viernes, junio 12

ENTREVISTA Miguel Aníbal Perdomo: Aprendemos a fingir desde niños para no herir susceptibilidades DI PIETRO NO ES NINGÚN DEMONIO, COMO USTEDES SUBRAYAN EN LA ENTREVISTA, SINO QUE ÉL HA ELABORADO SU PROPIA “POÉTICA”

Néstor Medrano
Santo Domingo



Miguel Aníbal Perdomo es uno de esos escritores a los que usualmente hay quienes definen  de franco y él mismo expresa lo que esto puede significar en este mundo nuestro de cada día. En esta entrevista, que lo muestra a la opinión pública de cuerpo entero y lo ubica en la magnitud necesaria, para entender que por encima de sus logros en la vida académica neoyorquina, como integrante fundamental de la diáspora dominicana que produce literatura, salpica una sencillez, que lo catapulta más allá del momento.
Con mucha altura y sin vulgares descalificaciones personales y con tono enfático, responde al crítico literario italiano, Giovanni Di Pietro sus críticas a la novelística dominicana. Asimismo, parte de cuestionamientos particulares hechos por ejemplo a Junot D?íaz y a Julia Álvarez, de quienes explica constituyen casos similares al del académico estudioso de la narrativa criolla, que han migrado  a otras naciones y expresado en la lengua de esos países que los han acogido. De Di Pietro resalta que no es ningún demonio, y que rechaza de su parte su visión de apreciar una literatura Decimonónica, por encima de una que llama light y en la que el autor italiano encasilla textos como Candela de Ray Andújar, que Perdomo defiende.
  “Claro, como todo crítico, Di Pietro está pletórico de sí mismo, de su propia subjetividad; pues en literatura toda objetividad es resbalosa, incluyendo la tercera persona narrativa, ya que parte de un sujeto envuelto en el camuflaje de una retórica. Para mí, contrario a lo que dice la teoría literaria, toda narración está fabricada con material cien por ciento autobiográfico, ya sea imaginado, vivido, leído, oído  o presenciado por el escritor”, significa.
Perdomo, quien se muestra enérgico en sus criterios, subraya una crítica fuerte al sistema de cosas que opera en la República Dominicana y defiende la actitud del intelectual, de los escritores ante la sociedad de su tiempo. Dice que es lamentable comprobar cómo nuestra educación escolar se ha deteriorado.
“He tenido en las aulas estudiantes graduados en universidades nuestras que no pueden redactar un párrafo, aunque hay honrosas excepciones. Antes los escolares nuestros estaban por encima de los de aquí. Ahora los maestros se quejan del bajo nivel que traen. Sin  educación,  no hay democracia, ni buena literatura. El presidente que olvide esto no merece gobernar, pues olvida un derecho humano básico y mina la democracia”, dice.
 En esta conversación y ante la pregunta de si ha sido marginado por las capillas que históricamente se han formado en nuestro país, responde llanamente
“Sí, he sido marginado… Esto no es casual; mis amigos dicen que hablo de manera clara y directa, lo cual entre nosotros es insoportable. Aprendemos a fingir desde niños para no herir susceptibilidades. Pero esta es la condición humana: los ingleses y los norteamericanos son tan hipócritas como nosotros, aunque lo manifiesten en forma diferente. He sido muy franco en mis juicios desde que era muy joven y he tratado de ser objetivo sin ofender personalmente al autor. Me he granjeado el respeto de algunos y zancadillas al por mayor”, manifiesta.
A continuación la entrevista:
Acaba de obtener dos nuevos premios anuales de Literatura, el Premio de Cuentos con Los Violines Gemelos y en la modalidad Ensayo Literario ha ganado con Ensayos a vapor, ¿esta recurrencia en participar en estos certámenes y ganar no implica un retroceso para alguien que ya es un veterano obteniendo estos lauros?
MAP: Para nada. Al contrario. Es verdad que ya me había ganado tres premios consecutivos en diferentes géneros hace unos años y apenas si les presté atención. Tanto, que solo me di cuenta cuando el ministro José Rafael Lantigua los resaltó. Pues sé que ganar un concurso es como ganar una lotería, depende de circunstancias múltiples, acaso del azar. Por eso jamás  protesto cuando no me dan un premio, y me alegro de mi buena suerte cuando me lo dan.
Me interesaba sobre todo publicar aquellos libros; no quería pagar más a los impresores, quería sentirme como un autor profesional y lo logré por lo menos en eso. Por añadidura, me dieron  pasajes de avión para que fuera a buscar los premios y unos cinco mil dólares por cada uno los dos últimos. No olvido que al regresar a casa, saqué del bolsillo el fajo que me dieron en el Banco de Reservas, y lo coloqué en las manos de mi hijo menor, que me miró como si yo fuera un mago. Mientras le duró la inocencia, me preguntaba de vez en cuando: “¿Papi, cuándo  volverás a Santo Domingo para traer más dólares?”. 
