosh negó con la cabeza. "Todavía eres joven. Libre", dijo, extendiendo las manos para dar énfasis. "Hazte un favor. Antes de que sea demasiado tarde, sin pensarlo demasiado primero, empaca una almohada y una manta y ve todo el mundo que puedas. No te arrepentirás. Un día será demasiado tarde". "

"Mi abuelo siempre dice que para eso son los libros", dijo Ashoke, aprovechando la oportunidad para abrir el volumen en sus manos. "Viajar sin moverse una pulgada".

"A cada uno lo suyo", dijo Ghosh. Inclinó cortésmente la cabeza hacia un lado, dejando que lo último del cigarrillo cayera de sus dedos. Metió la mano en una bolsa y sacó su diario, girando hacia el veinte de octubre. La página estaba en blanco y en ella, con una pluma estilográfica cuya tapa desenroscada ceremoniosamente, escribió su nombre y dirección. Arrancó la página y se la entregó a Ashoke. "Si alguna vez cambia de opinión y necesita contactos, hágamelo saber. Vivo en Tollygunge, justo detrás del depósito de tranvías".

"Gracias", dijo Ashoke, doblando la información y colocándola en la parte posterior de su libro.

"¿Qué tal un juego de cartas?" Sugirió Ghosh. Sacó una cubierta gastada del bolsillo de su traje, con la imagen de Big Ben en la parte posterior. Pero Ashoke declinó cortésmente, porque no conocía los juegos de cartas y, además, prefería leer. Uno por uno, los pasajeros se cepillaron los dientes en el vestíbulo, se pusieron sus pijamas, se abrocharon la cortina alrededor de los compartimentos y se fueron a dormir. Ghosh se ofreció a tomar la litera superior, subiendo descalza la escalera, con su traje cuidadosamente doblado, de modo que Ashoke tuviera la ventana para él solo. La pareja de Bihari compartió algunos dulces de una caja y bebió agua de la misma taza sin que ninguno de ellos pusiera sus labios en el borde, y luego se acomodó en sus literas, apagando las luces y girando sus cabezas hacia la pared.

Sólo Ashoke siguió leyendo, todavía sentada, todavía vestida. Una pequeña bombilla brillaba débilmente sobre su cabeza. De vez en cuando miraba a través de la ventana abierta a la noche de Bengala, a las vagas formas de las palmeras y a las casas más simples. Con cuidado volvió las suaves páginas amarillas de su libro, algunas delicadamente tuneadas por gusanos. La máquina de vapor sopló tranquilizadora, poderosamente. En lo profundo de su pecho sintió el áspero empujón de las ruedas. Chispas de la chimenea pasaron por su ventana. Una fina capa de hollín pegajoso salpicaba un lado de su cara, su párpado, su brazo, su cuello; su abuela insistiría en que se restregara con un pastel de jabón Margo tan pronto como llegara. Inmerso en la situación sartorial de Akaky Akakyevich, perdido en las amplias avenidas blancas como la nieve de San Petersburgo, no sabiendo que un día él mismo iba a morar en un lugar nevado, Ashoke todavía estaba leyendo a las dos y media de la mañana, uno de los pocos pasajeros en el tren que estaba despierto, cuando la locomotora y siete bogies se descarrilaron de la carretera. línea de medida El sonido era como una bomba explotando. Los primeros cuatro bogies se convirtieron en una depresión junto a la pista. El quinto y el sexto, que contienen pasajeros de primera clase y con aire acondicionado, se telescópicamente, matando a los pasajeros mientras duermen. El séptimo, donde estaba sentado Ashoke, volcado también, arrojado por la velocidad del choque más lejos en el campo. El accidente ocurrió a 209 kilómetros de Calcuta, entre las estaciones de Ghatshila y Dhalbumgarh. El teléfono portátil de la guardia del tren no funcionaría; fue solo después de que el guardia corrió a casi cinco kilómetros del lugar del accidente, a Ghatshila, que pudo transmitir el primer mensaje de ayuda. Pasó más de una hora antes de que llegaran los rescatistas, con linternas, palas y hachas para sacar los cuerpos de los autos.

