¡ALLÁ VIENE!

NARRACIÓN DE FREDDY MILLER OTERO,  mensuario DOMINICANA, DICIEMBRE 1948




Silueta psicológica

Allá viene. Enjuto. Arrugadito y lento. Con los ojos perdidos entre el polvo de las aceras y la ropa gastada. Sucia. Estrecha como su vida.
Hace años que no sabe coordinar las palabras. Se le pierden o, como a veces ocurre, se le quedan dormitando entre ideas carcomidas para luego aparecer triunfantes en su gran ridiculez cuando ya no sirven para nada. Pero a él no le sirven para nada. Pero a él no le importa esto. Vive porque tiene que vivir y nada más. Habla como puede y comprende que es una sobra. Un cansancio. Un bagazo de hombre.
Cuando está de humor, sabe ser la atracción de toda la familia. Entonces, habla al galope. Se enreda y enciende por momentos los verdes farolillos de sus ojos pequeños. Opacos.
Es una delicia escucharlo. Cualquier historia es de un color fantástico. De un heroicismo impresionante en sus labios. Al final, siempre se convierte en Quijote y allí, entre nuestras risotadas y picardías, sabe sonrojarse por al duda que despierta lo que dijo. Es ideal. ¡Verdaderamente ideal!
Su nombre es muy largo para su cuerpo. Por eso, todos le llaman Yoryi. Así ha sido siempre.
No tiene en sus años, ningún acontecimiento que valga la pena. Ningún caso extraordinario. Ha vivido así. Porque nació. Como un animal más.
Cuando lo conocí era yo muy pequeño. Vivía en un cuarto tan oscuro como él mismo. Porque en todo su interior no era otra cosa que una sombra. En aquellos días, creí haber  conocido a un carpintero rústico. ¡Pero no!... Después me fui empapando de su forma de pensar y actuar en la vida. Lo hacía todo por afición. Por entretenimiento. Porque sí. Sin embargo, vivía de retocar negativos de fotografías. Y en eso era una perfección. Un milagro.
Su único amigo de siempre era un viejo albañil. Decrépito y sordo, cuyo nombre se me ha borrado ya de los recuerdos. Noche a noche, los dos, hacían algo de comer, encendían cigarrillos baratos y, con aire burgués, esperaban la hora del sueño contándose, mutuamente, propósitos descoloridos y huecos. Sueños también...
Después, no supe más de Yoryi. Se perdió en mi existencia como se pierden esas monedas de poco valor.
Y, nadie lo mencionó nunca. Y nadie se preocupó por conocer su paradero. Andaría por ahí. Con sus planes incoloros.
Durante su ausencia los años me hicieron hombre. Tuve hijos. Unos diez años, seguramente.
Y una noche, sorpresivamente, al llegar a la casa de mis padres, encontré a Yoryi.
Estaba igual que antes. Lleno de óxidos. Arrugado y lento. Pero ahora había dejado de ser sombra para ser lo que es: algo que no tiene denominación entre los demás. Porque, ciertamente, no es nada. Ni está entre los vivos ni ha muerto aún. Es tan indefinible como ese claroscuro de las tardes.
Sin embargo, desde que he vuelto a verlo todas las noches, he contemplado en él algo que no había encontrado en nadie. Es: símbolo de la conformidad entre los humanos. Es: un hombre que nació para no saber nunca por qué hay maldades y rencores sobre la tierra. Porque, como no ha utilizado el corazón para pasiones violentas ni ambiciones bastardas, se concreta a pasar las horas como mejor sea. Y en esa quietud espiritual, ni se sabe pequeño ni conoce la injuria. Se infla de esperas y mira tranquilamente el reloj que limita su tiempo. Más nada. Y, para eso, hay que ser conforme. Frío. Solemne.
Yoryi es la filosofía para cualquier extraviado. El espejo para cualquier inquieto. La lección para los engreídos.
En su pequeñez, se nota una vigorosa inmovilidad que lo resuelve todo. Una despreocupación donde se estrellan todas las grandezas ficticias.
Los chicos lo miran con la cara risueña. Se detienen, atrevidos, ante su destartalada figura y le hacen preguntas y ríen a carcajadas de su larga nariz. Pero Yoryi goza con ellos. Se sabe querido. Lleva la íntima satisfacción de que los niños vayan a él y le traten como a otro de los suyos. Singular privilegio. Tesoro de pocos!.
Anoche, tuve la pesada ocurrencia de preguntarle por qué había perdido los años tan tontamente. Y entonces me contestó:
-Yo... no he perdido los años. Yo he pasado el tiempo observando a los otros y, desde muy pequeño, opté por callar y dejarlo todo dentro de su órbita. No compongo nada para sentirme un inconforme con las vicisitudes diarias que nos trae la vida. Otros gritan y se desesperan. Yo soporto en silencio todo lo que me regale Dios. Más nada. Gano bastante con eso y estoy siempre de acuerdo con el dolor. De esta manera soy más feliz que todos. ¿Por qué debía ser tan ridículo como el resto?
...Y entonces comprendí que el equivocado era yo. Yoryi se ha concretado a ser un animal más junto a nosotros, que también somos animales. Y animales ridículos.
Ya está muy viejo. La piel se le va aflojando con los años. En su cara no caben más arrugas ni en su cuerpo más paciencias. Todos les han ido tomando un cariño familiar y puro. en las noches, cuando Yoryi retrasado por alguna causa mayor no llega a la casa, en las caras se nota una sombra de miedo y desconfianza. Pero hasta hoy, gracias a Dios, esa duda se ha despejado siempre cuando uno de los niños, con la festiva dulzura de su voz, exclama ruidosamente:
-¡Allá viene!

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