lunes, octubre 20

Jueves Literario y su generosa visión de la literatura


Omar Messon, poeta y narrador

Omar Messón


Estudió en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde se graduó de doctor en Derecho en el año 1990. En ese mismo centro de estudios fue miembro del taller literario César Vallejo. En Sosúa ha realizado una notable actividad cultural, fundando allí el primer círculo de lectores Luz hacia el futuro, 1983, el primer taller literario Génesis 1984, la primera y única revista literaria en Sosúa, Génesis, 1997; fue delegado municipal de cultura para el Consejo Presidencial de Cultura. Es miembro fundador del grupo Jueves Literarios, de Sosúa. Su poemario Obsesión de la Luz fue publicado en marzo de 2008. Ha participado de manera activa en la prensa escrita, teniendo en su aval la formación de dos periódicos regionales: La Flecha (periódico de humor político) y Sosúa News, medios en los cuales ha fungido como director-editorialista, jefe de redacción, corrector de estilos y columnista principal. Ha publicado un centenar de artículos en revistas y periódicos nacionales y, además, ha publicado artículos para publicaciones internacionales. Ha sido premiado en los concursos de La Sociedad Renovación de Puerto Plata y en el 2008 en el Concurso de Cuentos de Radio Santa María por  “El cuarto de los recordatorios”. En 2010, fue ganador de la primera y la séptima mención del Concurso internacional de Cuentos de Casa de Teatro por los cuentos “El Otro” y “Tercera Edad”.  En 2011 fue Premio Nacional de Poesía de la Sociedad Cultural Renovación en el concurso anual Por Nuestro País Primero.


CONVERSACION CON EL INQUISIDOR 

En qué aurora prendiste tus ansias de usura y de sangre,
En qué pergamino de tus labios guardaste su morbidez y su desgracia
Qué buscaron esos ojos cuando huían
Le negaste a esa mirada la clemencia apetecida
Qué costurón la cara impuso cuando el torrente culebreó por las heridas
O qué tan temprano masticó la pólvora su sino atragantado
Qué columpio hizo oscilar tus inventivas
tus planes
tu voracidad de buitre
A quién le pronunciaste el nombre del eterno
cuando cercenaste vidas en su nombre
mostraste aquella humana adversidad como condena.
A quién tu mezquindad le embadurnó sus resquemores
Mientras hacías mutis con tu callar que otorgó cruces
En aquel obscuro aposento de tu infamia.
En aquella lápida de sombras planeaste vulnerar aquel destino
Mientras tus pies ondulaban las huellas del quebranto
En la indeleble cicatriz de aquel despojo.
Ibas resoluto con la mirada puesta en otras penas
En otros oasis de malévola impaciencia
En otros abismos en los que ejecutabas
La difícil sinfonía del pecado
Ibas como si tu meticuloso itinerario de caótica indecencia
Marcara de improviso afinidad de muerte
Calendarios de ausencias
Eterna catapulta hacia la nada.
Cómo hiciste luego con tu prisa
En qué terraplén sentaste tus bondades
Hasta verlas emanarse por el resquicio de la esfera
En cuántas partes escindiste tus maldades
Para no discriminar tu indiferencia
En qué pecho pensaste cuando el flujo
rodó por los altares de la piel envilecida
y qué dijiste acaso entre esos labios que vulneran la sonrisa
cuando aquel cuerpo respondón se amelcochaba
cuántas arpas de canción y soledades
sonaron cuando hundiste todo el odio entre esa carne
entre el sollozo
entre los hálitos de venas averiadas
quién diligenció una ráfaga de incienso en tu memoria
cuando hiciste devenir en trono tu lúcida impaciencia
a quién cambiaste aquel vértigo por nubes imborrables
por tísicas memorias
por planos indispuestos en su contra
cómo ibas cuando no ibas sino a la lidia de tus cuitas
qué pijama arropó tu adormilado entendimiento
tus cabeceantes periplos de famélicas gangrenas
esa oculta infinidad de sarnas como collages de tu venganza
cuántas espinas clavaste en tu tétrico esqueleto
para soltar con rabia el abecedario de tus odios
no advertiste la hermana trascendencia de tus notas
para irrumpir en la melodía de su ausencia
no te diste cuenta de tu desgajamiento audaz
de tus planes de autófago inclemente
No te cercioraste de tu participación en el suicidio.
Caminaste desenfadado sin morder aquel acero
Ningún relicario columpió por tu estampado
Fuiste con tu resolución de cobra
A carroñar aquella espera
No volviste la frente para procurar otra aventura
No deseaste el otro rumbo que te eximiera de la falta
De exterminar aquella historia
Qué vibración sintió tu cuello
Cuando tu lámina acerada irrumpió por entre cuerdas dilatadas
Carcomiendo aquellas venas que cortaste en el preludio
Ostentando aquella mueca que escondiera tu sonrisa
Qué mucosidad intentó frenar aquel abrupto
En qué hematoma de tu alma incineraste tu pudicia
Cuando deletreaste de improviso aquellas letras de esa tumba
Convertida en apetito de lápida insaciable
Cuando se te quedó el destino clavado entre sus ojos.


