El fondo y la fonda de la sabrosa y dulce lengua (Antología de la poesía dominicana 1975-2000)


Alexis Gómez Rosa
Decir la historia: el (en)canto de la tradición
La literatura es una enfermedad y es una fiesta. Desde la clarinada febrerista de 1844 (1) los do minicanos de buena y mala tinta la vivimos como diagnóstico (¿necesidad de curamos en salud?), y no como un convite para celebrar un luminoso escalofrío. Diagnóstico y receta de la febril musa de los vates, lleva (por mucho) en sus alforjas, la poesía y la patria al por mayor y al detalle.
Hija (sin apellidos) de la tradición lírica hispanoamericana y peninsular, la poesía del Santo Domingo español ha evolucionado, en su lento peregrinar, con los atributos de marsupiales y cangrejos, dando saltos que han llenado nuestra historia de vacíos y espejismos, en un proceso que por su anacronismo se explica de forma irregular, repetitiva e inconsistente. Más aún. Anclada en la fortaleza de su pasado, esta poesía opta por acentuar una tradición que se desgrana en un puñado de voces tardías y no en fundar una sensibilidad que nos permita descifrar lo moderno como expresión colectiva frente al ya clásico y solitario balbuceo. El poema se convirtió en sudario de un cuerpo social que lo redujo a efemérides heroicas y a jornadas cívicas. La poesía organizó su Fe en el porvenir (2) y con ella la naciente y esperanzada República inscribió sus fuerzas bajo las leyes contagiosas del pro greso del fin del siglo XIX, cuya versión local se redujo al fragor machetero de las luchas intestinas.
Sea dicho: en el umbral, la palabra en su arcadia perturbadora; la saga de concho primo y la vida galante, o en su reverso, el reduccionismo machista del mandamás dominicano por poseer y preñar la tierra y dejarla "parida de paredes".(3) Solitaria obsesión. Hubo tierras (ilimitadas y vírgenes) y bestias que la recorrieran en el espacio de una arenga. El yo se hizo expresión en la sangre y elocuente la sangre nos concedió la libertad permanentemente escamoteada por la inestabilidad de las luchas políticas. Resultado visible: la consolidación de la independencia nacional en 1865 y el sacrificio del naciente romanticismo criollo en la figura de Manuel Rodríguez Objío (1838-1871) -fusilado por el presidente Buenaventura Báez (1812-1884)- en quien podemos hallar algo más que su incuestionable verticalidad patriótica. Otro poeta: Eugenio Perdomo (1837-1863), esculpe su romántica bizarría al cambiar su condición de presidiario por la del carcelero español que le permitió ver a su amada (ocu pando aquel su lugar), para retornar al calabozo y hermosear su muerte bajo el peso de la fusilería enemiga.
Ocioso es repetirlo. El romanticismo en tierra dominicana encarnó en heroicidad mítica y en su reproducción como leyenda que la oralidad transforma y dimensiona. Las armas lo expresan donde las letras fracasan.
(Romanticismo al cuadrado).
Desde entonces la pasíón nos arrastró al desastre y el desastre vendimos. Una fue la querencia -tricolor y trigueña- en la que todos los dominicanos de buena voluntad apostaron su ideal república de bolsillo tras cada quebrantamiento del orden institucional. La política, entre palacios y logias, pasó a ser el nuevo evangelio y los poetas: termómetros metropolitanos, los oficiantes del alba primera y los escribas de pristinos y singulares caudillos presidenciales. Nos habíamos graduado como nación libre que aprendía a usar pantalones largos, en una operación aritmética que trasunta su carácter bíblico (Dios, Patria y Libertad)(4) en misterio inefable.
