En barco de papel, Eugenio María de Hostos

Al ​entrar en mi casa, a descansar de la brega cotidiana, oí con negligente oído que me recomendaban la lectura de un artículo literario, «muy bien escrito», que​ ​expresamente se me había dejado sobre mi mesa de lectura.​ ​A ella acababa de sentarme, cuando la víctima menor de mis extremos patern​al​es abrió la puerta de mi tomacafé, se me​ ​sentó en la falda, me sobornó con un beso, y me pidió un barco de papel. Tendí el brazo, ​tomé el primer ​impreso que hube a mano, le ​arranqué un pedazo, saqué las tijeras que para ese y otros oficios de padrazo llevo siempre en el bolsillo y recorté "lo más bien" un cuadrito. L​o dob​l​é primero en un dob​l​ez rectilíneo; después, en​ ​dob​l​eces angulares; en seguida, en​ ​rebordes muy simétricos; luego, en​ ​dirección de fondo a borde; acto​ ​continuo, en repliegues de adentro para afuera, y tomándolo​ ​g​l​oriosamente, y mostrándolo con​ ​aire victorioso a ​l​a atentísima​ ​sobornadora: ¡​Ea!, le dije, un beso,​ ​o ​¡​no hay barco! Me dio el beso, le​ ​di el barco

​¡Y ​qué barco...! Cuando lo​ ​echamos al mar en la aljofaina llena​ ​de agua, y promovíamos con los​ ​dedos un oleaje, era de ver como la leve embarcación cabeceaba, orzaba, se iba​ ​de bolina; y ya con el​ ​viento en popa que salía de​ ​nuestro aliento ya con​ ​furioso mar de proa, que​ ​producíamos agitando la​ ​aljofaina, se ba​l​anceab​a gallardamente o se estremecía de proa a popa, o amenazaba írsenos a pique.​

III
No bastándonos nosotros mismos para ser a la vez tantas​ ​cosas, vientos de todos los cuadrantes, trepidaciones, oscilaciones, remos, velas, capitán,​ ​timonel, tripulación, fuimos al​ ​airecillo del balcón, que a ella se le​ ​ocurrió abrir de par en par, y​ ​pusimos allí nuestra goleta, con​ ​su mar y todo.​ ​Y entonces​ ​nosotros nos pusimos a distancia​ ​para ver desde lejos nuestra​ ​embarcación, realizando, así, el​ ​concierto de la realidad y la​ idealidad (que ¡las pobres​ ​viven​ ​desconcertadas en el mundo...), siendo realidad el barco​ ​visto, siendo idealidad las tiernas​ ​despedidas que dirigíamos a los imaginarios tripulantes.

IV
Ya, sin saberlo, para el momento​ ​de las despedidas éramos muchos: primero que todos, el inseparable​ ​compañero de diabluras; enlazadas​ ​detrás, en su continuo abrazo la​ ​madre dilecta y la hija predilecta; más atrás, empujando para ponerse por delante, los dos más​ ​endiablados botafuegos que el sol​ ​de las Antillas ha ingerido en​ ​corazones y cabezas de muchacho.​ ​Faltaba sólo uno: es uno que ya​ ​está camino del porvenir,​ ​que es un​ ​camino muy áspero, muy cuesta​ ​arriba, muy sin horizonte, muy sin​ ​luz, sobre todo, en la América del​ ​Sur. Y suspiramos.