CONVERSACION CON LA AMANTE 

He vuelto a tu laguna de besos
Al cieno de tu sexo bendecido
a convertirme en el sapo de tu histeria
A aplacar un poco tus signos de anaconda embravecida
A portarme como un dios que conduce tu luz hacia mis sombras
Dios que recrea el instante en que nacemos
en cada decibel de tus suspiros.
Marcaste un número en el que aparezco omnipresente
sereno
Con la mudez del condenado
con la ubicuidad del dios de las ausencias
Como un fauno de algún remedo inadvertido.
Vienes a mí en tu afán de suplantar alguna herida
Con un obcecado compromiso de tu entrega
A vulnerar mi resistencia a la libido.
En el lecho no compartiremos la memoria envilecida
Ni burlaremos la inconsecuencia de unos labios que eternizan
El desafiante ejercicio de tu entrega
Pero haremos aposentos innegables
En los que atesoraremos las plagas de tus vicios
Tus calmas rebasadas
  el delirante tropel de tus gemidos  
Para diseminar la rabia sugerida en tu sonrisa
Para derramar todas las lágrimas desde el ojo en que ponemos
      las diatribas de los amores subrepticios.
Zarpas conmigo en este bajel de sorprendente espera
A buscar entre los mares del impúdico tormento
Aquel amor que nos hostiga cuando izamos
La bandera de la rabia que nos mide
Con el rasero de unos besos destemplados.
Quédate en mí como el suspiro
como la espera
como la duda
para encender la pira entre la carne
Cuando nazca entre nosotros el anhelo
De prosternar lo convenido entre las tarjas
En donde inhumamos el refrenado impulso de la rabia.
Como intermitente relevo de mi angustia
Quedas adherida a esta vida que no enciendo
Ni siquiera con la gula de tu pecho enardecido.
Si pretendes contestar este arrebato de insolencia
Háblame profuso y quedo
Porque sé que sólo quedan las palabras
    Cuando ha sido consumada la tragedia.


CONVERSACION CON LA AMADA 

El universo se extiende hasta tus ojos
   Hasta tus pies
Hasta tu cuello
Hasta el profano sentimiento de tus besos
El universo se desgrana entre tu risa
Entre tus muecas de sirena corrompida
En los gráciles socorros de tu aurora
Y devienen en océanos las cicatrices de tus labios
En altas laderas las sierpes marejadas de tus senos
   En olas gigantescas las rítmicas contorsiones de tus manos.
  Con la gula de tu sexo provocado
Te conviertes tú de pronto en plena entrega
En oasis donde abreva mi impaciencia
Te conviertes en eco de gritos pertinaces
En gacela que discurre por entre los espacios rotos
De aquel resquebrajado hábitat de mi conciencia.
¡Duerme! No desperdicies las horas de tus relojes holgazanes
En difíciles vigilias de memorias malgastadas
Sólo ratifícame en tu ráfaga de insomnio
Tu resuelta decisión de acorralarme
En los lúdicos portentos de tus piernas.