Así, de tres en tres, La trinitaría(5), al fundarse la República, encarna, por lógica consecuencia en trilogía: Juan Pablo Duarte (1813- 1876), Francisco del Rosario Sánchez (1817- 1861) y Ramón Matías Mella(6) (1816-1864), reservándole a la poesía un trío no menos egregio y luminoso: José Joaquín Pérez (1845- 1900), Salomé Ureña de Henríquez (1850- 1897) y Gastón Fernando Deligne (1861-1913), a quienes debemos la piedra fundacional de nuestra lírica. Con ellos se inicia el diálogo que, desde la orilla opuesta y mucho tiempo después, responden con estrenado espíritu poetas que prefiguran la modernidad en sus aspectos de forma y contenido y que antagonizarían la vida literaria del país. En esos años pasearía Vigil Díaz (1880-1961) sus frutos por la zona colonial de la ciudad de Santo Domingo como un animal de lujo, en un gesto que reinvindicaría a Ricardo Pérez Alfonseca (1892-1950) con su Oda de un yo, y al coetáneo Federico Bermúdez (1884- 1921) con Los humildes, entre otros poetas que al afirmar su individualidad, posibilitan la creación de un fuerte tejido verbal por donde irrumpe locomotorizado el siglo XX.
No cabe la menor duda. Moderna y vanguardista es la poesía dominicana que abre la presente centuria. Fiel a la primada (des)gracia de ser los exponentes número uno del european life style (primera ciudad con sus primeros auxilios: catedral, universidad, hospital y Real Audiencia) también podríamos añadir el haber echado las bases de la primera vanguardia poéti ca en América, con el nacimiento, en 1912, del Vedrinísmo. Su creador, Vigil Díaz: introductor del verso libre en la República Dominicana, es la encarnación de un vuelo fugaz y solitario para el cual se sintió predestinado a un juego que sor prende por sus recursos fónicos, lo que presa giaba ser un campo de audacias visuales como las pirotecnias aéreas (Looping the Loop) que le sirvieron de modelo e inspiración. Jules Vedrín (piloto francés de la primera guerra mundial) es cribió el cielo. Vigilio copió en la eternidad de una página "como suceso del alma", llena de un temblor rancio y narcótico y en la "armonía del desorden". Homenaje más bravo no pudo soñar el insigne Vedrin, quien posteriormente se vería interpretado en las experimentaciones sonoras y verbalistas de Zacarías Espinal (1901-1933); discípulo tardío del impredecible Vigil y creador primero de aquellos exquisitos artefactos que Alfonso Reyes bautizó con el nombre de "jitan jáforas", al enjuiciar los procedimientos formales en la obra del cubano Mariano Brull.
 
La otra cara de la moneda la da un brusco viraje a tierra que amplía y afianza las propues tas vedrinistas, al tiempo de imprimir "la nueva fórmula lírica" bajo una óptica "regida por las emociones" e impregnada (lugar común) de un fuerte sabor y color local. Surge así, entre burla y asombro, el Postumismo: movimiento poético dominicanista en cuyo parto intervienen Rafael Augusto Zorrilla (1892-1937), creador; Andrés Avelino (1900-1974), ideólogo y Domingo Moreno Jimenes (1894-1986), el poeta más importante del grupo. Póstuma, su validez, en la expectativa del triunvirato, este movimiento nace signado por la vivacidad del fuego al que lo somete la crítica y que paradójicamente se insta la en sus pebeteros. Se aúnan en él dos elementos que habrían de provocar la inesperada luz negra(7) en el sentir y decir de los intelectuales de la época. Por un lado se privilegia y festeja la presencia "feísta" de elementos autóctonos, creándose una galería de arquetipos y viñetas al margen de una tradición inscrita en cánones de pureza. Por otro lado, se puede ver cómo el postumismo es vanguardia convertido en la ne gación de su propia estrategia. O dicho de otra manera: Moreno Jimenes y los postumistas crean borrando. Anti-vanguardia que hace de la iconoclastia y el rechazo irreflexivo, el estandar te de su lucha con el que airea y dimensiona -pese a la tendenciosa miopía crítica- la dormida poesía dominicana de modo incontrovertible.
