martes, abril 9

Mis días con Adrián Javier, por Leon Félix Batista

Adrián Javier con Bernardo Silfa Bor en el Taller Literario Juan Sánchez Lamouth
Poco después de mediodía del sábado 11 de mayo de 1985, después de visitar a Evan Lewis en su oficina del hoy desaparecido periódico El Sol, en la zona de Honduras, me dirigí a pies hacia mi casa de Villa Consuelo. Llevaba el invaluable tesoro de mis poemas publicados en el suplemento “Pasos de Literatura”, que dirigía Evan. Era la segunda vez que yo publicaba. Tenía 20 años.

Hice una parada “técnica” obligatoria e intermedia en la Biblioteca Nacional, a leer gratuitamente los diarios del día y a refrescarme con uno de aquellos baratísimos y sabrosos jugos de tamarindo que servían en su cafetería. Sorbiendo el delicioso zumo, iba releyendo incrédulo mis propios poemas en el diario. Al lado mío sentía una mirada insistente, metiéndose en mi periódico, leyendo sobre mi hombro. Era un muchacho alto, delgado, de ojos enormes, que no pudo resistirse más, y me abordó con estas palabras, interrumpiendo mi bebida y mi lectura: “¿tú eres poeta? ¡yo también!” Así conocí a Adrián Javier…
Nos fuimos entonces andando hasta los bancos que estaban (¿o están aún?) bordeando el lago artificial (casi siempre seco) en la zona verde entre la Cinemateca y el paraboloide. Allí, a horcajadas en un banco, frente a frente, hablamos hasta por los codos de poesía, de poemas, de poetas, con esa intensa pasión, agudeza y lucidez que caracterizaba a Adrián desde siempre. Y luego nos fuimos a mi casa, a seguir hablando mil veces de lo mismo. Me di cuenta de inmediato que no era más que poeta, que nunca sería otra cosa que poeta, pues la poesía le corría por las médulas.

Y para hablar de lo mismo siempre, pero de manera distinta, Adrián siguió yendo a mi casa: cuando menos lo esperaba, estaba frente a mi puerta. Había salido hacía poco “Utopía de los vínculos”, de Cayo Claudio espinal, y ambos estábamos fascinados con ese libro; tanto, que me lancé a escribir un ensayo sobre él, y mi nuevo amigo Adrián me dio el título: “vincular las utopías”. Eso nos hizo amigos: la poesía, en momentos de terrible indefinición y afianzamiento para ambos, a pesar de que soy 3 años mayor. Yo estaba entonces con la fiebre del Taller Literario César Vallejo, y Adrián involucrado con un grupo de poetas de la zona oriental, tan importantes como Médar Serrata y el propio Evan. Muy pronto Adrián, Médar, José Alejandro Peña… demostrarían contundentemente con su obra la falsa afirmación de que lo mejor de la poesía de los 80s provenía del César Vallejo.

Ocurrieron entonces cosas, eventos de esos que espacian las amistades más sólidas: a fines de ese año me casé, y al año siguiente me fui a Nueva York, para sólo volver casi 20 años después… En mis viajes no lo veía (nunca supe su lugar de residencia natal), hasta que leo la grata noticia de que Adrián, a sus 21 años, obtuvo el Premio de Poesía de Casa de Teatro, con un jurado presidido nada más y nada menos que por Don Pedro Mir. Y así nos reencontramos en una doble coincidencia: publicaríamos ambos nuestros primeros libros en 1989, con cercanía titular: el suyo “El oscuro rito de la luz”, el mío “El oscuro semejante”, a cuya presentación, recuerdo, fue Adrián (tengo fotos inéditas suyas allí). También estuvieron Zapata, Aquiles Julián, Mateo, Plinio, Dionisio, Eloy Tejera, Modesto Acevedo y Víctor Bidó y José Alejandro, mis presentadores. Adrián me había enviado su libro con Angela Hernández a Nueva York.

20 años después, Adrián me propuso en mi oficina de la Editora nacional -a donde iba con frecuencia-, que hiciéramos alguna actividad en conjunto para conmemorar aquella doble coincidencia. Le respondí, encantado, que publicáramos ambos libros en un solo tomo, bajo el nombre burlón de “Doble Negro” (remedando el doble blanco de las fichas de dominó, a la vez que hacía ligera referencia a la palabra “oscuro” en nuestros libros), y que hiciéramos gira de lectura. Riéndose, me dijo que lo iba a pensar, porque si ya ser negro en este país es complicado, imagínate que uno se llame a sí mismo negro ¡nada menos que en un libro! Allí murió la idea. Así era Adrián.

