miércoles, junio 24

No hay mayor verdad que la poesía... Jennet Tineo


Jennet Tineo


No hay mayor verdad que la poesía. 
No hay peor mentira que la que se dice 
organizando las palabras para que digan PO-E-SÍA, 
así como deletreada, así como inerte... 
Y uno se pregunta ¿cuántas ninfas muertas 
se pueden descolgar de un cementerio textual?

La poesía es vida, 
reverbera, 
mata la inconsciencia del alma, 
vibra. 

La poesía no son las palabras:
es el lenguaje.
El lenguaje no es solo la lengua 
con la que se nace, 
que es de carne, 
o con la que se crece, 
que es imagen y sonido. 

El lenguaje es la poesía
en su estado puro 
y definir el bosón de Higgs 
nunca fue fácil, 
encontrarlo es el azar-oso destino 
de una estrella en el entrecejo de la biología.

©JENNET TINEO

Poesía dominicana actual 1981-2011. Transgresión y tradición

BASILIO BELLIARD [mediaisla] Hasta la generación de los 80, la nuestra es una poesía que valoró la tradición. La actual promoción, en cambio, bebe de la calle, del discurso oral: testimonia el lenguaje coloquial del presente e ironiza con el poder

I. Historia

La historia de la literatura dominicana es la historia de las generaciones poéticas. Desde el Vedrinismo hasta la Generación de los 80, la tradición literaria nuestra ha estado determinada por la presencia hegemónica de la poesía. Las características formales, los temas, los registros de época y las técnicas han variado de un grupo a otro y de una generación a otra. Esta dinámica ha normado el quehacer literario en República Dominicana. Los signos y los actores de ese accionar han experimentado transformaciones estéticas, en sintonía con las corrientes de vanguardia de Hispanoamérica. La influencia de la poesía francesa ha estado mucho más presente que la norteamericana o que la de cualquier otra lengua. De ahí que la presencia del surrealismo tenga más hondura en la temática del erotismo y la muerte, o el Modernismo y Darío en los “poetas sorprendidos”, que cualquier otra tendencia poética.

El hecho mismo de que en nuestro país, en una media-isla de apenas 48 mil 442 kms/2, ha habido más movimientos literarios que en Estados Unidos, se explica en que la cocina de nuestras letras se ha condimentado en los mismos espacios y lugares, que van de la cafetera El Conde y el Palacio de la Equizofrenia hasta la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ese hecho geográfico y urbano ha determinado que sus actores lean más o menos a los mismos autores, compartan parecidas experiencias de lectura, similares gustos estéticos y frecuenten la misma topología fantasmal. En USA, quien escribe o hace vida literaria en California, casi nunca conoce y hace amistad con el que vive y escribe en Nueva York; en cambio, en República Dominicana, el epicentro de la vida cultural se teje en la ciudad capital. En los últimos 25 años, el escenario ha cambiado un tanto, con el movimiento cultural de los dominicanos en Estados Unidos, Europa y Puerto Rico, y con los autores de provincias. Y más aún, con la Internet y otros medios electrónicos, lo que ha permitido la eliminación de las barreras espacio-temporales. Mientras que en USA conocemos el Imaginismo, el Trascendentalismo y la Beat Generation, en República Dominicana conocemos el Vedrinismo, el Postumismo, los Independientes del 40, la Poesía Sorprendida, los Nuevos, el Contextualismo, el Interiorismo, la Metapoesía, y ahora el Efluvismo, sin contar las generaciones y las promociones del 48, 60, 70, 80 y 90. Como se observará, todos los últimos han sido fundados en el interior del país, o por autores nacidos en provincias como Moca, La Vega, San Francisco de Macorís o Azua, respectivamente.

A partir de la crisis de las vanguardias históricas hispanoamericanas, desde los años 60, no ha habido otra corriente que encarne el espíritu poético de la época —como podemos observar en las reflexiones de Octavio Paz en su libro La otra voz: poesía y fin de siglo. De ahí que sólo aparezcan destinos individuales y búsquedas estéticas particulares, ante la desaparición de las tendencias, el ocaso de los movimientos y la crisis de la “tradición de la ruptura”. Hoy día el autor tiene más oficio y conciencia estética y se siente más un “hombre de letras” que en el pasado, cuando los escritores provenían del derecho y de las cátedras universitarias. En la actualidad, su experiencia estética se nutre del habla de la calle, del mundo citadino, menos que del ámbito propiamente universitario o de los talleres literarios. La influencia es más vital que libresca, y ello se expresa en el distanciamiento estratégico con respecto al pensamiento, signo que marcó la generación de los 80. Ahora se observa una mayor presencia de la poesía norteamericana, en especial, la Beat Generation, las canciones y otras expresiones mediáticas que antes no tenían cabida en el imaginario poético, o cuando la mayor influencia provenía de la poesía francesa, hispanoamericana o ibérica. De igual modo, se opera una conjunción de expresiones artísticas yuxtapuestas que dialogan entre sí, con la tradición y los talentos individuales.

Frente a este panorama de las letras actuales, los autores más jóvenes se desentienden de las experiencias grupales y procuran nuevas vertientes expresivas y formales, y un distanciamiento de los elementos ideológicos y políticos que, antes de la década de los 80, normó el temperamento de los intelectuales y los creadores literarios. De ese modo, podría decirse que nuestras letras gozan de buena salud, pues están en sintonía y en diálogo permanentes con el orbe hispano, cuyo signo más elocuente lo constituye la comunicación virtual y simultánea con escritores de todas las latitudes, venciendo todo tipo de fronteras lingüísticas, geográficas y culturales.

La literatura dominicana vive un proceso de inserción y diálogo con la literatura que se escribe en el Caribe hispánico, pero sigue de espalda al Caribe anglófono y francófono. La literatura haitiana está muy alejada de la nuestra. Hay un silencio y un diálogo de sordos, si es que existe. La literatura nacional tampoco es conocida en el vecino país, debido a las barreras lingüísticas y a la ausencia de una industria de la traducción en dos vías.

La difusión de la producción literaria de nuestros autores apunta hacia una diversidad de las expresiones culturales. Las influencias de las teorías literarias de corte norteamericano y francés en el ámbito académico está cada vez menos presente en los creadores, quienes están más abocados a la lectura de textos de ficción, que a la lectura de teorías literarias y al estudio de preceptivas literarias, las cuales tienen mayor consumo en las esferas académicas que en las extraacadémicas. De ahí que haya un divorcio entre la crítica, la teoría y la creación; o entre los estudios literarios, la crítica literaria y la crítica periodística.

En la actualidad novosecular, la poesía dominicana se fundamenta en la búsqueda individual, al margen de la ansiedad de las generaciones y los grupos poéticos, tras los hallazgos de nuevos y arriesgados meandrosexpresivos. Digresión en múltiples direcciones estéticas, estos poetas postulan la ironía y la sátira a la tradición más inmediata: desaparición de los grupos de vanguardias y advenimiento de los destinos individuales y las aventuras estéticas personales, y al consumo de múltiples lenguajes artísticos visuales y sonoros. Cada individualidad busca un registro, un pulso expresivo y creativo, así como una dicción, en armonía con la sensibilidad y la experiencia estética. De ahí que, a pesar de la coetaneidad generacional, Homero Pumarol sea distinto a Frank Báez, Rita Indiana Hernández y “Neronessa” (así, sin apellido), a Pablo Reyes y Gregorio Espinal, Rosa Silverio y Jesús Cordero, a Juan Dicent y Lissette Ramírez, Víctor Saldaña y Alejandro González, a Noé Zayas y Paúl Álvarez,  por citar algunos ejemplos.

La ideología que nimbó el imaginario de los poetas de postguerra y el pensamiento de los poetas ochentistas, desaparece en los poetas novoseculares dominicanos, a quienes no les interesa la historia, ni la filosofía, ni la lingüística, sino la experiencia cotidiana, al margen del poema como hecho del lenguaje. En los noventa, la ruptura ochentista experimenta —a mi juicio— una continuidad de la ruptura, como generación continuadora, de una obra en gestación que se prolonga en algunos casos y, en otros, se distancia de sus epígonos: grupos en tránsito, archipiélago de sujetos poéticos y experiencias de soledad.

Una seña de identidad para el tiempo presente lo constituye la pujanza de la poesía escrita en las provincias y la de la diáspora dominicana en los Estados Unidos. A estos rasgos se añade la vislumbre de una ruptura a partir del año 2000, aproximadamente, con la emergencia de voces poéticas provenientes de jóvenes nacidos a partir de 1970, cuya obra se caracteriza por una impronta marcada por el discurso urbano de clase media, expresiones estéticas de la oralidad, de la conversación callejera, de la lengua inglesa —pues muchos son bilingües—, y esto es un rasgo novedoso en nuestra tradición literaria. De igual modo, aparecen cultores de otros géneros literarios de manera plural y simultánea y, cuando no, incursionan en otras facetas del arte, como la pintura, la música, la fotografía, el teatro y el video. Como se ve, ya no son poetas a secas, sino autores de voces polifónicas, plurales, alejados de la “poética del pensar” ochentista y de cualquier viso ideológico sesentista, y de los cenáculos intelectuales, académicos y grupales.