Andrés Avelino en el manifiesto postumista (prólogo de Fantaseos, su primer poemario), establece sus límites y alcances:
Los mármoles de Pafos y Corinto no se han hecho para nuestras estatuas. No tendremos en nuestros calderos surrapa de Verlaine ni Mallarmé, de Tristán ni Laforgue. Homero y Virgilio, Goethe y Shakespeare no serán más que divinida des que respetaremos, soles apagados que no nos iluminarán. Hemos levanta do la estatua con el barro grotesco de nuestra América (...)
De todo lo utilizable haremos un símbolo, un sólo símbolo, y de todos los simbolistas un fósil, un sólo fósil. La luna de los simba listas será también un símbolo fosilizado. (8)
Declarado el propósito, su credo, los postumistas de lo "inutilizable" partieron con una firme vocación de utilidad. La cruda realidad se hizo dúctil y en sus manos cobró vida ''el barro grotesco" que sostiene al miserable tugurio don de la "materia poetizada es creación". En la frase: el traslado mecanicista del mundo circundan­te a la página (falta de imaginación; chatura lexi cal), determinó el fracaso de muchos de sus textos copados por la buba de una inmediatez intrascendente. En sus obras: la lectura errada/errante del modelo autoimpuesto fue minando su proyecto americanista, al punto de reducirlo a un estornudo nacional de alma fuerte. Pasado el cedazo (al margen de los relámpagos metafísicos de Moreno Jimenes y Avelino(9) lo que nos queda, como ideal poético, cuenta y multiplica sus efectos en el grupo generacional conocido como los Independientes del 40: versión depurada -igualmente telúrica- de la criolli zación que iniciara el Postumismo.
Manuel del Cabral (1907), Pedro Mir (1913), Héctor Incháustegui Cabral (1912 1979) Y Tomás Hernández Franco (1904-1952) lo integraron. (Un paréntesis se impone y, en un tono menor: Octavio Guzmán Carretero (1915-1948), Francisco Domínguez Charro (1918-1943) y Carmen Natalia (1917-1976)). Cada uno de ellos merece un estudio particular porque un punto y aparte del uno al otro los separa. Antes escribí nombres. Ahora podría re ferir sus personas sin nombrarlos. Compadre Mon; Hay un país en el mundo; Poemas de una sola angustia y Yelidá. En buena medida este grupo reafirma el camino de la Colina Sacra(10) (por donde un "abejorro escupe su pi rueta"(ll) dotando al verso de una orquestación y unos registros escriturales propios de la mejor poesía de la época.
A diferencia de los postumistas, los independientes -en el mejor sentido de la expresión hicieron coro de frente a la poesía occidental del momento ejercitando la voz propia de lo nacio nal a la luz de la internacionalización que
reclamara Incháustegui y no se quedaron cortos. Baste recordar la significación y trascendencia de la poesía negrista y metafísica de Manuel del Cabral, así como el repunte alcanzado por Yelidá (Hernández Franco) y Pedro Mir en el aprecio de poetas y escritores latinoamericanos, y en los ensayos y tesis de que son objeto per manentemente en universidades y congresos literarios.
Cuadro similar, conjuntamente con los Independientes del 40 y en línea estética divergente, es el que brindan los poetas de La Poesía Sorprendida, enarbolando el lema liberador y "contra todo falso insularismo", de "poesía con el hombre universal". En el No. 1 de su órgano de difusión de octubre de 1943 se puede leer.
Estamos por una poesía nacional nutri da de la universal, única forma de ser propia; con lo clásico de ayer, de hoy y de mañana; con la creación sin límites, sin fronteras y permanente; y con el mundo misterioso del hombre, univer sal, secreto, solitario e íntimo, creador siempre.
