lunes, agosto 25

Para muestra ¡un BOETTO!





EL CUENTO MÁS CORTO DEL MUNDO


Había una vez un chico que al acostarse le dijo a su papá:

—Pa´, quiero que esta noche me leas un cuento de fútbol, uno corto, porque tengo sueño.

El padre sacó de la biblioteca un libro enorme, lo abrió en una página que tenía marcada, respiró profundo y gritó:

— ¡Goooooooooooool —hasta que quedó sin aliento.

El chico esa noche tuvo los sueños más hermosos y emocionantes de toda la vida.

ALDO BOETTO

"Antología del cuento infantil argentino siglo XX"





Aldo Boetto. Buenos Aires. Divide su tiempo entre la edición de libros para niños y la dramaturgia. Trabajó en cine como realizador de cortometrajes, escribe obras de teatro, guiones para televisión y radio. Estudió dramaturgia, cine y TV. Vivió en Colombia y en Venezuela; donde interpretó novelas de gran éxito. En Argentina también escribió para programas de éxito como "La Noticia Rebelde", "Su Comedia Favorita", telenovelas y otros programas. Además realizó talleres con grandes maestros.
Es colaborador de Editorial Atlántida y coordinador editorial de "El gato de hojalata". Ha publicado numerosos libros infantiles entre los que se encuentra la colección "La curiosa Aylén", editado por Atlántida.

Una frase suya: "Un chico es una lectura viviente". Aldo Boetto.

domingo, agosto 24

Michael Ende, la realidad de la fantasía

La historia interminable, de novela iniciática a superproducción cinematográfica


Por Jean-Louis de Rambures (1930/2006).

Michael Ende, de 55 años, barba cana y ojos de niño, hijo del pintor superrealista Edgar Ende, vive rodeado por los olivos de los montes Albanos, en las cercanías de Roma, en una gran mansión (Casa Licorna) llena de libros viejos, de objetos raros y de cuadros superrealistas. Su novela La historia interminable, traducida a 27 idiomas hasta la fecha, que ha sido considerada como uno de los libros iniciáticos de nuestra época, ha sido llevada al cine como superproducción y estrenada ya en Estados Unidos y en la República Federal de Alemania, lo que ha provocado las protestas de Ende, que sigue en su camino de "encontrar la realidad a través de la fantasía".


Michael Andreas Helmut Ende(Garmisch-Partenkirchen, Baviera, Alemania, 12 de noviembre de 1929 -Filderstadt-Bonlanden, Baden-Württemberg, Alemania, 28 de agosto de 1995. Fue un escritor alemán.


Nunca una novela hizo correr tantos ríos de tinta al otro lado del Rin desde El tambor de hojalata, de Günter Grass, en 1959. La historia interminable es, ante todo, una especie de marea: más de un millón de ejemplares vendidos en Alemania Occidental desde su aparición, en 1979, y continúa ocupando los primeros puestos en las listas de los más vendidos. Es un fenómeno sociológico, y así, en las grandes Concentraciones del pasado otoño había manifestantes que blandían la novela como si fuese su programa. Constituye asimismo la prueba evidente de la capacidad que tiene nuestro sistema para transformar en dinero lo que ha sido concebido precisamente para criticarlo. A pesar de las protestas del autor, que se considera traicionado y engañado, acaba de estrenarse en Estados Unidos una película -con un presupuesto de 60 millones de marcos (más de 3.000 millones de pesetas)- que, aunque inspirada en la novela de Michael Ende, está concebida a lo ET, El Extraterrestre.

Con todo, La historia interminable es también un acontecimiento literario. Nos encontramos, sin duda, ante una de las novelas más sorprendentes aparecidas en Alemania Occidental -e incluso en Europa- desde la segunda guerra mundial.

Estamos en 1984. El país fantástico que describe usted, ¿no está lejos de nuestra realidad?

Mis libros no son westerns. No hay que matar a los malos al final para que todo vuelva a estar en orden. No ataco a individuos, sino a un sistema (llámele, si quiere, capitalista) que. Está a punto (nos daremos cuenta dentro de 10 o 15 años) de hacernos caer en el abismo. Entre los' monstruos. a los que debe enfrentarse el héroe de La historia interminable hay uno al que toma por una araña gigante hasta que se da cuenta de que está realmente compuesto de abejorros color azul metálico que zumban como un enjambre encolerizado. Yo he llamado a esta criatura Ygramul. Sin embargo, podría haberle dado el nombre de Belcebú, el Señor de las Moscas o de la Multitud, pues con esa palabra se designa a ambas cosas en hebreo.

