martes, enero 6

Literatura para duendes por Ylonka Nacidit Perdomo

A Eric V. Ramos… por recordarme las “cosas” que tengo pendientes de realizar al iniciar el año.

No soy escritora de literatura infantil, o bien, en el mejor de los casos, diría de literatura escrita para infantes. Lo único que puedo decir es, que como toda niña de mi generación, educada en un hogar tradicional, mis primeros viajes imaginarios a la literatura fueron de la mano y en los brazos de mi madre. Ella fue quien me alfabetizó en la casa y, luego, aun cuidándome por mi delgadez y mi poco deseo de comer me llevó a temprana edad a un colegio de monjas altagracianas, en cual cursé la primaria, la intermedia y la secundaria.

De mi infancia recuerdo como lecturas iniciales las aventuras de Pinocho, y los versos que mi mamá me enseñaba para recitarlos en las veladas que se organizaban en el colegio. La poesía de Gabriela Mistral me sorprendió por su musicalidad, recuerdo de su libro “Ternura” el poema

Meciendo

El mar sus millares de olas
mece, divino.
Oyendo a los mares amantes,
mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche
mece los trigos.
Oyendo a los vientos amantes,
mezo a mi niño.
Dios Padre sus miles de mundos
mece sin ruido.
Sintiendo su mano en la sombra
mezo a mi niño”.

La Edad de Oro de José Martí, me cautivó mucho, y más aún sus ilustraciones realizadas a plumilla. Heredé de mi abuela paterna, una primera edición de 1889, bajo el título La Edad de Oro. Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América redactada por José Martí y editada por A Da Costa Gómez en Nueva York. Éste es, y será, mi principal libro de cabecera para recordar lo que llamo mis “tiempos felices”.

He pensado que cuando en nuestro país, y en el circuito de especialistas, académicos, escritores y lectores se habla de literatura infantil, lo que se pretende es llamar la atención sobre este tipo de creación en un solo sentido: denominar así a la literatura escrita para niños desde la óptica y desde la percepción de los adultos.

No sé si es correcto o válido utilizar esa “etiqueta” puesta a esa creación como un guiño, ya que entiendo que toda literatura se asume como ficción cuando se construye para y hacia los otros.
Considero que, toda literatura –sea para adolescentes o niños­ es un nuevo alfabeto de palabras con sus territorios semánticos propios y un status referencial de autoría. Así, la literatura infantil se afirma como si fuese un paisaje de recuerdos y, se justifica por sí misma, subvirtiendo con desarraigo lo institucionalizado como mito, o bien, provocando el deshojamiento de las ideas.

Pero fuera del “sentimiento” de escribir, de la pertenencia y apropiación de la palabra ¿cómo se puede abarcar con magia el pensamiento de la infancia, contarle a los niños, narrarle una historia, en torno a las ideas del bien y del mal, de lo que se considera como justo, si la naturaleza de su infancia los hace vulnerable?

“Conjugar” una narración para abrir el universo de la infancia a la cotidianidad del mundo, requiere de una interlocutora­escritora explícita, que se comprometa con cierta clarividencia a dejar a un lado los arquetipos borrosos que estén totalmente distantes de la historia que se cuenta, que los personajes puedan instaurar un diálogo abierto, recreativo, si se quiere, para que los infantes accedan a las ideas de lo que se dice.

Para ser escritora de literatura infantil, para esas pequeñas personitas que viven su edad dorada es, necesario ser un duende, y no emprender como único rol ser un ángel protector o un héroe magnánimo; solo se requiere ser un duende dentro del bosque, no un simple peregrino fabulador, audaz y complaciente, porque la inocencia rebelde existe en los infantes con sus interrogantes, con sus oídos atentos y sus recurrentes entrecejos que ponen en duda las palabras que no aceptan para analizarlas como “buenas”.