Visión global, totalizadora, la que instaura en el país este grupo de poetas y pintores capitanea dos por Franklin Mieses Burgos (1907-1976) y en estrecha colaboración con el chileno Alberto Baeza Flores (1914) y Manuel Rueda(12)(l921), uno de sus principales teóricos, quien dice:
La poesía sorprendida constituyó una reacción tanto en lo literario como en lo político; se reaccionaba contra el nacio­nalismo estrecho y localista, la ramplonería de un realismo decadente, la falta de captación y de sensibilidad imaginati va; además, contra la rigidez y la pobreza de lenguaje y de las formas, en desco nocimiento de la mejor tradición de nuestra lengua.(13)
Años antes, Antonio Fernández-Spencer (1924-1995), en el prólogo a su antología "Nueva poesía Dominicana"
(Madrid: 1953), destacaba la sublime bulimia enciclopedista de los poetas y pintores acantonados en la casa No. 52 de la calle Espaillat(14).
La poesía sorprendida fue un movimien to integrador; sus poetas creían en el pasado; pero no sólo en el pasado remoto, sino en el pasado total, que incluye el pasado más reciente (...) Los antiguos y los modernos son estudiados con juvenil empeño, con sombrosa seriedad. Que vedo, Lope, aparecen unidos a Eluard, a Rilke, a Eliot. La necesidad de ponerse en contacto con la poesía que se hace en el mundo los obliga a crear un cuerpo de traductores(15).
Más adelante -y para evitar cualquier interpretación antojadiza - Fernández-Spencer reitera el sentido de equilibrio cultural que los animaba, articulando pasado y presente en una labor que se propuso borrar las fronteras de la insularidad en la que se inscribe nuestra literatura.
Se busca, ante todo, la novedad; pero no la novedad de lo reciente (tan cara al entusiasmo del snob), sino la que puede surgir de un texto de Esquilo o de Sófocles, por ejemplo(16).
Estamos ante un cuerpo de escritores fuera de serie. Su diversidad estilística y la naturaleza subjetiva de sus obras lo convierten en la más densa y fructífera experiencia escritural como aventura del lenguaje y el espíritu, que se haya producido en el país. Jugaron al surrealismo y articularon el asombro. Trujillo no pudo con ellos: se perdió confundido entre arcángeles y rosas carniceras.
Ya los especialistas del patio lo dijeron. Dignos de estudio son muchos de los textos producidos en esos años de loca efervescencia: Sin mundo ya y herido por el cielo (Franklin Mieses Burgos); Rosa de tierra (Rafael América
Henríquez (1899-1968)) y Vlía de Fredy Gatón Arce (1920-1994). Releyéndolos siempre he querido apostar. Yo (me) juego la eternidad en esos poemas inconmensurables, propiciatorios de un clima ideal en el que comulgarían los poetas Manuel LIanes (1898-1976); Aída Cartagena Portalatín (1918-1994); Mariano Lebrón Saviñon (1922); Antonio Fernández Spencer y Manuel Valerio (1918), con una obra significati va que robustece la estética universalista que de nodadamente impulsaran. .
Apéndice de la poesía sorprendida es la ge neración del 48. No exagero al decirlo. Las co lindancias (apropiaciones, por extensión) y la temperatura poética me justifican; las excelen cias (poquísimas) me llenan de regocijo y las ce lebro. Digamos: Cantos a Proserpina de Luis Alfredo Torres (1935-1993); Círculo de Lupo Hernández Rueda (1930); La lumbre sacudida de Abelardo Vicioso (1930); Centro del mundo y Cantos a Helena de Máximo Avilés Blonda (1931-1988) y el último Víctor Villegas(17) (1924). De los independientes (porque siempre hay independientes), Ramón Francisco (1929) con sus Odas a Walt Whitman, Marcio Veloz Maggiolo (1932) y el desigual Juan Sánchez Lamouth (1928-1968).