Soy consciente, en efecto, de que el principio demoniaco de nuestra época reside en la dominación que ejerce la multitud sobre el individuo. Todo comienza con la superpoblación, que hace que la persona se encuentre devaluada frente a la masa, y llega hasta la multiplicación infernal de todos los objetos, que caracteriza a nuestra sociedad industrial. Como usted sabe, en la cábala, el número 1 es el más grande de todos, porque designa la totalidad. Ahí está el origen del monoteísmo. Nos hemos olvidado de eso... Dentro de un sistema como el nuestro, que sólo valora lo que puede contarse, pesarse o medirse, no puede hallarse más que un aburrimiento mortal. Es esa especie de enfermedad de postración que abruma a los personajes de Momo.


P. La imaginación, al poder.

R. Una buena fórmula, aunque debería haberse precisado cuál era ese poder. Hay que conocer no sólo lo que se rechaza, sino aquello por lo que se pretende sustituirlo. Y esta vez no es cuestión de sustituir una ideología por otra. Mire: desde hace 2.000 años estamos haciendo eso y sabemos adónde nos conduce. En mi opinión, no puede hacerse ninguna crítica de la sociedad si no va acompañada de una representación utópica del mundo.

No oculto que al escribir La historia interminable intenté enlazar con ciertas ideas del romanticismo alemán. No fue por dar marcha atrás, sino porque en dicho movimiento abortado hay semillas que necesitan germinar. Desde Newton nos hallamos cruelmente divididos en dos mundos: el de los objetos, llamado real, y el supuestamente ilusorio del yo. Para no seguir siendo un extraño, el hombre debe aprender de nuevo, como Goethe, a llamar de tú a la Luna.

Empezamos a darnos cuenta de que con la física, las ciencias naturales, la tecnología o la sociología es imposible resolver los problemas haciendo como si se desarrollasen independientemente de nuestra conciencia. Nos inquietamos también por la destrucción de ese mundo exterior que constituye nuestro marco vital. Sin embargo, hay otra forma de destrucción de la que no se habla y que es igualmente trágica: la de nuestro mundo interior. Cuando todo se subordina al beneficio, se empieza por explotar a los obreros y después se ataca a las colonias, al medio ambiente. Por último, le toca el turno a nuestro mundo interior.


P. ¿Qué vía propone usted para recuperar la armonía?

R. Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. Para descubrir las Indias, Cristóbal Colón levó anclas en dirección a América. Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre. Un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido. Eso lo aprende Bastián a su paso por la ciudad de los emperadores destronados. Al haber perdido hasta el recuerdo del mundo real, los habitantes de dicha ciudad del absurdo se ven obligados a desparramar al azar las letras del alfabeto durante todo el año, esperando que, en el transcurso de la eternidad, acaben por aparecer todos los libros del mundo, entre los que se encuentra, claro está, La historia interminable.

P. ¿No hay en eso una alusión a la Biblioteca de Babel, de Borges?

R. La historia interminable está repleta de alusiones culturales. Y no por falta de imaginación, ya que lo he hecho deliberadamente. En este sentido, el peligro reside no en el universo mental de Bastián, sino en el patrimonio cultural de toda la humanidad. Me he basado en la Odisea, en Rabelais, en Las mil y una noches, en Lewis Carrol y también, aunque en menor medida, en Tolkien, con el que me han comparado los críticos alemanes (ciertamente, los dos debemos mucho a las leyendas célticas de la Tabla Redonda). Me he inspirado en pintores (El Bosco, Goya, Dalí.), en el antroposofismo y en el budismo zen. La cábala, que da un sentido metafísico a los diferentes sonidos, me sirvió de guía a la hora de elegir los nombres de los personajes. Atreju es Atreo, héroe de la mitología griega, cuyo nuevo nombre tiene una sonoridad evocadora de las lenguas indias de América. Pjörnrachzarck, el comedor de piedras, recuerda a Edda, ya que es un gnomo, y al pronunciar su nombre puede oírse el ruido que hace al masticar las piedras. Incluso Fuchur, el dragón de la fortuna, tiene un modelo: Fohi, el dragón de la mitología china.