Ahora he disfrutado muchísimo el ganarme estos premios. Me ha servido para que mis amigos y familiares me redoblen su afecto y para que mis enemigos se mueran de rabia; para convencerme de que la literatura sirve para algo a nivel personal. He recibido grandes pruebas de cariño, de solidaridad, que me han causado gran satisfacción y me impulsan a seguir escribiendo. Con el dinero que recibiré, voy a comprar pasajes a mi familia para llevarla a buscar los premios, para que entienda que las horas inútiles que paso frente a la computadora, sirven de vez en cuando para  visitar a mi padre, a los parientes de la Isla y a los amigos, y tomar una Presidente o un trago de Brugal Añejo con ellos; para pasar dos días frente al mar del Caribe. Estoy disfrutando a pulmón lleno mis quince minutos de fama.
Escribo por compulsión, para conjurar mis demonios, para tratar de explicarme esa película de misterio que es la realidad, para comunicarme con el otro y es evidente, para lograr satisfacciones personales. A mi edad, no escribo para cambiar el mundo. Ya es bastante bregar conmigo mismo. Lástima que no tengo  talento suficiente como  para aspirar a la fama y al dinero que trae el Nobel. El escritor que diga lo contrario es un hipócrita. ¿Crees que 250,000 pesos compensan los más de diez años que me pasé escribiendo la colección que compone los Ensayos al vapor? Vivimos en una sociedad donde todo tiene un precio material. Si alguno de mis libros tuviera algún valor, pasaría al patrimonio cultural nacional. Entonces por qué no aspirar a ganar alguna recompensa material por ellos. Nadie le echó en cara  a Picasso que se enriqueciera con sus cuadros; a nadie parece importarle que otros se enriquezcan rápidamente con la política. Entonces, ¿estamos los poetas condenados a la mendicidad, a que nos hagan casas con limosnas públicas? 
Por otra parte, cuando en el pasado la generación mayor que yo se llevaba los premios anuales nacionales, muchos protestaban, jamás sentí envidia. Enfrentarme a ellos me daba la medida del valor de mi obra, me enseñaba que debía esforzarme en emularlos. La literatura no es cuestión de edad sino de talento, lectura y trabajo. Cuando ganaban, no siempre se trataría del azar… Que gane el mejor, y el resto en tanto que sude. Le sobra tiempo. Para llegar adonde me ves, que no es gran cosa, he tenido que hacer un esfuerzo supremo.  ¿O vamos empezar a premiar autores malos solo porque son jóvenes? Además, en estos concursos participaron escritores con tanta o más proyección que yo. No cogí piedra para los más chiquitos. A propósito, en la universidad donde enseño me acaban de anunciar un aumentito por haberme ganado esos premios. 
 Los Violines gemelos es un volumen con historias que nos llevan y nos traen por un periplo de atmósferas en las que se nota el pulso de una narrativa firme, que deja entrever de manera abierta sus inclinaciones por Edgar Allan Poe, Borges y Cortázar; ¿son buenas las influencias para un escritor consolidado, qué le dice a los escritores jóvenes al respecto?
MAP: Al subrayar la influencia de Poe, Borges y Cortázar, quizás quiero señalar que un libro  no es más que la síntesis de lecturas. A la vez, al destacar esas influencias, quiero mostrar qué deseaba hacer en Los violines gemelos. El título mismo ya indica otras influencias: alude a un concierto para dos violines de Juan Sebastián Bach, y el texto que da título al libro se basa en un cuento de Tolstoi. O sea, hay decenas de alusiones veladas o explícitas; está la influencia de Bosch, García Márquez, La Ilíada, La Biblia, Cervantes, Faulkner, Hemingway, Camus, Rulfo… en fin, de todos los autores leídos, de las pinturas admiradas en los museos…    Debemos recordar que la palabra texto significa tejido. Una obra narrativa es un tramado de experiencia, imaginación y lectura sobre todo.
“Sospechaba que la crítica era mi destino, una burla sangrienta, pues no quería llevar una vida intelectual parasitaria, no quería ser un letrófago: un bicho que depreda los textos de otros”… Esta es una frase pronunciada por Musa, el poeta frustrado de su cuento “Agazapado en tu destino”, en Los Violines gemelos, ¿hay en su trasfondo una  crítica a los críticos?
De ninguna manera. Ya dije que toda obra narrativa es una proyección de la conciencia de su autor en un cien por ciento. Por tanto, no debe sorprendernos cuando García Márquez dice que los críticos no entienden El otoño del patriarca porque no se dan cuenta de que es una “autobiografía”. Ese cuento es una advertencia a mí mismo, para recordarme que la crítica no es mi objetivo principal. Fíjate la vehemencia con que niego que soy crítico. Quizás no lo sea: no sustento mis juicios sobre ninguna base teórica. Me limito a usar mi experiencia de  lector para acercarme a los textos de otros partiendo de mis filias y fobias. El personaje de aquel cuento no es más que una parodia de un episodio de la novela Salamandra, de Pedro Antonio Valdez.
De ahí el epígrafe que trae el cuento. Claro, su Carnaval de Sodoma (cuya prosa alcanza momentos muy felices en algunos pasajes ambientados en China) es superior a esta novela, pero Salamandra explora territorios fantásticos y nuevos en la novelística criolla, tan apegada en general al  realismo chato. Me recordó por momentos a la película Blue velvet, a la cual alude, y su atmósfera alucinante. Es verdad que se vuelve lenta al final, pero a mí me dio un cuento, lo cual no es poco. En Salamandra Pedro Antonio Valdez es una especie de Juan Boscán. Ahora falta un Garcilaso que explore a conciencia el territorio abierto por su novela. Podría ser él mismo.
