miércoles, diciembre 16

Miguel Ángel Fornerín en Mediaisla hace homenaje a Pedro Peix

PEDRO PEIX [mediaisla] El lugar que ocupa Pedro Peix en la literatura dominicana es controvertible y provocará muchas discusiones. La grandeza de su obra está en la búsqueda constante de formas para hacer que su arte fuera admirable. Tres cuentos puedo seleccionar de Peix, “Pormenores de una servidumbre”,  “Los hitos” y “Los muchachos del Memphis”; “Los muchachos del Memphis” es un cuento que plantea la presencia de un discurso en que aparece la juventud capitalina, en una actividad lúdica no intervenida por la lucha política, pero con la presencia de una metáfora de la historia contemporánea. MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN



Los muchachos del Memphis

Polanco, el Ciguapo, primera base

Estábamos jugando pelota frente al mar cuando de pronto vimos un barco entrando en tierra, enfilando hacia nosotros como un fantasma monumental y gris. Yo, que corro igual de espalda que de frente, me quedé con el madero al hombro, boquiabierto, sin sentir siquiera el pelotazo en la cabeza. El barco venía por encima de las aguas y casi lo vimos deslizarse hasta el campo de juego. Nadie corrió ni se movio de su posición. A lo lejos el mar estaba poblándose de náufragos, mientras nosotros permanecíamos con los guantes en las manos, buscando otro cielo donde jugar.

Cansen, el Niño Manco, jardinero central

Había sido su idea, o más bien su audacia la que nos impulsó a ir todas las noches al Memphis, encallado a cien pies de la costa. Para no llegar a nuestras casas todos mojados, nos desnudábamos y guardábamos la ropa entre las piedras de los acantilados. Nos íbamos a nado, de tres en fondo, susurrando nuestros nombres a cada brazada. Adelante iba el Niño Manco, nadando con su único brazo, haciendo espumas con su muñón, más velos que todos nosotros en el agua y en el terreno. Él decía que un tiburón, pero todos sabíamos que había perdido el brazo en las muelas de un trapiche. Aun así era el cuarto bate y el capitán del equipo. Los infantes de marina le habían enseñado a jugar béisbol en el patio de la Fortaleza Ozama. Los conocía bien y entendía su idioma. Quizás por eso fue el único que no se alarmó la primera noche que nos aventuramos en el Memphis, cuando vimos flotando a nuestro lado el antebrazo de un marino, tatuado con un ancla enorme y morada. El antebrazo iba en dirección contraria a la nuestra y se esforzaba por llegar a la costa: “Ese es McKenzie Blue… no lo toquen –dijo el Niño-… Vive en el horizonte”.

Ravelo, la Plaga, tercera base

Desde el sarampión hasta las paperas, incluyendo los dolores de muelas y los catarros, todas las enfermedades nos las había transmitido sin contemplaciones y con la misma intensidad y virulencia con que él mismo las había sufrido. Nadie quería caminar a su lado ni pasar por su calle, pero desgraciadamente casi todos vivíamos en un mismo barrio, y a cada vuelta de esquina nos topábamos con sus erupciones, su flema y su fiebre. No hubo manera de expulsarlo del equipo: cuando jugábamos sin él, alguno de nosotros se rompía una pierna o un brazo, o se perdía nuestra única pelota o caía un aguacero que nos enlodaba hasta los sueños: “Que venga el azaroso ése de Ravelo”, decíamos, y volvía a salir el sol. Al principio nadie quería llevarlo al Memphis, pero un buen día se presentó afirmando que había ido solo y que había visto una sirena en los camarotes.

Tancredo Rondón, el Ñoño, jardinero izquierdo

La verdad era que está muy nervioso. Mi papá acababa de comprar un Ford-T, último modelo, 1916, y había decidido llevarme al farallón para iluminar con los faroles el lugar del siniestro. Había muchos carros estacionados en la playa incluso por los acantilados, proyectando sus luces hacia el barco en busca de algún náufrago o sobreviviente. Todavía una semana después de haberse varado el Memphis, mi papá seguía prestando sus luces a la tragedia. Los primeros días yo creía que él estaba realmente condolido con la desaparición de más de cuarenta marinos, pero una noche oí a mamá decirle que estaba bueno de exhibir el carrito, que ya todo el mundo lo había visto y sabía que era el primer Ford-T que rodaba por las calles de Santo Domingo. No eran sin embargo las jornadas de rescate lo que me preocupaba, sino el temor de que fueran a sorprender a los muchachos yendo del Memphis, en unos abordajes impúdicos y vandálicos de los cuales yo también era cómplice.

