Miguel
Ángel Fornerín
El ciclo novelístico que va de 1940 a 1960,
parece ser de menor calidad que el anterior. En el aparecen las obras de Rafael
Damirón, (Revolución, 1942; La cacica, 1944) un novelista que no acaba de
convencer, porque su obra estuvo más centrada en la propaganda que realizó la dictadura.
También debemos mencionar las obras de Marrero de Muné Caña dulce (1957) y Toeya (1949) de Ana Virginia Peña de Bordas, que no han
concitado una atención definitiva de la crítica. Podríamos decir que es la mujer
novelista de este período y muestra la decadencia de la participación de la
mujer en la narrativa de largo aliento. Sobresale Sanz Lajara con una novela
buena: Caoenex, también de corte trujillista, y que muestra al mejor escritor
del periodo. En segundo lugar hay que destacar la presencia de Lacay Polanco, autor único con La mujer de
agua y En su niebla. Juan mientras la ciudad crecía (1960), de Carlos Federico Pérez; Trementina, clerén
y bongó (1943) de Julio González Herrera, son obras de las cuales se ha
escrito poco y han quedado fuera del canon. También en este interregno Moscoso
Puello publica Navarijo (1956), una novela de cierto interés por el mundo que
busca revivir una familia bajo las dictaduras de Lilís y Trujillo.
Entre Sanz Lajara y Lacay Polanco tenemos a
dos escritores singulares. Ambos son dos estilistas; el manejo del lenguaje es
extraordinario en sus novelas y cuentos. En Sanz Lajara esta posibilidad está
fuertemente asociada a la creación de personajes, espacios virtuales... una
narrativa de la negritud; es un escritor que va más allá de nuestras fronteras.
En Lacay, La mujer de agua, (1949), el lenguaje poético está siempre en
movimiento y es él el autor que mejor capta la estética de la postguerra, la influencia
de la literatura española del éxodo y el llanto, como la llamara León Felipe.
La nota lamentable es que ninguno de estos escritores desarrolló toda su
potencialidad en el arte de novelar. Si Sanz Lajara tuvo logros en “Caonex”
(1949), y en sus cuentos (“El candado”, 1959), Lacay Polanco se queda en el
lenguaje, en la experimentación de “enfant terrible”, de poeta maldito de “En
su niebla”, (1950). Pero no hay un más allá. La dictadura y la ausencia de un
mundo editorial importante yugularon esta narrativa. Se escribe para alguien y
desde cierta libertad. Esta no existía y los lectores eran muy poco.
Debo decir que 1940-1960 es el
periodo de mayor represión de la dictadura; de mayor expresión política. De
grandes actividades guerrilleras. Muchos de los jóvenes se inmolaron en las
montañas. Parecería que la política tuvo más que ver con la expresión que el
arte literario. La postguerra, el reordenamiento de la economía, dieron a un
Trujillo modernizante y empresario cañero; en el sátrapa la imagen del
hacendado se convierte en la nación como hacienda de la familia Trujillo. La
cartilla trujillista muestra el nivel de adoctrinamiento que tomó la educación.
Se desmanteló la escuela hostosiana; propagandistas trujillistas como Balaguer
y Ramón Emilio Jiménez tomaron el control de la Secretaría de Educación. No he
encontrado más de una edición de las
novelas fundamentales. “Enriquillo”, “Over”, “La Manosa”, “Over” se
quedaron con una sola edición. Para la educación se publicó una versión parcial
de “Enriquillo”, no tengo noticias de otras publicaciones hasta que Julio
Postigo comenzó su colección en 1949,
pero las novelas fundamentales aparecieron en esa colección en este orden:
número 10. “La sangre” (1955); 20. “Baní...” (1962); 26, “Over”; 21. “Judas,
“El buen ladrón”; 26. “Over”; 36. “La Mañosa”). La idea de que alguna
literatura pudo servir significativamente al régimen, alguna obra de ficción,
es para mí una falacia.