Los poetas del cuarenta y ocho, con el correr de los años, ocuparían un lugar cimero en la vida nacional. Su protagonismo está íntima mente vinculado a la lucha contra los remanen tes del trujillato y al despliegue de sus burócratas y jurisconsultos, en esa gran empresa de la democratización. Se podría decir que forman un team de leguleyos, presos de la contradicción que ellos popularizaron en la frase:
"poetas con poesía y poetas sin poesía". Salvo pocas y hon rosas excepciones, podríamos decir que a la ma yoría se los tragó el código civil. La calle los amparó y dió la excusa para justificar el esmi rriado trabajo poético previo al tiranicidio, que los hace comulgar, en una misma mesa, con los poetas de la generación siguiente (decapitada ya la dictadura), quienes asumen una actitud distin ta en la programación de una literatura al servi cio de las reinvindicaciones sociales.
La consigna: "Es la hora de los hornos y no ha de verse más que luz", de Pablo Neruda, es agitada como bandera ideológica de un catecis mo que, por justo y necesario, incuestionable, en el marco reduccionista de su pertinencia epo cal. Lo que vendría después, aparte de abultar la bibliografía nacional con un fardo de buenas intenciones, lo encierra el título del poeta turco Nazim Hikmet: Duro oficio, el exilio y como reverso la desilusión y el desengaño.
Generación perdida la del 60. Talentosa en grado superlativo, se me hace cuento que la po lítica y la publicidad los distrajeran, afectando la poesía, si uno de sus mejores atributos fue traba jar con suficiente responsabilidad y disciplina desde el cuerpo mismo del poema y la sociedad. "Para la causa todo por la patria". Doble con signa revolucionaria y castrense que la palabra soportó "como una casa sin puertas ni venta nas"(18): poética, profética y de prisa. No está por demás decirlo: el anunciado propósito de una escritura vigilada y vigilante (rica en su for ma y de variado contenido), terminó en bosque jos y en un puñado de textos de antología. ¡Eso: una antología del "Sacrificio"! Después de todo, más allá del martirologio y la epopeya se conjugaron poesía, narrativa, cinematografía y pintura, en un esfuerzo grupal por asumir la mo­dernidad de la escritura con una visión integra dora, como hoy ya exhibe los ribetes de una obra mayor la producción de los que aún trabajan y sus continuadores.
Recuerdo que recibí en una de mis visitas a la casa de Miguel Alfonseca (1942-1994), su enfático requerimiento: ¿"Quieres aprender a dominar la poesía?, pues visita a Manuel Rueda." La historia se ha encargado de hablar bien
de él y del maestro, como de René del Risco y Bermúdez (1937-1972) y Jacques Viau Renaud (1942-1965). El resto de la generación estuvo formado por Juan José Ayuso, Grey Coiscou, Rafael Añes Bergés, Jeannette MiIler y Antonio Lockward Artiles: poetas a medio tiem po dispersos en la vorágine periodística, publici taria o en los llamados y convocatorias de algua ciles. ¿Qué pasó entonces? Muerte y asfixia por exceso de glóbulos rojos y superabundancia de los fuegos que iluminarían la fiesta de la humani dad.
Doblemente derrotados por la bota y el voto, los poetas que Aída Cartagena Portalatín promoviera en los cuadernos literarios Brigadas Dominicanas, entraron a la historia por la puer ta de la cocina. Error de mira: donde la poesía enarboló su inédita pelambre, tan sólo ellos leye ron su espejismo. Hicieron la guerrita en la pá gina que la calle no dimensiona y el muro guar da únicamente como inconclusa y desgarrada memoria. En el fondo: el desequilibrio social, la muerte, el exilio y la revaloración de un pasado que funciona como centinela y árbitro de la con ciencia, versus el lado infame del mismo pasado en que se comercia el prestigio que la militancia proporciona. Frente a ese drama que la lucha política engendra, el poeta se instrumentaliza en función de un ideal que lo diversifica en su ejer cicio. Cabe aquí decir: el canto ha cedido al cuento y en el vaivén cuajaron (además del rela to), nuevos temas y otra sensibilidad que a.mplía las tendencias y mecanismos de la escritura. La poesía saltó de la trinchera y se refugió en el piano bar, los cinematógrafos, y en las piernas de las oficinistas que recorren El Conde. Vida y obra se consubstanciaron en un clima propicio para el abordaje de inusitadas realidades en un país abierto a sorprendentes estímulos. La publicidad prestó los ojos (Alfonseca, Del Risco, Ayuso), más no el canal que abortaría las técni cas que afloraron después...