En el ínterin, antes de mi regreso al país, sabía de sus andanzas, iba a visitarlo a la biblioteca de la Galería de Arte Moderno. Nuestra amistad, como casi todas, fluctuaba, sin un sí, sin un no. También empezaron a distanciarse nuestras visiones de la poesía: Adrián se mostró vanguardista en su primer libro, pero fue derivando a una poesía más cristalina, digerible, aunque siempre extraordinaria. Mientras, yo me radicalizaba, descontento con mi primer libro demasiado “ochentista”, y buscaba mi propia voz desesperadamente, aunque me fuera la vida en ello. Adrián ganaba premios con su poesía clara. Yo también los ganaba, con estupor, pese a mi poesía oscura. Supongo que es afán de cada uno ser sí mismo. Hasta que en 2005, a raíz de un ensayo sobre poesía dominicana contemporánea que publiqué en México, ocurrió nuestro primer desencuentro serio. Allí yo escribí que el imperativo erótico característico de la poesía ochentista derivaba a veces en “eros light, de la sintaxis de las superficies, como el que exhibe Adrián Javier”. 8 años después, sigo viendo eso mismo en su poesía, sin que llegue eso a significar que no es una poesía fuera de serie. Adrián es un gran poeta, y una de las pocas voces singularísimas que tiene mi generación y nuestro país. Siempre lo dije y lo demostré, antologándolo y hasta lo hice traducir al italiano. Pero él me recriminó el adjetivo “ligth”…

Dicho sea de paso, ese ensayo mío me generó también el enfado de Zapata, de quien yo lamentaba que, pese a su formación en psicología y psicoanálisis, no aprovechara el caudal de este último para verterlo a su poesía, como bien habían hecho Hinostroza, Luis Hernández y Osvaldo Lamborghini. Mi gran amigo Plinio Chahín, aunque de modo menos virulento, también me reclamó que dijera que él “eyacula poco a poco su sintaxis renal, algo quebrada”. Vale decir en mi defensa que nunca hubo tentativa de reducir la poética de nadie. Todo lo contrario: mi idea era estremecerlos, hacerlos arder un poco (en el caso de Plinio creí, lo juro, que lo estaba elogiando). El problema, que no vi, es que somos de la misma generación, y nunca se entiende bien un análisis con escalpelo si lo hace el tipo que está al lado tuyo. Resultado: me arrepentí, no de haber escrito lo que escribí, sino de escribir sobre mis compañeros de generación. Consecuencia: no pienso escribir jamás. Pero todo quedó allí, y seguimos siendo amigos todos, desde la conciencia de que estamos procurando levantar edificios particulares de la lengua poética.

Las diferencias se dan entre hermanos, cómo no iban a darse entre amigos. No significa que no se quieran o no se respeten. Y a veces se dicen cosas, se escriben cosas que responden al sentir de momento. Aunque los ochentistas tenemos fama de practicar canibalismo entre nosotros, no se crean ese cuento: todos nos queremos mucho (salvo contadísimas excepciones: cuando ha habido difamaciones personales, por ejemplo) y lo hemos demostrado en momentos extremos, cuando alguno necesita a otro. La muerte de Adrián, cuya noticia recibí a las 7 de la mañana del sábado, me duele, profundamente, por muchas razones: por nuestra historia adolescente, porque era un gran poeta en plena producción, porque admiro su deslumbrante poesía, porque persistía en el oficio de escribir a pesar de las tantísimas tentaciones de esta sociedad para que uno se dedique a otras cosas más productivas, porque era un poeta de mi generación y porque es el primero de nosotros que muere, muy a temprana edad, justo a pocos días de que uno de nosotros, Mármol, obtuviera el Premio Nacional de Literatura. Nadie debe morirse antes de tiempo. Mucho menos un poeta.
No fui su amigo íntimo ni su mejor amigo, pero su amigo sí. Y alguna vez tuvimos el sueño común de ser grandes poetas. Tal vez mantuvimos un poco de sana rivalidad literaria, natural entre poetas de una misma generación. Yo a Adrián lo quise y lo respeté, y sé que él a mí también. Y eso me basta para honrar su memoria. Que algún resentido escritor frustrado pretenda hoy cebarse sobre el cadáver todavía tibio del poeta, no va a borrar esa realidad. Allá el mediocre que irrespeta su memoria, porque nunca vivió una “fiesta poética innombrable” como la que hemos vivido nosotros los poetas, los que creemos de verdad en la literatura. Allá él, que no puede dar un testimonio suyo con Adrián Javier como lo he dado yo. Allá ése. El tiempo, que no yo, lo pondrá en su justo lugar, el reservado a los cobardes y manipuladores.

Mientras a ti, Adrián, poeta, amigo, buen viaje. Cuando emprenda el viaje yo, seguiremos del otro lado como siempre, como antes: hablando de poesía hasta el cansancio.

León Félix Batista