Ashoke todavía puede recordar sus gritos, preguntando si alguien estaba vivo. Recuerda haber intentado gritar, sin éxito, que su boca no emitía más que el más mínimo raspado. Recuerda el sonido de personas medio muertos a su alrededor, gimiendo y haciendo tapping en las paredes del tren, susurrando roncas pidiendo ayuda, palabras que solo aquellos que también estaban atrapados y heridos podrían escuchar. La sangre empapaba su pecho y el brazo derecho de su camisa. Había sido empujado a medio camino por la ventana. Recuerda no poder ver nada en absoluto; durante las primeras horas pensó que tal vez, como su abuelo a quien iba a visitar, se había quedado ciego. Recuerda el olor acre de las llamas, el zumbido de las moscas, los niños llorando, el sabor del polvo y la sangre en su lengua. No estaban en ninguna parte, en algún lugar de un campo. Los aldeanos eran aldeanos, Inspectores de policía, algunos doctores. Recuerda haber creído que se estaba muriendo, que quizás ya estaba muerto. No podía sentir la mitad inferior de su cuerpo, por lo que no sabía que las extremidades destrozadas de Ghosh estaban colgadas de sus piernas. Finalmente, vio el frío y antipático azul de la madrugada, la luna y algunas estrellas que aún permanecían en el cielo. Las páginas de su libro, que habían sido arrojadas de su mano, revoloteaban en dos secciones a pocos metros del tren. El resplandor de una linterna de búsqueda atrapó brevemente las páginas, distrayendo momentáneamente a uno de los rescatistas. "Nada aquí", Ashoke escuchó a alguien decir. "Avancemos." y, por lo tanto, no sabía que las extremidades destrozadas de Ghosh estaban envueltas en sus piernas. Finalmente, vio el frío y antipático azul de la madrugada, la luna y algunas estrellas que aún permanecían en el cielo. Las páginas de su libro, que habían sido arrojadas de su mano, revoloteaban en dos secciones a pocos metros del tren. El resplandor de una linterna de búsqueda atrapó brevemente las páginas, distrayendo momentáneamente a uno de los rescatistas. "Nada aquí", Ashoke escuchó a alguien decir. "Avancemos." y, por lo tanto, no sabía que las extremidades destrozadas de Ghosh estaban envueltas en sus piernas. Finalmente, vio el frío y antipático azul de la madrugada, la luna y algunas estrellas que aún permanecían en el cielo. Las páginas de su libro, que habían sido arrojadas de su mano, revoloteaban en dos secciones a pocos metros del tren. El resplandor de una linterna de búsqueda atrapó brevemente las páginas, distrayendo momentáneamente a uno de los rescatistas. "Nada aquí", Ashoke escuchó a alguien decir. "Avancemos." "Nada aquí", Ashoke escuchó a alguien decir. "Avancemos." "Nada aquí", Ashoke escuchó a alguien decir. "Avancemos."

Pero la luz de la linterna se mantuvo, lo suficiente como para que Ashoke levantara la mano, un gesto que creía que consumiría el pequeño fragmento de vida que le quedaba. Todavía estaba agarrando una sola página de "The Overcoat", arrugado con fuerza en su puño, y cuando levantó la mano, el fajo de papel cayó de sus dedos. "¡Espere!" Escuchó una voz gritar. "El tipo por ese libro. Lo vi moverse".