En la inocencia todos tenemos incertidumbres y conflictos vagos; nos enredamos en imágenes y guardamos un arsenal de miedos; otras veces, nos resistimos a reconocer nuestro reino y a cualquier autoridad oscura o de mansedumbre, pero siempre en la infancia escuchamos una voz que sobrevive a todas las horas, que nos va construyendo la memoria. Nuestra infancia comienza con cómplices. Somos “bebés” y escuchamos a alguien que va escribiendo nuestra biografía ficticia o semificticia, aunque pequeña.

Este largo viaje de palabras que he pensado en alto es, como un adictivo, como una elegía liberadora que me había contado a mí misma; es la mirada totalizadora que he recordado cuando empecé a despertar del sueño de la inocencia; nunca antes había hecho esta catarsis de comprensión sobre el mundo en el cual discurrió la frugal edad de oro en la cual no sentíamos fatigarnos en la aventura del saber, porque siempre una es benevolente con el aprendizaje que nos ofrece nuestra madre, y nos ajustamos a las “decorosas” convenciones.

Si hoy he podido escribir estas líneas guiada por un angélico duende, es porque tuve de frente, ante mí, la edición del cuento “Las Mariposa” [1] de Rosa Francia Esquea, una escritora que me honra con su amistad.

La primera lectura de este libro la realicé en noviembre del 2006; desde entonces no he cambiado mi opinión de que este cuento unitario de Esquea, “Las Mariposas”, se nos presenta como un relato de concertación, con raíces que provienen de un árbol esbelto, cuyas hojas nacen para crecer con el vaivén que trae el viento en invierno, para que luego, en primavera, sus flores surjan de múltiples colores.
Rosa Francia Esquea
Cuando la palabra de una autora como Rosa Francia germina desde el viento, el viento se convierte en un militante abierto e infinito para aferrarse al espejo de los tiempos, y echar al suelo aquella expresión de que “las palabras se las lleva el viento”.

Su escritura es como la de una hormiga que va página por página dándonos epígrafes, pistas próximas, para aproximarnos al borde del drama. Su lectura es de un aliento dócil, donde los sentidos admiran el mensaje de los pliegos de papel pintados por mariposas.Este libro de Rosa Francia es la primera piel que la mirada inocente debe descubrir para entrenarse en el mundo de los adultos, porque en la infancia, a veces, las cosas son previsibles, pero en la adultez, las cosas se convierten en una tormenta de intensidades abismales, que nos hacen mostrar una “nueva piel” esculpida por el dolor, el silencio, la soledad, la muerte y las injusticias.

Perderse en la primera piel sucede a edad temprana y, luego, en la vida que es equivalente a la existencia, cuando ponemos deslindes entre la tristeza y la felicidad, y nos reconocemos al través de los símbolos que reinan en la tensión de la sobrevivencia.

Esto me sucede ahora, porque en el remolino que es esta sociedad, donde una inmensa mayoría son miopes o sufren de una progresiva miopía, “Las Mariposas” sobreviven renovando su piel con un vuelo en el tiempo eterno.

Y, ahora que ellas habitan el espacio metafórico de la literatura infantil a través de este singular cuento de Rosa Francia Esquea, creo, pienso y siento, que debemos aferrarnos a la dialéctica como resistencia y no dejar que la infancia dominicana tenga miopía.

“Las Mariposas” son ahora, en el presente, mi “edad de oro”, y los invito a ustedes a hacerlas suyas al igual que el libro de José Martí, como una publicación “de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”.

Considero que éste es, el final y el propósito que debe asumir la literatura infantil cuando estamos en nuestra primera piel: la instrucción y el recreo.

Nota:
[1] Las Mariposas es el título del cuento de Rosa Francia Esquea que narra la desaparición física, y el horror de la tortura que sufrieron las Hermanas Mirabal, Patria, Minerva y María Teresa, siendo víctimas de la tiranía trujillista. La autora actualmente es la Editora del suplemento infantil “Tinmarín” del periódico HOY.

Esquea, Rosa Francia. Las Mariposas. (Editora Universitaria. UASD, 2006): 53 páginas. Introducción de la autora, y prólogo de Margarita Luciano López. Ilustraciones a color de Amaya Salazar.

http://acento.com.do/2015/opinion/8209982-literatura-para-duendes/#