Desde el poemario irónico, desenfadado y no menos satírico contra los mitos de la cultura popular dominicana, los poderes sagrados y estatales que instaura Homero Pumarol, con su poemario Cuartel Babilonia (2000), y su conocido poema, Jack Veneno ha muerto, hasta Postales (2009), de Frank Báez y La pelota de Paúl Álvarez, sin mencionar las piruetas del habla citadina de Rita Indiana Hernández, en sus narraciones y poemas, hasta llegar al canto a la ciudad de Santo Domingo en los poemas conversacionales con cierto dejo de humor de Juan Dicent, para arribar a Noctambulario (Memoria de una prostituta) de Gregorio Espinal, con el que obtuvo el Premio Joven de la Feria del Libro. Estos textos establecen un corte transversal en la sensibilidad del imaginario poético finisecular y novosecular de la lírica dominicana. Muchos de ellos brotan no del ámbito universitario, sino del mundo de las agencias publicitarias, la bohemia citadina y el periodismo. De ahí la creatividad y el contacto con los soportes mediáticos y la presencia obsesiva del imaginario de los barrios y la vida de la marginalidad para fundar una ruptura en la tradición, al asumir un discurso privado, y rescatar el tono del habla de la calle. Su crítica a la realidad social se realiza a través de la incorporación de una cultura impropia, “desclasada”, que participa como transgresión y desarraigo existencial, tras la búsqueda de una experiencia que actúa como nostalgia de su ser. Esa ruptura interviene aquí como su poética esencial en sustitución de la ideología; es, pues, una actitud ante el hecho literario, ante la vida y ante el oficio escritural, y una crítica a un lenguaje, a una realidad vital y a una tradición lineal.

Esta poética no entra en diálogo con del Movimiento Contextualista, capitaneada y fundada por el poeta francomacorisano Cayo Claudio Espinal, pues sus integrantes —Víctor Saldaña, Jim Ferdinand, Pastor de Moya, Julio Adames, o Noé Zayas (ex miembro) —, escriben una obra distinta, en lo atinente a su facturación, temática, estructura compositiva, lenguaje y contexto imaginativo, donde los ecos, las reverberaciones y las propuestas estéticas se distancian de los propios poetas novoseculares: su imaginario está más en consonancia y en deuda con la poesía concreta y el pluralismo, a caballo entre la narrativa, la poesía y el teatro. Escriben una poesía de vanguardia tardía, pero experimental en sus rasgos compositivos, y como un desafío a la imaginación y a la técnica.

Este nuevo siglo acusa los presupuestos de la transgresión, cuya expansión y trascendencia en el alba, augura los ecos tempranos de una memoria verbal renovadora, de mucha salud para las voces emergentes, y cuyos gustos van más allá del jazz y la música clásica, ya que bucean en los aires de nuevos ritmos musicales: del rap al rock, de la pop music al jazz.

Estos poetas de la primera década del siglo escriben una poesía que es crónica del presente citadino, y cuyo fundamento es la anécdota cotidiana, como se observa en la poesía de Juan Dicent, cuando dice:

Y la luna se va tan pronto.
En Santo Domingo el sol sale por 23 horas y 40 minutos.
La isla está llena de sol.
De sol y de moscas.
Sol de peste.
Sol de bochorno.
Luz blanca de ojos sin cabezas, feos y tristes.

No excuses
A los transeúntes, a los que no trabajan y viven en la calle,
les gusta ver desgracias.
Explosiones por tanques de gas en chevrolets , apartamentos o casas,
accidentes con mucha sangre, haitiano que le caen atrás por ladrón,
lo agarran, lo amarran al paloelú de la San Martín con María Montés,
lo golpean, y después el ladrón es otro.

O cuando en tono irónico enuncia una expresión de la tradición:

Y la gente se va a las playas en Semana Santa.
Desde el jueves el éxodo del peaje.
3 días de romo y sol y mar y merengue.
Por allá se enamoran, se divorcian, sueñan,
caen presos, y los más afortunados mueren.
Los otros regresan a la ciudad.

Otro rasgo emblemático lo conforma la influencia del Internet y la comunicación virtual en el ciberespacio, donde el intercambio de experiencias supone un diálogo que rompe barreras lingüísticas, temporales y culturales, produciendo una uniformidad no local sino universal, haciendo del poema o del texto un producto de la espontaneidad y del impulso creador, al margen del intelecto. De ahí la frescura y el automatismo en que se gesta, a veces del instante del chateo o de la corrección simultánea, cuando brotan de la imaginación creadora. Acaso este es un signo de identidad que marcará esta generación de jóvenes poetas del Nuevo Siglo, que moran en la autopista del espacio virtual del mundo informático.

La escritura de estos poetas parte de la anécdota y la transfiguración en materia del poema, en un vértigo testimonial. Del asombro reflexivo de José Mármol hasta el desasosiego del nihilismo lírico de Plinio Chahín, la poesía ochentista entra en un estado de purgatorio, en los albores del siglo, con la ironía y la oralidad torrencial de la nueva promoción de novísimos poetas, que se nutren de la experiencia autobiográfica y usan el humor como diapasón y crítica a la tradición, desarticulan así los códigos de la representación histórica. Fundan una escritura poética exenta de conceptualización, que huye de la filosofía para refugiarse en el paisaje de la anécdota y la experiencia de lo vivido.

De la reflexión óntico-metafísica del lenguaje de los poetas ochentistas hasta la tensión narrativa de la anécdota de los poetas del Nuevo Siglo, estos últimos treinta años de poesía dominicana (1981-2011) han oscilado entre ese cruce de caminos, en tensión de angustias e influencias, que motorizan la combustión del verso y el drama de la escritura poética. Los registros del habla poética de los jóvenes se distancian de la estructura rígida del verso, cincelado en un ritmo silencioso, como se observa en la generación anterior. En los poetas actuales o posochentistas, el eje narrativo de la estructura poética funciona como estrategia técnica, que permite que fluya la historia personal del yo biográfico que describe, donde el tono de la anécdota acusa la nostalgia del verso que cuenta. Los poetas de los 80 subvierten el paisaje poético precedente con una ruptura ontológica y lingüística, con recursos interrogativos y afirmativos. La ironía no fue el instrumento crítico sino que fue la crítica misma al lenguaje sesentista la que funcionó como contra-ideología. En cambio, en los poetas posochentistas, la ironía participa como mecanismo crítico de refutación, sin una preocupación por la teoría, el lenguaje y el intelecto.

El temperamento grupal o gregario de los poetas de los 80 los condujo a articular un discurso poético ortodoxo, contrario a los poetas del 2000, que poseen un discurso heterodoxo, aunque nimbado por un eje narrativo-testimonial y lúdico, de una poesía autoparódica, que, paradójicamente, no parodia a la tradición inmediata. En tanto que en los poetas de los 80, el lenguaje nace del pensamiento y el conocimiento, en los poetas del Nuevo Siglo, el lenguaje surge de la calle, de la vida cotidiana y de la experiencia común, como ironía a la vida política y social. De una poesía apolínea a una dionisíaca, de los 80 al 2000 y más allá, hay una línea expresiva que se inaugura en los 80 con los libros Mar abierto (1981), Manicomio de papel (1981) y Poemas malos (1985) de GC Manuel (hoy Manuel García Cartagena), con cierto cariz surrealista; otro  de temblor ontológico, de un lirismo negativo, típico de algunos miembros de su generación, como fue el de Dionisio de Jesús, Axiología de la sombra (1984);  asimismo, Iniciación final (1984), también de estirpe surrealista, de José Alejandro Peña, y el otro pertenece a José Mármol, El ojo del arúspice (también de 1984) que, según Plinio Chahín, “inaugura una nueva órbita textual”, de una escritura desestabilizadora, de una sintaxis que rompe la lógica lineal de las palabras, y pone en tela de juicio nuestra tradición, hasta la aparición, en 2000, de Cuartel Babilonia, de Homero Pumarol, y luego, en 2009, cuando Frank Báez obtiene el Premio Nacional de Poesía, con su libro Postales, en el cual encontramos esbozos de anécdotas, nutridas por un humor negro, que destilan sus frases poéticas. Ambos instauran un discurso poético de lo inmediato, que reivindica la crónica doméstica de lo espontáneo, frente a un mundo poético precedente, que ahonda en el pensamiento filosófico y las posibilidades reflexivas del lenguaje. En Pumarol, Báez y Juan Dicent, predomina una experiencia antirretórica del mundo verbal, un coloquialismo radical, en una dimensión oral, en tanto que en Chahín, Mármol, José Alejandro Peña, César Zapata, Martha Rivera, Adrián Javier, Médar Serrata, Manuel García Cartagena, Rafael Hilario Medina, Dionisio de Jesús, y otros más, el universo poético se alimenta de la tradición retórica escrita y culta.

Poesía iconoclasta, profana, agonística y sacrílega, anti-teológica, la de de Jesús y Peña; deísta y sagrada, la de Mármol; de un lirismo vertiginoso, la de Martha Rivera; secreta y orientalizante, la de Víctor Bidó; lírico-épica, la de Serrata; epigramática y satírica, la de Tomás Castro; lúdica, erótica e imaginativa, la de Adrián Javier, y manierista, antilírica y barroca, la de León Félix Batista. En estos poetas de los 80 resuenan los ecos del surrealismo y el simbolismo, vetas de un cierto neorromanticismo, Vallejo, Borges, Paz, Neruda, Juárroz, Rilke, Lezama Lima, los poetas malditos, Manuel del Cabral, Mieses Burgos o los poetas sorprendidos.

La generación poética de los 80 escribe una poesía aguijoneada por la reflexión filosófica del lenguaje poético, que asume la sordidez de una época, desde una visión estética del arte literario, con sentido de universalidad y trascendencia, pero con vocación de ruptura, y en defensa de la reivindicación de los movimientos poéticos locales, como el Vedrinismo, el Pluralismo y la Poesía Sorprendida.