A propósito de críticos, ¿qué opinión le merecen los juicios del académico Giovanni Di Pietro, quien ha sido poco complaciente con la novelística dominicana y que en algún momento ha expresado juicios tal vez no muy favorables sobre su obra?
MP: Quiero explicar algunas cosas sobre Di Pietro, ya que él difunde algunos conceptos  errados y porque yo también sé leer, cosa rara. Quiero dejar claro que no hablaré como  narrador desairado —nunca me he considerado tal—, sino como lector. Así que voy a hacer un poco de meta-crítica, como se decía antes: voy a criticar al crítico, aunque tampoco me considero crítico. Y a lo mejor eso lo ayude a clarificar su propia teoría. Pienso que nuestro amigo debe comenzar a sentirse satisfecho; pues si andaba buscando un lector respondón, ya lo ha encontrado si condesciende a oír. 
Si uno lee con mente reposada tu entrevista al crítico Giovanni Di Pietro, lo primero que  nota es que él conoce como nadie la novelística dominicana. Estoy en desacuerdo con él en más de un aspecto, pero no puedo menos que reconocer la valentía y honestidad con que sostiene sus puntos de vista, lo cual es bastante en un medio acostumbrado a medias verdades o a escamotearlas por completo. El título de la entrevista —“Una voz extranjera” —está bien puesto, aunque yo lo matizaría como “Una voz extraña”, porque Di Pietro no es un extranjero entre nosotros: a fuerza de trabajo, inquietudes y vivencias, se ha ganado el derecho a opinar sobre la cultura y la política dominicanas.
Sus juicios parecen encarnar una tradición europea, lejos de la susceptibilidad extrema (que puede asociarse con lo femenino si usamos un estereotipo) de una cultura que algunos estudiosos extranjeros definen como machista. Su punto de vista me parece saludable y trae una voz disidente a la crítica dominicana actual, con las velas desplegadas hacia su propia verdad. Nos guste o no. Claro, como todo crítico, Di Pietro está pletórico de sí mismo, de su propia subjetividad; pues en literatura toda objetividad es resbalosa, incluyendo la tercera persona narrativa, ya que parte de un sujeto envuelto en el camuflaje de una retórica. Para mí, contrario a lo que dice la teoría literaria, toda narración está fabricada con material cien por ciento autobiográfico, ya sea imaginado, vivido, leído, oído  o presenciado por el escritor.
Pero Di Pietro no es ningún demonio, como ustedes subrayan en la entrevista, sino que él ha elaborado su propia “poética”, una teoría crítica de bolsillo, a partir de su propia visión de la literatura y el mundo.  Al abordar un texto proyecta en este una emotividad abrumadora: nótese las veces que menciona el verbo “aburrirse”, parte de sus gustos, lo cual es válido.
Pues el gusto es una categoría literaria fundamental, y ese gusto posee una carga socioeconómica: está determinado por un sentido de clase. (Revisemos, por ejemplo, Edipo Rey y veremos que usa un lenguaje engolado propio de la aristocrática sociedad esclavista que dominaba Atenas.)  Al fin y al cabo, como quería Aristóteles, el resultado último de la experiencia literaria es producir una reacción emocional, una empatía. Y como he dicho en otras ocasiones, un buen crítico no es más que un lector especializado. En el caso de Di Pietro, no es de extrañar que sus juicios críticos estén  fundamentados en lo que él cree que debe ser una buena novela. Para él esta debe ofrecer un mosaico textual y aspirar a abarcar la sociedad contemporánea al estilo balzaciano, esto es, incluye una sospechosa carga de totalidad al gusto decimonónico.
En consecuencia, no sorprende que Di Pietro prefiera las novelas “clásicas” dominicanas, mientras que la mayoría de las actuales parecen resbalarle por la piel marinada en el sol caribeño. Aunque debemos darle otro crédito: no comete un error lógico frecuente entre nuestros críticos, al no confundir sujeto con objeto. Puede reducir un libro a ceniza sin aprovechar la ocasión para disminuir cobardemente a su autor, para proyectar en él sus frustraciones y traumas personales o los problemas con su pareja.  
 Creo que algunos de los juicios descarnados de Di Pietro son válidos y creo en sus buenas intenciones. Pero, en la mayoría de los casos, cuando ejemplifica sus teorías con textos contemporáneos, un océano de dudas nos separa. Con frecuencia, las obras que el crítico escoge como modélicas a mí y a otros nos parecen mediocres o malas. Nuestros gustos y disgustos, pese a algunas coincidencias, van del cielo a la tierra.