Mustafá Rancel, el Turco Midas, paracorto

La tentación del saqueo salió de él, no había duda, aunque lo llamara “sobras de Rey”, fue Mustafá Rancel el que nos propuso que nos lleváramos todo lo humanamente transportable del barco: “Hasta la chatarra se vende”, nos dijo, mirando con avidez el inmenso casco cuarteado del Memphis. Para empezar abrió baúles y maletas abandonados, seleccionó uniformes y polainas, y nos sugirió que recogiéramos todos los chalecos salvavidas que encontráramos en el crucero de guerra: “Cualquier descamisado los comprará”, aventuró a decir, presumiendo que los chalecos salvavidas eran más prácticos y duraderos que cualquier vestimenta convencional. Luego se le ocurrió desmantelar todos los camarotes, eligiendo las mejores sábanas y colchones para venderlos en los hoteles chinos. No satisfecho entró en la cabina de proa y se apropió del telégrafo, el cual cambio por dos bates y seis guantes de béisbol. Después lo vimos cargando las herramientas de avería, apuntando y borrando en el libro de bitácora cálculos insospechados. Finalmente, cuando le mostramos un pesado vargueño donde había varias banderas norteamericanas, nos dijo, casi desdeñando la mercancía: “Enróllenlas… las venderemos como alfombras”.

Lupo Navarro, el Soñador, lanzador

A nuestro barrio le llamaban El Mondongo, quizás porque se había formado al lado del El Matadero, cerca del terreno donde jugábamos pelota. Nuestros padres eran carniceros, matarifes, desolladores, traficantes de vísceras y despojos. No todos, porque había dos o tres del equipo que vivían en la avenida Independencia. Eran los riquitos del grupo. Sus papás tenían carros, casas con balcones, jardines que llegaban hasta el mar, y no cagaban en letrina sino en inodoros portátiles, que, según ellos, se los habían comprado a los infantes de marina. No era un secreto para nadie que los niños de familia jamás pasaban por El Matadero. Si venían a jugar pelota con nosotros era porque se escapaban de sus estancias. Después la tentación de la sirena fue más grande que cualquier castigo. Ella era todavía para nosotros un limbo de placeres, un musgo ajeno a la ciudad. Sólo la oímos cantar, pero no sabíamos de dónde venía su voz que parecía escondida en el silencio del Memphis. Cantaba como si estuviera enamorada, sin música, a capella con el oleaje. Nosotros recorríamos el barco de punta a punta sin encontrarla: buceábamos desperdigados por los arrecifes, buscando su nombre en los labios de los ahogados; organizábamos serenatas de mar y le preguntábamos a los pájaros si ella había donado su cuerpo al resplandor. Sólo para honrarla, educamos una multitud de peces en nuestras manos, y aunque la presentíamos comprometida en la oscuridad, aguardábamos a que subiera con la mañana. Una tarde le escribí un largo poema en la arena, pero una bandada de golondrinas lo alzó en su vuelo.

Celso Pumarol, el Guayo, segunda base

Pedro Peix muchachosYa lo habíamos vendido casi todo, “a domicilio y sin regateo”, tal como nos lo había ordenado Mustafá Rangel; hasta teníamos una flotilla de botes salvavidas para alquilarlos en las mañanas y llevar a algunos curiosos hasta el Memphis. Pero al caer la tarde los sacábamos de servicio porque la noche se había convertido para nosotros en un reducto privado, en un solar flotante donde sólo había espacio para el amor. Aunque Ravelo, la Plaga, sostenía que él había sido el único en ver a la sirena, lo cierto fue que un sereno de la Capitanía del Puerto terminó siendo el primero en presentárnosla. Aquella noche, abriendo y cerrando escotillas, nos condujo hasta donde nunca habíamos llegado, hasta el rocalloso corazón del Memphis. Nos la enseñó tendida sobre los corales y los sargazos que habían penetrado en el fondo del casco. Estaba desnuda y sonriente, y su piel parecía lavada por el limo de muchos insomnios. Casi sin darnos cuenta, Ponciano nos incitó a poseerla de uno en uno y cuantas veces quisiéramos. Esa noche yo fui el primero en desdoblar su fragancia y el último en abandonarla.

Negro Benítez, el Plebe, jardinero derecho

“¿Cuándo es que va a zozó-zozobrar la vaina ésta?”, solía siempre tartamudear el Negro Benítez. Era el único que le irritaba la figura espectral del Memphis. Podía decirse que lo odiaba desde el primer día que lo había visto en el terreno de juego. Y no sólo al Memphis sino también a toda la tripulación que había sobrevivido. Todos nos hicimos de la vista gorda el día que lo vimos desnudando el cadáver de un marino. Fue la primera noche que exploramos el Memphis, cuando todavía la gente trataba de rescatar a los infantes de marina. Luego de despojarlo de la ropa, empezó a patearlo y a abofetearlo, farfullando: “Nonó nosotros tenemos que salvarlos… mienmién-mientras ustedes vienen a jodernos”. Por eso, tal vez, era el que con menos frecuencia subía al barco; la noche que conocimos a la sirena, fue el único que la repudió antes de tocarla: “A esta la conozco yo –exclamó con sorna-. Es una puta de El Matadero… y está momó-mojada de vicio”.