Oigamos, la voz de José Mármol, como expresión de su propuesta estética generacional:

cada palabra es una flor que aborrece su forma y su olor
desprecia. cada flor es una voz. un lenguaje abierto
a la piedad. al amor. al tedio, un cosmos reunido en una
breve mancha nacida para el aire. tímido latido del
inmenso letargo celestial esa flor. un vagido tal vez de
algún dios corrompido. por la estirpe de barro soplado y
su alfabeto. cada palabra es una flor que aborrece su
forma y en el instante queda.

O la voz de Plinio Chahín, donde se manifiesta la misma voluntad reflexiva, una autorreferencialidad aforística, un aliento óntico y un lirismo metafísico, que marcó su generación:

Sin convicción no hay principio ni final
Error que recordar cuando el otro nos lastima la existencia
Desde el residuo inmóvil de lo que aprendimos siempre
Y nunca olvidamos de memoria.
Así lo dijo Buda
Ama al otro en su necesidad primordial
Mas no lo juzgues en su agonía
Reposa tus manos sobre él como el fruto apetecido
Por el Dios deseoso de solemnidad
Pues ¿qué culpa tiene el que nunca existió
Y sin embargo le duele la vida?

Búsqueda de un lugar en la travesía tras el amor, la muerte y el sueño, la obra de estos poetas posee una intensidad lírica de estirpe autofágica, cuyas deudas mayores se remontan al surrealismo, al dadaísmo y a la poesía maldita francesa. De referencias culturales, epígrafes y evocaciones míticas, fundan un mundo de reverberaciones imaginarias que dialogan con lo sórdido, el insomnio y la decadencia espiritual. La fatalidad del ser, el sentido de la existencia, la celebración del erotismo, el vacío interior y la duda metafísica son algunas de las aristas que bordean los límites del lenguaje poético de los autores de esta generación. Carne, deseo, soledad, angustia, pulsión erótica, atracciones fatales del cuerpo, melancolía del yo lírico y del sinsentido, son algunos de los matices, de cariz existenciales, que se vislumbran en estos poetas de los últimos 20 años del siglo XX, y que sirven de plataforma del hecho poético. La desesperación o el aire metafísico en el tono de algunos poetas ochentistas y noventistas postula un contrapunto con el cariz festivo y entusiasta de los poetas del Nuevo Milenio. Contemplación óntico-metafísica en los primeros; fiesta irónica en los segundos.

Jardines colgantes que se definen como prolongación de la  generación ochentista en la década de los 90 lo conforman los poetas Nan Chevalier, José Acosta, Julio Adames, Fernando Cabrera, Alejandro Santana, Eloy Alberto Tejera, Frank Martínez, César Sánchez Beras, Basilio Belliard, Enegildo Peña, Ramón Peralta, Orlando Cordero, Puro Tejada, Gerardo Castillo, Jorge Piña, Claribel Díaz e Yky Tejada, quienes se revelan como promoción continuadora de la atmósfera fundada como una estela lírica por los poetas de los 80, surgidos o no del taller César Vallejo de la UASD o provenientes de las provincias.

En José Acosta, Premio Nacional de Poesía, con su libro Territorios extraños (1993), observamos una prolongación de la impronta de la poética reflexiva ochentista; igualmente en Fernando Cabrera, desde su primer libro Planos del ocio (1990); Ramón Peralta, con su poemario Eternidades; Alejandro Santana, enPalabra presente, Premio de Poesía de la UNPHU; Julio Adames, en Huéspedes de la noche, con una poesía de aliento místico; Eloy Alberto Tejera, con Elevación de la nada; Frank Martínez, con Cenizas del ocaso, quien continúa con el aliento lírico nihilista y una poética de lo negativo, que inauguraron José Alejandro Peña y Dionisio de Jesús, conforman una tribu sensible de poetas que continúan, en cierto modo y tesitura, con el tono daimónico y órfico de los poetas cuya sensibilidad fue nimbada por la “poética del pensar”.

En la década de los ochenta hay varios textos emblemáticos que constituyen parte del canon de una ruptura que se volvió tradición, tales como El ojo del arúspice y La invención del día, Premio Nacional de Poesía (1988), de José Mármol; Oráculo del suicida y Axiologías de la sombra de Dionisio de Jesús; Las piedras del ábaco de Médar Serrata; El oscuro rito de la luz, Premio de Poesía de Casa de Teatro, de Adrián Javier;Consumación de la carne de Plinio Chahín; El soñado desquite, Premio Nacional de Poesía (1986), de José Alejandro Peña; el poemario Palabra, de GC Manuel, Premio de Poesía Siboney (1984), así como Mar abiertoy Manicomio de papel, o Víctor Bidó con Cuaderno de condenado y Poemas de la tortuga. De igual modo, otros libros de poetas de la Generación de los 80, que publicaron libros en la década del noventa, como César Zapata, con Acrobacia del ser y Jardín de augurio, Rafael Hilario Medina, con Cifras del sueño o Plinio Chahín, con Solemnidades de la muerte.

II. De la poética del pensar a la poética del cinismo. 30 años de poesía.

La poesía nace del mundo y la naturaleza, y el poeta es el amanuense que retorna la palabra de la tribu a la naturaleza, en un rapto mimético. La poesía oscila, pues, de un corazón alado a una mente incandescente, en una lectura de un presente, que se disemina en sus veleidades y virtualidades.

Tradición y lenguaje cotidiano, orden y caos, lo libresco y la calle, ironía a la tradición en contrapunto con lo establecido, la poesía del Nuevo Siglo acusa los relieves de la evasión rebelde y la transgresión cínica. Buceo en los lugares comunes, recuperación del tono de la Beat Generation norteamericana y lo neo-testimonial, esta novísima poesía dominicana rechaza la tradición ochentista, como ésta rechazó la generación del sesenta y la de postguerra. Como nos dice el poeta y ensayista peruano, Pedro Granados, “… la actual poesía de la República Dominicana exhibe fascinante heterogeneidad e interés envidiables en todo el ámbito hispano”, en su texto La poesía dominicana revisitada. Y sigue diciendo, en otro sentido: “cultivan el grado cero de las teorías”, cuando se refiere a Homero Pumarol y demás poetas de la Generación del 2000. Es decir, evaden la teoría y la investigación para asumir el compromiso con la creación pura. Ese desinterés por lo intelectual se resume en una pasión por captar el lenguaje coloquial urbano, nocturno y diurno, por percibir la respiración de la ciudad, en sus avatares y tragedia cotidiana.

Antes, Granados había publicado en el suplemento Biblioteca del Listín Diario, el ensayo La poesía que vendrá.Nueva poesía dominicana, en fechas 29 de julio y 5 de agosto de 2001, donde decía: “por un lado, la poesía dominicana es muy seria; por el otro, incluso cuando pretende ser espontánea —coloquial o erótica— es cultista y apela irremediablemente al canon”.

Oigamos a Pumarol, en su primer libro Cuartel Babilonia, y quien funge como puente entre la promoción del 90 y del 2000:

El muchacho de Gazcue que camina borracho
por la zona universitaria a las tres de la mañana
de pronto es asaltado por un par de policías
por la sencilla razón de caminar borracho
por la zona universitaria a las tres de la mañana.

El muchacho al que sólo le quitan
cincuenta pesos de uno de los bolsillos,
una cartera vacía, cigarros, unas llaves y un encendedor.

El muchacho que no encontró a nadie
que lo llevara de vuelta a casa
y que decidió regresar caminando
aunque el trecho es largo y oscuro,
porque a pesar de todo la ciudad
por todos lados es larga y oscura
y porque a pesar de todo le gusta
tambalearse solo en la oscuridad
donde no necesita cigarros, ni llaves,
ni cincuenta pesos,
ni cartera, ni sobriedad, ni documentos,
ni nada más que las piernas que le mecen
y que a pesar de todo ahora no siente,
donde grita por encima del ojo roto
y por encima de los cristales rotos en el ojo roto
y por encima de las dos heridas en la cara y en la espalda rotas
INFELICES

El poeta, narrador y ensayista, Manuel García Cartagena, define con mucha precisión a estos jóvenes poetas, de la siguiente manera, en su ensayo Por una poesía sin frontera, leído en el acto inaugural del Festival 2009 Poetas por km2, el 8 de octubre de 2009, en el Centro Cultural de España en Santo Domingo.

“En términos generales, en la poesía de Báez, Pumarol, Dicent y Rita Indiana, la escritura en inglés no se limita a la simple cita de versos de otros poetas en sus lenguas originales, sino que, con frecuencia, coinciden en escribir directamente en inglés los títulos, algunos versos e incluso poemas completos. La mezcla de códigos, incluyendo la de idiomas distintos, así como el empleo de diversos registros de lengua, la constante referencia a la música popular y a la gestualidad conversacional característica de los poetas urbanos tienden a diseñar en estos poetas los rasgos distintivos de la dimensión comunicativa desde la cual se sitúan para producir una serie de textos formalmente emparentados con los “raps” y “reguetones” surgidos en los guettos latinos norteamericanos”.

Y sigue diciendo García Cartagena:

“En los casos particulares de Rita Indiana y de Pumarol, esta estrategia de escritura adquiere un cariz abiertamente provocador, por la aparente ingenuidad con que ambos poetas convocan en sus poemas imágenes de sujetos que a veces parecen reflejar el esquema de valores socioculturales propios de los “jevitos”, y otras veces parecen anclados en los sótanos del bajo mundo marginal, en una especie de facticidad gestual que no está exenta de un cierto desparpajo lúdico. De hecho, muchos de los primeros poemas de Rita Indiana parecen haber sido concebidos para ser cantados antes que leídos, como vino a confirmarlo la decisión de la autora de La estrategia de Chochueca de hacer carrera como vocalista de la agrupación “Los Misterios”.