Lo sacaron de los restos, lo colocaron en una camilla y lo transportaron en otro tren a un hospital en Tatanagar. Se había roto la pelvis, el fémur derecho y tres costillas en el lado derecho. Durante el siguiente año de su vida, se tendió de espaldas y le ordenó que permaneciera lo más quieto posible mientras sanaban los huesos de su cuerpo. Existía el riesgo de que su pierna derecha estuviera paralizada permanentemente. Fue trasladado a Calcutta Medical College, donde se colocaron dos tornillos en sus caderas. Para diciembre, había regresado a la casa de sus padres en Alipore, cargado a través del patio y subiendo las escaleras de arcilla roja como un cadáver, sobre los hombros de sus cuatro hermanos. Tres veces al día lo alimentaban con una cuchara. Él orinó y defecó en una bandeja de hojalata. Médicos y visitantes iban y venían. Incluso su abuelo ciego de Jamshedpur hizo una visita. Su familia había salvado las cuentas del periódico. En una fotografía, observó que el tren se rompía en pedazos, apilado irregularmente contra el cielo, y los guardias de seguridad se sentaban en las pertenencias no reclamadas. Se enteró de que se habían encontrado placas y cerrojos a varios pies de la pista principal, dando lugar a la sospecha, nunca confirmada posteriormente, de sabotaje. Aquellos cuerpos habían sido mutilados más allá del reconocimiento. "La cita con la muerte de los hacedores de vacaciones", escribió el Times of India.

Al principio, durante la mayor parte del día, había contemplado el techo de su habitación, las tres aspas beige del ventilador que giraba en su centro, con los bordes mugrientos. Pudo escuchar el borde superior de un calendario raspando contra la pared detrás de él cuando el ventilador estaba encendido. Si movía el cuello hacia la derecha, podía ver una ventana con una botella de Dettol polvorienta en su saliente y, si las contraventanas estaban abiertas, el concreto de la pared que rodeaba la casa, los geckos de color marrón pálido que correteaban allí. Escuchó el constante desfile de sonidos en el exterior, pasos, campanas de bicicleta, los incesantes graznidos de los cuervos y los cuernos de los rickshaws de ciclo en el carril tan estrecho que los taxis no podían caber. Oyó el pozo del tubo en la esquina siendo bombeado en urnas. Todas las noches, al anochecer, escuchaba el disparo de una caracola en la casa de al lado para señalar la hora de la oración. Podía oler, pero no ver el reluciente lodo verde que se acumulaba en la alcantarilla. La vida dentro de la casa continuó. Su padre vino y se fue del trabajo, sus hermanos y hermanas de la escuela. Su madre trabajaba en la cocina, vigilándolo periódicamente, con el regazo teñido de cúrcuma. Dos veces al día, la criada retorcía los trapos en cubos de agua y limpiaba los pisos.

Durante el día estuvo aturdido por los analgésicos. Por la noche, soñaba que aún estaba atrapado dentro del tren o, peor aún, que el accidente nunca había ocurrido, que estaba caminando por una calle, bañándose, sentado con las piernas cruzadas en el suelo y comiendo un plato de comida. Y luego se despertaba, cubierto de sudor, con lágrimas corriendo por su rostro, convencido de que nunca volvería a vivir para hacer esas cosas de nuevo. Finalmente, en un intento por evitar sus pesadillas, comenzó a leer, a altas horas de la noche, que era cuando su cuerpo inmóvil se sentía más inquieto, su mente ágil y clara. Sin embargo, se negó a leer a los rusos que su abuelo había traído junto a su cama, o cualquier novela, para el caso. Esos libros, ubicados en países que nunca había visto, le recordaban solo su confinamiento. En su lugar, leyó sus libros de ingeniería, haciendo todo lo posible para mantenerse al día con sus cursos, resolviendo ecuaciones con una linterna. En esas horas de silencio, pensaba a menudo en Ghosh. "Empaca una almohada y una manta", escuchó decir a Ghosh. Recordó la dirección que Ghosh había escrito en una página de su diario, en algún lugar detrás del depósito de tranvías en Tollygunge. Ahora era el hogar de una viuda, un hijo sin padre. Cada día, para reafirmar su espíritu, su familia le recordaba el futuro, el día en que se levantaría sin ayuda y cruzaría la habitación. Fue por esto, cada día, que su padre y su madre oraron. Por esto que su madre renunció a la carne los miércoles. Pero a medida que pasaban los meses, Ashoke comenzó a imaginar otro tipo de futuro. Imaginó no solo caminar, sino alejarse, tan lejos como pudo del lugar en el que nació y en el que casi había muerto. Al año siguiente, con la ayuda de un bastón, Regresó a la universidad y se graduó, y sin decirles a sus padres que solicitó continuar sus estudios de ingeniería en el extranjero. Solo después de haber sido aceptado con una beca completa, un pasaporte recién expedido en la mano, les informó de sus planes. "Pero ya casi te perdimos una vez", había protestado su desconcertado padre. Sus hermanos habían rogado y llorado. Su madre, sin palabras, había rechazado la comida durante tres días. A pesar de todo eso, se había ido. Había rechazado la comida durante tres días. A pesar de todo eso, se había ido. Había rechazado la comida durante tres días. A pesar de todo eso, se había ido.

Siete años después, todavía hay ciertas imágenes que lo borran. Se esconden en una esquina mientras él se apresura a través del departamento de ingeniería en MIT, revisa el correo de su campus. Se ciernen sobre su hombro cuando él se inclina sobre un plato de arroz a la hora de la cena o se acurruca contra las extremidades de Ashima en la noche. En cada momento decisivo de su vida, en su boda cuando él estaba detrás de Ashima, rodeándole la cintura y mirando por encima del hombro mientras vertían arroz inflado en el fuego, o durante sus primeras horas en América, viendo una pequeña ciudad gris cubierta de nieve. —Ha intentado pero no logró alejar estas imágenes: los bogies retorcidos, maltratados y volcados del tren, su cuerpo retorcido debajo de él, el terrible crujido que había escuchado pero no comprendido, sus huesos aplastados tan finos como la harina. No es el recuerdo del dolor lo que lo atormenta; Él no tiene memoria de eso. Es el recuerdo de esperar antes de que lo rescataran, y el temor persistente, que se alzaba en su garganta, de no haber sido rescatado en absoluto. Hasta el día de hoy es claustrofóbico, aguantando la respiración en los ascensores, se siente atrapado en los autos a menos que las ventanas estén abiertas por ambos lados. En los aviones solicita el asiento del mamparo. A veces el llanto de los niños lo llena de un miedo más profundo. A veces todavía presiona sus costillas para asegurarse de que estén sólidas.

Los presiona ahora, en el hospital, sacudiendo la cabeza con alivio, con incredulidad. Aunque es Ashima quien lleva al niño, él también se siente pesado, con el pensamiento de la vida, de su vida y la vida que está por venir. Fue criado sin agua corriente, casi muerto a los veintidós años. Una vez más, prueba el polvo en su lengua, ve el tren retorcido, las ruedas de hierro gigantescas volcadas. Nada de esto se suponía que sucediera. Pero no, lo había sobrevivido. Nació dos veces en la India, y luego una tercera vez, en Estados Unidos. Tres vidas a los treinta. Por esto agradece a sus padres, a sus padres, ya los padres de sus padres. Él no agradece a Dios; Él abiertamente reverencia a Marx y en silencio rechaza la religión. Pero hay un alma muerta más a la que tiene que agradecer. No puede agradecer el libro; el libro ha perecido, como casi lo hizo, en pedazos dispersos, en las primeras horas de un día de octubre, en un campo a 209 kilómetros de Calcuta. En lugar de agradecer a Dios, agradece a Gogol, el escritor ruso que le había salvado la vida, cuando Patty entra en la sala de espera.

Extraído de The Namesake Copyright © 2003 por Jhumpa Lahiri. Reimpreso con permiso de Houghton Mifflin Company.Escritor

4 de septiembre de 2003 a las 12:00 AM ET

Escuchado en el aire fresco* Aire fresco* La nueva novela de Lahiri es El tocayo .

lunes, febrero 25

MÉDAR SERRATA: Santo Domingo, 1964). Poeta y educador.


Es autor de los poemarios «Las piedras del ábaco» (1986) y «Rapsodia para tontos» (1999). Es miembro de la Generación de los Ochenta. Editó, además la obra «José Mármol: antología poética» (2004).