P. Si he entendido bien, en La historia interminable nada es gratuito. ¿Cómo elaboró el plan del libro?

R. Eso es precisamente lo que intento evitar al precio que sea: hacer un plan. Cuando escribo, pretendo descubrirme a mí mismo. Elaborar un plan significaría introducir en el libro lo que ya sé. Mi método consiste en dejarme guiar sólo por imágenes. Si no hago trampas, acabo por darme cuenta de que cada historia tiene una lógica interior y que no puede desarrollarse de otro modo. Es cierto que eso exige una gran concentración que me conduce, a veces al borde de la locura. No supe hasta el penúltimo capítulo de La historia interminable dónde estaba la salida del país fantástico. Me telefoneaba mi editor: "¿Por dónde vas? Hay que llevar el libro a composición". Yo sólo podía responderle: "No sé cómo terminar la historia". Después de semanas y semanas encontré de repente la solución: para salir del país fantástico no había que ir hacia las fronteras, sino hacia el centro. Había que tomar el camino del interior. Y, créame, sólo al final me acerqué a Novalis.

P. La heroína de Momo es una niña. Bastián es un niño de 10 años. ¿Por qué esa predilección por los héroes infantiles?

R. Hoy día todo el mundo encuentra normal que los escritores penetren en el mundo de las cárceles, en los manicomios o en las minas de carbón. ¿Acaso hay que considerar aparte a los que escriben para el público infantil? Creo que los supuestos adultos no son tan maduros como para percibir que un cuento para niños es también para ellos. Las culturas nacionales han dejado de tener sentido. Hay que encontrar otros vínculos que unan a los hombres, y el mundo de los niños constituye precisamente una nueva comunidad. Si juntamos a tres niños (uno negro, otro asiático y otro europeo), no tendrán ningún problema para comprenderse. Lo mismo ocurre con los cuentos, ya sean africanos, gitanos, rusos o chinos: todos ellos se parecen, y puede encontrarse, con algunas variantes, el mismo cuento de Cenicienta en todos los rincones del mundo. Vea el mérito que tienen los escritores profundos.


P. ¿No es un poco paradójico que un escritor alemán como usted haya decidido exiliarse a Italia?

R. En la crisis de identidad que hoy atravesamos tranquiliza pensar que tenemos a nuestras espaldas 2.000 años de cultura occidental. En Italia se da una continuidad histórica, inconcebible para un alemán, perceptible incluso en el ámbito del idioma: hasta un extranjero como yo puede leer a Boccaccio en su lengua original. Intente usted hacer lo mismo con un autor alemán del barroco y verá lo difícil que le resulta. Al principio envidiaba a los italianos: su lengua me parecía como una alfombra mágica que me transportaba donde yo quería. Hoy he comprendido que es una suerte que los escritores alemanes tengan que partir siempre desde cero, recreando su propia lengua.

P. En alemán, su apellido significa fin; su libro es La historia interminable, o sea, la historia sin fin. ¿Es un juego de palabras?