​V
​Y allá iba la nave por el mar de​ ​la aljofaina, al embate de los vientos​ ​del balcón, desapareciendo ya sin duda en alta mar, porque apenas veíamos un punto. Un punto fijo que se mira es un imán, que se​ ​pone a​ ​la atención, al sentimiento​ ​y al deseo. De tal modo​ ​pendíamos del punto, que​ ​estábamos efectivamente​ ​presenciando el alejamiento de la nave.
​—Y ¿para dónde irá​?... —​hubo una voz.
—Y ¿cómo​ se llamará?​ —​hubo otra voz.
​—​Y​o​ quiero​ ​que se llame lo que parece.
— ¿Qué parece?
—Una gaviota.
—Pues yo quiero​ que se llame Cuba Libre.
—Silencio... ¡el nombre de la víctima no se pronuncia en casa de​ ​los cómplices!
 — ¡Verdad!​ «Cuba Libre», en la América del Sur, suena como​ ​«Creta» en la Europa del Norte.
​Y​a estaba convenido: se llamaba La Gaviota, y navegaba con rumbo​ ​a Cuba Libre.
Entonces hubo una algarada de​ ​alegría que acabó en una algazara​ ​de entusiasmo.​ ​Todos querían​ ​embarcarse para Cuba.
La verdad es que, así a la lejanía,​ ​y desde la oscura penumbra, cielo​ ​cerrado, atmósfera de hielo, ​soledad de desierto, desde donde​ ​la contemplábamos, la radiante​ ​nave, bañada a fondo por el sol,​ ​sostenida en un mar libre, caminando hacia la luz, era una tentación
Ya estábamos en dirección a bordo, cuando un portazo dio al​ ​traste con el mar, con el barco y el​ ​propósito de embarque.
Una vez caminando por una de​ ​esas costas, desde lejos habíamos​ ​visto como un esqueleto negro​ ​abandonado a​ ​la orilla de​ ​la playa.​ ​A​l​ acercarnos, ¡qué triste!, todos​ ​nos compungimos, era el​ ​esqueleto de un barco, era el​ ​testimonio de un naufragio.
La aflicción al imaginar la agonía​ ​de los náufragos, no fue más íntima​ ​que la sentida ahora al ver el​ ​naufragio del barco de papel.
El que primero llegó al lugar de la catástrofe, leyó en voz alta: «La​ ​Gaviota».
— ¿Cómo es eso? Tenía el​ ​nombre en la borda, como las​ ​goletas de verdad?
—Creo que no, porque esto​ ​parece, por los dobleces, que era​ ​quilla...
—Deja ver. .
Y poniendo con precaución​ ​sobre la mesa el húmedo papel, la interpeladora leyó, como leyendo para sí: «La Gaviota, de Fer. . . « Y levantando inquieta la cabeza,​ ​interpeló a la chiquitina:
— ¿De dónde tomaste ese papel?
A lo cual, rehuyendo bulto y responsabilidad, contestó la amenazada:
—​¡Fue papá!
—​Y yo, confuso y asustado con el​ ​susto de la pequeñuela, balbuceé una excusa:
—Lo encontré ahí.
—Pues buena la hemos hecho...
Y riéndose a risotada al ver mi facha de delincuente honrado:
—Pero papá, si éste era el​ ​artículo literario que yo le​ ​recomendaba...
—»Et voila comme une femme abime un homme»​ ​—murmuré yo,​ ​acariciando la cabellera de mi sobornadora, acordándome de una​ ​canción de boulevard​,​ en los​ ​tiempos aquellos en que París me​ ​sonreía.
—Y ¿qué vamos ahora a hacer?
 —​¡Q​​​ué hemos de hacer! Continuar el viaje​ ​—dije yo con​ ​honrada convicción, y defendiendo​ ​el derecho que mi cómplice tenía a​ ​proseguir el juego.
—Pero si ya no hay goleta...
—Pero aquí hay papel...
​V​aya si fue grito: no tuve más​ ​remedio que soltar el papel que​ ​había cogido, al oír:
—​¡​No! ¡no! que ese es el​ ​pedazo que queda del articulo de​ ​R.. .!
—Pues entonces...
Y me encontré cara a cara con el íntimo tonto que todos​ ​encontramos en el primer​ ​repliegue de nuestra segunda​ ​circunvolución frontal, cada vez​ q​ue no sabemos lo que hacer.
Contra ese desorientado... (¿Qué es el hombre más que un íntimo tonto que va desorientado por el mundo?). 

Ximena, Cuba
Decía, que contra el sublime​ ​desorientado no hay como el​ ​único orientado de este mundo, el niño, que siempre sabe lo que quiere hacer, y que, entonces,​ ​queriendo nuevo barco, me miraba​ ​con chispas en los ojos... (Porque​ ​eran ella y él, los dos chiquitines).​ ​A cien chispas por ojo, eran​ ​cuatrocientas chispas eléctricas,​ ​que no digo a un desorientado, a​ ​todo Oriente hubieran sido capaces de poner en movimiento. Y cuando roto el papel, y hecho​ ​otro barco, y vaciado otro mar en​ ​la aljofaina, volvíamos con la​ ​imaginación a navegar, y la amiga​ ​de la autora del artículo​ ​descuartizado, me preguntaba:
— ¿Y qué le vamos a decir?
—Dile—le dije—que así como​ ​no hay vuelta a la patria como la​ ​que se hace en un buque​ ​imaginario, en barco de papel, ensueño de despiertos, con las velas​ ​del deseo, con el vapor de la​ ​imaginación, con las valvulaciones​ ​del corazón, por el mar de la esperanza, bajo el cielo de la caridad, bajo el ala de la inocencia, así no hay artículo literario ni composición​ ​poética ni obra de arte que​ ​no valga más en la región​ ​de lo impalpable,​ ​que en la​ ​mísera​ ​región de​ ​lo palpad​o.​


​NOTAS: La dedicatoria se refiere a​ ​Ángela Rosa Silva, autora del artículo sobre la​ ​obra de Fernán Caballero titulada ​"​La gaviota”. Este cuento fue tomado de la colección de Obras Completas. Ver a E.M, De Hostos, Obras completas. Río Piedras, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, l992, vol. I, t. ll, páginas​ ​89 a 96. El cuento fue escrito por​ ​Hostos en Chile en ​1​897 y publicado​ ​en La República Cubana, París, en​ ​marzo-abril de l897, según nos indica​ ​Emilio Roig de Leuchsenring. Dicho​ ​cuento recoge un incidente​ ​autobiográfico de Hostos,​ ​característica que también comparten otros textos su​yos.​

GRACIAS A PAULA DISLA, quien me prestó este libro maravilloso.

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