                                                                  ********************

Ramón Gil

Ramón Gil

Natural de Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Cuentista y poeta. Miembro fundador  del grupo Jueves Literarios, de Sosúa. Dos cuentos y tres poemas suyos están incluidos en la página de Internet  www.escritoresdesantiago.blogspot.com Es ganador de tercera mención  en el renglón poesía del concurso Eugenio Deschamps 2006 de la biblioteca Alianza Cibaeña de Santiago por su poemario “Poemas Obsoletos”. Fue asimismo ganador de tercera mención en el renglón cuento del concurso Juan Bosch de la Fundación Global Democracia y Desarrollo FUNGLODE 2007 por su cuento “Desidia”. En marzo de 2008, ganó el segundo lugar en el décimo quinto Concurso de Cuentos de Radio Santa María en La Vega con el cuento “Movimiento Elemental”. En julio de 2008, fue reconocido como “Joven Intelectual 2008” por el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD-CURSA) y en marzo de 2009 resultó finalista del concurso de novela infantil de la Editora SM con su novela “Los cazadores de nubes” publicada en abril del mismo año. Ha publicado tres libros “Cuentos Terrenales” en marzo de 2008 y “Desidia” en noviembre de 2008, además de su novela “Los cazadores de nubes” en abril de 2009. Artículos suyos pueden leerse en el periódico “La Información” de Santiago y en la revista “Cuadernos de Ataecina” del Centro Cultural Unión Extremeña de Terrassa, Barcelona. Segundo lugar del décimo-séptimo Concurso de Cuentos Radio Santa María 2010 con el cuento “Impulsos”. Su soneto al profesor Juan Bosch puede leerse  en el libro “A viva Bosch” de la Secretaría de Estado de Cultura publicado en el marco de la décimo-tercera Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2010.

Desidia 


Quizás sea hoy mi último día sobre la faz de la tierra y gran parte de ello es por mi culpa.  Pude sólo estar condenado a una muerte, pero con el deseo de burlar un destino que consideraba invariable, me aseguré una segunda.

Todo hubiera sido tan simple si hubiese esperado, si me hubiese dejado ganar por mi eterna desidia.  Pero no, esta vez tenía que ser diferente.  No podía dejar que fuera la vida la que me dictara su última voluntad.  Yo, que todo lo viví, todo lo probé, consideré indigno de mí que el destino o ese terrible azar que los creyentes llaman “Dios”, me impusiera  su voluntad.

Desde que el doctor me dijera lo de la enfermedad, apenas pude articular, “¿Está usted seguro, doctor?” “Sí” fue su escueta contestación.

Nunca me había sentido nada y no era más que un examen de rutina.

- “¿Cuánto tiempo más calcula usted que me queda?”
- “No más de un mes si nos atenemos a los exámenes”

Me despedí del doctor, pero me prometí burlar la muerte a mi manera.  Ningún destino decidiría por mí.  Yo era el dueño absoluto de mi vida y la podía dejar en cuanto quisiera.  Decidí suicidarme ese día.  Fui directo a la veterinaria y compré el veneno más letal que tenían.

Llegué a casa y preparé un café fuerte como siempre me habían gustado.  Eché la mitad del veneno y lo moví. Y entonces, en cuanto hube terminado de prepararlo, me sucedió.  Fue un ataque terrible de desidia y mi mano se negó a levantar la taza.  Hice acopio de toda mi voluntad; miré de nuevo la bebida caliente, aromática y di la orden de nuevo.  Mi mano se negó nueva vez.  Me levanté, entonces, y traté de tomar la taza desde esta nueva posición.  Inútil, también.  En ese momento supe que nunca podría tomar esa taza con mis manos.  Pero había otras soluciones.

Esa noche me acosté calmado a pesar de este primer fracaso y soñé distintas formas de suicidarme.  La que me pareció más adecuada fue cortarme las venas sumergido en una bañera. Tal como lo había pensado, coloqué la navaja a poca distancia de mi brazo y cuando ya me sentía listo para cumplir con mi cometido, la tomé y acerqué a la muñeca derecha.  La navaja de detuvo a cinco o seis pulgadas y por más  que traté, mis manos, que rara vez se negaban a obedecerme, lo hicieron por segunda vez en apenas dos días.

Estaba a punto de darme por vencido cuando se me ocurrió contratar a un asesino.  Revisé mis ahorros.  Tenía suficiente, pensé y luego con buen humor y gran ánimo, me interné en los barrios de los bajos fondos donde por doscientos pesos hasta un niño te apuñala.

Quería una muerte limpia y que nadie sospechara que había burlado una primera muerte contratando una segunda.  Así todo dependería de mí y sólo de mí.  Me burlaría del azar.  Pero aunque anduve todo el día, sólo pude conseguir un mísero número de teléfono. “Quiero ver a un asesino”, había ido pregonando por los barrios.  La gente me tomaba por loco y nadie hacía caso de mi pedido.  Así pasé todo el día encontrando apenas a uno que se apiadó de mí y por trescientos pesos consintió darme el número.  Aunque venía cansado, levanté el auricular para llamar a mi liberador y sin darme cuenta siquiera, mis dedos atacados de desidia, se negaron a marcar.  Entendí, entonces, que no había nada que hacer y que tenía que esperar.  Me duché, me acosté y dormí con la paz del que tiene su conciencia limpia y no debe nada a nadie.