Supongo que Di Pietro, quien no parece dogmático para nada, no se considera dueño la verdad: esta reposa en una zona franca entre sus predios y los míos. Sobre todo creo que el gusto de Di Pietro es anacrónico,  no es mejor que el mío, y lo contrario. Quiero confesarle algo al crítico (espero que no lo divulgue, pues yo no iría, como aconsejaba el poeta Franklyn Mieses Burgos, a gritarlo con una bocina por El Conde): no me gusta La divina comedia. La he leído dos veces como quien se toma una pócima de higuereta, lo que no impide que de vez en cuando la revise. Yo, es evidente, no soy tan listo como Borges, a quien le encantaba. Tampoco me gusta Marcel Proust, pero aquí estoy en buena compañía porque a Pedro Henríquez Ureña tampoco le gustaba (¡!). Y en cuanto al flamante premio Nobel francés Patrick Modiano —epígono de Proust— me deja la sensación de que hace años no leía yo a un novelista tan malo, tan aburrido y falto de nervio. El cartesianismo francés es demasiado para un hijo del Caribe. Que se lo gocen los nórdicos que le dieron el Nobel.
 En cambio, disfruté la lectura de Candela, de Rey Andújar, que me fue recomendada por algunos poetas dominicanos a quienes les encantó. ¿Y sabe por qué nos gustó? Porque todo contenido novelístico, ya sea histórico o social se organiza a través de las palabras, y quizás fue eso lo que nos atrapó: su factura lingüística. Además en la literatura hay un elemento lúdico, la narrativa es también para entretener. En teoría esto se traduce en la ley del interés, para decirlo de manera más clara: la amenidad. A mi entender, Modiano carece de ella. Pero en Candela me seduce ese mundo “light”. Pese a que algunos personajes están estereotipados —la haitiana, el homosexual—, otros parecen arrancados de un juego de Nintendo; deambulan como variantes virtuales de Meursault —el de El extranjero de Camus— mientras el ciclón se aproxima a Santo Domingo, y como trasfondo atisbamos una sociedad en franca decadencia.
Di Pietro olvida la categoría lingüístico-estético-lúdica de la novela, y parece aplicar en forma mecánica enfoques de literatura comprometida o realismo socialista a los textos que analiza. Yo supongo que el crítico pensará que un texto como Las mil y una noches es literatura “light”: su único objetivo es entretener. Qué decir de Los trabajos de Persiles y Segismunda, de Cervantes, quien cuando el imperio español empezaba a resquebrajarse, escribe una novela bizantina que hoy nadie lee. O sin ir más lejos, qué opinar de la ilegible Finnegan’s Wake, una novela lúdica (dadaísta), escrita por Joyce mientras su patria estaba escindida en profundos problemas político-religiosos. Respecto a los coitos de Candela, empiezo a sospechar que nuestro crítico confunde ética con estética, y que si lo hubieran puesto a editar el Kamasutra o El amante de Lady Chatterly, los habría censurado. ¿Residuos de moral socialista?... Una segunda confesión para Di Pietro —espero que me guarde el secreto—: muchas sinfonías magistrales me aburren. En cambio, los tres o cinco minutos que dura el “Merengue juangomero” o la bachata “Medicina de amor” mucho me placen.  Caprichos del gusto. 
Di Pietro debe recordar que los discursos trascendentales han caído en desuso, que el escritor contemporáneo solo intenta plasmar una realidad fragmentada —pese a Hegel—, anodina, por donde va ciego, confundido, por una foresta de señales y símbolos, con la sensación de haber caído desde una guagua celestial sin poder recordarlo. Lo mismo sucede con los valores hegemónicos heredados de la modernidad. Ya no hay centros culturales ni periferias. Desde el punto de vista de la antropología, todas las lenguas, todas las sociedades, es decir, todas las manifestaciones culturas son iguales. Al carajo con el concepto euro céntrico de civilización, cuya validez quedó anulada por el salvajismo tanto de Hitler y su cámara de gas como por la bomba atómica de Harry Truman y la paranoia de Stalin.     
Di Pietro se equivoca al juzgar a Julia Álvarez y a Junot Díaz. Ella abrió camino en Estados Unidos a otros escritores latinos, incluyendo a Díaz y a Sandra Cisneros. No creo que Cómo las hermanas García perdieron su acento sea su mejor novela; ni se puede negar a la ligera que En el tiempo de las mariposas y En el nombre de Salomé carezcan de valor narrativo. No sé si Di Pietro se ha fijado en la interesante estructura temporal de esta última obra. Así mismo sorprende que mientras Di Pietro se queje de que las narradoras criollas actuales se pierden en el erotismo, y pasa por alto el trasfondo feminista, y el sociohistórico —que a él tanto le interesa—, de las novelas de Álvarez. Dice que los cuentos de Junot Díaz son “anticuados” —olvidando su frescura en el sentido lato de la palabra—, pero no habla para nada de La breve y maravillosa vida de Oscar Wao y sus complejidades técnicas. El Pulitzer que se llevó el autor no fue por su cara bonita.
Es verdad que Díaz está convirtiendo al hombre dominicano en un estereotipo negativo en sus textos, que ya el filón está agotado. Esto es evidente en su último libro, Así es como la pierdes, que parece haber seguido una orientación comercial, editorial, dirigida al público joven, sobre todo femenino. Me pareció una colección de relatos rosas donde apenas aflora la experiencia de la inmigración dominicana a Estados Unidos, que tanto me absorbió en los dos primeros libros suyos. Pero sin duda Díaz posee  gran talento narrativo, y  debe bucear en aspectos más relevantes que su visión desencantada de nuestra cultura.