Benjamín Ogando, la Guinea, receptor

Después de varias semanas de haber guardado en secreto el hallazgo de nuestra sirena, Ponciano, el sereno de la Capitanía del Puerto, empezó a subir a bordo a los muchachos de otros barrios: “Las sirenas como los tesoros –nos dijo-, hay que compartirlos”. Pero nosotros no estábamos conformes, porque ya no sólo pasábamos noches enteras haciendo fila en la cubierta, sino que, cuando nos llegaba el turno, había que pagarle a Ponciano cinco centavos para ver a la sirena y diez para acostarse con ella. Ahora la contemplábamos más resuelta y carnal, aun desnuda pero cubiertos los senos con un chaleco salvavidas, rendida sobre una lona de campamento, fumando cigarrillos Lucky Strike. Más tarde nos fue imposible volver a verla, ni siquiera de lejos, porque ya los adultos que trabajaban en las inmediaciones del Puerto también habían fila para conocerla. Cuando Ponciano subió la tarifa “aceptando sólo dólares”, los infantes de marina, que ya habían invadido la ciudad y todo el país, desplazaron a los criollos de su lasciva curiosidad. Fue una noche de navidad cuando nos enteramos de que la sirena había aparecido muerta en los arrecifes. Ponciano fue el primero en decírmelo, quizás porque soy el más viejo del grupo. Yo les transmití la noticia inmediatamente a los muchachos. Esa noche fuimos todos juntos a los arrecifes. Más que el cadáver, una de las cosas que recordamos cuando vimos la silueta de la sirena embalsamada en su lecho de corales, fue el comentario que hizo el Negro Benítez, quien por primera vez en su vida dejó de ser plebe: “Mumú-murió en sus aguas… de por sí… ¿nonó-no decían ustedes que era una sirena?”.

Lepe Lizardo, la Flecha, taponero

Pedro Peix muchachos 3Realmente ya estábamos por devolvernos, cuando vimos de pronto, en medio de la noche, el antebrazo de aquel marino nadando ahora mar adentro: “¡Ése es McKenzie Blue!”, exclamamos todos. A pesar del oleaje, el antebrazo esquivó los arrecifes, palpitando entre la lluvia, emergiendo más musculoso y ágil que nunca, enorme y brillante, mostrando en cada brazada el tatuaje, con nuestra sirena aferrada a su ancla.

Camarena Son, el Bayby, entrenador

El Memphis pasó veinte años varado en el mar. Nunca terminó de hundirse ni nadie se ocupó de desencallarlo; ni siquiera el día que se fueron los infantes de marina se molestaron en removerlo. La gente que pasaba por el malecón lo veía emproado y desnudo como un negro cascarón semoviente. Muchos lo contemplaban con indiferencia, otros con desprecio, incluso algunos con indignación y asco, sobre todo los que ya sabían que el Memphis, con el paso de los años, se había convertido en una madriguera de rateros, en un escondrijo de chulos y proxenetas que se daban cita en la madrugada para violar y pervertir menores, para repartir la mercancía robada, para secuestra y torturar a los adversarios del régimen: “En el Memphis sentó residencia la escoria”, fue lo último que oí a mis espaldas.

Salcedo de Jesús, Zicote, cargabates

Cada día más un olor envenenado, sulfuroso, nauseabundo invada al Memphis. Las ratas cruzan por las bordas desvencijadas, por la sala de calderas, por el cuarto de máquinas, bajan y suben por las escotillas. En noches de luna llena se ilumina la nueva podredumbre de sus inquilinos: mendigos dementes, soplones y calieses de tugurios, riferas crapulosas y prostitutas fétidas que aguardan su turno para abortar antes del amanecer: “¡El Memphis es una cloaca seca por donde se arrastran los delincuentes más sádicos y depravados, el hampa de la ciudad!”… Así nos llaman ahora, hace mucho tiempo ya, antes que asaltaran nuestro cielo, cuando éramos muchachos y jugábamos pelota frente al mar. (Cuentos premiados de Casa de Teatro, 1986)

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PEDRO PEIX (Santo Domingo, RD, 1952-2015) Narrador, obtuvo importantes premios y menciones honoríficas en los concursos de cuento de Casa de Teatro; también, el Premio Nacional de Cuentos en 1977. Entre sus títulos sobresalen Las locas de la Plaza de los Almendros (1978), La narrativa yugulada (1981), Los despojos del cóndor (1985), Pormenores de una servidumbre (1985), El amor es el placer de la maldad (2006).-

http://mediaisla.net/revista/2015/12/los-muchachos-del-memphis/