lunes, junio 2

De ocho a cinco, por Farah Hallal


En su prisa traen el sonido del hambre.
La avenida extiende su gris como una urgencia
y se pierde en la nebulosa oscura de su ruido.

También yo tuve ocasión de pintarme
Por la mañana me espolvoreé la cara
con la vergüenza de saberme nacida.

La arritmia del tránsito se fuga con mi necesidad de viaje.
Mi estatura se somete al incierto de la rutina de los relojes.

De ocho a cinco me pagan para no soñar.
Pero también de ocho a cinco
todos los caminos de la mano van a mí,
se entregan cuando me extiendo como una equis.

Por eso hurto en el instante los caminos
que serán descontados de la nómina.

Por eso robo contigo que me lees
algunas horas de mi jornada.

Alguien me dice que el deber cumplido
es la suma de mi salario.
Alguien me dice que la luz del día
no me pertenece.

De ocho a cinco escasean los abrazos de mis hijos
y este escándalo nunca aparecerá en los diarios.
Me esperan y como yo atienden el ruido de los carros
porque hay uno que lleva la música de mis besos.

De ocho a cinco no debo escribir
sobre pájaros que comieron sus alas.

Lo justo es ofrendar las horas
y ayudar a construir un mundo ajeno.

Lo justo es que de ocho a cinco
ninguna madre pueda proteger a su niña violada
en la casa del vecino.

Pero algún día todos seremos iguales.
Cuando el humo no luzca productivo
o cuando el hambre se coma su miseria.

©Farah Hallal