R. Me di cuenta de ello después de escribir el libro.


Esperanza perdida

Michael Ende. El espejo en el espejo


Michael Ende

        Cogidos de la mano caminan dos calle abajo: una figura grande y oscura que conduce a otra pequeña y clara. La grande es un genio vestido con un largo hábito marrón oscuro. Su rostro cobrizo, cubierto de cardenillo, se asoma melancólico bajo la capucha como el de un simio vetusto. Su mano es negra y escamosa, los dedos como garras están curvados hacia todos los lados, sin embargo sujetan cuidadosamente otra mano, una mano pequeña que es blanda y blanca, la mano de un niño de miembros delicados, vestido con un traje de marinero con un pantalón hasta las rodillas y negras botitas de cordones. La gorra redonda con cintas está echada hacia atrás y enmarca el rostro infantil como una aureola.
        La carretera sobre la que avanzan sin prisa se extiende recta y descendiendo siempre hasta el horizonte. Toda la superficie de la tierra está inclinada. Las hileras de casas a derecha e izquierda muestran fachadas otrora espléndidas, adornadas con balaustradas y figuras que ya están en ruina desde hace tiempo, descompuestas por hongos e invadidas por el moho. Olor a podredumbre, excrementos y miasma flota en el aire vidrioso. En el silencio resuenan sólo los pasos del niño. El genio no hace ruido, se desliza junto al niño como una alta columna de insectos en remolino.
        El chico se detiene y dice:
        - ¡Volvamos! Ya no tengo ganas.
        El genio asiente, triste:
        - Sí, esto no es divertido. Pero no hemos venido para tu diversión. Ahora tienes que ir al colegio, y ésta es tu primera clase.
        - ¡Pero no me apetece! -porfía el niño-. Quiero irme de aquí.
        En la frente abultada del genio se hincha una vena.
        - ¡Nos quedamos! -dice con voz broncínea. Luego, al cabo de un rato, añade más suavemente- Esta vez no durará mucho.
        Asombrado, el niño alza sus cejas de manera que parecen pájaros volando y escudriña la cara de su gigantesco acompañante.
        - ¿No quieres obedecerme? -pregunta incrédulo-. Tú sabes quién soy yo. ¿No me tienes miedo?
        - Si tuviese miedo tendría esperanza -murmura el genio y ahora se percibe la fisura en el metal de la voz-. No, no te tengo miedo, pequeño. Todavía no tengo miedo de quien eres ahora. Y ya no tengo miedo de quien serás algún día. Pues él me dará la razón.
        - ¿Cuándo será eso? -quiso saber el niño-. ¿Cuando sea mayor?
        Al desolado rostro de simio asoma casi una especie de sonrisa.
        - Para eso todavía falta un ratito, pequeño. Muchas vidas y muertes aún. Hasta que seas de verdad mayor.
        El genio prosigue su marcha como una nube de humo y el chico camina pensativo a su lado. Al cabo de un largo silencio la voz infantil pregunta:
        - ¿Y tú seguirás siendo malo hasta entonces?
        El genio crece, sus contornos se deshacen por un momento, luego concentra de nuevo su forma, se alza ante el chico como un trozo de oscuridad impenetrable.
        - ¿Malo? -pregunta con labios pesados- ¿Malo? ¿Qué es eso? Quizá me lo enseñarás tú a mí algún día. Pero primero tienes que asimilarlo por completo para transformarlo del todo. Es un estudio largo y difícil el que tienes por delante, pequeño. No es ningún juego de niños.
        - Para ti quizás -opina alegremente el niño-, para mí es fácil. No es nada, es sólo un error que hay que corregir. Todo estaría en orden sin la maldad.
        El genio alza despacio sus hombros nubosos como si tuviese que empujar una enorme carga.
        - ¡Muchas cosas son necesarias! -zumba furioso el enjambre de insectos-. ¿Quién sabe cuántas?
        - Está bien -admite el chico-, ¡sigamos andando!
        - No -responde el genio-, hemos llegado.
        El chico mira curioso a su alrededor.
        - ¿Esperamos a alguien?
        - Sí -murmura el genio-, esperamos a alguien.
        - ¿Tenemos que ayudar a alguien? -pregunta, ufano, el chico y en seguida se corrige- ¿Tengo que ayudar a alguien?
        El genio le contempla a través de sus párpados milenarios.
        - No es tan sencillo como piensas.
        - No -dice el niño un poco confuso-, sé bien que no es fácil ayudar.
        El genio mueve la cabeza, despacio como un árbol en el viento.
        - Tú eres -se oye el fragor de su voz-, tú eres a quien se ayuda, pequeño.
        El niño se sonroja violentamente.
        - No me siento en absoluto desvalido -dice rápido, fulminando al gigante con orgullo.
        El genio suspira como si magma líquido hiciese burbujas.
        - Ahí ves, pequeño, lo poco que comprendes aún.