Determinado el peso de la guerra y la cultu ra de consumo, en la balanza nos queda: la frus tración, el suicidio político y la deserción poética que un Viento frío(19) arrincona en el baúl de nostalgias gloriosas e inservibles. El reverso de la moneda: La promoción del 65 en la prolon gación del drama bélico, suma nuevos ingredien tes para convertir a sus oficiantes en teóricos formalisfas o en intérpretes y estrategas del mer cado.
Una vez más lo digo: generación trágica la mía.(20) A la revolución jugamos y perdimos. La moral y la dignidad fueron nuestras divisas, aunque no siempre la dignidad se alojara en el discurso. Nos costó mucho comprender que la patria y la moral de un escritor está en el deber ético de penetrar la lengua/cultura que le es propia, donde la patria se infinita en su comple jidad de rostros y lenguajes.
A la postre, toda la inversión del trabajo po lítico y el sacrificio generacional dieron sus fru tos. La palabra (enferma entre los promotores del utilitarismo fetichista), fue rescatada del sen tido empobrecedor de la estrategia partidaria, hallando un nuevo cauce por donde discurre y engorda la más reciente producción literaria de vanguardia dominicana.
Poetas y teóricos, los del '65 o la post-gue rra(21), con el sambenito "excluyente" de la re volución que promueven, inauguran por primera vez una vertiente en la literatura nacional que al terna creación y crítica como dos expresiones complementarias. La crítica dejó de ser un su cedáneo del poema para convertirse en su co rrelativo absoluto. El poeta pudo desde el mis mo subsuelo de la escritura (Enrique Eusebio, Cayo Claudio Espinal, José Enrique García y Alexis Gómez Rosa), reflexionar acerca de la poesía (historia, poetas, géneros, escuelas), en la medida en que (des)articula, (¿desnuda?) su pro ceso de construcción y apuntala sus búsquedas. Claro está, el grueso de lo producido por los va ticinadores del paraíso terrenal, pertenece al museo de malogradas utopías. Su ortodoxia fue un asalto al cielo; su error, no haber llevado pa racaídas.
Nada. El país cambió y con su transforma ción se interrumpió el laborantismo político de los años de oposición al balaguerato. Los gru pos literarios dejaron de apellidarse por lo ideo lógico para trillar el camino impuesto por el mercado de trabajo y los altibajos de la econo mía, estructurando una poética que trasciende sus nomenclaturas publicitantes, del pensar, de la crisis, o de la diáspora(22). En cada una de esas tendencias existe un cuerpo de escritores significativos (extraviados tras las máscaras del pluriempleo), trabajando su obra en silencio y sin la emergente prisa del vanity press. Se im pone, así, un rastreo de los textos que ha divul gado el mimeógrafo o la fotocopiadora, por las vías más extrañas y anticonvencionales. El poe ma, ahora de manos con la tecnología se obje tualiza (Edgar Paiewowsky Conde, Enrique Eusebio, Alexis Gómez Rosa); se pictografía (Cayo Claudio Espinal); se publicita (René Rodríguez Soriano, Pedro Pablo Fernández); o se pega en una esquina como un motivante lla mado a la conciencia ciudadana. Otra es la sen sibilidad; otra es la visión. Los poetas de las últi mas dos generaciones han colgado los guantes de la lucha política para penetrar los salones de una vida compleja en su simbología como en sus resoluciones. Sus textos se nutren de variadas disciplinas (filosofía, lingüística, cine, pintura, in formática), e hilvanan aspectos de la realidad que los poetas establecidos despreciaron .(el can cionero popular, la T.V., el parque de béisbol, y la jerga callejera), en una suerte de neobarro quismo inteligente, paródico y festivo. Justo es reconocer que los nuevos lineamientos poéticos se incubaron al calor de los talleres literarios(23) que los poetas del '65 fundaron y promovieron durante largos años, con la finalidad de popula rizar textos que propiciaran la modernidad pro pia y la de aquellos novísimos contestatarios. Operativo de reciclaje (relojería), que el tiempo ha estructurado en una sumatoria de poéticas afines que hace coincidir, en una misma suerte, poetas de visión encontrada en la pluralidad de sus indagatorias.
