sábado, noviembre 16

Rafael Hilario Medina

Apolo y Dafne. Bernini

Confundidos bajo los pétalos
de la más bella flor del estío
atravesamos el jardín.
La luna adormecida parecía flotar desnuda
sobre las aguas del estanque.
Contra los oscuros designios de las olas
la codicia del sueño nos arrastraba.
El viento iba de uno a otro costado de la tierra.
En las inmediaciones del puente de la bruma,
justo en el lugar donde a menudo deliraba
el ferviente seno de la viña,
el pálido fantasma del porvenir nos sorprendió:

«¡Oh Fugitiva!
-aulló al pie de los trémulos peldaños de la llama-
¡Si la luz de súbito invadió el espacio
que en el aire ocupaba la furia de tu corazón devastado,
fue para impedir que el dolor asumiera
la total posesión de tus dominios!

¡Oh Fugitiva!
¿Qué añoranza alienta la soledad
de tus deseos contra el reflejo de la duda semejante?»
Fiel, empero, al resplandor
que sustentaba la línea de nuestro destino,
la balanza del tiempo nos precedía.
A esas alturas del camino, en cambio,
traspuesto ya el pórtico de los corceles,
ni la furtiva rueda del Azar
ni la descarnada rosa de la Vigilia
conseguirían separarnos.

«¡Oh Fugitiva!
—susurró perdido un eco mientras ganábamos
la firme claridad de otra orilla—
Sobre el arco luminoso de tu frente
combatían el trébol, los labios de la tormenta…

«¡Oh Fugitiva!».
El piar de los pájaros de la cima eclipsaba la lira del cielo.

"Sombra de alondra" (fragmento) de Rafael Hilario Medina