Lo interesante es que Di Pietro, al juzgar tanto a Álvarez como a Díaz, reacciona como un intelectual criollo prejuiciado, sin darse cuenta de que la situación de ellos se parece a la suya: escriben en la lengua de su cultura adoptiva. Son voces híbridas, transnacionales o globalizadas.
Aunque escriban en inglés, ningún escritor dominicano antes que ellos había difundido tanto la cultura ficcional nuestra. Supongo que  deben quejarse de vivir en un limbo: pese a que escriben en inglés, quizá no son aceptados como auténticos escritores norteamericanos. Supongo que son etiquetados, como “Latinos”. Aquí entramos en materia de debate, que vamos a soslayar. Mientras tanto, para mí son escritores dominicanos que mucho proyectan nuestra cultura a través de una lengua franca. Y el escritor bisoño puede asimilar de ellos los conocimientos que adquirieron en cursos de ficción narrativa en academias norteamericanas.
No sé si Di Pietro sabrá que en la década del 70, los intelectuales dominicanos creían que era imposible escribir novelas en nuestro país. Tal vez lo siga siendo: es un género, como se sabe, de aliento épico que necesita un vasto público lector que lo sostenga. En el país, por lo común, las ediciones son de mil ejemplares, y es muy difícil que un autor venda más de cien o doscientos, ¡en un país de diez millones de habitantes! Entonces cómo pretender que un novelista nuestro intente abarcar toda la historia local, al estilo de La Comedia Humana de Balzac, —quien fue un escritor profesional— en decenas de volúmenes.
En tanto, qué comerán sus hijos mientras el padre se concentra en luchar con molinos de vientos textuales. Solo le queda el pluriempleo, y es imposible que un pluriempleado escriba trascendentes novelas en serie. Tanto Di Pietro como yo sabemos de esto.
Tampoco sé si él recordará que en España antes de que se fundara la gran novela moderna con El Lazarillo de Tormes y Don Quijote hubo una tanda de novelas pastoriles y caballerescas, idealizantes y escapistas. Por tanto, en nuestro país, esa novela que él llama “light”, esa narrativa imperfecta, está demostrando que sí podemos escribir novelas o novelitas, aun sin lectores y casi sin editores —una aberración literaria—, poniendo quizás las bases de esa tradición que nunca ha existido, contrario a lo que piensa Di Pietro. Y creando de paso sus futuros lectores.
¿Es Miguel Aníbal Perdomo un revolucionario de la Literatura, un maestro de generaciones o un luchador que todavía sueña con la utopía que ha encapsulado a muchos de los autores dominicanos cuya obra está aireada en esa atmósfera?
MAP: Amigo Medrano, eso toca decirlo a los demás al juzgar mis obras. Ya he dejado de soñar con las utopías sociales, de origen ilustrado o romántico que caracterizaron mi juventud. Sobre todo al ver que los antiguos izquierdistas, al llegar al poder, se contagian en seguida con las prácticas políticas que antes rechazaban. Olvidan el materialismo dialéctico para pasar al materialismo concreto: llenarse los bolsillos. Ahora más bien sueño para mi país las promesas de la modernidad, que sí pueden plasmarse, —como sucede en los países desarrollados—: el derecho al pan, a la salud, al agua potable (¿Por qué en la Ciudad Primada no hay agua suficiente?, pero hay un Metro. Increíble.), a la electricidad, a una vejez decente, a la educación… Lo triste es que los políticos hispanoamericanos actuales, por lo común, olvidan esos objetivos de la democracia, y el sentido de la gloria, de la historia, que tuvieron Balaguer, Bosch y Peña Gómez, el mismo Dictador, y que sigue teniendo Castro.  Convierten el poder en un fin en sí mismo. Pierden demasiado tiempo en luchas intestinas de sus propios partidos y no ven el panorama en su conjunto. Algunos son simples comerciantes. Se obnubilan frente al dinero y los fastos del poder. Qué pobreza mental y política, y hasta vanidad.
Puedes ver, en los Ensayos al vapor, que hace mucho yo me preguntaba qué pasaría cuando se fueran los viejos caudillos. La respuesta está a la vista. En el país la descomposición social —la estrechez económica que supone la paga de altos intereses a la banca internacional— lo ha contaminado todo, incluyendo la élite gobernante. Vivimos en el reino de la trivialidad después que el FMI nos gobierna; igual que a muchos países del mundo. El hispanoamericano es feudal: lo gobiernan los emperadores de las transnacionales; no vivimos todavía el sueño de la Revolución Francesa, en el Estado burgués. Además, una generación viene con sus líderes contados. Los mejores nuestros, los más puros, murieron en las montañas o durante la semidictadura balaguerista. Qué tristeza. Ojalá quede alguno con la fibra de esa estirpe.
En otro sentido,  es lamentable comprobar cómo nuestra educación escolar se ha deteriorado. He tenido en las aulas estudiantes graduados en universidades nuestras que no pueden redactar un párrafo, aunque hay honrosas excepciones. Antes los escolares nuestros estaban por encima de los de aquí. Ahora los maestros se quejan del bajo nivel que traen. Sin  educación,  no hay democracia, ni buena literatura. El presidente que olvide esto no merece gobernar, pues olvida un derecho humano básico y mina la democracia.