(Elocuencia de la página: tránsito en libertad de la escritura)
Es significativo y enaltecedor el espíritu con que los poetas de hoy han dado la cara: les ha sobrado salud e inteligencia para el riesgo. Con ellos una parte de la llamada generación de post-guerra ha saltado de casíllero ensayando modalidades diversas en las que asoman ya los matices (¡y el festín, la fonda!) de una nueva y vi gorosa escritura.
Nota bene. Esta antología quiere dar fe de nuestro ahora poético en diálogo con otros afluentes de la modernidad. En su elaboración, difícil ha sido la tarea de seleccionar y re escribir por medio de amputaciones y tachaduras, un período amplio y complejo en autores y tenden cias. A veces un fulgurazo inédito anunció(anuncia) y aparta del coro de lo uniforme y tri llado, un sistema de símbolos próximo a una sensibilidad de otro tipo; por demás, saludable, ante el peso de poéticas paralizantes. De ahí que la presencia de una voz esté determinada por el carácter inaugural de su expresión poeti ca, en cada una de las corrientes establecidas. Esto es: sumar restando. Dentro y fuera de es tas páginas respiran otros nombres, otras obras, que alargan un camino por otros iniciados: ya larga vida tienen. Parcial es la selección, como parcial es la intención de una lectura que abarca tres generaciones de poetas, divergentes en un ejercicio que se ilumina y nutre al calor de una imaginación en libertad, sensible al mundo (sin apellidos) de la creación y el pensamiento, que nos traza y allana el camino del tercer milenio.
(1) "27 de Febrero de 1844": grito y declaración de Independencia del pueblo dominicano.
(2) Poema de Salomé Ureña de Henríquez publicado en 1887. Se aprecia en este homenaje a la juventud domini cana, más allá del fervor patrio, una identificación con el racionalismo positivista que sustentaban organizaciones como la sociedad "Amigos del país", a la que está dedicado el poema. Véase el prólogo de Diógenes Céspedes a las Poesías Completas de Salomé Ureña de Henríquez, vol. VII, Biblioteca de Clásicos Dominicanos, Santo Domingo: Editora Corripio, 1989.
(2) Verso del poema Hay un país en el mundo, de Pedro Mir. (4) Inscripción superior del escudo nacional dominicano.
(5) Sociedad secreta responsable de organizar la lucha contra la dominación haitiana de 1822-1844, dirigida por Juan Pablo Duarte.
(6) Padres de la Patria.
(7) En opinión del gramático Enrique Patín Maceo, el Postumismo es "el pozo negro de la literatura dominicana". Desde su óptica temas y formas escapan a cualquier posibilidad de valoración estética. (Véase, Rueda, Manuel: Antología panorámica de la poesía dominicana contemporánea, Santo Domingo: Editora el Caribe, 1972. pág. 48).
(8) Ibid., pago 427.
(9) Véanse los poemas siguientes: Poema de la hija reintegrada, 1934; Su majestad la muerte, 1944 y Burbujas en el vaso de una vida breve, 1948, de Domingo Moreno Jimenes y Canto a mi muerta viva, 1926, de Andrés Avelino. Las frases entre comillas pertenecen al manifiésto postumista.
