sábado, marzo 21

¿QUÉ QUIERE UNA MUJER?

CAROLYN WELTMAN / Tiresias
2007 - Watercolour crayon, oil and gesso on 100% cotton rag watercolour paper; 11” x 14”

¿Qué tiene esto que ver con separar a una pareja de serpientes en el acto de apareamiento?

Por separar a las serpientes, Tiresias, el hombre, fue hecho mujer, viviendo, suspirando, comiendo y defecando como fémina para después, vueltas a empezar, toparse otra pareja de serpientes (¿o era el mismo par?) y regresar a ser el macho que antes era sin olvidar, porque "saber es peor". Esta condición lo convierte en mediador entre los conflictos hombre/mujer.


La asociación de ideas, la búsqueda que no cesa, la hilazón infinita del hilo de Ariadne pero sin minotauro.

Que si Martes o Venus, que si pene o cavidad, que si pragmatismo o intuición... otra historia interminable.

Pero, ¿quién puede adivinar el futuro y sumirse en las aguas quietas de la seguridad? Nadie. Nada.

Resígnate a sorber microsegundos de ocupación, algo que te ayude a respirar y vas de robo. Freud dijo que al cabo de 30 años de carrera todavía se preguntaba qué quiere una mujer y no tenía respuesta. Yo, al cabo de casi 55, tampoco la encuentro. Me dieron a elegir entre ser madre o no serlo. Acepté y rechacé. Puedes ser madre pariendo, o adoptando a tu compañero como a un niño al que alimentas, cuidas y proporcionas casa limpia, agua para calmar la sed, asistencia en la vida diaria, le encuentras la mantequilla en el abismo de la nevera... ¡mierda de vida!...

Pero también, me preguntaron si quería ser cuidada y una genética insondable me convirtió en la niña que buscaba protección, o acaso un pene para compensar la carencia, la que se encaracola fetalmente y hunde la cabeza en una cama inhóspita y aún así se entrega.

Y entre la valentía que es coraje y osadía de morir en un mar de indecisiones para de repente, cual fulgorazo tomar la decisión por todos, de una maldita vez y la intranquilidad tranquila de buscar lo que no se me ha perdido siempre, infatigablemente, me despierto con Tiresias, el adivino ciego (como tiene que ser, porque sólo anulando el sentido preciso se transgreden los límites y se alcanza trascendencia) y descubro el agua tibia, pues sólo de la dialectización se conclusiona o se eclosiona.

Mi parte derecha, la del hombre, se fusiona con mi parte izquierda, más que femenina para llorar a mares y encauzarme: ¿Qué quieres? -me impele mi macho interno.

Como no sé que decir, me replanteo. Regreso al método. Reúno las variables...

Me regodeo de angustia, porque lo sé, siempre lo supe: cuando tomo una decisión se me muere algo, un sueño, una utopía, una ciudad imaginaria... El macho me reitera: hay que tomar y dejar, no lo puedes tener todo. Lo miro cortante: "cállate, h de p", y continúo mi patológica o crónica proscratinación.


Volviendo a Tiresias, el mediador, dicen que Zeus y Hera, ya que él había vivido como macho y hembra, le preguntaron sobre cual de los dos sexos disfrutaba más. Tiresias sentenció lapidario que si un hombre goza de una parte, la mujer lo hace de 9. Entonces Hera lo cegó y Zeus lo hizo adivino.

Y digo yo, que a quien dejaron ciego fue al macho y a quien le dieron el don de la adivinación y larga vida fue a la hembra. Andrógino y profeta, todo en uno para la eternidad.

Ahora saldré a ver si encuentro un par de serpientes en "éso" para convertirme en hombre aunque tenga que esperar siglos para regresar a mi sexo actual.

Mientras, nadie, ni siquiera yo misma, sabré jamás qué es lo que quiero.

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