Muchos de sus libros han sido galardonados y el reconocimiento de la sociedad dominicana es indudable,¿se considera un autor consagrado o el narrador dominicano por excelencia en la actualidad?
MAP: Quieres decir que me he ganado el reconocimiento de alguna parte de la intelectualidad dominicana. Los premios ganados le recuerdan que existo en un limbo de acero en Nueva York. ¿Ahora captas el significado que tienen para mí dichos premios?  Sinceramente, soy poeta, y el ensayo me sale con muchísima facilidad. Pero he llegado a la narración a través de obstinación, fracaso y disciplina. Para un poeta es muy difícil despojarse de esa camisa de fuerza que supone la subjetividad. En cuanto a la consagración, estoy muy lejos de ella. No soy maestro de nada, quizás de lectura. Creo que soy bastante eficiente enseñando a mis estudiantes a desentrañar y disfrutar un texto.
En épocas pasadas se fomentaron los grupos y las capillas literarias, de los cuales existen historias de rupturas entre autores de la literatura fundamental de nuestro país, lucha de egos, muchos fueron excluidos y marginados, ¿ha sido usted tomado en cuenta por esos grupos hegemónicos o lo marginaron?
MAP: Sí, he sido marginado. Por ejemplo, muchos compañeros poetas celebran La colina del gato, un poemario que me dio el premio anual que, según ellos, trajo un tono nuevo a nuestra poesía. Pero es muy difícil que yo aparezca en una antología. El antólogo tiene que ser muy buen amigo mío. Por supuesto, ya he dicho que sé leer, y al comprobar la calidad deplorable de muchos de los poemas que aparecen en las antologías, sonrío. Esto no es casual; mis amigos dicen que hablo de manera clara y directa, lo cual entre nosotros es insoportable. Aprendemos a fingir desde niños para no herir susceptibilidades. Pero esta es la condición humana: los ingleses y los norteamericanos son tan hipócritas como nosotros, aunque lo manifiesten en forma diferente. He sido muy franco en mis juicios desde que era muy joven y he tratado de ser objetivo sin ofender personalmente al autor. Me he granjeado el respeto de algunos y zancadillas al por mayor. No quiero parecer la víctima: les ha pasado en mayor o menor medida a los demás. Tampoco la práctica ha desaparecido. Surge en cualquier actividad humana donde haya influencia y control, en una palabra, poder. Es inherente a la condición humana.     
¿Qué opina del desdén que se muestra desde muchos ámbitos hacia los autores dominicanos y las preferencias de autores del exterior sobre nuestros escritores? ¿Es cierto que esto se debe a que tienen una mayor calidad o que se trata de una realidad impuesta por las propias deficiencias sistémicas del país?
MAP­­­­­­: Yo no estoy muy convencido de que nos discriminen. Desconfío de esta mitología. Si un escritor tiene la calidad excepcional de un narrador como Carlos Fuentes o la de un poeta como Octavio Paz, no es verdad que lo van a discriminar. La fama local no basta para proyectarte a nivel internacional. De ahí mi reserva cuando me hablas de “consagración”. Supongo que ni siquiera en nuestro país se conocen mucho mis libros. Uno tienes que proyectar esa calidad a nivel internacional, compararse con escritores de talla. Entonces, cuando llenamos las antologías con los textos de nuestros amigos, estamos cometiendo el primer error. Difundimos una literatura de compadres y comadres. En otro sentido, ¿cómo vamos a producir grandes escritores si he visto en una encuesta internacional que la educación nuestra, tanto a nivel  primario como secundario, ocupa los últimos lugares?
¿Podemos competir desde nuestra realidad actual en un mundo editorial cada vez más competitivo y signado por poderosas casas editoriales, que en nuestros mundos literarios locales se rigen por el grupismo y la exclusión?
MAP: Creo que la respuesta anterior responde también esta. Quiero recordar que cuando a alguien le mencionaba a Pedro Henríquez Ureña nuestro atraso de aquella época, siempre respondía: “Es que somos muy pobres”. Supongo que quería decir pobreza a todos los niveles, educativa, literaria, política y moral. Para mí la pobreza conlleva corrupción. Me dicen que antes de Hitler había en Berlín una gran descomposición social, y en Londres, una gran prostitución en la época isabelina. No somos más inmorales que los otros. Un policía de Nueva York no es más insobornable que uno de Santo Domingo. Sucede que gana infinitamente más.
Quiero destacar que el Banco Central y el escritor José Alcántara Almánzar están realizando una labor editorial excepcional, caracterizada por la objetividad, la eficiencia y el rigor. Les tengo mucha gratitud por publicarme la Cornalina y Los violines gemelos. Como ves, por cada antología que me cierran en mi patria, se abren tres o más puertas. No puedo quejarme.  
¿Qué escritor dominicano lo representa?
MAP: Son dos: Bosch y Henríquez Ureña. Vuelvo a ellos con frecuencia. Con respecto a Bosch, los partidos que fundó o ayudó a fundar deben revisar su ideario. También debemos recordar las ideas de Henríquez Ureña sobre la democracia como el estado de libertad integral de la persona.
¿Han sido responsables los intelectuales dominicanos con su realidad, sus valores o traidores como denuncia Manuel Núñez en su libro El Ocaso de la Nación Dominicana, al minimizar las luchas patrióticas de la Independencia y la Restauración de la República?
