viernes, marzo 26

DORIS DANA Y GABRIELA MISTRAL

"Bajo el sello Random House Mondadori, apareció el libro Niña Errante, que recopila el intercambio epistolar entre la poeta Gabriela Mistral y su asistente personal, Doris Dana, entre los años 1948-1956.  Del artículo aparecido este domingo en Artes y Letras de El Mercurio, extraímos una bella carta que Doris guardó por años en una caja fuerte:

Yo sé bien que nadie, ninguna persona en este mundo, 
puede saber qué cosa es nuestra vida (excepto) nosotros mismos.
La bella vida nuestra es tan imperceptible, tan delicada, por llena
de imponderables, que casi no es posible verla.
Es posible solamente vivirla, gracias a Dios.
Yo vivo en una especie de sueño, acordándome de todas las gracias que me has hecho.
Y lo que vivo es una vida nueva, una vida que siempre yo he
buscado y nunca hallé. Es una cosa ella sacra y concentrada.
La vida sin ti es una cosa sin sangre, sin razón alguna.
Tú eres “mi casa”, mi hogar, tú misma. En ti mi centro. ( y el solo quererte me purifica).
Ella es el abandono, la confianza completa. Yo sé que tú eres fiel como una piedra.
Mi memoria es ahora un mundo, se vuelve un Universo vasto y completo.
Y a la vez, incompleto, porque ha crecido tanto aunque parecería que no pudiese crecer más.
Ay, amor grave y tan dulce, tan sin peso a la vez. ¡Alegría mía!


Cuando veo el color de verde de la primavera, pienso “esto es especial, es sacrado para mí”, esto color, porque quizás en esto momento mi amor ve el mismo color —y quizás ella siente las mismas emociones inexplicables, inefables y misteriosas— en esto momento. Yo veo una flor, y recuerdo de unas flores que tú me has dado, sin palabras, en nuestro coche, en San Juan de Cocomatepec. Y súbitamente, con esto recuerdo, toda […] es una flor, ofrecido, dado por tu mano. Veo el cielo, recuerdo millones de cielos sobre la cabeza más querida en el mundo. Y pienso “este mismo cielo toca a la cabeza de mi querida”, y yo mando a ti un beso, un toque tierno y pasionado por los nubes que pasan, que tal vez van a verte pronto en […]. Y tengo celos de estos nubes que pueden verte más pronto que yo. Y el viento —el viento me abraza— y yo ruego al viento “abraza a ella para mí, haga que ella que es mi abrazo, tierno, y pasionado”. Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, pueden abrazarte y besarte para mí. Doris Dana
***

Las cartas de Doris Dana y Gabriela Mistral


La pasión y el cariño de estas dos mujeres siempre ha sido de debate. La académica Elizabeth Horan, mientras da los últimos toques a su biografía sobre la poetisa, escribe este texto que se publica también en la revista inglesa Chroma.

POR ELIZABETH HORAN - 29/08/2009

Parece una historia gótica de la vida real: Gabriela Mistral había sido, en sus años mozos, una poeta gurú y una celebridad en temas de educación. Sin embargo, en sus últimos años, fue una diplomática reservada, cuyas conexiones la llevaron a sus residencias en tiempos de la Guerra Fría en California del Sur, México e Italia, antes de que su vida terminara en Long Island. Ella encontró más que una pareja en Doris Dana: una chica fiestera y lesbiana, 31 años más joven que ella. Doris Dana también era una empleada ocasional del Departamento de Estado. Apenas compartían un lenguaje común cuando se conocieron en Nueva York. Pero su relación íntima duró más allá de la muerte de la poetisa, cuando Doris Dana progresó en los papeles secundarios que tuvo previamente, como acompañante, hija sustituta y compañera abnegada de la Premio Nobel. Con la muerte de Gabriela, Doris se apoderó del papel de su vida: la apenada viuda literaria.
Fragmentos de la historia de amor entre Gabriela Mistral y Doris Dana han aparecido en la prensa chilena. Algunos han querido mostrar a la neoyorquina como una pervertida disoluta que sedujo a la Gran Gabriela, nuestra sobria poetisa de los niños y de la maternidad, a modos extraños, cuesta abajo, esto es, a la ruina lésbica. Pero cuando se leen con detención las cartas de la poetisa, largamente escondidas, ellas cuentan una historia muy distinta. Doris era coqueta, y precavida para esconder sus huellas, de modo que la poetisa chilena creía que era ella, y no Doris, la que había hecho los primeros pasos:
 “Tal vez fue locura muy grande entrar en esta pasión. Cuando examino los primeros hechos, yo sé que la culpa fue enteramente mía. Yo creí que lo que saltaba de tu mirada era a[mor] y yo he visto después que tú miras así a mucha gente. Loco fui, insensato: como un niño, D[oris], como un niño” (GM a DD, ~20 iv 1949, Veracruz).
Cuando Gabriela y Doris se conocieron, Dana era un demonio de los quebradizos bordes de la corteza superior de Nueva York. Su padre, quien había sido adoptado por un millonario de Wall Street, había perdido la mayoría de la fortuna familiar en un divorcio, en el crash de 1929, en la bebida y en malas inversiones. El dinero que sobrevivió pagó la educación de la primera de sus tres hijas: las tres tenían talento en el drama y en medicina. Al igual que su hermana menor (quien se convirtió en la estrella de las tablas y de la pantalla, Leora Dana), Doris Dana estudió para ser actriz profesional. Más importante aún, la erótica de la medicina -que saturaría la relación de Doris y Gabriela- también era un legado familiar. La madre de Doris había sido enfermera. Su hermana mayor se convirtió en doctora. Por su parte, Doris tenía un historial de crisis que le daban una experiencia sin rival como consumidora de atención médica costosa, lo cual fue un atractivo clave para Gabriela, quien como Doris, era una hipocondríaca de toda la vida. Las dos mujeres se turnaban para estar o jugar a estar enfermas. Entretejidas con sus dramas de diagnósticos, píldoras, inyecciones y hospitales, estaban las frecuentes desapariciones de Doris Dana. Ella era, como pudo verlo rápidamente Gabriela, una muchacha caprichosa:
“Esta de hoy fue tu segunda escapada, después de la de N[ueva] Y[ork]—Calif[ornia]. Por huir del psiquiatra. ¿Hay otras más? ¿Es un sistema?” (GM a DD, 10 vi 1949, Veracruz).
La delgada muchacha de 27 años conquistó  a la chilena. Los huesos de la neoyorquina, voluntad férrea y acento elegante recordaban a la actriz Katherine Hepburn, pero el rol principal de Doris Dana era mucho más oscuro. Gabriela Mistral, quien creía en el karma, veía en la pálida piel y ojos oscuros de la joven un parecido muy grande con Juan Miguel, su sobrino recientemente fallecido, a quien ella apodó “Yin Yin” y crió desde niño. Gabriela escribió sobre Doris y Yin como si fueran gemelos:
“Duerme, querida, cabecita de cobre, ojos de Yin, discreta y fina según el marfil, color de la flor del manzano, duerme. Dios te junte los párpados” (GM a DD, ~26 iv 1948, Veracruz)”.
Gabriela insistía, después de todo, en la semejanza emocional que tuvo Doris para con ella, relativo a Yin: ”Eran tú y Yin, eran mis dos fracasos y mis dos pasiones —pasión con M mayúscula y con la otra…”(GM a DD, 29 nov. 1949, Veracruz).
Gabriela creía que ella, como escribió en otro lugar, había “venido en vano por Yin.” Su crianza había sido irregular, ya que sus ingresos dependían del periodismo y trabajo consular. La amiga de la poetisa, Palma Guillén, de México, se unió a ellos en su recorrido por Europa en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Palma era disciplinadora, mientras Gabriela era indulgente, de modo que el muchacho tuvo dinero para malgastar. Su desorden y falta de disciplina se hizo evidente con la invasión alemana de Francia: la Guerra los empujó a él y a Gabriela a Brasil. En circunstancias oscuras, el viernes 13 de agosto de 1943, Yin Yin tragó arsénico. Tenía 18 años de edad.
Con la muerte del muchacho, Gabriela sufrió un colapso total. “Quién era la mujer que gritó anoche", le preguntó Gabriela a la enfermera, al día siguiente de la muerte de Yin Yin. “Era usted”, le contestaron”. (Ésta América 310).
Clave en el rol central de Doris Dana al final de la vida de la poeta fue que Gabriela no tenía, en efecto, más familia que Emelina, su media hermana, media loca y media inválida. Como siempre, sus muchos amigos vinieron a rescatarla. Sin embargo, Doris tuvo que enfrentar la dura competencia de rivales. Ninguno era más inteligente que Palma Guillén, un cerebro con estudios en lógica y sicología, quien estuvo junto a la poeta por más de 30 años. A través de Palma, Gabriela tuvo importantes contactos con México; a través de Gabriela, Palma se convirtió en la primera embajadora mujer de México. Como ocurría a menudo cuando estaba involucrado Yin, Palma corrió para estar al lado de Gabriela. Luego de la muerte del muchacho, Palma dirigió a los asistentes. Junto a la asistente personal de toda una vida de la poetisa y ex estudiante, Consuelo “Coni” Saleva, una puertorriqueña, cuidaron a Gabriela Mistral las 24 horas del día, orquestaron un encubrimiento parcial en Brasil hasta que la vida de la poetisa y su sanidad parecían estar fuera de peligro. Una vez que el fin de la guerra hizo que viajar volviera a ser fácil, Palma y Coni no se demoraron en volver a sus propios países. Sabían muy bien que las crecientes demandas de asistencia doméstica y secretarial de la poetisa las tragarían. Su escape y retorno son centrales en por qué Gabriela Mistral se quedó sola, como una ciruela madura para que alguien la recogiera, cuando llegaron las noticias de los anuncios de los Premios Nobel de 1945, y por qué la historia de Gabriela y Doris siempre involucró a estas mujeres, a quienes Doris siempre usó.
La poetisa estaba curiosamente sola, en Estocolmo. Ella lo explicó, más tarde, a un amigo como un simple asunto de programación. “Me embarcaron como quien dispara un cohete en el barco sueco que estaba en la bahía, casi sin ropa, porque yo estaba en Leblón y no en Petrópolis” (GM a Carmela Echeñique, 8 abril de 1946, Vuestra G. 85). La nueva laureada hizo un recorrido mayor. Su gira post Premio Nobel tuvo paradas en Londres, París, Roma, Washington y Nueva York. Sólo descansó sus pies al llegar a California del Sur, donde compró la primera de dos casas.
El cónsul chileno en Los Angeles, un cercano a Gabriel González Videla, hizo todo lo posible para que la nueva premio Nobel no fuera bienvenida, ya que había sido escéptica durante años de González Videla. Pero Mistral tuvo un importante protector estadounidense: su presencia en California captó la atención de Eleanor Roosevelt. La ex primera dama quería a más mujeres en las recién creadas Naciones Unidas, de modo que invitó a Mistral a Nueva York. Eleanor Roosevelt incluyó una recepción en Barnard, el college para mujeres de la Columbia University, donde Doris Dana, se fijó por primera vez en Gabriela Mistral.
El salón del college estaba lleno de diplomáticos. Las bandejas iban y venían. El vino chileno fluía. El evento, anunciado como “solo con invitación”, partió precisamente con el tipo de recitales de piano y operáticos que Mistral más apreciaba. Nadie desafió a Doris Dana, quien se paseaba con la cabeza altiva, segura y sonriente como debía hacerlo una chica de Barnard. No tuvo dificultad en descubrir a la poetisa entre el tumulto. Mujer alta, Mistral se veía mayor que a sus 57 años. Su ropa colgaba de su figura alguna vez sólida, ya que había perdido mucho peso luego de la muerte de su sobrino. Usaba su cabello, casi completamente cano, peinado hacia atrás. Cejas abundantes y arqueadas. Labios delgados. La piel del color del trigo o del pan tostado. Hombres como Arturo Torres Rioseco a menudo comentaban sobre la belleza de sus manos. “Largas, lentas, blancas... Ella estaba vestida como siempre, con indiferencia varonil: la ropa amplia, parda; zapatos grandes, cómodos, medias de lana. Sin ornamenta femenina”.
La poetisa parecía distraída mientras la decana Virginia Gildersleeve, severa y huesuda, surgió entre los retratos de sus lúgubres antecesores. Mientras la decana la presentaba, Gabriela Mistral permaneció sentada y miraba continuamente hacia otro lado, como si fuera otro el que estaba a punto de hablar. Cuando terminó la presentación, se dio vuelta y levantó sus luminosos ojos verdes, llevando a la habitación a un completo y repentino silencio. Ofreció disculpas por seguir sentada, luego comenzó a leer de sus notas, las que finalmente dejó a un lado, en un viejo truco que cautivó la atención de la audiencia. Miró a la decana y le pidió un vaso de agua, que bebió lentamente antes de continuar.


Doris Dana se vio inclinándose hacia adelante para captar la voz clara y agradablemente monótona de la poetisa. Era un ser casi medicinal, nacida para el monólogo. Condenó la xenofobia, cuyo origen era, dijo, “la industria del odio” y el temor de lo nuevo, empeorado por “el nacionalismo” que “se ha vuelto una patología casi zoológica en este continente americano” En vez de ello, defendió “el destino mestizo” de las Américas, un continente al que conocía de punta a cabo, desde Canadá a Tierra del Fuego: “He comido en las mejores y las peores mesas” Aludió a su piel morena: “tengo esparcida en la propia carne una especie de limo continental”. Mencionó a sus ancestros vascos, indígenas y judíos, relató escenas chocantes de las que fue testigo en Europa durante la Guerra y en sus viajes recientes, y concluyó con un llamado para que el mundo encontrara una “unida casi pitagórica” en paz y justicia social. El salón estalló en aplausos.
Doris Dana se las arregló para acercarse a la poetisa, entrando al mismo tiempo al ascensor. Más tarde revelaría que había sido muy tímida e insegura sobre su español como para hablar, mientras bajaban juntas los tres pisos. La poetisa no dio señas de haber notado la presencia de la joven. Salió apurada, dejando a Doris Dana sola en el lobby del edificio. Ella se esforzó para mantenerse junto a la gran mujer, para alcanzarla con sus propios dedos rápidos y pequeños, para cubrir su mano, para conducir y seguir a ese cuerpo grande y lento, que se movía debajo de largas  faldas, como si estuviera sobre pequeñas pero invisibles ruedas.
Cajas dentro de cajas
Gabriela Mistral llevaba muerta 25 años cuando conocí a Doris Dana. Ella estaba, me enteraría más tarde, reconocidamente desinteresada en acusar recibo o en responder su correo. Sin embargo, mostró ser cordial, después de haberle escrito y telefoneado en los Hamptons. Quizás nuestros mutuos lazos con el Barnard College influyeron en ella. Quizás importó mi edad, ya que por entonces superaba las dos décadas, como Doris Dana cuando conoció a Gabriela. Quizás esta mujer de 60 años era curiosa. En cualquier caso, Doris Dana respondió el teléfono y me escuchó. “Llámame cuando pases por Nueva York”, me dijo. “Cenaremos en el Village”.
Apenas podía creer en mi suerte: parecía ser una entrevistada alegre e inteligente, aunque miró poco feliz la grabadora que coloqué sobre la mesa. Ella fue mucho más comunicativa a medida que avanzábamos por las calles más angostas y oscuras. No habló del pasado, ni siquiera cuando pasamos por Stonewall y Washington Square Park. Más bien se quejó de los monjes que eran incapaces de recolectar los royalties de Gabriela, como había estipulado en su testamento. Su franca intrepidez me sorprendió e inspiró. Esperaba que rehuyera hablar de propiedad literaria.
“¿Me permitirá traducir la poesía y publicarla en mi trabajo?”, pregunté.
“En tanto no haya dinero involucrado, desde luego”.
“¿Tiene planes para los materiales de Gabriela después de que usted muera?”
“Tengo una sobrina”, dijo amablemente. “Ella los administrará”. En contraste con la apertura para hablar de la propiedad e incluso de su propia muerte, estaba su negativa a reconocer su sexualidad.
“¿Qué debería decir cuando la gente, los estadounidenses, pregunte si Gabriela Mistral era lesbiana?”
“¿Por qué colocarla dentro de esa caja tan pequeña?”, dijo.
Pero yo insistí.
“¿Cómo fue para usted, una estadounidense, una mujer, compartir su vida con otra mujer en México, a fines de los 40 y principios de los 50? Por cierto, no debe haber sido fácil”. “Oh, Gabriela tenía tantos amigos”, respondió Doris Dana. “¡Los conocí a todos! Como ese Pablo Neruda. ¡Qué gran operador! El pensaba que Gabriela debía ayudarlo a obtener el Nobel, de modo que vino a mí para proponerme que desarrolláramos ¡un intercambio de premios!’”.
Doris Dana y yo volvimos a reunirnos, dos veces, y hablamos muchas veces por teléfono. Seguía negándose a reflexionar sobre su yo juvenil o en la sexualidad. Tampoco comentó sobre los libros acerca de Gabriela que me pidió comprar y enviárselos, “sí, envíame cualquier cosa sobre Gabriela que creas que valga la pena”. La última vez que vi a Doris Dana, en 1990, fue en Naples, Florida, donde poseía una linda casa modernista que enfrentaba al Golfo. Yo acababa de sacar mi PhD, y estaba en ruta hacia Chile. Sentada en su living lleno de luz, escuchaba mientras una vez más me instaba a presionar a “la gente en Chile”. “Por Dios, haz que vuelvan a hacer microfilms de ciertos manuscritos”, me dijo. Ella recordó una visita que hizo en los ‘60 para donarle a la biblioteca un lote de papeles, en el que había pasado mucho tiempo ordenándolos. “¡Les pasé la carpeta y la dejaron caer! ¡Y recogieron los papeles, juntándolos… como si fueran huevos revueltos!”
Qué podía decir. En Chile, para mí, una extranjera –observada y envidiada- haber hecho tales tareas habría sido impensable, con o sin las recomendaciones escritas que ella siempre prometió, pero que nunca me dio.
Pasaron 17 años antes de que comenzara a tener una visión más profunda de la vida de Doris Dana. Poco después de su muerte, respondí el teléfono de mi oficina y me vi hablando con la sobrina.
“Sé quién eres”, le dije. “Tu tía dijo que administrarías la herencia”.
“Mi tía nunca me preparó”, ella insistió. “Nunca”.
“¿Por qué crees que tu tía confió en ti para administrar el patrimonio?”.
“Mi tía no confiaba en nadie. Sólo fui la última que quedaba. Y cuando se trataba de eso, yo era su familia”.
El testamento de Doris Dana establecía un plazo: la sobrina tenía seis meses para elegir y donar los papeles de Gabriela Mistral a una organización de caridad. El problema de la sobrina: ¿Cómo identificar y separar lo que Doris Dana había recibido de Gabriela? Lo que Gabriela Mistral había dado a Doris Dana era una capa más junto a las posesiones de las otras mujeres que habían conocido, amado, confiado y dado sus bienes a la neoyorquina. Cada una de las habitaciones de las casas de Doris Dana contenían no sólo rumas de libros y papeles, sino que monederos, un total de 187, todos nuevos, muchos todavía en sus cajas, con sus correspondientes recibos. Vastas cantidades de libretas, envueltas en plástico. Décadas de cheques de royalties, ordenados por fechas, todos sin cobrar, pero todos atados con cintas elásticas.
La sobrina, una anfitriona cordial y entusiasta, permitió que me uniera a ella a excavar en ese interesante revoltijo que le dejó su tía. Me mostró la caja de cartas que Gabriela Mistral le había escrito a Doris Dana, las que clasifiqué, escaneé y ordené. El tiempo era escaso, sin embargo la experiencia nos dio muchas horas de satisfacción. Días más tarde, mientras estaba junto a la sobrina en un luminoso comedor de otro college para mujeres, de pronto me di cuenta de cómo enmarcar la pregunta que Doris Dana había evadido.
“¿Tu tía se veía a sí misma como una lesbiana?”
La sobrina sonrío con evidente placer:
“El mundo en el que vivió Doris Dana, especialmente en sus últimos años, en Naples, Florida, estaba completamente compuesto por mujeres que compartían todos los aspectos de sus vidas – emocionales, económicos–, entera y exclusivamente con otras mujeres. Algunas se llamaban a sí mismas lesbianas. Otras no. Dentro de este mundo social, mi tía gozaba del prestigio cultural que obtuvo por haber sido amiga cercana y supuesta amante de una mujer que era una famosa escritora latinoamericana”.Las cartas de Doris Dana y Gabriela Mistral
Nos podríamos encontrar[nos] en California” (DD a GM, 19 marzo 1948)
La Doris Dana que a Gabriela le hacían recordar a las mujeres rojizas y doradas de las pinturas de Burne-Jones era apenas evidente en las primeras cartas zalameras de la joven neoyorquina a Gabriela. Escritas en un español acartonado pero correcto, ella se dirigía a la poetisa como “Mi querida Maestra.” Le regalaba a la poetisa una traducción inteligentemente publicada del ensayo de Mistral sobre el también Premio Nobel, el escritor alemán Thomas Mann. Le decía a Mistral que “en una época acribillada de comercialismo, un volumen como este es digno de tal gracia y dignidad” (9 Feb. 1948). Doris Dana acechaba a su presa con habilidad: ella conocía a Thomas Mann a través de amigos mutuos, de modo que se ofreció, en cartas subsiguientes, a llevar a Mistral para que se encontrara con él, ya que por ese entonces vivía en Pacific Palisades, a una hora de distancia.
La chilena se excusó en su respuesta. Quería conocer a Mann, pero aún no había hecho el esfuerzo. “No he buscado ver al Maestro. Y ahora tengo decidido un viaje a México y a Venezuela” (GM a DD, 3 marzo 1948). Doris Dana replica que ella también había estado planificando un viaje a México, y se ofreció a llevar a la poetisa en su auto, cuándo y a dónde ella quisiera. “Viajando en automóvil podríamos detenernos cuando y donde Ud. gustase para que se ajustara a cualquier cambio...El auto es bastante grande. Nos podríamos encontrar en California o en cualquier otro lugar. Estaría tan feliz de poderle acompañar en su viaje” (DD a GM, 19 marzo 1948)
A Gabriela le gustó esta perspectiva, aunque todavía admitiera que seguía sin poder conectar el nombre de su nueva corresponsal con una cara. Para resolver el asunto, Mistral invitó a Dana a visitar el “silencio y los árboles” de su casa en Santa Bárbara, para planificar su viaje al sur, a Ensenada, Mazatlán y luego Guadalajara.
A medida que Doris Dana conducía su auto “bastante grande”, seguramente contempló la emoción de entrar al espacioso living room de Thomas Mann tomada del brazo de Gabriela Mistral. Ella también sabía que la vida en California se estaba volviendo menos cómoda para Mistral, quien como muchos intelectuales latinoamericanos tenía muchos amigos de izquierdas. En Hollywood, los escritores con simpatías de izquierda estaban en las listas negras. Estados Unidos había reinstituido el servicio militar obligatorio. El gobierno de izquierda de Venezuela cayó mediante un golpe. Puerto Rico se llenaba de huelgas. El presidente de Chile echaba de su gabinete a los miembros del Partido Comunista, de los registros electorales y rompía relaciones con la Rusia Soviética y Yugoslavia. Qué sucedería después, estaba en la mente de todos.
No es imposible que la amorosa joven, con sus aparentes antecedentes WASP y acento a lo Hepburn, fuera animada por amigos cercanos al Departamento de Estado, ayudándola a escribir esas cartas en español. Pero la habilidad de Doris Dana para reconocer, aprender y derrotar a sus rivales inmediatos fue trabajo de ella sola. Desde el momento en que estacionó su auto en el patio de la casa de Mistral en Santa B+arbara, hizo malabarismos con su personalidad. Durante algún tiempo, Mistral sólo vio a la joven alegre, simpática y agradable, llena de conversación inteligente y ávida de aprender, ligeramente insegura de sí misma, quien escuchaba con tal empatía las descripciones de la poetisa acerca de su pérdida y ganas de unirse al fallecido Yin Yin.
La primera y fácilmente despachada rival de Dana era una maestra de escuela retirada, una argentina que se las había arreglado, con gran aptitud, para manejar toda la correspondencia con Buenos Aires relacionada con las publicaciones de la poetisa. La argentina había trabajado durante meses para obtener una visa, y venir a California a instancias de Mistral, para ayudarla con un libro. Pero ella se quedó con la única habitación libre de la casa, que Mistral le dio a Doris mientras la argentina empacaba y se dirigía a México. Doris pronto se dio cuenta, sin embargo, que despachar a Coni Saleva, la enfermera-secretaria, sería un trabajo más difícil. En el intertanto, Doris le dijo a Gabriela que ella pensaba que era una vergüenza que Coni desatendiera el jardín. Más tarde, jugó con la paranoia de Mistral y apuntó a los barbitúricos que la poeta comenzó a tomar, mientras Coni la supervisaba.

Estudiante entusiasta y ángel guardián y…
¿Fueron amantes?
La sobrina no tiene una idea clara. “El sentido de mi tía sobre su propia privacidad era muy fuerte. Si hubiesen sido amantes, no habría hecho las giras del Departamento de Estado en los ‘60, lo cual incluía mostrar a la gente fotos que ella había tomado, de Gabriela Mistral en su camisa de dormir, en cama”.
Aunque hay muchos motivos para ser escépticos, descubrí que los archivos presentaban contradicciones insospechadas tras la máscara de Doris Dana. Detrás de la aparentemente devota semi-hija y desinteresado ángel guardián de la poeta senescente había una cuidadosa confabuladora. Era extraordinariamente exitosa en obtener la completa atención de la poetisa, una vez que las tres -ella, Mistral y Coni– volvieron a vivir a México, en donde Doris enlistó a Palma para deshacerse de Coni. Sin embargo, tan pronto como Doris logró que Gabriela quedara sola, ella se embarcó a Nueva York, dejando a la poetisa a su propio cuidado. La joven aludió a problemas médicos por su ausencia. Describió síntomas que parecían problemas cardíacos que la poetisa había experimentado recientemente. Lo que Doris no dijo fue que su hermana Leora tenía un estreno en Broadway, ese invierno y primavera, The Madwoman of Chaillot. Ciertamente, habría fiestas y Doris no se las perdería.
La respuesta de la poeta a la ausencia de su amada fue escribir cartas, actuando el papel de su propio deseo y celos. Un día caliente en Veracruz, por ejemplo, Gabriela se sacó  su camisa de dormir de franela y escribió “te escribo, pues, en Madre Eva” a la joven, que ya estaba en Nueva York. La poeta revelaba cómo se arriesgó a propósito de una foto de Doris, parte de “una colección, una serie, del clan Dana... Y con c/u de todos ellos coqueteabas, y con una dicha que no te he visto nunca en mi casa... Se necesita de toda mi ceguera para que yo crea, y espere.” (10 de abril, 1949, Veracruz).
Siguiendo en su papel de amante celosa, Gabriela describía cómo había usado las tijeras en las fotos dejadas por Doris. La poetisa recortó las caras de sus competidoras hasta que sólo quedó la de la amada. Gabriela entonces concluía sobre su aventura: “Yo recé por ti, para que seas feliz donde estés y con quien estés”. (10 de abril de 1949, Veracruz).
Gabriela y Doris también intercambiaron notas en una pequeña libreta negra. La letra de Gabriela aparece en lápiz grafito, mientras que Doris usaba tinta azul. Gabriela abre con uno de sus temas favoritos, “lo subterráneo”, en el que reflexionaba sobre su teoría acerca de que los yanquis son a menudo inconscientes de las corrientes subterráneas, de los sentimientos no dichos y de las conspiraciones. Gabriela jugaba a la maestra sabia, y Doris, a la estudiante ávida.
GM: “Tengo para tí en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún (todavía)”
DD:- “Quiero conocer (saber) estas cosas subterráneas y tú sabes bien que tengo confianza, muchísima confianza – en ti. ¡He dado a ti la prueba de mi confianza!”
GM: “Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y cuando te toco sin mirarte”
DD: “¿Y piensas tú que en mi mirada a ti y mi MANERA de tocar a ti no hay cosas que yo pueda decir o mostrar?... He vivido siglos buscando a ti”
En la última página, arriba se lee: “Dr. Sorenzen” y una dirección en México. Debajo de ella, agregado en una fecha posterior, con la letra de Doris Dana: “DD: “Soy tuya en todos los lugares del mundo y del cielo.”
“Ahí estaba el brazo filial y no previsto de Doris” – Victoria Ocampo, Esta América, 310.
La poeta vivía en Long Island cuando una noche abrió su boca y la sangre salió a borbotones. Doris Dana fue precisa al anotar el evento: “14 de noviembre 1956: Hemorragia a las 9 pm”. Corrieron al hospital, en donde a la poetisa se le diagnosticó cáncer al páncreas. Vecinos de habla inglesa en Nueva York fueron testigos del testamento que hizo de Doris Dana la albacea de la Premio Nobel, principal heredera y guardadora de la llama. Ninguna visita amiga, ninguna cita médica escapó a su presencia. “Ahí estaba el brazo filial y no previsto de Doris”, escribió Victoria Ocampo, una de sus últimas visitantes (Esta América, 310).
Doris cuidó constantemente a Gabriela Mistral, quien entró en coma, recibió los últimos ritos y murió sin recuperar la conciencia. Cuando el coche fúnebre vino a recoger el delgado cuerpo de su amiga, los herederos pagaron para que Doris Dana se mantuviera detrás. No solo tuvo una pieza en el hospital para sí, sino que su papel como albacea y principal heredera le dieron la libertad para hacer cuánto quisiera con la enorme cantidad de manuscritos. La decisión final de Doris Dana –mantenerlos como un monopolio– la hizo adentrarse más profundo en la locura frenética de esconderse y acaparamiento que tuvo que soportar su sobrina cuando la visitaba en Naples. El legado provocó que la vida de Doris Dana se redujera al extremo opuesto de la loca y extravagante posibilidad que la acercó a Gabriela, seis décadas antes. Sólo cuando las cartas se presenten cmpletamente, sin editar, en forma digital, de acceso libre, como ha acordado hacerlo la Dibam cuando tomó posesión de ellas, se volverán evidentes los verdaderos trazos de la relación entre estas dos mujeres notables.
La viuda emergió del hospital para participar en una misa de réquiem en la Catedral de San Patrick, en Manhattan. Ella ya había enviado a un fotógrafo profesional a la casa en Roslyn, Long Island, en donde la cámara registró el hogar vacío en más de 30 imágenes en blanco y negro. La luz se extendía hacia los rincones sin sombra, revelando la mustia camisa de dormir, colgando de su gancho, la cama, las sábanas desoladas. Dos gatos se acurrucaban. Doris Dana escribió en su agenda:
“12 de enero, primera noche sola. 14 de enero, Gabriela rumbo a Chile”.


Gabriela Mistral junto a su abuela paterna: Isabel Villanueva.

Premio Nobel de Literatura
El 15 de noviembre de 1945, cuando la mujer no votaba aún en Chile, Gabriela Mistral se convirtió en la primera poetisa y literata hispanoamericana galardonada con el Premio Nobel de Literatura. El 18 de noviembre viajó a Estocolmo a recibir esa distinción de manos del Rey Gustavo de Suecia, el 10 de diciembre de 1945.



Que mi dedito lo cogió una almeja 
y que la almeja se cayó en la arena 
y que la arena se tragó el mar. 
Y que del mar le pescó un ballenero 
y el ballenero illegó a Gibraltar: 
y que en Gibraltar cantan pescadores 
'Novedad de tierra sacamos del mar, 
novedad de un dedito niña, 
La que esté manca lo venga a buscar'


1 comentario:

Anónimo dijo...

Notable la información, gracias por compartirla.

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...