Al día siguiente, probé mis dedos y ya no se negaron.  El teléfono timbró más de cinco veces del otro lado, pero nadie lo levantó.  Lo intenté de nuevo.  Esta vez a la tercera alguien lo tomó.  Era una voz ronca pero agradable.  Incluso se sentía amable y de persona bien educada.  Me preguntó qué quería.  Le expliqué todo.  La voz no me interrumpió ni una sola vez.  Cuando terminé y para asegurarse de que no fuera una broma me pidió que hiciera dos depósitos, uno para iniciar el contrato y el otro para cuando terminara.  Era caro, me dijo, pero garantizaba su trabajo.  Me alegró esto y ese día hice todo como me lo había pedido.

Desde ese momento, me poseyó una especie de hiperactividad y todo lo veía desde una óptica superior, diferente.  Me sentía dueño de mí y mejor que esto,  de mi destino.  Había burlado la voluntad de los hados.  Ahora yo era un dios.

La voz había prometido que haría su trabajo en los próximos siete días, así que no sabía con que tiempo contaba.  Quizás fuesen horas solamente y esto, no sé por qué, me hacía feliz.

Empecé a ver todo lo que me rodeaba como si lo estuviera fotografiando, entonces vi a un perro abandonado y hambriento y sentí pena por él, vi a una mujer extremadamente bella que miraba a los hombres como desde un trono, vi a un hombre rebajado a la indignidad de pedir, vi la vanidad, la prisa y el orgullo y vi que todo esto era yo, y lloré por mi, por el perro, por el hombre y por la mujer. Entonces entendí que mi decisión de algún modo me estaba humanizando y todo aparecía ante mis ojos con increíble claridad.  Llegué a la casa, exhausto y pleno.  Me sentía lleno de la vida, pletórico de gozo y cada segundo me despedía de algo.

Los siguientes dos días fueron iguales y hasta temía que podía reventar de la emoción.

Una noche me dediqué a escuchar los sonidos más tenues, aquellos en los que nunca había reparado y por primera vez pude escuchar la labor paciente de la termita en la madera y me asombré a medianoche porque escuché mi propio latido del corazón y el fluir de la sangre por mis venas y supe como si lo hubiera descubierto en ese momento que estaba vivo.  Me levanté, encendí la luz y fui hasta un espejo.  Ese rostro barbudo y de mirada profunda era yo y ese reconocimiento de mí, es la felicidad más grande que he experimentado en mi vida hasta hoy.  “Estar vivo”, dije en voz alta “¿Dónde estaba que nunca lo percibí?” y agradecí a la muerte porque me despertaba la vida y tanto me gustaba esta sensación que comencé a experimentar nuevos sabores y salaba la carne o comía sin sal y cada cosa que hacía era sencillamente maravillosa porque era la última y yo lo sabía.

Pero esta felicidad era extrema y sentía que estaba durando demasiado.  Esperaba que la voz cumpliera lo prometido cuando sonó el teléfono.  Era de mañana y la secretaria me urgía a presentarme ante el médico.  Sonaba alegre y yo entendí que quería regalarme un poco de alegría porque me suponía triste.

Me presenté al consultorio.  En cuanto la secretaria me vio, me hizo pasar.  El médico me esperaba alegre y nervioso.  Me pidió que me sentara y empezó a hablar.  Entonces me dio la noticia y me habló del error al tiempo que se disculpaba.

Mis manos y esos dedos que a veces eran atacados por fuerte dosis de desidia, volaron hasta su cuello, pero no conforme lo abofeteé y luego empecé a pegarle con el puño.  El doctor empezó a gritar y a sus gritos vinieron la secretaria, unos pacientes que ese día se consultaban y dos doctores.

El médico, en los límites que impone el pánico, no podía entender mi reacción, pero había malogrado miserablemente mi felicidad.  Mi  alegría de antes se convirtió en terror.  A cada paso que daba, miraba a todos lados.  La muerte se me hizo presente más que nunca y cada ojo que me miraba, cada conversación susurrada entre dos, me parecía una conspiración para exterminarme.  Entonces como nunca, traté de aferrarme a lo inevitable.

Llegué a casa y marqué el número del que dependía mi destino.  Quería suspender mi ejecución.  Me nacieron, de repente, unas ganas locas de vivir, de perder el tiempo en nada, de ser uno más entre la multitud, un desconocido, un ente ignorado por todos y quise ser gusano, caracol u hormiga.

Marqué y el teléfono sonó como la vez anterior una vez, dos, cinco veces.  Lo intenté y lo intenté, pero nadie lo tomó.

Me pasé el resto del día marcando y marcando.  Por la noche, a pesar de lo terrible del momento, se apoderó de mí una calma y supe lo que debía hacer: escaparía, me iría bien lejos y me olvidaría del dinero.  Siempre podía comenzar de nuevo y para ello sólo necesitaba la vida, una vida que yo había condenado y que ahora se me escapaba a cada segundo en forma de bala, soga o cuchillo.

Me preparé para escapar.  Si lograba burlar a mi asesino por el día de hoy, él habría incumplido su contrato y esto lo obligaría a reconsiderar una contrapropuesta me imaginaba yo; y fue entonces cuando lo supe, con una certeza que me habría gustado tener en circunstancias más agraciadas de la vida, supe que no podría escapar, supe que este ataque de desidia de ahora era definitivo y que cuando se presentara el asesino, no podría mover ni un músculo de mi cuerpo para defenderme.


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Moisés Múñiz

Moisés Muñíz

Nació en Santo domigno, el 24 de enero 1969. Publicista de profesión. Ha trabajado en las principales publicitarias de Santo Domingo como Director Creativo. Desde 1995 reside en Sosúa, Puerto Plata, donde reparte su tiempo entre los negocios, las letras, su familia y el grupo “Los Jueves Literarios”, con quienes comparte la pasión por la literatura. Novelista y cuentista. Ganador de mención en el primer concurso de cuentos de béisbol de la Secretaría de Estado de Cultura 2008 con el cuento “Juancito el pelotero” en su primera convocatoria. Segunda mención en el concurso de cuentos 2009 de Radio de Santa María con el cuento “El niño que dirigía el mar”. Primer Lugar en la décima sexta convocatoria del concurso de cuentos de Radio Santa María, con su cuento Caso No. 144. Premio Único en el Primer Concurso Regional de Cuentos Virgilio Díaz Grullón 2011 del Ministerio de Cultura, con su libro “Cuentos mundanos urbanos”. Su poema “A su memoria” fue seleccionado para la antología “A viva Bosch” que publicó La Secretaría de Estado de Cultura en la XIII Feria del Libro, Santo Domingo 2010. Algunos de sus cuentos pueden leerse en la Antología de los Escritores de Sosúa. Actualmente tiene una novela inédita


 Preludio Inesperado 


Lo tenías todo preparado para esa noche. Las de antes habían sido buenas, muy buenas de hecho, pero esta debía ser demencialmente increíble, más real sin duda, tenía que ser extrema, como tu vida misma, como los deportes que practicabas, tus movimientos audaces en el mundo de los negocios, como todo lo que tú hacías, extremo, casi como caminar en el filo de una navaja gigante, así tenía que ser la de esta noche. Tu mujer te había seguido el juego durante los quince años que tenían de casado, solidaria, amorosa y llena de paciencia, muchas veces te lo dijo, “vas muy rápido”, y en realidad así ibas por la vida, a millón.

Precisamente por esa impaciencia habías incorporado las fantasías sexuales a tu vida íntima con ella, te habías dado cuenta que la urgencia pueril con que llegabas al punto, no rendía muy buenos resultados, por eso tú, hombre de éxitos, te habías propuesto darle un giro a esta situación inventando una serie de ficciones noveladas, que como el mejor director/actor del cine independiente, escenificabas dentro de los límites del plató conyugal, en la habitación, la cocina, el piso, el baño o las escaleras. Aunque tu mujer lo agradecía y eso se podía medir por lo fluido de las relaciones, te decía que no siempre era necesario, que sólo necesitaba que la acariciaras un buen rato, que la mimaras, que le dijeras que la amabas, que la abrazaras, que fueras tú con ella, y a veces lo hacías, pero la verdad era que te habías hecho adicto a las fantasías sexuales.  El infinito mundo de las posibilidades, lo que pudo ser y no fue, la ensoñación extrema. Ella, que te amaba más, aceptaba sus papeles y jugaba a jugar ser la mejor actriz.

Esa noche serías un jefe acosador. Ella sería tu secretaria acosada. Habías comprado una corbata nueva y un maletín de piel para ejecutivos, porque sabías que los detalles inesperados constituían la clave para el éxito de la fantasía. Acomodaste los muebles de la habitación para que se pareciera lo más posible a una oficina, luz tenue, algunos libros y la labtop sobre tu pequeño escritorio de lectura. Según lo acordado comenzarían el acto cuando los muchachos se durmieran. A las diez en punto ella recibiría una llamada a su celular donde se le solicitaba lo más pronto posible en el despacho del jefe. Todo comenzaría con cuestiones elementales de trabajo, citas, llamadas, firma de documentos, hasta ir cayendo en galanterías fuera de lugar, merodeos, propuestas de aumento de salario y el descorche de una botella de champagne que previamente se había puesto a enfriar en la champañera de cristal que habías comprado para la ocasión. En ese momento la secretaria, ya incómoda, pondría alguna excusa para retirarse, lo que sería rotundamente negado por su jefe mientras le convidaba a una “sola” copa. Esa era la parte que más te gustaba, la de desangrar a tu presa lentamente, con todos estos años de práctica habías aprendido a ser paciente dentro de la impaciencia, a demorar lo inevitable. Ya con el alcohol flotando en el ambiente, te quitarías el saco, te aflojarías la corbata y comenzarías el ataque recto y conciso. Las manos en los cabellos, ella lo evade. Una pérfida risita entre dientes. Un suave soplo en sus oídos, ella se levanta.  Tú la interceptas, ella te dice que debe marcharse. Tú la tomas por la cintura, ella te retira las manos y marcha hacia la puerta. Otra sonrisa entre labios mientras le dices que la puerta está cerrada con llave. Ella te dice llena de miedo que no es correcto, que ella tiene su pareja, que lo respeta mucho y no puede hacer…

¿Hacer qué? Le dices tú. Ella te pide que abras la puerta y lo discutan mañana. Tú le dices que es demasiado tarde mientras te acercas a ella, la tomas por la cintura y la besas a la fuerza. De ahí en adelante lo que sigue es relativamente fácil, poca actuación y mucha acción. Es cuando le rompes la ropa, la tiras al escritorio y la violas en medio de súplicas y lamentos. Al final de todo ese preludio, retorna la calma, se abrazan y vuelven a ser. Pero esa noche las cosas no saldrían como lo planeaste. La llamada la recibiste tú mientras te acomodabas en el escritorio.  Hay una mujer sola en la cocina de su casa preparando la cena para su marido y un ladrón entra y la viola, te dice ella. Tú le dices que deben seguir el guión según lo acordado. Ella te dice que no importa, que de todas formas la fantasía del jefe acosador es repetida y que la del ladrón que viola a la mujer casada no. Tú le dices que sí, que esa también la han escenificado. Pero no si la mujer lo desea, te responde ella. Una fantasía dentro de otra fantasía, ¿no te parece increíble? No podías negar que la idea era buena, la fantasía de un ladrón que entra a una casa donde una mujer solitaria prepara la cena para su marido y a la vez fantasea entre el aroma de sus platos con un ladrón que la viola salvajemente. Silencio de este lado del teléfono. No te agradaba que tú mujer llevara la iniciativa en los asuntos de la irrealidad erótica, que fuera ella la que planteara efusivamente la idea de una realidad ficcionada, mucho menos que fuera ella la que gozara del resultado de esa fantasía desgarradora y que fueras tú el que la hiciera feliz mientras era violada por un ladrón, en tu ausencia. Espérame, le dijiste resignado. Cerraste el teléfono, pasaste revista al triste escenario que habías montado, mediocre en comparación con el que había creado ella, destapaste la botella de champagne, como brindando por tu ineptitud y bebiste la mitad de un par de tragos mientras se sucedían las imágenes de tu mujer siendo violada por un ladrón desconocido, o conocido, quién sabe, y ella gimiendo de placer.

Bajaste las escaleras con la  botella en la mano y una media panty ridículamente puesta en la cabeza. Los detalles son importantes. Entraste sigilosamente en la cocina donde una mujer de espaldas esperaba a su marido, dejaste la botella en una esquina de la meseta de mármol y tomaste uno de los cuchillos de deshuese del estuche, te acercaste, la tomaste repentinamente por la cintura y pusiste el filo de acero sobre su garganta. ¡No te muevas! Le susurraste al oído. Lentamente lamiste su cuello y dejaste caer la mano libre por sus pechos, ella se estremeció y tú apretaste el cuchillo contra su piel nuevamente. Siempre quise hacer esto, le dijiste al oído, una mujer hermosa, sola en su casa, sin su marido. Tu mano se resbaló a su entrepierna y pudiste comprobar lo fluido de la situación. Ella estaba terriblemente excitada. ¡No por favor, no haga esto, suélteme! la oíste decir falazmente. Sabías que mentía, esa mujer quería ser violada por un vil ladrón. Entonces le diste la vuelta y la miraste a través de la malla que cubría tu cara, una sonrisa imperceptible para el ladrón, pero no para ti, se asomó en sus labios. Dejaste resbalar el cuchillo entre sus pechos cortando la tela de su bata de seda, ella se resistió y trató de liberarse, tu soltaste el cuchillo y le diste una bofetada, ella se sorprendió como en otras ocasiones y te rogó que la soltaras, recordaste la entrepierna y entonces lo decidiste, sería tu fantasía contra la de ella, cumplirías su deseo pero a tu manera, entonces la jalaste por los cabellos y volviste a abofetearla, ella te miró confundida; si quieres que te viole un extraño a mis espaldas eso tendrás, le dijiste. Ella sonrió nerviosa. Entonces terminaste de rasgar su bata, la tiraste al piso y apretándole sin piedad con una mano el cuello, con la otra rompías su ropa interior buscando la prueba irrefutable de su traición. La fantasía estaba fluyendo. Los fluidos estaban fluyendo. Esta vez no pudiste demorar más lo inevitable. Mientras lo hacías, ella apenas pudo moverse, emitir un gemido, parecía disfrutarlo más que nunca, a solas, como si no estuvieras, así tan inmersa estaba en su fantasía.

Te aferraste a ella como nunca, le atravesaste hasta el alma. Siempre al extremo, ¿recuerdas?
¿Querías gozar? Pues goza, le gritaste, pero ella no contestó, la podías ver con los ojos en blanco, sin hacerte caso, ajena a tus amenazas, en paz total. Apretaste más, la oprimiste contra el suelo con más ganas, hasta que finalmente llegaste a donde querías llegar.

Jadeante todavía te quitaste la media de la cabeza, la miraste ahí tirada en el suelo, los jirones de tela en su cuerpo, extasiada, más bella que nunca al finalizar el último acto de ese preludio inesperado.
¿Eso es lo que querías? ¿Lo disfrutaste? ¡Habla! Le gritaste.

La cocina de tu casa se fue materializando poco a poco, primero los mosaicos españoles, los gabinetes de roble, la meseta de mármol y luego ella, luego la viste a ella, la mujer de tus vidas, tu fiel compañera de fantasías.
Deja de fingir, le dijiste trémulamente, mientras veías la marca roja de tu mano en su cuello inerte.


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Oscar Zazo Martín

Oscar Zazo Martín

Madrid 1960. Narrador y poeta. Licenciado en Pedagogía mención Letras. Tiene una maestría en Historia aplicada a la Educación de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Reside en Sosúa, municipio de Puerto Plata, República Dominicana, y es miembro fundador del grupo Jueves Literarios de Sosúa, Mención de Honor en el concurso nacional de literatura de La Alianza Cibaeña 2010 por su libro "El regalo y otros cuentos”. Premio Nacional 2011 de la Sociedad Renovación  auspiciado por la Fundación Brugal por su libro “Destiempo y otros cuentos” Ha producido y presentado el programa cultural televisivo "TV Talento". En la actualidad coproduce el programa literario “Palabras al viento” junto a los escritores: Omar Messón, Ramón Gil y Moisés Muñiz.  Es profesor de Español y de Ciencias Sociales en la International School of Sosúa. Ha viajado por más de cuarenta países, es guía de excursiones de aventura y experto en Artes Marciales. 

Amores reales 


Por aquel tiempo la voluntad de las personas no contaba, y mucho menos las opiniones o los gustos,  por lo menos los míos.
Me aburría la corte, pero allí me encontrada merced a los esfuerzos, intrigas y sobornos, que con tanta dedicación, entretejiera mi padre hasta conseguir hacerme cortesano

Por mi  propensión innata a la pereza y mi natural  desinterés por las cosas, no fueron pocos los palos y castigos de los que me hice acreedor, al parecer con sobrada razón, hasta que consiguieron meterme en la mollera modales y  protocolos necesarios para el desenvolvimiento en la corte. Tampoco tuve nunca prejuicios ni lastres de conciencia que menoscabaran mi dig-nidad, tales  como orgullo, lealtad  o vanidad. De manera que a la postre lograron convertirme en un cortesano joven, apuesto y ahora refinado.
Y me habría ido bien, de no ser por  una serie de acontecimientos en los que me vi,  involuntariamente envuelto.

  Todo empezó el día en que, a pesar de mis disimulos,  su regia majestad puso los ojos en mí, sabría Dios con qué intenciones.
Una tarde a la salida de palacio una dama de compañía de la reina puso en mis manos un “billete real” con instrucciones precisas. Se trataba de una cita secreta con su alteza  aquella misma noche. Recomendaba máxima discreción, “so pena de muerte” pensé yo, con los más lúgubres augurios.

Lleno de aprensión, acudí a la cita entrando a palacio por  las caballerizas, desde donde la dama de marras, me condujo a una recámara. Allí permanecí solo durante  interminables minutos hasta que de improviso  apareció la reina.
Rodilla en tierra incliné la cabeza – Majestad…

- Vamos al grano, - escuché perplejo – estáis aquí para hacer un servicio a vuestra reina.

- ¡Siempre majestad!- manifesté raudo -  Pedid la luna y al punto removeré cielo y tierra para ponerla a los pies de vuestra merced. – Y añadí aun a riesgo de excederme en mi actitud pelota y servil – Podéis confiar a muerte, que vuestro súbdito y seguro servidor derramará has-ta la última gota de su sangre…

- Dejad ya de decir sandeces, majadero, - atajó la reina -  e iros  desnudando que tengo poco tiempo – escuché con estupor
- Pero majestad…

- Ni majestad ni gaitas, estáis aquí para llevar a cabo lo que el rey  no puede o no quiere hacer,  y espero quedar satisfecha de vuestros oficios, que no son otros que preñarme  lo antes posible por vuestro bien, por el mío y  por el de la corona. Que para la descendencia siempre será mejor un discreto bastardo que el escándalo de una impotencia manifiesta. Y ¡ay! de vos si vais sobrado de lengua y flojo de verga como el inútil  de  vuestro rey…  así es que basta de pa-labrería y al tajo.

Mucho miedo y poca experiencia no eran buenos aliados para acometer tamaña empre-sa. Aún así, me puse a ello diligente. Fue tal vez, mi condición de mozarrón saludable, lo que aportó brío suficiente para obviar ciertas trabas que obstaculizaban el buen desenvolvimiento de la tarea encomendada, a saber: primero, incisivo e hiriente tufo sobaquero. Segundo,  abun-dante y tupida pelambre púbica, que por un buen rato despistó mi desentrenado sentido de la orientación.

Sea como fuere, y a pesar de mi torpeza como amante, esa noche y otras posteriores, cumplí a duras penas lo convenido como obediente y discreto donante de “mascadas”. Eso si,  esgrimiendo como atenuante  en mi defensa, la presión y, por qué no decirlo,  el miedo que infundían durante el acto sus descalcificaciones y amenazas.

  En el fondo de una mazmorra, encadenado en prisión preventiva, dijeron, recordé a no se qué imbécil cortesano diciendo  eso de “no hay acción sin reacción”, y allí estaba yo tratando de desenmarañar eso de las causas y los efectos, temiendo, con buen criterio, que preñada o no la reina, ya mi cabeza, por no nombrar otras partes de mi anatomía, no valía nada.

Voces autoritarias rompieron el silencio de la madrugada despejando del todo mi duer-mevela. Cuando sonó el cerrojo de mi celda temí lo peor. El rey en persona ordenaba al guardia y al resto de la comitiva que le dejaran entrar solo. Mis ojos acostumbrados ya a la penumbra percibieron nítidamente un ceño fruncido y una  mirada de gravedad inquietante. En cuanto sonó el portazo, el monarca avanzó hacia mi rincón con paso lento pero decidido. Yo me incor-poré como pude y él se detuvo a escasa distancia, como sopesando lo que estaba a punto de hacer. Sus mandíbulas se tensaron y su barbilla tembló visiblemente. Entonces… me abrazó y lloró con gran congoja.  Al poco su mano se deslizó hasta mi trasero y lo apretó con ganas. Invo-luntariamente se dibujó en mi rostro una casi imperceptible sonrisa de suficiencia.

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