MAP: Leí el libro de Manuel Núnez hace años. Él es un caso raro en nuestra generación: es conservador casi de nacimiento. Aprecio su inteligencia y sólida formación. Me gusta su estilo enérgico, con imágenes novedosas, donde advertí influencia de Manuel Arturo Peña Batlle y acaso de sus ideas. Me interesó mucho cómo él describe la lucha contra los haitianos, una verdadera odisea; y enterarme de que había muy pocos esclavos en el país cuando ellos lo invadieron. Es verdad que la República que conocimos está en su ocaso, pero ha habido varias naciones dominicanas; pues un país es un cuerpo vivo, que cambia constantemente. No recuerdo bien las ideas de Nuñez. No sé si se refiere a que algunos intelectuales, entre ellos Bosch, destacan los aspectos positivos de la invasión haitiana. Pero ninguna invasión es totalmente positiva. Antes hubo matanzas colectivas en Moca, dominicanos blancos arrastrados a Haití a la fuerza. No olvidemos que Trujillo pareció tener presente estos desmanes cuando mató a miles de haitiano en el 1937. Quedamos empatados en barbarie. De todos modos, la situación dominico-haitiana actual me parece explosiva. Mis ideas en torno a esto han evolucionado. Tal vez después de estar en Mal Paso hace unos años y ver que cada cinco minutos un haitiano entraba a nuestro territorio. ¿Pasaporte? Algunos billetes que presentaba al soldado que guardaba la entrada. Es un problema muy complejo y materia de discusión.
¿Cree que los intelectuales dominicanos han sabido jugar su rol en la sociedad o que tienen parte de la responsabilidad en el descalabro institucional que se vive en muchas áreas del quehacer político?
MAP: Habría que opinar del intelectual dominicano lo mismo que dice Pedro Francisco Bonó del gobierno, en el siglo diecinueve, le piden todo, esperan todo de él. En el caso del escritor, habría que empezar citando a Cortázar, quien decía que la obligación de este es escribir bien. Pero, como indica Carlos Fuentes, el escritor hispanoamericano tiene un sentimiento de culpa porque puede escribir en un continente donde muchos no saben ni leer. Se siente privilegiado. Mírenme a mí: vengo de los estratos pobres de un país pobre. Vean toda la generosidad que ha llovido sobre mí en esta entrevista.
Cuando esto sucede, me pongo en guardia, no puedo perder la cabeza ni la perspectiva. En el caso del escritor, del creador de ficciones, de ilusiones, ¿qué culpa puede tener de lo que llamas el descalabro institucional? ¿No habría que culpar a los técnicos de los gobiernos, o acaso a intelectuales comprometidos directamente con sus malas prácticas como funcionarios? Es decir, como ciudadanos políticos, como sucede con Balaguer. No necesariamente como escritores.
Creo que todo empezó cuando se devaluó el peso en la década del ochenta porque la banca internacional decidió que esa divisa tenía un valor artificial (o quizás fue antes, cuando Balaguer empezó a embargar el país para conseguir dinero con fines proselitistas,  paternalistas y degradantes. ¿A cuánto asciende la deuda? Sé que hace unos tres años debíamos 21.000 millones de dólares ). Cosa rara: hasta ese momento habíamos sido felices con nuestro falso peso. De repente todo se encareció, hubo protestas y decenas de muertos. Luego las transnacionales se adueñaron  de  la mano de obra barata, el dólar se volvió omnipotente cara al anémico peso, que tuvo el privilegio de correr en las tiendas de la Quinta Avenida, en tiempos del Tirano. Y durante la invasión del 65 los marines, para cambiar sus dólares, tenían que pagar más por el peso. Todo, las playas y hasta los cuerpos de nuestras mujeres y de hombres jóvenes han sido comprados, como se ve en un estudio etnológico sobre Boca Chica, The Devil behind the Mirror (“El diablo detrás del espejo”), del afro norteamericano-puertorriqueño Steven Gregory. El autor muestra cómo en la llamada globalización —un eufemismo para el neocolonialismo, a mi entender— el espacio del capital internacional se expande mientras el espacio local se contrae. Todos los dólares, toda la alegre vida, el banquete de los bienes terrestres, se quedan en el primer espacio.  
Volviendo a Núñez, nosotros no somos ya la nación en que yo vivía. Desde la década del ochenta estamos embargados por un sentimiento de disolución, de desesperación. Hay una angustia que se respira en el aire a causa de la delincuencia generalizada, es como si todo el mundo se guiara por la ley de la selva. Los valores de la amistad, de la lealtad, del patriotismo, se han esfumado. Los sentimientos de altruismo han desaparecido  —generalizo—, no solo en la República, sino en gran parte del mundo. Al desaparecer los generosos, suprahumanos, movimientos socialistas parece que en el mundo gobierna el materialismo más rastrero. Tiempo de resaca. Así se mueve la historia. Ojalá  que el  ciclo termine pronto ahora que entramos en la llamada Era de Acuario, en que la mujer, según el filósofo norteamericano Richard Tarnas (The Passion of the Western Mind), tomará por vez primera control de la Historia.  Esperemos que traiga compasión por el 70% de sus hijos, los pobres de la tierra. 