(10) Alturas del barrio de Villa Francisca donde vivió Rafael Augusto Zorrilla. Su casa era el centro de las activida des del grupo postumista, antes de ser declarado Domingo Moreno Jimenes Sumo Pontífice.
(11) Verso del poema Calendas, de Rafael Augusto Zorrilla.
(12) Además de 'sorprendido', Manuel Rueda es el padre y figura visible del Pluralismo: movimiento poético de vanguardia dado a conocer la noche del 24 de febrero de 1974, con la conferencia Claves para una poética plural, con las que pretende su autor liberar el verso de su carácter lineal, apoyando en la estructura del pentagrama las posibilidades aleatorias de conjugación poética.
(13) Véase Rueda, Manuel, Antología Panorámica de la Poesía dominicana, Santo Domingo, editora El Caribe, 1972, pág. 126.
(14) Lugar de reunión del grupo y residencia del poeta Franklin Mieses Burgos.
(15) Fernández-Spencer, Antonio, Nueva poesía Dominicana, Santo Dorningo: Publicaciones América, 1982, Pago
(16) Ibid., Pag. 28.
(17) Otros integrantes del "48" son: Rafael Valera Benítez (1928), Abel Fernández Mejía (1931), Rafael Lara Cintrón (1931), Ramón Cifré Navarro (1926) y Alberto Peña Lebrón (1930).
(18) Verso del poema Portal de un mundo, de Andrés L. Mateo.
(19) El viento frío: poemario de René del Risco y Bermúdez, (contrapeso de La guerra y los cantos de Miguel Alfonseca: paradigma por excelencia de la poesía, social que caracterizó la época), con el que irrumpe la ciudad co mo tema y personaje y la vida que distingue el espacio moderno. El coloquialismo y los elementos de la cotidiani dad atraviesan sus páginas diversificando un espacio del cual Neruda se había apropiado.
(20) El grueso de los poetas de la post-guerra del '65 no figuran en estas páginas. El trabajo poético irregular, de ocasíón, ha sido verdaderamente insuficiente. Muchos nombres me interesan (me interesaron) para este aquí y en este ahora de la poesía dominicana (Wilfredo Lozano, Andrés L. Mateo, Norberto James), que se ha nutrido del es píritu de la globalización que anunciara Marshall McLuhan, ausente en las obras de esos poetas gladiadores. Sé de otros que abultan las nóminas del presupuesto nacional vendiendo sus libros, o sencillamente no les interesó este proyecto antológico.
(21) Textos representativos de la calidad poética de post-guerra, son los siguientes: Los inmigrantes (1968) de Norberto James; Portal de un mundo, de Andrés L. Mateo; Las tardes enemigas, de Wilfredo Lozano; Facturas y otros papeles y Farsa del ciudadano con esposa, de Luis Manuel Ledesma. Estos dos últimos aparecieron en su plementos literarios de la prensa nacional.
(22) Los poetas seleccionados no constituyen la única expresión del quehacer literario dominicano reciente. Críticos de su propio ejercicio, estos orfebres minuciosos ven la palabra no como un simple vehículo de comunica ción, sino como una finalidad en sí misma capaz de relatar su modus operan di. Existen otras voces funcionales pa ra la historia de la literatura de los que conservo en la memoria algún poema intesante. Después de redactadas es tas cuartillas he conocido la poesía de Rafael Hilario Medina, Aurora Arias, José Alejandro Peña, Victor Bidó, Alberto Tavárez Fernández y el trabajo de conjunto que realizan varios colectivos de mujeres poetas, merecedores de un estudio pormenorizado para el que ya me siento atraído.
(23) Al igual que en muchos países de Hispanoamérica, en Santo Domingo, durante los años '70, surgen varios talleres literarios que canalizan las inquietudes culturales de jóvenes estudiantes y trabajadores, como el César Vallejo, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fundado por Mateo Morrison (quien también desarrolló una importante labor de divulgación al frente del suplemento Aquí del periódico La Noticia) y el taller del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, INTEC.
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