Mientras esto ocurría, se
publicaba en Cuba (La Verónica) en 1940
la segunda edición, revisada y corregida por el autor, “La Mañosa”. Bosch hace
una poda de su estilo eliminando los elementos modernistas de su prosa. Como se
nota en el libro de Guillermo Piña Contreras (Bosch, Juan: “La Mañosa”,
estudio, cronología, notas y variantes de Guillermo Piña-Contreras, 2004); y en
Chile el editor Ercilla publicó las obras de Requena, “Cementerio sin cruces”
(1949) y “Camino de fuego” (1941) la primera puede ser estudiada como una obra
propagandística que le costó la vida al autor. Solo Bosch y Requena realizaron
una obra estimable desde la narrativa en el exilio.
A fines de la dictadura,
Antonio Fernández Spencer orienta a un grupo de novelistas, con una visión
estética muy particular. Ellos van a producir, lo que ha llamado Giovanni Di
Pietro “La novela bíblica”. Marcio veloz Maggiolo (“El buen ladrón” (1960) y “Judas”), Carlos Esteban Deive
(“Magdalena”, 1962) y Ramón Emilio Reyes (“Testimonio”, 1961). En los prólogos
que escribió Fernández Spencer a estas obras se nota una influencia de las
preocupaciones que había expresado José Ortega y Gasset sobre la novela del
siglo XX y una poética más cercana a la filosofía, como fue la poética
existencialista de la posguerra. Entonces se leía mucho a Ortega en Santo
Domingo y la literatura francesa era de gran estimación sobre todo la obra de
Camus y Sartre.
Con Fernández Spencer, los
nuevos creadores consiguen a un editor profesional, un teórico que orientará su
arte. La novela bíblica se inserta en lo que se estaba haciendo en Europa. Da
un salto cualitativo. Spencer postula el nacimiento de un nuevo arte. Un arte
del hombre frente al mundo, un arte universal, vitalista.
Spencer postulaba una nueva
narrativa en un mundo en que estaba a punto de terminar la dictadura de
Trujillo y el orbe daría cambios fundamentales con la Revolución cubana y el
movimiento de la contracultura norteamericana. En ese mismo punto definitorio,
la narrativa latinoamericana era descubierta por los editores catalanes (Seix y
Barral). Y comenzaron a aparecer nuevos narradores como Mario Vargas Llosa,
Gabriel García Márquez y se publicaron a otros como Borges, Carpentier, Onetti y Cortázar que ya venía realizando otra
novelística. Se desarrolla esta nueva narrativa dentro de las cuatro cimas de
la narrativa del siglo veinte (“El Ulises” de James Joyce, “A la búsqueda del
tiempo perdido”, de Marcel Proust; el irracionalismo de “La metamorfosis” “El
castillo” de Kafka, y el mundo alucinante del sur estadounidense con la obra de
Faulk
La novelística del llamado boom latinoamericano toma elementos muy importantes que tienen que ver con el vanguardismo europeo. Aparece una nueva forma de representar la realidad en la obra con el perspectivismo de William James en la filosofía, Henry James en la teoría literaria y con sus novelas. El tema del tiempo irrumpe en la filosofía de Bergson y los cambios en la perspectiva y la relación tiempo y espacio en la física de Einstein motivaron mudanzas en la manera de presentar la historia. Atrás había quedado la novela de aventura, la novela de acción, atrás había quedado el sociologismo de la literatura social rusa... el mundo buscaba una nueva forma de representar la realidad. El novelista busca a un lector más activo y hasta escribe para la nueva crítica literaria que trasciende fronteras en un mundo convulsionado y de grandes movimientos intelectuales unidos a las corrientes sociales del siglo XX.
La novelística del llamado boom latinoamericano toma elementos muy importantes que tienen que ver con el vanguardismo europeo. Aparece una nueva forma de representar la realidad en la obra con el perspectivismo de William James en la filosofía, Henry James en la teoría literaria y con sus novelas. El tema del tiempo irrumpe en la filosofía de Bergson y los cambios en la perspectiva y la relación tiempo y espacio en la física de Einstein motivaron mudanzas en la manera de presentar la historia. Atrás había quedado la novela de aventura, la novela de acción, atrás había quedado el sociologismo de la literatura social rusa... el mundo buscaba una nueva forma de representar la realidad. El novelista busca a un lector más activo y hasta escribe para la nueva crítica literaria que trasciende fronteras en un mundo convulsionado y de grandes movimientos intelectuales unidos a las corrientes sociales del siglo XX.
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