¿Existe una novela dominicana? ¿Quién la escribió?
MAP: Por supuesto. Hay muchas novelas, no creo que novelística. Para mí sobresalen Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, La Mañosa, de Juan Bosch; y Solo cenizas hallarás, de Pedro Vergés fue muy bien recibida por la crítica internacional. Las novelas de Julia Álvarez y Junot Díaz me parecen buenas, y dominicanas aunque hayan sido escritas en inglés. Hay nuevos narradores como Pedro Valdez, José Acosta y el joven Rubén Sánchez (Los muertos no sueñan, Un cuarto lleno de anguilas) que están haciendo un trabajo interesante. Con respecto a la novela de José Acosta, Un kilómetro de mar, ganadora de un premio en Cuba, el Casa de las Américas, me parece un avance con respecto a La multitud, pues se despoja del lastre enciclopédico que presenta en esta. La anécdota se simplifica y la estructura es más eficiente. El resultado es una obra de andadura ligera, de amena lectura, que llega al lector común. Hablo de preferencias, no quiero presentar una escala de valores.    
¿Qué opina de los autores jóvenes dominicanos?
MAP: Creo que en respuestas anteriores he respondido en parte esta pregunta. Quiero destacar que es saludable —lo he dicho en otra entrevista— que las nuevas promociones se hayan alejado de la poesía social y de la influencia de los sorprendidos. Se acercan a la poesía posmoderna aunque con indudable retraso. Imagínese, para algún crítico, la posmodernidad comienza con Borges. Qué quiere usted si todavía no hemos llegado a nivel social al sueño de la modernidad: al Estado libre, a la plenitud de los derechos humanos promulgados hace más de dos siglos. Esto sucede en toda América Latina. Literatura y sociedad van de la mano, por lo menos en nuestra patria.  
¿Qué opina de las intervenciones de los intelectuales dominicanos en las redes, se abusa del Facebook, los temas que tratan son frívolos, inducen al debate o deberían alejarse un poco?
MAP: Ya algunos teóricos han dicho que las personas adictas al Facebook muestran características narcisistas. Me parece que este es el apogeo de la banalidad; pero puede ser útil para mantener el contacto con los amigos, para difundir ideas necesarias y como herramienta de trabajo. Lo que detesto es ese aspecto superficial que le dan muchos usuarios. Entonces, al abrirlo, en vez de encontrarnos con información provechosa, encontramos un compendio de trivialidades. En cuanto a los debates intelectuales, me parecen una pérdida de tiempo. Es mejor la lectura o la escritura, las actividades esenciales de un escritor.
Finalmente, ¿Quién es Miguel Aníbal Perdomo?, que los niños, los adolescentes y los jóvenes puedan entender las razones de su pensamiento y de sus actitudes intelectuales de escritor comprometido con la causa de su país.
MAP: Creo que mis libros me definen, incluso un libro de ficción como Los violines gemelos puede hacerlo mejor que yo mismo. También esta entrevista. Solo quiero decir que a los ocho años era un fanático furibundo del Licey y de Guayubín Olivo, y sigo disfrutando mucho el béisbol. Desde que aprendí a leer, quedé subyugado por la lectura, y sigo sintiendo la misma fascinación. A los diez años decidí que iba a ser escritor y sigo con el mismo empeño.
Deme cinco nombres que crea merecen obtener el Premio Nacional de Literatura de la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura en el 2016.
MAP: Alexis Gómez Rosa, Manuel Matos Moquete, Manuel Núñez, León David  y Giovanni Di Prieto.
(A Julia Álvarez y a Junot Díaz les daría un premio honorario.)
Muchísimas gracias, amigo Medrano, por permitir asomarme a la prensa dominicana, de la que me sentía exiliado hace años, desde que un periódico dejó de publicar mis artículos literarios. Supongo que por mi actitud cuestionadora y espíritu franco. Es palmario que no soy ningún consagrado. Si lo fuera, ¿qué periódico se negaría a publicarme? Henríquez Ureña tenía razón: es que seguimos siendo muy pobres.
Biografía activa:                                                 
 --Cuatro esquinas tiene el viento. Novela. Santo Domingo: Alfa y Omega, 1981.
--Los pasos en la esfera. Poesía. Santo Domingo: Búho, 1984
--El inquilino y sus fantasmas. Poesía. Santo Domingo: Búho, 1997.
--La colina del gato. Poesía. Santo Domingo: Editora Nacional, 2004
--La cultura del Caribe en la narrativa de Gabriel García Márquez. Ensayo. Santo Domingo: Editora Nacional, 2007.
--La estación de los pavos reales. Cuentos. Santo Domingo: Editora Nacional, 2008.
--Cornalina. Novela. Santo Domingo: Banco Central, 2012
--Ensayos al vapor. Ensayos. Santo Domingo: Banco Central, 2014.
--Los violines gemelos. Cuentos. USA: Nelly Benzán (Create Space), 2014.
--Ha publicado numerosos artículos, ensayos, entrevistas, cuentos y poemas en periódicos y revistas de la  República Dominicana, Estados Unidos, España, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, Brasil, Nicaragua, Colombia y México. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés.