Retrato de Jeannette Miller, prólogo a los libros "Fichas de identidad" y "Estadías", por Manuel Rueda

 Cuando de ella se trata tenemos que estar precavidos. Llega y te sorprende: ojos ansiosos, una sonrisa ligeramente azul, beatífica, como de niña a la que se ha concedido una temprana Primera Comunión; voz algo ronca, cálida y con ribetes agudos, que te atrapa de inmediato en sus modulaciones y por donde empezamos a adivinar que grandes cantidades de lava subyacen en aquel cuerpecito indefenso y volcánico.

Niña-poeta, mujer niña, pequeñez contráctil que se va desdoblando hasta llenar la casa con sus ademanes que giran como las aspas furiosas de un molino, y hay un momento en que ella ya no cabe allí, en que ha invadido toda nuestra realidad hasta que la totalidad de las cosas forma parte de su ser. Y sin embargo, mírenla ovillada en el sillón, como una gata ronroneante, secreteando en el oído del que escucha sus experiencias inefables.

Lo primero es que el nombre exótico, plagado de letras mellizas, enes como senos en descanso, las tres fálicas (también podemos pensar que se disparan a lo alto como dos piernas desnudas); así desde la jota sicalíptica echada sobre el papel con indolencia hasta el Miller remoto, sobrio, paternal, al que debemos llegar con implícita ternura, sin hacer mucho énfasis en ello, porque entonces tendríamos que rasgar los secretos de la noche y del espacio, hurgar en un sentimiento de su uso exclusivo que ella descubre alguna vez en la soledad de su lecho, cuando las lágrimas han dejado de ser algo vergonzante. La añoranza del padre llega a emocionarnos en versos como estos: 

y me marcho en mi platillo volador

de stainless steel

a recorrer el cielo”.



En medio de tantas rebeldías encontramos un acento que la salva de la amargura y es lo afectivo, la naturaleza de sus recuerdos, donde los abuelos no abuelos se confunden con los tíos postizos (Juan Francisco Sánchez, Franklin Mieses Burgos), con la fidelidad a los amigos ausentes y hasta podemos decir que aquello que se convierte en blanco de blasfemias conserva para ella una idealidad emocionante, como si luchara con un sentimiento de amor y de ternura que amenaza siempre con vencerla. 

Una rebelde amorosa, eso sería ella si quisiéramos catalogarla en una unidad congruente. Por eso las asperezas y bofetadas que recibimos leyendo sus versos golpean sin herirnos. Podemos protestar, a ratos, sobre tal o cual impudicia (“nunca me ha gustado cepillarme los dientes después de las comidas”), falta de consideración, atentado contra el equilibrio y las buenas costumbres, donde la maestra llena de erudición que es ella y la crítica de arte llena de agudeza, caen fulminadas, atravesadas por los proyectiles de su propio lenguaje. Pero esto es desastre que se reserva a los lectores desprevenidos; siempre habrá al final una transfiguración en el plano personal, como si después de cerrado el libro se nos dijera: “peor para ti si me has creído”. 

Porque estas “Fichas de Identidad” son el historial clínico de una curación; representan una catarsis donde cada bofetada es un llamado al orden, el correctivo a un estallido de histeria. 

Casi inmediatamente podemos comprobar que estamos al borde de lo inefable, que el poeta maldito que nos ha mostrado sus garras es una buena lectora de Sara Ibáñez, de Rosario Castellanos y de Jaime Sabines, y que en algún balcón próximo a su casa las vampiresas de Hollywood (Ava Gardner, Marilyn Monroe) le hacen señas amistosas. Nos sobresaltamos cuando dice por ahí algo tan inconveniente como esto: “soy un ser informe e impotente que dispone sus versos sin creer en ellos”. Pero en otra parte nos tropezamos con el mentís: 

“me gustaría

poder morir debajo de una mata inmensa de anacahuita

escribiendo mis versos”.

 

Aquí los extremos se tocan. No debe suponerse que una de estas posiciones es la falsa y otra la verdadera. Las dos son igualmente válidas, responden en su contradicción a la unidad humana que es la poetisa (perdón por el femenino) tiran cada una por su lado para que al centro permanezca ella victoriosa, salvada del desastre. 

Porque Jeannette Miller es muchas cosas, todas auténticas, aunque en estas fichas el énfasis se haya cargado hacia el aspecto furibundo, escondiendo a la muchachita del lazo de organdís que una vez debutara en “La Zapatera Prodigiosa” y que se movía en la escena con la ingravidez de un pájaro. Pero ahí están las dos, mellizas como las enes, tes y eles de su nombre, la feroz y la dulce, la altisonante y la soñadora. 


Una cosa es cierta: Jeannette Miller, a la vez que se autoanaliza, desea involucrar con ella a la sociedad en que vive. Más que luchar por cambiar las costumbres (por supuesto, bien que lo desearía) ella lucha por el conocimiento, porque las gentes se conozcan a sí mismas y sepan que debajo de cada ángel de la guarda hay un demonio programando sus acciones. Ella no cree en esa pureza hecha de fórmulas porque, para decirlo con palabras de Nicolás Guillén, es “la pureza del que da golpes en el pecho y dice santo, santo, santo,/ cuando es un diablo, diablo, diablo”. 

Estar en trato constante con ese diablo es el propósito de la autora, por lo que su libro se convierte en una especie de exorcismo. La literatura dominicana no había tenido antes tales arrestos de violencia. Aida Cartagena en “La Tierra Escrita” podría ser el antecedente inmediato de este libro, aunque el tono social le daba a sus poemas connotaciones más dirigidas a un fin colectivo. El libro de Jeannette Miller, en cambio, es una experiencia eminentemente personal, anti-poética y anti-prosística, ya que parece escrito con el propósito de que no se la encasille, casi al correr de la pluma, como si con una mirada atrás pudiera sobrevenirle la destrucción. 

Documento humano de gran interés para nuestras letras, aquejadas por tanto tiempo de gazmoñería. Con buenas costumbres solamente no se hacen los versos, como tampoco pueden hacerse con malacrianzas. El poema debe ser, pues, lo más auténtico del hombre. Quedar integrado en él es el objetivo principal del creador. Jeannette Miller es sincera en su obra, pero creemos que sobre esta sinceridad suya aún hay otra más profunda esperando salir a flote, lo que al fin nos traerá las vivencias escondidas de la autora en toda su verdad y esplendor. 

Porque su íntima verdad ya se adivina en poemas tan simples y auténticos como estos¨

“Debajo del día

con sol,

flores

hojas que se abren

boca que también de abre de hastío,

surco la inmensa plataforma en busca de Dios”.

 

 Manuel Rueda

http://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/2020/12/conexao-hispanica-manuel-rueda.html

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