Estos jóvenes poetas nacidos, aproximadamente, entre 1971 y 1981, hacen uso de una jerga coloquial que funciona como estrategia compositiva del poema, y que se mueve entre la poesía y la música, el cine y el teatro, las artes plásticas y el video, en una suerte de re-semantización temática, o en franca  apelación reiterativa a usar vocablos, frases y títulos en inglés, como Pumarol, Dicent o Rita Indiana Hernández.

Homero Pumarol nos vuelve a situar en el contexto del malestar urbano, y nos ofrece una visión del presente, del mundo tecnológico y material, en su último poemario, aún inédito, Hugo de China:

Cuando te ponen una Colt 45 en la cabeza
A las 4 de la mañana en la zona colonial
Lo primero que pierdes es la borrachera.
Ese dinero tan bien invertido
desde las siete de la noche
En el menos doloroso de los casos en cerveza,
se esfuma tan pronto el cañón frío
toca por primera vez tu sien.

Los cigarros no importan mucho,
Pero molesta comprobar que todo atracador fuma
Y que no te dejará ni el de la vergüenza.

Después avanzas por la calle oscura
con la insoportable sensación
de que acabas de nacer
sin bibi pin ni Blackberry,
en un mundo donde nadie te conoce
y donde tus nervios importan tan poco
como todo el efectivo que dices que tenías.

En tanto que Frank Báez prolonga el imaginario poético de Pumarol, en clave también irónica, en su libro Postales. La suya, como la de Pumarol, acusa ribetes de una poesía desnuda, descarnada, despojada de metáforas, con un tono narrativo y versos vertiginosos. La metáfora ya no es, pues, la piedra angular de la arquitectura del poema. Por el contrario, construyen una obra performática, más escrita para ser escuchada que leída, y que refleja el drama social urbano, de la violencia citadina. Poesía autobiográfica, de autorretratos, despojada de retórica, artificios sintácticos y de tropos, y que tiene como leit motiv una oralidad plagada de humor negro, que crea un estilo nuevo y fresco, ideal para la recitación en alta voz.

Oigamos a Frank Báez:

Llegó el fin del mundo a mi barrio
sin que a nadie le importara.
Mis padres tenían puesto CNN
esperando el boletín especial.
Los liquor stores y los cyber cafés
siguieron abiertos hasta tarde.
Nadie comprendía las señales.
Hasta la mujer que vio la silueta
de la virgen de la Altagracia
en el cristal delantero de su jeepeta
fue al car wash a lavarla.
Moteles y bingos estaban abarrotados.
Las evangélicas que con sus panfletos
habían anunciado tanto el fin
se fueron a la cama temprano.
No cortaron las líneas de teléfono.
Ni se llevaron el agua y la luz.
Nadie vio las estrellas que caían del cielo.
Para cuando el arcángel Miguel sonó la trompeta
el partido de los yankees
iba por el
octavo innnig.

El poeta y ensayista Fernando Cabrera, en su prólogo a la selección de poesía dominicana para la revista mexicana Blanco Móvil, dice lo siguiente, para definir la situación de la más reciente legión de poetas:

Con el nuevo milenio asistimos a una refrescante re-insurgencia beat. Novísimos poetas nacidos a partir de los setenta que conciben una poesía de calle, hermanada —coincidiendo con Dereck Walcott— con el rap, el hip hop, la bachata y el reggaetón.  Portadores de un discurso explícito, agresivo en ocasiones, acuden a la oralidad, al performance, a personajes y símbolos populares y se concentran en retratar sin maquillaje la realidad. Al modo de Charles Bukowski, les disgustan los modelos morales y religiosos, abjuran de sintaxis, gramática y de toda selectividad temática, prefiriendo experiencias epidérmicas, sensoriales. Sus fraseos, marcados por acentos asediados y asediantes, procuran asombrar a cualquier precio; se potencian o anulan en lo incidental, en lo efímero, en las expresiones modales, en los anglicismos, o bien, en un spanglish inevitable. Apuestan a una poesía teatral, expresada de forma visceral (verbigracia, Allen Ginsberg en el recital de 1955, “Six poets at the Six Gallery”, al declamar su poema Howl), cantando, gimiendo y llorando versos, en procura —consciente o no— de empatías emotivas. Su discurso transgresor no es, sin embargo, nuevo, toda vez que se vincula a posibilidades expresivas ya exploradas por poetas de posguerra, de la crisis, e incluso de la Generación de los Ochenta. Las voces emergentes han aportado hiperrealismo, evidente en una mayor radicalización lingüística al apelar siempre a recursos de confrontación (sorna, ironía, humor) y la incorporación de experiencias marginales modales, propias del tiempo presente. Los reinsurgentes beats, los nuevos antipoetas (entre ellos: Homero Pumarol, Juan Dicent, Rita Indiana Hernández, Ariadna Vásquez, Frank Báez y Rosa Silverio), con sus disidencias apelan a una catarsis emocional; no temen tocar linderos de vulgaridad o inmoralidad, al contrario, validan el escándalo como estrategia para, mediante el desvelamiento de las monstruosidades cotidianas, contrarrestar la violencia, la decadencia y el sin sentido que hoy habitan en los entornos urbanos.

En tanto que Manuel García Cartagena, siguiendo la misma línea reflexiva y argumentativa, estudia el fenómeno que se produce en estos poetas, y de ahí que vuelva a citarlo:

No obstante, entre algunos poetas de los años 90, como Homero Pumarol, Frank Báez, Rita Indiana Hernández y Juan Dicent, la escritura misma del poema procura producir efectos rítmicos (por medio del empleo de aliteraciones, onomatopeyas, rimas internas, etc.) en la composición de los textos. Resulta revelador que sea precisamente en los textos de estos poetas donde la estrategia del code switching, es decir, el cambio de código lingüístico, comienza a adquirir mayores visos de sistematización en la poesía dominicana.

Cabe mencionar de paso el hecho de que Báez y Pumarol vienen desarrollando una interesante labor de integración entre música y poesía desde el proyecto que ellos llaman “El Hombrecito”, en el marco del cual han venido realizando una serie de lecturas en compañía de un trío de músicos, cuya acogida por parte del público demuestra que sí hay lugar para una poesía escrita desde la intención de romper los hábitos de consumo convencionales para este tipo de mensajes.

En Rosa Silverio, poeta y narradora santiaguera, tenemos un tono parecido, pero con un sentido más autodestructivo, desesperanzado, de versos duros, provocadores, en clave melancólica, pesimista y arrebatada, pero con vocación más lírica, donde se escuchan los ecos de Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik, como se puede leer en este poema, de su más reciente libro, Arma letal, Premio Nacional de Poesía 2010:

Mi tristeza es mía, única, egoísta,
con nadie quiero compartirla
y a nadie hago responsable de ella.
Es un lagarto que me observa desde el techo.
Veo su cola alargada y sus patas diminutas,
sus ojos que miran hacia ninguna parte,
su serenidad oscura y milenaria.
Mi tristeza es cosa de un momento,
de unos días, de un mes,
de un tiempo secreto y solitario,
pues cuando todos me ven sonreír
yo todavía arrullo este sentimiento sutil y delicado
que se estira como el cuello de un cisne.
Mi tristeza es una ola.
En ocasiones me derriba y me lleva mar adentro.
Yo me dejo ir… ¿Acaso tengo otra salida?
Siempre abro los brazos cuando ella viene a mi encuentro.
No le preceden huracanes, ni desgarres, ni huidas innecesarias.
Hay en mí una predisposición natural,
una voluntaria placidez ante esta forma de estar
que nadie comprende
y que no espera ser comprendida por el mundo.
Mi tristeza es un refugio en el que me arrincono
cuando naufragan los barcos y estallan explosivos.
En su seno me duermo y olvido a los peces voladores,
las lenguas de serpientes y los dragones azules.
Mi tristeza es un estanque y un pájaro.
Mi tristeza es un ancla.

La revolución en el lenguaje poético es la expresión de un individualismo hedonista, irónico y cínico, que se legitima en una aptitud poética y estética: predominio de una voluntad de un tiempo futuro que se disipa en la trascendencia del presente instantáneo. La noción del futuro no se identifica con el progreso ni con la utopía, sino con el vacío. Opacidad y vacuidad vienen a reemplazar la ideología de las masas, el porvenir social y la transformación revolucionaria, en aras del héroe y del sujeto individual. Estos signos penetrarán el ideal finisecular. “Huérfanos de trascendencia, descentrados y desencantados, los escritores y los artistas miran hacia todos lados, pero sólo escuchan los latidos de su propia subjetividad”, ha dicho, sabiamente Soledad Álvarez.

III. Narratividad y fragmentación.

Dos líneas expresivas conforman la poesía de los últimos 30 años: la “estética del fragmento” y la “poesía narrativa”, para decirlo con palabras del ensayista y poeta uruguayo, Eduardo Milán. La fragmentación de la masa poética encarna el espíritu de la época, del derrumbamiento y la bancarrota de los grandes discursos totalizadores o “grandes relatos” —como diría Jean Francois Lyotard— y que se expresa en la desaparición de los poemas extensos de largo aliento, típicos de la tradición hispanoamericana, como Trilce, Piedra de Sol,Altazor, Alturas de Machu Picchu, etc., o en nuestra tradición poética: Vlía, Hay un país en el mundo, Círculo,Rosa de tierra o Compadre Mon.

La narratividad se ha impuesto como una necesidad histórica, y que coincide con la tesis del “fin de la historia” de Francis Fukuyama, o con la clausura de los “grandes relatos”, ese fin de las utopías y, en especial, de la utopía socialista. La muerte de la representación discursiva y de la ideología legitimadora tiene su piedra de toque, en eso que Lypovesky llamó, la “era del vacío”.

El fin de las vanguardias, cuyo fundamento reside en la experimentación, coincide con la pugna entre el fragmento y la narratividad. La vertiente del fragmento —la que canta— y la vertiente narrativa —la que cuenta— legitiman un discurso poético que se transforma en sí mismo, a contracorriente de la historia, pues pone en crisis no el pasado eterno, sino el presente continuo: no el allá sino el aquí.

Con la irrupción de la narratividad en el poema, la poesía alcanza el ideal de la prosa, y supone la muerte del lirismo, característica heredada de la tradición en la historia de la poesía occidental, y que viene a darle a razón a Gustav Flaubert, cuando éste, en su poética narrativa de la búsqueda del mod just, pretendía poner a competir a la prosa con verso. De ahí que puliera la frase, hasta su modo justo en el oído, como una forma de derrotar al verso, el cual tenía una historia más antigua, más larga tradición, espléndida dignidad y gran prestigio.

El golpe más demoledor a la tradición lírica en América Latina se lo propinó el movimiento Neobarroco o Neobarroso del río de La Plata, en la década del 90, encabezado por el brasileño Nestor Perlongher, y los uruguayos Eduardo Espina y Roberto Echavarren, entre otros, cuya expresión caribeña tiene un dios tutelar: José Lezama Lima; una caja de resonancia: el Siglo de Oro español y un Dios barroco en el cono Sur: Oliverio Girondo. Y acaso un precursor ortodoxo: Gerardo Deniz, en México. Esa vertiente neobarroca está minada por el amaneramiento retórico, el juego de palabras, el humor, el retorcimiento sintáctico y la manipulación verbal, que pone en jaque a los lectores desprevenidos y no avezados. De esta poética son herederos, en la generación de los ochenta nuestra, León Félix Batista, en su obra total, y Plinio Chahín, en sus últimos librosNarración de un cuerpo, Ragazza incógnita y Hechizos de la hybris. En contrapunto con esta vertiente, está toda la obra poética de Tomás Castro, lastrada por la antipoesía de Nicanor Parra, y la poesía conversacional y epigramática de Ernesto Cardenal; o la “poética del pensar”, reflexiva y ontológica de José Mármol, Plinio Chahín, Médar Serrata, Dionisio de Jesús, César Zapata, entre otros. Esta búsqueda de un sentido primario y oculto, a través del juego lingüístico, genera una exploración en el tono, la dicción y el ritmo poético, y es lo que hacen Chahín y Batista, y que tienen en nuestra tradición los referentes en Vigil Díaz, Zacarías Espinal, Manuel Rueda, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio, Luis Manuel Ledesma, Pedro Pablo Fernández y Cayo Claudio Espinal.

Si bien la generación ochentista tuvo su génesis grupal en la creación y desarrollo del Taller Literario César Vallejo, en 1979, adscrito a la Dirección de Difusión Artística y Cultural de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que dirigió el poeta de postguerra, Mateo Morrison, también formaron parte otros poetas que compartieron la misma estética y poética que se gestó en el laboratorio de dicho taller. Sus miembros más destacados, a mi juicio, son: José Mármol, Plinio Chahín, César Zapata, Dionisio de Jesús, Médar Serrata, Manuel García Cartagena (otrora GC Manuel), Juan Manuel Sepúlveda, José Alejandro Peña, Víctor Bidó, Rafael Hilario Medina, Marianela Medrano, Miriam Ventura, Martha Rivera, Ángela Hernández, Adrián Javier, Tomás Castro, Aurora Arias, Carmen Sánchez, Ylonka Nacidit Perdomo, Irene Santos, Sally Rodríguez, entre otros, miembros o no del taller César Vallejo.

Como generación continuadora o promoción generacional, y en una segunda etapa del taller César Vallejo de la UASD, de miembros o no del dicho taller, se produce una nueva eclosión de poetas en la década del 90, con autores como César Sánchez Beras, Nan Chevalier, Eloy Alberto Tejera, Julio Adames, Basilio Belliard, Jorge Piña, Claribel Díaz, Amable Mejía, Félix Betances, Frank Martínez, Orlando Cordero, Alejandro Santana,  Modesto Acevedo, Gerardo Castillo, Petra Saviñón, Fernando Cabrera, José Acosta, Juan Gelabert, Rannel Báez, Pedro Ovalles, etc. Además, de un puñado de nuevos poetas que aparecen al despuntar la década del 2000, y fines de los 90, como Orlando Muñoz, Fari Rosario, Carlos Reyes, Valentín Amaro, Pedro Ortega, Felipe Jiménez, Eladio de los Santos, Augusto Bueno, Hermes de Paula, Félix Villalona, Leoni Disla, Loraine Ferrand, Farah Hallal, Rosalina Benjamín, etc. cuyo talento poético y constancia en el oficio les auguran un horizonte promisorio. Algunos han obtenido premios en concursos nacionales y provinciales, y otros han publicado apenas su primer libro. Algunos forman parte de talleres literarios, dentro de los cuales debo destacar el rol jugado por El Aleph, de donde surgieron Orlando Muñoz, Santiago Núñez, Maikel Ronzino y Frank Báez, o talleres de provincias como Moca, Mao, San Francisco de Macorís, Azua, Santiago, San Juan de la Maguana, o de la última promoción de taller César Vallejo.

IV. Búsquedas personales y destinos individuales

Si bien con Rubén Darío se interrumpe en América Latina el imperio de la narrativa sobre la poesía, en República Dominicana, pese al relativismo del influjo de las vanguardias, hay que resaltar el impulso que las vanguardias históricas le inyectaron al torrente sanguíneo de nuestra tradición poética. Si bien las vanguardias estéticas actúan como resortes de desintegración, representan mecanismos de cohesión alrededor de una poética consciente.

Los signos que acusa la poesía posochentista o novosecular representan una negación o una ruptura en lo atinente al concepto generacional; son una generación, mas no un movimiento: simbolizan destinos y búsquedas individuales. Se sitúan de espaldas a nuestra tradición y de frente a los aires de postmodernidad que vienen de fuera, asumiendo una poética individual, dispersa y cínica. Postulan un no-lugar, un vacío de la tradición, cuya huella de identidad está descentrada, sin una filiación hegemónica.

Darío abrió este puente a las vanguardias con el Modernismo, en el crepúsculo del siglo XIX, pero sin negar la tradición histórica y cultural. De ahí que en el poeta nica autor de Azul resuenen los ecos del sustrato indígena, hispánico y greco-latino. “Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas”, sentenció el padre del Modernismo, ese “gran libertador del continente”, como lo bautizó Borges.

La historia poética dominicana se funda en la mirada a las vanguardias europeas y a sus movimientos poéticos. Hasta la generación de los 80, la nuestra es una poesía que valoró la tradición. La actual promoción, en cambio, bebe de la calle, del discurso oral: testimonia el lenguaje coloquial del presente e ironiza con el poder; pero hay un divorcio con la tradición hispánica y occidental, más bien, repercuten los tambores líricos de la poesía norteamericana, en una tematización de lo cotidiano, y algunos giros provenientes de la Antipoesía de Nicanor Parra. Ese solipsismo que se expresa en un cinismo a la tradición, al orden jurídico-político-cultural y al poder tiene como corolario un autismo poético, que se manifiesta en una escritura neo-testimonial, reivindicatoria del discurso de la marginalidad y la barbarie cotidiana y el vértigo de la modernidad.

V. Epílogo transitorio.

La búsqueda poética de lo absoluto fue un imperativo del espíritu romántico, hasta alcanzar la revelación órfica con los simbolistas y desembocar en la resolución de los conflictos del mundo onírico en los surrealistas. Así pues, la teleología de los poetas modernos siempre ha estado mirando el punto omega de la utopía, de generación en generación, tras el encuentro con el sentido del porvenir.

El sentido gregario se transforma en la modernidad en una búsqueda estética solitaria. El paisaje poético en la contemporaneidad, tras la crisis de las vanguardias, se torna heterogéneo, diverso y plural, cuyo centro de gravedad —o epicentro— no se encuentra en un centro motriz, sino en cualquier lugar de la esfera del mapa poético. La disyuntiva entre modernidad y postmodernidad se prolonga en el ámbito poético entre el discurso cotidiano, la “alta cultura” y la cultura popular: lo sublime poético y la cotidianidad poética. La poesía moderna se escribió con el intelecto, el pensamiento y la emoción, en tanto que la poesía postmoderna y del Nuevo Siglo se escribe con los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, y con la lengua de todos los días. De la abstracción y el hermetismo a la figuración y la transparencia del verso, la poesía del siglo XX experimenta una ruptura en la tradición hegemónica de lo sublime para asumir un tono conversacional antipoético, que tiene a la anécdota como materia metafórica. Se opera así una síntesis entre el experimentalismo vanguardista y el uso del idioma coloquial, y esta realidad ha generado una crisis de paradigma poético, que se fundamenta históricamente en la ruptura con la tradición. La poesía intelectual y reflexiva nos hacía pensar; la poesía de la vida cotidiana y neo-testimonial, nos hace reír. De la reflexión a la celebración del lenguaje poético, concluyo estas disquisiciones, con la mirada puesta sobre la poesía, esa “religión natural del hombre”, como la denominó el poeta romántico, Novalis, convencido de su pertinencia, valor y significación espiritual, y con el gran crítico inglés Mathew Arnold, para quien “la poesía es más importante que la religión, la filosofía y la ciencia”, y, como también sentenció Aristóteles hace milenios, en su Poética, al decir que “la poesía es más verdadera que la historia”, puesto que, mientras la historia nos habla del pasado, la poesía nos dice lo que ha de ser. | bb, santo domingo, rd basiliob@hotmail.com 

viernes, junio 19

Martha Rivera Garrido: Intento ser poeta en todo lo que escribo, incluyendo narrativa y ensayo


"ALGO QUE ES IMPORTANTE COMPRENDER, ES QUE AQUÍ TODO SE COMPRA Y TODO SE VENDE, INCLUYENDO ALGUNAS REPUTACIONES Y DONDE EL LAMBONISMO Y EL TUMBAPOLVISMO SON IMPORTANTES". MR


Néstor Medrano
Santo Domingo
Conversar con Martha Rivera Garrido siempre es refrescante, porque es de las poetas que muestran una rebeldía vital adherida a un pensamiento de mujer con formación ideológica, política, con un ejercicio literario consistente y constante, y cuya claridad meridiana y expresiva no deja lugar a la interpretación.

Al hablar lo hace de manera crítica, por supuesto, hay temas que la enardecen y la endurecen ante un sistema de cosas que ella cuestiona.

“Algo que es importante comprender, es que aquí todo se compra y todo se vende, incluyendo algunas reputaciones y donde el lambonismo y el tumbapolvismo son importantes”, precisa.

Martha Rivera Garrido dice que en el país hace falta que los escritores y escritoras lean. Explica que es un problema serio constatar que muchos y muchas que consideran serlo no lo hacen.

 “Hace falta la conciencia de oficio. Hace falta promover la lectura desde el hogar y desde el ingreso a la escuela (pero hay un montón de maestros y maestras que tampoco leen). Hacen falta becas. Hacen falta residencias de artistas. Hacen falta editoriales. Hacen falta críticos. Hace falta que las instituciones funcionen. Lo único que no falta es quienes escriban, porque aquí se escribe mucho ¿sabes? Escribir, como ves, no es ningún problema. Aquí hace falta todo y aun así escribimos a pulmón, a mano pelá, por amor al arte y pasión y vainas de esas”, significa.

En este diálogo toma temas de gran importancia sobre la necesidad de dar mayor participación a la mujer, confiesa sus preferencias políticas y por quién votaría en un proceso electoral. De igual forma le “entra con todo” al Congreso Nacional, y desnuda sus ideas.

La poeta, mujer, fajadora intelectual salpica de dureza sus palabras cuando responde a la pregunta ¿Cómo repensar una República Dominicana en la coyuntura actual y desde la perspectiva de la cultura?, responde:

“Este país está como dice una expresión colombiana “de culo pa´l estanque”. ¿No ves este panorama en el que la democracia es una vedette?

A continuación la entrevista:

Hay escritores signados por una genética peculiar, que hacen de su obra una singular muestra de maestría, que al pasar por la vida dejan una huella, diría que imborrable, en tu caso, ¿qué peso tiene ser bisnieta del gran poeta Gastón Fernando Deligne, no es una sombra muy fuerte, por lo que significaron sus convicciones, expresadas quizá en su poema Ololoi?

Para nada. Más que sombra, Gastón ha sido para mí luz, siempre. A sus expensas  me estimularon desde muy niña cuando empecé a garabatear poemas, de modo que lo llegué a ver como un aliado invisible pero muy presente. A eso se sumó, en la adolescencia, descubrir que yo había nacido en la misma fecha, muchos años después, de su suicidio. Esto nos alió aún más, al menos en el imaginario familiar, en el ámbito más privado.

En cuanto a sus convicciones, expresadas no sólo en Ololoi sino en muchos de sus textos y de sus correspondencias, creo que he hecho lo mío, en contextos históricos diferentes. Siempre he estado clara con mi necesidad de resistir, de opinar e incidir sobre la base precisamente de lo que creo y defiendo.

He olvidado tu nombre, la novela con la que obtuvo el Premio Internacional de Casa de Teatro en 1996, sigue siendo “una gozada lúdica, globalizada y cosmopolita” o fue un intento por desvertebrar inquietudes más allá de la poesía, que es donde fluyen sus aguas naturales?

Intento ser poeta en TODO lo que escribo, incluyendo narrativa y ensayo. Trabajo en varios géneros: ficción, poesía, traducción, artículos de opinión, etc. Pero la resonancia, la música, son para mí indispensables en el texto; persigo un lirismo en todo lo que escribo, hasta en pequeñas notas que pego en mi nevera para cuestiones cotidianas o en mensajes por WhasApp. Curiosamente, los libros terminados que tengo en revisión actualmente están escritos en prosa, pero sí, la poeta que soy está presente en todos ellos.

Quien conoce a Martha Rivera Garrido, sabe de sus posiciones enfáticas de mujer intelectual, de mujer poeta, de mujer con esquemas, ilusiones y resabios, lo que da pie a la pregunta, ¿ha logrado la mujer consolidarse en este país en el cual todavía se discute un 35% de posiciones en los partidos políticos?

Tengo plena conciencia de género y de la resistencia a la que esta conciencia me convoca. Me sé y me pienso mujer, y esto debe incidir de alguna manera en mi trabajo literario o intelectual, así como en mi cotidianidad. Ciertamente, estamos muy lejos de haber alcanzado nuestras metas a nivel público y privado, y no hay dudas de que somos constantemente avasalladas y boicoteadas, violentadas y sojuzgadas, retrancadas y menospreciadas; no tomadas en cuenta.

A mí me ha costado el doble, en todos los sentidos, lo que he logrado hacer en mi vida profesional y como ser humano (el doble de lo que les ha costado a muchos de mis colegas hombres). Ha sido inmenso el reto, y lo es constantemente. Desde escribir toda la noche alimentando un insomnio del que poco puedo hacer para esconderme, para ser mamá, esposa, empleada, proveedora, militante, etc. de día. Las mujeres tenemos que andar por la vida levantando una bandera; yo lo he hecho de manera muy consciente siempre. Me preguntas de la cuota, pues es obvia la respuesta. Todos los políticos cuando están en campaña se hacen aliados coyunturales de las reivindicaciones de la mujer, pero cuando están en el poder no cumplen ni siquiera con lo que está pactado y rubricado como conquista nuestra; la cuota femenina en posiciones públicas es solamente un ejemplo.

Y voy más allá. En este momento, en todo el panorama político nacional, del que me siento profundamente avergonzada por todas las razones que he expresado a través de mis artículos y de mis redes sociales, solamente una mujer me convence para movilizarme hacia una urna en el 2016,  y es Minou Tavárez Mirabal. Que yo me mueva a votar en las próximas elecciones depende de que Minou esté o no en una boleta, y esto no es una cuestión de feminismo per se.

Simplemente es el único discurso, la única praxis política que me convence y está personificada por una mujer precisamente. No creo que eso sea fortuito. Este país está en la necesidad más grande de amor y de compromiso que conozca nuestra historia reciente. Ergo, este país necesita la madre que encarna, la mujer que encarna Minou. Aquí hace rato que se necesita una mujer para organizar este desastre.

¿Tenemos los dominicanos la posibilidad de construir una presencia intelectual, en la que el escritor o la escritora dominicana sean referentes en el continente?

Antes de construir una presencia intelectual y de convertirnos en referentes necesitamos un país que funcione y que valore a sus artistas e intelectuales comprometidos con los rigores de sus oficios fundamentales. Aquí no existe institucionalidad. Simplemente no existe, y eso nos afecta a todos. Construir individualidades es fácil si hay rigor y talento, y si se tienen los medios y a veces hasta mucha o poca suerte. Pero aquí a nadie le importan los artistas, los escritores, los pensadores. Aquí no hay condiciones para vivir dignamente del arte, de la literatura, del pensamiento.

El libro dominicano se regala y no se nos paga por pensar o por crear;  no hay redes de distribución que funcionen en las ediciones realizadas con fondos gubernamentales, por ejemplo. Se gastan grandes sumas de dinero en imprimir libros, que luego van a parar a los despachos de diputados que no leen ni los proyectos de ley, imagínate, o de los nombres inscritos en una lista que consta solamente de funcionarios y dignatarios. 

Es casi imposible para un intelectual o escritor sobrevivir si no se apoya en el pluriempleo o en actividades que nada tienen que ver con lo que para nosotros (y me incluyo) es fundamental. Ocurre igual en todas las disciplinas y en todas las profesiones. Quienes pueden irse, simplemente se van… y es una pena. Conozco uno de los mejores epidemiólogos de nuestra región y trabajó una vez en el Ministerio de Salud Pública, pero no logró ni siquiera que se le escuchara en cuanto a las medidas necesarias para controlar la malaria. Pregúntame dónde está y te contestaré que se tuvo que ir lejos para ser tomado en cuenta. Este país lo primero que necesita es institucionalidad y no la tiene.

Tuvimos a una Salomé Ureña, también a una Aida Cartagena Portalatín e incluso, en la narrativa a una Hilma Contreras, mujeres de una formación humanística reconocida, ¿cree que las jóvenes poetas y las jóvenes narradoras tienen posibilidad de ocupar parte del espacio que legaron esas creadoras?

Lo hemos hecho todas, en mayor o menor medida. Todas las que nos hemos tomado esto en serio. Es un trabajo que se está constantemente haciendo. Para eso no hay que ocupar espacios ajenos.

Muchos consideran que es usted una de las poetas de mayor importancia en el país, ¿sirve para algo esa consideración, en un país con tantas taras sistémicas en el entorno cultural?

No tengo muy claro cómo contestar a eso. Lo primero que me viene a la cabeza es que no ha servido para nada, pero eso no es completamente cierto. Debo verlo en términos de consecuencias, no de si sirve o no.

Veamos. Se me llama a leer y participar en recitales, se me incluye en algún coloquio y en una que otra antología. El año pasado la Editora Nacional publicó mi obra poética de casi treinta años reunida; le han puesto mi nombre a calles de la Plaza de la Cultura en tiempos de Feria y un grupo de gestores  culturales del sector privado me hizo un homenaje estando viva ¡lo cual no es muy frecuente! Pero hay cosas que me indican que, aunque sepan quién soy, aunque conozcan mi nombre, aunque me estudien en los textos escolares del bachillerato, no significa esto que me lean en mi país, con excepción de en las redes, donde definitivamente tengo una importante presencia.

Te paso un par de estadísticas interesantes. Mi página de Autora superó los 14,000 lectores hace unos días (sin boost, es decir sin pagar anuncios ni promocionarla) y te pensarás que son sobre todo dominicanos los que integran esta cifra. Pero no. En cuanto a las nacionalidades de esas personas, la República Dominicana ocupa el tercer lugar en interés por mi obra, luego de México y de Argentina; la diferencia que separa a RD de los puestos cuarto y quinto (España y los EUA) es muy pequeña. Pero eso no es todo. El 98% de los dominicanos que me leen están concentrados en la ciudad de Santo Domingo. Algo debe decir todo esto.

Este es mi oficio fundamental. No tengo ningún otro y a éste me dedico a tiempo completo, es decir que hasta cierto punto soy afortunada. He sido traducida a más de diez lenguas, antologada en decenas de textos importantes, publicada en inglés fuera de mi país, tomada en cuenta por numerosas academias en muchísimos países, y esto no tiene un impacto importante en la manera en que se desarrolla mi trabajo específicamente en mi país, que es donde vivo.  No tengo ni idea de a quién puede importarle realmente todo esto.

Son extranjeros quienes me han hecho viral en internet y quienes han llevado mi literatura al cine o han musicalizado mis textos (con la honrosísima excepción de la inmensa Patricia Pereyra, que lleva treinta años cantando mis poemas).  No te olvides que este es un país donde se pone en duda hasta la transparencia de los premios literarios.  Algo que es importante comprender es que aquí todo se compra y todo se vende, incluyendo algunas reputaciones, y donde el “lambonismo” y el “tumbapolvismo” son importantes. Un país donde el tráfico de influencias, el amiguismo, el nepotismo y la corrupción constituyen un verdadero flagelo. Yo no cabildeo nada, no hago favores escriturales a nadie y me precio de decir que me mantengo en mi puesto. Entonces, valoro todo aquello que ha llegado como consecuencia de tres décadas de trabajo apasionado y delirante. Para algo habrá servido y si no, no es eso lo que me puede quitar el sueño.

Si se le acercara alguien, un niño de diez años, un adolescente de catorce, un joven de veinte o un adulto joven de 40, ¿qué libro de Martha Rivera Garrido le recomendaría?

¡A mí misma jamás! Les recomendaría que leyeran a Rubén Darío, Michael Ende, J. K Rowling, J. R.R. Tolkien, Isaac Asimov, Louise May Alcott,  Antoine  de Saint-Exupéry, Julio Verne, paquitos (muñequitos) de Susy o de Fantomas, mangas japonesas,  etcétera, a los de 10 años.  Para las otras edades que preguntas, Lezama Lima, Louise Gluck, Franklin Mieses Burgos, René Rodríguez Soriano, Plinio Chaín, Josefina Báez, Jack Kerouac, Anne Sexton, Orietta Lozano, Ezra Pound, Lovecraft, Cortázar, Walt Whitman, Edgard Alan Poe, Homero Pumarol, etcétera, etcétera, etcétera.  O sea que recomendaría leer a un montón de gente. No a mí, desde luego.

Pero si fuera grande la insistencia, les diría que mi primera novela y mi poesía reunida en un solo texto, (y dentro de esta última Enma, la noche, el mar y su maithuna, que es un libro que disfruté al escribirlo), serían los libros míos a tener en sus bibliotecas. Todavía no he publicado textos para niños, aunque los he escrito y tengo interés de hacerlo algún día, o sea que no me recomiendo mucho para niños y niñas de 10 años. Y aun ante la insistencia, siendo realista, lamentablemente “He olvidado tu nombre” está agotada hace años, y si vas a buscar “Alfabeto de Agua” solamente lo encontrarás en la Librería de Cultura. O sea que mejor no les recomiendo nada, no vaya a ser cosa que tenga que hacerle yo misma una fotocopia para que puedan leerme.

Por lo demás, también les sugeriría que me siguieran en mis redes sociales, porque ahí estoy todo el tiempo publicando, resistiendo, opinando, revisitándome y dando carpeta.

¿Sigue siendo República Dominicana un país de poetas y cuentistas, o la novela rompió esos esquemas?

Creo que en lo que va de siglo aquí se ha escrito un buen número de novelas. Viéndolo en escala, tal vez más en una década y media del Siglo XXI y en la última del XX, que en toda nuestra historia literaria.  Tenemos escritores y escritoras que son esencialmente novelistas, y también poetas y cuentistas que se han arriesgado más allá de los géneros en los que mejor los conocemos. Pienso que las estadísticas deben haber cambiado considerablemente.

¿Hace falta una crítica literaria seria y objetiva o estamos bien a la libre, sin que nadie enfile los cañones hacia la literatura dominicana?

Hace falta una crítica, punto.  Incluso sin adjetivar (buena, mala, seria, objetiva, etc.). La literatura (sin adjetivar tampoco) necesita de la crítica. Esto no quiere decir que no tengamos críticos, ojo. Porque los tenemos y algunos son muy buenos, a mi modo de ver. Pero no es una tradición nuestra y no se importantiza. Es muy poca la que se desarrolla aquí, en el país, y los estudios de textos literarios se hacen principalmente para presentar libros a requerimiento de los autores mismos en puestas en circulación, etc.

Pero para eso se necesita un país que todavía no tenemos, como te comentaba anteriormente. Ya es difícil dedicarse a la literatura, y quienes escribimos de manera constante lo hacemos porque para respirar lo necesitamos. Imagínate lo difícil que sería dedicarse exclusivamente a la crítica…

¿Qué cree que falta en República Dominicana para que el escritor y la escritora real, quien trabaja en un ejercicio sincero, cuente con las herramientas que faciliten su ejercicio, tomando en cuenta un mercado editorial prácticamente complejo cuando no inexistente?

Los escritores y escritoras son todos irreales, respondería a la primera parte de tu pregunta…

Pero desde lo real que me demandas, te diría que nos falta país, como tengo rato diciéndote. Hace falta que los escritores y escritoras lean; es un problema serio constatar que muchos y muchas que consideran serlo no lo hacen. Hace falta la conciencia de oficio. Hace falta promover la lectura desde el hogar y desde el ingreso a la escuela (pero hay un montón de maestros y maestras que tampoco leen). Hacen falta becas. Hacen falta residencias de artistas. Hacen falta editoriales. Hacen falta críticos. Hace falta que las instituciones funcionen. Lo único que no falta es quienes escriban, porque aquí se escribe mucho ¿sabes? Escribir, como ves, no es ningún problema. Aquí hace falta todo y aun así escribimos a pulmón, a mano pelá, por amor al arte y pasión y vainas de esas.

¿Qué opina del desdén que se muestra desde muchos ámbitos hacia los autores dominicanos y las preferencias de autores del exterior sobre nuestros escritores, es cierto que esto se debe a que tienen una mayor calidad o que se trata de una realidad impuesta por las propias deficiencias sistémicas del país?

Hay todo un universo subjetivo a ser tomado en cuenta en esa pregunta. A quiénes te refieres? Quiénes prefieren una u otra cosa?  A mí esos nacionalismos no me inquietan. Me gusta quien me gusta, sea de aquí, de allá, escriba en inglés o en español. Me da tres pitos.

Pero para hablarte desde el patio te diré que lo primero es que aquí hasta tus colegas relacionados, tus amigos y amigas, muchas veces no te leen. El otro día me encontré con un escritor muy engolado que casi hace una apología sobre mi último libro de poemas publicado… sólo que sin haberlo leído. No te diré cómo le agarré la pifia por temor a la vergüenza ajena que sentiría yo si él se reconociera aquí, si supiera que no me engañó en lo más mínimo. Lo dejé que se fuera creyéndome creída. Pero eso es común en nuestra pequeña aldea literaria.

¿Cómo vamos a valorar a nuestros autores nacionales, dejando de lado el complejo de Guacanagarix, si ni siquiera los leemos?

Mira, lo cierto es que no considero arriesgado decir que aquí, ni entre nosotros mismos nos leemos; aunque tengo todas las ganas de no incluirme en eso por falsa modestia, porque por lo menos yo leo a todo el que me cae en las manos, aunque sea hasta la página número 10 (si no me ha atrapado para entonces, puede ser que ahí mismo lo deje) dependiendo del interés personal que tenga en la persona o en el texto. Pero lo hago o lo intento. Y cuando leo a un autor, a una autora de mi país concienzudamente, me empleo a fondo y con mucho rigor.

En lo que a mí respecta, no siento ningún remordimiento al leer con más arrebato a autores extranjeros, cuando los estoy leyendo. Cada lectura es distinta a la otra, aún del mismo escritor. ¿Te imaginas la cantidad de autores que me vienen ahora mismo a la cabeza? Y sí, hay muchos países con muchísima mayor tradición literaria que el nuestro. ¡No faltaba más!