LAS PIEDRAS DEL ÁBACO
(Fragmento)


¿Y qué fue de aquel hombre que se marchó a Nod
la tierra de nadie
que se marchó al oriente de Edén
con toda su culpa una tarde
que partió cuando el crepúsculo
extendía su azul sediento sobre rocas
y las últimas bestias salían
desafiantes y desnudas a matar?

Porque iban desnudos los primeros hombres
la tarde que vencieron el vértigo azul
en sus embarcaciones rústicas
y sólo azul y vértigo eran sus embarcaciones
ramas de la sangre paleolítica
con la que un hombre
hizo del destino de los hombres
una quijada de burro.

5
Yo anduve despacio entre las cosas
cuando todo tenía nombre y adjetivo
cuando era imposible asumir la palabra
sin poner en juego sus objetos
Yo anduve muy despacio entre las cosas
impregnándoles mi hedor de asceta transitorio
porque cada magnitud tenía su nombre
y yo era dueño de los nombres
de todas las cosas.


RAPSODIA PARA TONTOS


Los círculos concéntricos que produjo la
            inmersión de la escobilla
en el agua
renovaron su antigua obsesión por lo infinito
Un círculo engendraba a otro círculo en un trazo
cuya línea sinuosa continuaría expandiéndose
como las corrientes en las profundidades marinas
La escobilla a su vez intentaba
la siniestra forma del erizo.

Cuando el hombre salió a escena hace un cuarto de
            millón de años
ya el mar estaba allí
y el hombre lo miró maravillado
Restregó con fuerza la mancha amarillenta del
            inodoro
aspiró el acre olor a trementina
pensó en los griegos cantó en voz baja

El círculo y el agua aterraron a los griegos
desde el día en que Narciso
vio su imagen sonreírle desde el temblor del agua
el agua devino entonces en prisión de la imagen que se
            contempla
a sí misma
falsa transparencia en la que aspira regresar al origen
intacta como en la suprema perfección del círculo
reconocerse al fin y destruirse

Volvió a ver el mar por vez primera al ver su
            fundamento
se arrojó hacia el cielo desde las altas olas del
            crepúsculo marino
y en la arena tibia abandonó la huella de su pie
            transfigurado
—hondo vuelo sí
hacia otros mares
hacia otros vientres dónde reposar sus cabellos en
            desorden
y dónde penetrar la misteriosa geometría de los
            mundos
el orden de los seres y los signos

Si Parménides estuvo en lo cierto
y la unidad participa de lo múltiple
si lo uno y lo múltiple son en fin lo mismo
entonces ciertamente uno es igual a dos
y mi risa es doble y mi locura doble
y mi alma en este instante está rozando lo infinito

Pero los círculos se desvanecieron y el agua
            quedó tranquila
en el fondo
Era tiempo de limpiar los urinarios
de vaciar sus vientres casi perfectos llenos de
            chicles y colillas
de abandonar el canto por un momento para
            encender un cigarro
y sostenido sólo por la cuerda de su respiración
seguir después cantando sin separar los labios

Porque la respiración tira del canto suavemente con
            firmeza
y el canto se desliza
traza arcos inaudibles
gira y retrocede en su desliz vertiginoso
carente de palabras y de engaños

Así solían cantar los griegos en sus largas horas de
            ocio
hasta que surgió el silogismo
la causa y el efecto la medida
¿No está ya el canto llamándonos hacia su ámbito
            oscuro desde entonces
y como nuestros sueños más caros cayendo
vertiginosamente en el ancho dominio de lo
            desconocido?

Uno y dos son lo mismo y es un hecho terrible
que nuestros banqueros no puedan
            comprenderlo
el mundo estaría más tranquilo
llamaríamos a sus puertas sin temor
            argumentando
«diez es igual a diez mil
diez es todo lo que me queda
Aquí los tienes No te debo»

Pero nuestros banqueros no entienden de filosofías
su aritmética es infame
y en eso se asemejan a los urinarios

Detén extranjero tus pasos para que admires la obra
de nuestros banqueros y nuestros urinarios
Une tu voz al coro de alabanzas a todo lo que ríe
porque ha caído
y desconoce el tormento de las profundidades
Y está lleno de razones
Y de colillas.





Ernesto Paredano, el artista múltiple


El asturiano, que publica "Playa EP" con la discográfica Resopal, es autor del sonido de Cosmo TV y rodó un largometraje


Por JOSÉ MANUEL CALVO

Ernesto Paredano viaja por el arte en diversas facetas. Es músico, pero también hace cine y compone bandas corporativas o teatrales, además de ser profesor de Piano. Paredano es de Piedras Blancas, pero ahora reside en Santo Domingo. Y desde allí llega, vía la prestigiosa compañía berlinesa Resopal-Schallware Records, un EP en el ahora exclusivo mundo de vinilo. La compañía es pionera en esto del rescate del plástico y el músico asturiano tiene el honor de ser el número noventa y cuatro de la casa.

"Playa EP", que así se titula el vinilo, incluye tres canciones asentadas plenamente en la electrónica, en el sonido club. "'Yuca', que es la cara A, es techno-club, mucho sampler y percusión", cuenta a LA NUEVA ESPAÑA Paredano, que, recuerda, empezó en la música a los 5 o 6 años con la gaita.

La cara B de "Playa EP" incluye "Atea", "que está hecha como se hacían antiguamente. Es otra cosa distinta. Poco sinte y analógico...", explica el músico de Castrillón. El disco cierra con "Si", que, define Paredano, "tiene todos los golpes de sinte y alcanza un ritmo por sí misma".

Ernesto Paredano hizo Piano entre Avilés y el Conservatorio de Oviedo. En su primera juventud (ahora tiene 37 años) tocó en grupos de rock (harcore, progresivo...) y también estuvo con la Banda de Gaitas de Castrillón. Luego fue a Salamanca a hacer Comunicación Audiovisual. Tiene un disco de piano con sonido electrónico y varios trabajos de publicidad.

Pero también tiene muy desarrollada la vena cinéfila: "Mi primera película fue 'Oveja negra'. Escribí y grabé toda la banda sonora. También estoy en una serie de Estados Unidos, de naturaleza. Llevo tres años", apunta. Además hay que sumar su campo de trabajo con la Universidad de San Diego.

En otra faceta, es autor de la música de la "campaña corporativa de Cosmo TV, que ya hicimos el año pasado", precisa.

Con su mujer, que es dominicana, grabó aquí en Asturias para el cortometraje "Tres". Además filmaron ocho meses en la zona de Luarca un largometraje "sobre un hombre que vive en el campo, que no se sabe muy bien qué pasa con él, es de allí pero no encaja. Es una reflexión de cine de autor, donde el trabajo musical también es importante", precisa.

Entre uno y otro, este asturiano ya tiene una sólida carrera a sus espaldas, que musicalmente es muy respetada en el mundo de los Dj. Sin ir más lejos, ahora tiene entre manos un trabajo con el Dj internacional Sergio Parrado. Y para que nada falte tuvo su reconocimiento en casa, cuando le concedieron el premio "Oh" de teatro a mejor banda sonora por la obra "Mis dedos tocan los días que pasan", de "Quiquilimón", obra dirigida por Pablo Garnacho. "Es música para teatro infantil. Montamos la música en mi casa. Trabajamos sobre algo que estaba en el papel. Algo diferente en cuanto al planteamiento musical; hicimos algo infantil, pero que también sirviera para adultos", concluye el autor asturiano.

https://www.lne.es/sociedad/2016/02/02/ernesto-paredano-artista-multiple/1877055.html

“LA MUERTE EN CUATRO” O EL INCENDIO DEL PENSAMIENTO por Pedro Ovalles

Natacha Batlle, Hato Mayor, 1984. Licenciada en publicidad, artista plástica y maestra. Egresada de la Universidad APEC y de la Escuel...