sábado, julio 10

A mi, José Mármol me parece pulcro, íntegro, cabal, no ambivalente... con un mensaje claro y clásico. Es la imagen que transmite ni más ni menos. Nada confuso.

José Mármol escribe poesía con una profunda e irrevocable vocación de profeta. No es extraño. La poesía es muchas veces eso, profecía. La intuición de un mundo posible aún no creado que va formándose en torno al verbo, a  la palabra apenas pronunciada, someramente esbozada sobre la cuartilla anhelante. Se diría que para escribir, Mármol se ciñe una tiara sobre la cabeza y sobre el felonión y la vestidura talar púrpura, o algún pectoral engarzado con piedras de topacio.
De ahí la solemnidad de su palabra poética y su visión de futuro: "Voy a dibujar un pájaro que es su mismo vuelo..." Una sutil influencia de otro Sumo Sacerdote de la poesía en lengua castellana, de Franklin Mieses Burgos, se advierte en el carácter aéreo o etéreo de algunas de sus imágenes. Pero esta es otra voz. Auténtica y ágil que se enfrenta al mar desde el acantilado, o que busca el aspecto intangible de las cosas: "Superficie de luces agotadas donde apenas el sonido de la sombra suena".
Lo inexplicable (como ocurre en las frases inexpugnables de la fe) adquiere una cierta corporeidad, un peso específico, un tamaño no descubierto aún. La poesía de José Mármol es siempre un anuncio, una premonición o una advertencia. Dentro del mundo creado por el poeta, sólo él traza los límites, establece los frentes, las guaridas, las máquinas de destrucción, de redención o gloria, las emboscadas. Los ríos, por trazar aún sobre la sierra o el valle, aguardan en lo desconocido la poderosa orden de su mano y de su voz.

Fernando Ureña Rib

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