¿Podemos competir desde nuestra realidad actual en un mundo editorial cada vez más competitivo y signado por poderosas casas editoriales, que en nuestros mundos literarios locales se rigen por el grupismo y la exclusión?

No, no podemos competir en ninguna parte. Nos falta país para eso. Y ese problema ¿endémico? que mencionas al final existe y ha existido siempre. ¿Qué ganaría nadie con negarlo? Aunque créeme que hay obstáculos mucho mayores que esos, como es la falta de lectura por ejemplo, y un pésimo dominio del instrumento con el que se trabaja, que es la lengua. Hace poco fui jurado de un concurso de guiones de cine y me espantó absolutamente el nivel de lengua en algunos trabajos maravillosos. Lo cierto es que, sólo por eso, no pasan, no califican para los jurados internacionales. Se compite, sí, de manera individual. Pero en términos generales estamos muy lejos de poder hacerlo.

¿Qué escritor o escritora dominicana la representa y por qué?

Ninguno, ninguna. A mí me represento yo misma. Exclusivamente. En cuanto a disfrutar la lectura de mis coetáneos o compatriotas, pues lo hago con muchas y muchos, vivos o muertos.

¿Es usted nacionalista o las fronteras, en este mundo globalizado, no existen?

Soy de las que anhela que algún día nadie necesite pasaporte. Soy de esas.

¿Cómo repensar una República Dominicana en la coyuntura actual y desde la perspectiva de la cultura?

Este país está como dice una expresión colombiana “de culo pa´l estanque”. ¿No ves este panorama en el que la democracia es una vedette? ¿En el que se reforma una Carta Magna para promover la reelección de un presidente que no ha hecho nada del otro mundo, nada que justifique reelegirlo a punta de carabina? Un país en el que la corrupción es asquerosa a todos los niveles y la impunidad rampante. ¿Cómo se salva un país cuya cámara de diputados (déjame eso en minúsculas por favor) la preside un muñequito autoritario y prepotente que no permite que el pueblo, sí, el dizque dueño de ese colmado y quien ahí lo ha puesto para que lo represente, ponga un pie en el congreso (déjamelo en minúscula también) si anda en chancletas? Tú sabías que a las viejitas infelices que van con los pies sin cubrir las devuelven de la puerta mientras se apaña el analfabetismo de muchos diputados y hasta que le metan el puño a sus mujeres?  De cuál cultura estamos hablando? Repensar este país es un trabajo muy duro y hay que hacerlo desde muchas aristas. Comenzando con erradicar esa cultura política del oportunismo, el latrocinio, el bandidaje, la charlatanería, el lambonismo, el tigueraje, la disco light, la demagogia, etcétera. Todo es cultural, no te olvides de eso.

¿Qué opina de la situación actual de los escritores dominicanos? ¿Quién es escritor, el que escribe o el que publica?

Hay escritores que publican y los hay que no pueden hacerlo (que son la mayoría). De todos modos, escribir es un trabajo (sí, un trabajo) que implica rigores a los que no mucha gente hace caso o se somete (y de ahí sale muchísima literatura intrascendente). Pero si bien es cierto lo anterior, no es menos cierto que si las escritoras, los escritores dominicanos dependieran de publicar, no existiría literatura en la República Dominicana. Escribir es un oficio solitario, privado, personal. Publicar es otra cosa y es un asunto de elección. Hay quienes ni siquiera tienen interés de hacerlo o que, como Idea Vilariño, se arrepintieron alguna vez de haberlo hecho.

Si de publicar se trata, no me olvido de que mi generación publicó muchos primeros textos en mimeógrafo y papel de funda, como fueron las ediciones Armario Urbano dirigida por Miguel de Mena, o en ediciones de bajísimo costo como fue Egro, cuya cabeza era José Mármol. También recuerdo que en los noventas, un país como Cuba de gran tradición literaria, atravesando su famoso “período especial”, institucionalizó lo que llamaron “plaket” (no estoy muy segura de que así se escriba pero así le llamaban ellos) que consistía en hojas sueltas dentro de cartulinas impresas.

Ahora se cuenta con internet, donde se publica, para mi gusto, en exceso.

¿Existe una poesía y en términos generales una literatura dominicana? ¿Qué nos falta?

La literatura dominicana es toda la literatura que han hecho los dominicanos y las dominicanas a lo largo de toda su historia. Es simplemente eso.  Y está ahí para todo aquél, toda aquella, que quiera leerla.

¿Qué opina de los autores jóvenes dominicanos?

He leído varios que son muy buenos. El problema que les veo a algunos, sin entrar en mucha disquisición, es la poca lectura y el pésimo manejo de la lengua que ostentan. La mala ortografía, por ejemplo. Y el poquísimo interés que tienen en enmendar esto. Es un problema que está agravando el constante texteo por los adminículos tecnológicos. Esto está cambiando vertiginosamente… y no  para mejor necesariamente.

¿Qué le parecen las intervenciones de los intelectuales dominicanos en las redes, se abusa de Facebook, los temas que tratan son frívolos, inducen al debate o deberían alejarse un poco?

Utilizar bien las redes sociales debe ser una meta de quienes hacemos vida en ellas. A mí en lo personal me parece estúpido y aburrido usarlas solamente para poner foticos familiares, citas con paisajes de Paulo Coelho y demás hierbas aromáticas, o cadenas de oraciones,  felicitaciones y todas esas intrascendencias. Pero eso es lo que tiene que ver con mis preferencias. Hay de todo, como en botica, y algunos han hecho muchas contribuciones a través de ellas. Bien usadas, las redes sociales son una maravilla. Doy fe de eso. A menudo siento que estoy tocando algunos corazones, algunas sensibilidades a través de mis páginas, a los que de otro modo y en otro tiempo no llegaría. Las uso para resistir y para crear, y de alguna manera se han convertido en una suerte de diario de mi existencia.

Finalmente, ¿Quién es  Martha Rivera Garrido?, que los niños, los adolescentes y los jóvenes puedan entender las razones de su pensamiento y de sus actitudes intelectuales de escritora comprometida con la causa de su país, que mira su entorno y reflexiona como narradora y poeta.

Creo que en todas las preguntas anteriores he dejado un poco de esa respuesta. Soy una mujer que escribe y que milita su resistencia.  Soy una mujer que ama y que es libre en tanto está constantemente buscando y demandando serlo.  Soy una iconoclasta, una jodona, una cabeza caliente, una abuela, una amante, una delirante, una greñúa, una mamá, una lectora, una boca, una buena cocinera. Creo que ahí te resumí las pocas cosas interesantes que soy. Lo demás es un poco de lo mismo. De lo mismo que somos todos en este maltrecho planeta.

Biografía activa:

Nació en Santo Domingo,  República Dominicana, el 19 de enero del 1960. Es poeta, narradora, ensayista, investigadora y articulista de opinión, destacada en la promoción literaria denominada “Generación de los 80s”.

Es también traductora de autores de la lengua inglesa, habiéndose concentrado muy especialmente en los norteamericanos  Anne Sexton, Silvia Plath y William Carlos William.

Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y ha vivido, además de en su país, en las ciudades de Nueva York y Miami, E.U.A. y en San Juan de Puerto Rico.

Fue coeditora de la publicación feminista Quehaceres, del Centro de Investigación para la Acción Femenina, CIPAF, y miembra del Consejo Editorial de la revista Umbral, publicada por lo que fuera el Consejo Presidencial de Cultura.

Ha colaborado en numerosas publicaciones nacionales e internacionales y durante varios años mantuvo su columna de opinión en el Listín Diario, “Enemigo Rumor”.

Rivera-Garrido ha tenido una larga carrera como conferencista y como profesora invitada, llevando su literatura y la de sus coetáneos a diversas instituciones y academias alrededor del mundo, tales como las universidades de Harvard, Brown, Rhode Island,  City University of New York (York y Hunter College), Northeastern University en Boston y otras de E.U.A; Universidad de Chile, Universidad Nacional de Costa Rica, Universidad de los Andes en Venezuela, Unión de Escritores Chilenos, Casa de América en España, Rockefeller Center for the Arts en Cambridge, entre otros escenarios.

Asimismo, ha participado en numerosos congresos literarios nacionales e internacionales, y formado parte de delegaciones dominicanas con participación en ferias y encuentros alrededor del mundo.

Parte de su obra ha sido traducida al inglés, italiano, portugués, francés y alemán.

En el 1996 ganó el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro, con su opera prima “He olvidado tu nombre”, la cual luego sería traducida al inglés  por la profesora de la Universidad de Harvard, Mary Berg, y publicada en esta lengua por la editorial White Pine Press, con el título de “I´ve Forgotten your Name”, en el año 2004.

En el 1998 escribió, dirigió y narró el documental “Artistas en Abril”, que recoge la participación de los artistas en la Revolución de Abril de 1965, producido por el Consejo Presidencial de Cultura.

Es autora de las siguientes publicaciones:

-20th Century, aún sin título en español y otros poemas. Ediciones Armario Urbano, Santo Domingo, 1985.

-Transparencias de mi espejo (poemas). Editora Búho, Santo Domingo, 1985.

-Geometría del Vértigo (poemas). Editora El Nuevo Diario. Santo Domingo, 1995.

-He olvidado tu nombre (novela). Ediciones Premio Casa de Teatro, Santo Domingo, 1997.

-I´ve Forgotten your name (novela). White Pine Press, Boston, E.U.A., 2004.

-Mi Rumor. Disco que recoge sus poemas en audio. Serie Poetas en Sus Propias Voces, sello Patín Bigote, Santo Domingo, 2002.

– Enma, la noche, el mar y su maithuna… (proemas). Editora El Nuevo Diario, Santo Domingo, 2013.




Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...