El Misterio (Teológico) Del Cuarto Cerrado Carlos Monsivais


El Misterio (Teológico) Del Cuarto Cerrado
Carlos Monsivais


Costó enorme trabajo abrir la puerta, y si con hachazos y voces, insistieron los soldados, sosteniendo su temblor con plegarias, se debió a los hedores que herían el olfato como manada de aberraciones. Al entrar al cuarto, el capitán y los sacerdotes que lo acompañaban se consternaron: allí, de bruces, con señales de encarnizamiento en la espalda, y el rostro difamado por el visaje más horrendo hasta entonces visto, se hallaba el dueño de la casa, don Alonso de Bilbao, comerciante en telas. Y el escenario no podía ser más triste: un camastro, unas tablas con ropa, una mesa desértica, una silla, un grabado. Ni un libro, ni una flor, ni un cuadro. Y a la certidumbre del asesinato, otra se añadió al instante: el cuarto estaba cerrado por dentro, a piedra y lodo, no había ventanas que propiciaran la fuga, ni puertas ocultas que diesen a un pasadizo decorado con fetos de monjas. Y vino en el acto un conocimiento agregado: nadie visitó al prestamista la última noche que se le vio con vida, y resultaba por entero imposible abrir el cuarto desde fuera, salvo que se acudiese a medidas extremas, que es de suponer dejan huella.

A fuerza de sinceridad, la muerte de don Alonso no causó pena alguna, muy por lo contrario. Sin faltarle el respeto a los difuntos, el desaparecido era un prestamista horrendo, el Príncipe del Agio. A él se le atribuían innumeras desgracias, muchas viudas le debían su condición, por lo menos la mitad de los niños que pedían limosna lo hacían a causa de sus maquinaciones. Pero si el asesinato era más que entendible, las circunstancias ofuscaban. Eran demasiados los que ansiaban eliminarlo, pero ningún ser humano había podido hacerlo. ¿Quién empuñó entonces la daga exterminadora?

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En pleno siglo XVII un enigma indescifrable. En la ciudad sólo se hablaba del exterminio del avaro, un asesinato perfecto a costa del ser más imperfecto concebible. Obligado a hacer algo, el virrey le encargó el proceso al oidor don Juan de Valenzuela, hombre de luces varias y virtudes todas. A lo largo de meses y días Valenzuela ahondó en los hábitos del bruscamente fallecido, y supo de su aborrecimiento del mundo, de su desagradable austeridad, de sus sirvientes que sollozaban de hambre, de su dinero escondido en el Arzobispado. Pero ninguna pista en concreto, ningún deudor todopoderoso, ninguna forma de violar el cuarto cerrado.
En el transcurso de la pesquisa, Valenzuela llegó a detestar vívidamente a don Alonso de Bilbao. ¡Qué ser más innoble, qué desperdicio de la Creación! Merecía con creces su exterminio, ¿pero cómo había acontecido? En la frustración, acudió el oidor al supremo recurso: imitar la experiencia del difunto. Y así se hizo. Primero unos sacerdotes bendijeron el espacio sangriento y celebraron misa. Luego, armado hasta los dientes, y cubierto por las cruces que ahuyentarían al mal, Valenzuela se encerró en el cuarto, atrancándolo por dentro, en seguimiento exacto de los recelos de Bilbao. Y para tener al tanto de su situación a los soldados y los curas del otro lado de la puerta, el oidor rezó en voz muy alta, con parsimonia y piedad que arrullaban... hasta que un grito de agonía se esparció como piedra en el estanque, concitando el pavor. "¡Tú! ¡No puedes ser tú!", fueron sus últimas palabras. Se apresuraron a forzar la puerta y allí estaba don Juan de Valenzuela, con el semblante empavorecido, hecho pedazos por la furia criminal.

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"Obra del Averno", dijeron todos en las calles mientras se santiguaban. El miedo se instaló por doquier, y nadie se atrevía siquiera a pasar frente a la residencia de Bilbao, ya inhabitable. Y el Señor Obispo, en una de las sobremesas interminables que lo afamaban, planeó la estrategia insuperable: la Prueba de la Convicción. La Alcoba Asesina, como ya se le nombraba, sería el laboratorio de la fe, el cementerio de hipocresías y de mentiras. Si la religión siempre necesita de la ejemplaridad de los creyentes, ninguna prueba tan conveniente como la permanencia en ese cuarto. Uno por uno, y entre alaridos y alardes de resistencia, allí se condujo a los sospechosos de herejía, a los marineros luteranos capturados en combate, a los ricos acusados de judaizantes, a los de convicciones pálidas y rezagadas. El Señor Obispo estableció el criterio: si el internado en la alcoba era hijo de Astaroth, su padre habría de protegerlo y, a su salida indemne del sitio, ya podría ser juzgado sin clemencia. Si no, Dios le tendría en cuenta su sacrificio. Y en cada uno de los casos sucedió lo mismo: rostros lívidos al entrar al aposento, silencio de minutos o de horas... y ayes súbitos, plegarias interrumpidas, forcejeos... Y al entrar religiosos y soldados, con despliegue de cruces y de espadas, el mismo espectáculo: un cadáver de facciones convulsas.

O el demonio era tan astuto que deseaba ver a sus criaturas enterradas en camposanto, o en verdad no eran sus hijos.

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En los primeros meses, el asunto no le dijo nada a Fray Abelardo de Guzmán. "Vanidad de vanidades", se limitaba a murmurar cuando le comentaban otro deceso. "¿Para qué arriesgar la vida en el lugar en donde convergen todas las miradas?" Sin embargo, algo había en la serie de crímenes que obligaba a pasarse las horas intercambiando anécdotas mínimas y repitiendo frases. Y una tarde, mientras rezaba, Fray Abelardo oyó un sonido del cielo, que fue aclarándose hasta volverse voz: "Todo está en El libro del escrúpulo justo y el hastío pecaminoso. Revísalo."

Guzmán se levantó de un salto y, estremecido y lloroso, corrió a la biblioteca del convento. ¡Claro! ¿Por qué no había pensado en ese texto predilecto, justamente llamado "El Manual del buen confesor". Aunque se lo sabía de memoria, lo revisó línea por línea, encontrando de nuevo el ánimo inflexible que convocaba a la expiación a los justos, y a la hoguera voluntaria a los pecadores. Horas fueron y vinieron, y la lectura no aportó la solución. Y con todo, allí, en esas páginas tan amadas, se concentraban el nombre del victimario y sus métodos, porque resuenen como resuenen, las Voces de lo Alto tienen algo en común: jamás mienten. Y, a diario, Fray Abelardo visitó la biblioteca, ya convencido de la cercanía de la meta: en algún abrir y cerrar de intuiciones, El libro del escrúpulo justo develaría su secreto. El espanto, se dijo, es la antesala de lo nuevo. El fin de los delitos es el principio fundador del confesionario.
Tarde a tarde, Fray Abelardo escuchó las palabras irrefutables: "Todo está en el libro. Y además, tú ya lo sabes." Pero la obstinación no era suficiente, y la clave iluminadora no aparecía. ¿Qué hacer cuando, al mismo tiempo, Dios nos ilumina y nos oscurece el camino? El religioso estaba al tanto de los poderes de la oscuridad, pero seguía sin localizar la frase que los aniquilaría. Durante una semana, ante el clamor público, el Obispo pensó en incendiar la casa de Bilbao, pero Fray Abelardo lo persuadió. "Eso es rendirse ante Belcebú." Y obtuvo para sí la última oportunidad.

El Te-Deum fue extraordinario. Asistieron el virrey y prácticamente todos los sacerdotes de la ciudad de México. Fray Abelardo fue ungido en ceremonia especial, los superiores de su orden lo aprovisionaron de crucifijos bendecidos por el Santo Padre, y el mismísimo Obispo lo abrazó. Y a su encuentro con el enigma lo aprovisionó la Iglesia debidamente. ¡Qué conjunto de objetos sacros para protegerle: cálices, hostiarios, crismeras, patenas, sagrarios, copones, lámparas, tercerillas, navetas, manifestadores, aureolas, custodios, estandartes, palmerines, platos petitorios, coronas, potencias de rayos luminosos, relicarios... Los objetos de salvaguardia se fundieron en un solo resplandor, que extirpó cualquier terror en los presentes.

Al entrar al cuarto Fray Abelardo rezó un Ave María. Luego, como sus predecesores, lo roció de agua bendita, y con gran valentía lo cerró por dentro. Estaba completamente solo, como nunca lo había estado en su vida, como si la Creación no hubiese ocurrido jamás o estuviese por desencadenarse. Examinó el aposento con avidez, queriendo extraer los secretos con el puro forcejeo de la mirada. En la primera hora nada ocurrió, y el silencio nada más profundizó el ruiderío de sus sentimientos. De pronto, al fijarse en la única imagen del cuarto, en el grabado de tema tan inocuo, Fray Abelardo hizo memoria. ¡Desde luego! Ésta era la cita, y allí estaba la clave. No se trataba del demonio, ni mucho menos, sino... En ese momento, impulsada por una rabia sarcástica, la daga le entró por la espalda, la primera de muchísimas veces.

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