        - ¿Quién ha de ayudarme a mí? -quiere saber el chico-. ¿Y por qué?
        - Todos -contesta el genio-, todos a los que tú ayudarás más tarde. Pues a todos ellos tendrás que agradecer que puedas hacerlo.
        - ¿A ti también?
        - Quizás sí, creo que a mí también.
        El chico se rebela.
        - No quiero tener que estarte agradecido. No quiero, ¿me oyes?
        Del interior del humo negro surge una risa, como si madera viva crujiese y gimiese en el fuego.
        - ¡Quieres, pequeño, quieres! ¿Acaso te podría guiar yo si no?
        Ahora el chico se pone de verdad impaciente.
        - ¿Entonces a quién esperamos? ¿Quieres burlarte de mí? Tú ya estás aquí. ¿A quién he de esperar aún?
        El genio se pasa cansado las garras por el rostro de cobre. Suena como si se pisase cristal.
        - ¡Calma, pequeño señor, calma! Yo no estoy aquí. ¿O crees que si no podría llevarte de la mano sin que tu corazoncito caliente se helase? Pero deja ya de preguntar constantemente. Sólo presta atención a todo lo que va a suceder. Ésa es tu única obligación por esta vez.
        Y el genio se cala la capucha sobre el rostro y parece ahora un abeto cubierto de nieve negra.
        De pronto se oye un gemido ronco, aullante, que se extingue lento y atormentado como la voz de un perro grande que lamenta la muerte de su amo. El niño se estremece y busca en torno suyo con la mirada. Le parece que la voz ha venido de una de las casas próximas, pero no puede determinar de cuál debido a un extraño eco que vuela de un lado a otro. Cuando se vuelve despacio, descubre detrás de sí una figura gris inclinada que no había visto llegar. Aliviado, respira, pues, según parece, se trata sólo de un viejo barrendero que está apoyado en su escoba y ha escuchado la conversación de los dos visitantes. Cuando la mirada del chico se cruza con la suya, sonríe, saluda con la cabeza y se lleva los dedos al borde de su gorra.
        - ¡Buenos días! -dice con voz ronca. Y como el chico no contesta, sino que le dirige una mirada escrutadora, prosigue-. Es un buen día, ¿verdad?, puesto que has venido.
        El chico sigue sin contestar nada, se vuelve hacia el genio, pero éste se alza gigantesco y oscila levemente como un remolino de oscuridad.
        - Claro que -se percibe de nuevo la voz crujiente del pequeño hombre gris- desde tiempos inmemoriales ha habido aquí siempre mañanas como ésta. Y ahora es la misma mañana. Aquí existe sólo una hora, la hora antes del amanecer. No hay mediodía, ni atardecer, ni noche. Estas horas del día todavía no han sido inventadas aquí. Es la hora más larga de todas, un trozo de eternidad, ésa es la razón -se ríe un poco, o quizás tose. Examina la desigual pareja con ojos que son pequeños y de mil maneras.
        - El niño ese -pregunta de pronto en tono severo al genio-, ¿por qué lo has traído aquí, a nuestra calle de putas?
        Pero el genio permanece mudo como una torre de tristeza pétrea.
        - ¿A ti qué te importa? -se encrespa el chico-. ¿Crees acaso que no sé lo que son putas? ¡Eso lo sé hace tiempo!
        - ¿Ah, sí? -el barrendero agacha la cabeza y se apoya pesadamente en la escoba-. Oigamos entonces lo que sabes.
        - Son mujeres -explica el chico- que venden amor por dinero. Y eso está muy mal.
        El barrendero asiente ligeramente con la cabeza.
        - ¡Vaya, vaya! -luego prosigue con una pequeña sonrisa triste-. Pero eso no sería quizás tan grave. Lo malo es que aquí no hay dinero, ni amor, ¿comprendes? Las consoladoras de nuestra calle venden otra cosa y reciben otra cosa a cambio, eso es -y de nuevo tose y ríe levemente.
        El chico está asombrado y avanza dos o tres pasos cautelosos hacia el barrendero.
        - ¿El qué?
        El viejo gris reflexiona un rato cómo explicárselo al niño. Por fin ha encontrado la manera y pregunta:
        - Seguro que conoces un montón de cuentos, pequeño.
        - Conozco todos -dice el chico, orgulloso-, todos los que existen. Tengo a alguien que me los cuenta y que conoce todos los cuentos del mundo.
        - Eso está muy bien. ¿Y también sabes que son verdaderos?
        - ¡Por supuesto!
        El barrendero asiente de nuevo.
        - Claro. Yo no digo que no sean verdaderos. Si uno sabe contarlos correctamente, todos lo son. Pero se trata siempre de las historias de los vencedores, terminan bien, de una manera u otra. Pero las historias de los perdedores también son verdaderas, sólo que se olvidan pronto. Quizás porque las olvidan los propios perdedores. Eso es lo que sucede.
        - ¿Perdedores? -pregunta el muchacho acercándose más aún-. Nunca había oído hablar de ellos. ¿Existen realmente?
        El viejo extiende la mano para acariciar la mejilla del chico, pero éste retrocede con un movimiento brusco. El barrendero sonríe disculpándose.
        - A mí me parece, a pesar de todo -dice con voz ronca-, que en realidad sólo conoces una historia, hijo mío, sólo la historia del centésimo príncipe que es capaz de resolver el enigma, pero no la de los noventa y nueve anteriores a él, que perecen porque no lo consiguen. Y casi todas sus historias terminan aquí, en esta calle.
        El viejo vuelve la cabeza y mira a lo lejos, donde confluyen en un punto las hileras de casas.
        - De todos los que vinieron aquí no he visto a ninguno que alcanzase el otro extremo, pues la carretera crece bajo sus pasos y se vuelve más larga cuanto más camino recorren. Por eso todos se quedan finalmente donde están en ese momento, en esta casa o en aquélla y se instalan y viven con las consoladoras mientras viven.
        - ¿Tú también? -pregunta el chico, asustado.
        El barrendero no da ninguna respuesta. Ríe o tose brevemente como si algo se rasgase y dice al cabo de un rato:
        - Pero en realidad esta calle es muy corta. A lo sumo tan larga como una vida. Al fin y al cabo, yo lo tengo que saber.
        En ese momento el chico siente sobre su hombro, pesada como una sombra, la zarpa del genio. Quiere volverse, pero el genio le sujeta la cabeza y gira su cara hacia la dirección de la que han venido ambos. Allí aparece, muy lejos todavía, una figura. Como una marioneta manejada por manos inexpertas, camina calle abajo dando traspiés, se le doblan las rodillas, recupera el equilibrio y prosigue su marcha vacilante. De cuando en cuando se apoya, inclinada hacia adelante, con la mano contra la pared de una casa y permanece así como tomando aliento. Aunque su camino es cuesta abajo, cada paso parece costarle un gran esfuerzo.
        - ¡Mira, mira! -susurra la voz ronca-, ahí va otro.
        Y de pronto se animan la calle y las casas. Las puertas se abren y aquí y allá también alguna ventana.
        Por todas apartes aparecen mujeres que siguen con la mirada o miran fijamente de frente al recién llegado. Todas se parecen tanto que son como una sola mujer cuya imagen se refleja en una fila interminable de espejos. Esa una, que son todas, lleva un vestido de tela gris carcomido por la putrefacción, que se ciñe a sus miembros delgados y deja al descubierto diminutos pechos con pezones largos como de animal. Pelo grisáceo rodea como humo la cabeza y los hombros, y en la carne blanca como la cal la boca parece una gran herida negra.
        La figura tambaleante se ha acercado y ahora puede verse que es un hombre vestido con el informe y plateado traje de astronauta. Sólo parece haber tirado o perdido el casco. El pelo incoloro y ralo está despeinado. Los ojos sin pestañas están enrojecidos y la cara está como hinchada con una sonrisa estúpida. Cuando descubre en medio de la calle al grupo de los tres que esperan, se detiene indeciso. Alza su mano, luego se cae al suelo y se queda tumbado boca abajo.
        El chico quiere correr hacia él, pero entonces siente que le agarra fría como una pesadilla la zarpa del genio.
        - ¡Ahora no! -suena el fragor de la voz arbórea-. ¡Calla y presta atención!
        Una de las mujeres se dirige hacia el caído, le vuelve boca arriba y contempla su cara manchada por el lodo de la calle y que todavía muestra la sonrisa gratuita. Despacio sale de su boca una delgada lengua negra. Se lame los labios, que parecen sangre coagulada. El hombre descubre encima de sí la cara, y sin que desaparezca de sus labios la sonrisa, surge lentamente en sus ojos la expresión del espanto.
        - ¿Quién eres? -pregunta.
        La mujer sonríe, sus ojos brillan lascivos. Se pone en cuclillas a su lado y descansa la cabeza de él en su regazo. Uñas de plata negra se deslizan cariñosas y crueles por su pelo. El hombre gime:
        - ¿Eres muda? ¿Qué estás haciendo? ¡Déjame!
        - Sí -susurra ella y sigue espulgándole-, soy muda.
        El hombre la deja hacer, incapaz de defenferse. En su frente hay sudor.
        - Y yo -murmura- soy ciego.
        - Nadie lo diría.
        - No, no así. No son los ojos.
        - En mi caso tampoco es la boca la que está muda.
        El hombre trata de incorporarse.
        - ¿Qué haces conmigo? ¡Suéltame! Quiero irme -pero ella le empuja hacia atrás y él cede ya a medias por su propia voluntad.
        - Has llegado -le dice al oído-, has llegado por fin. Lo puedes notar porque está desapareciendo el dolor.
        El hombre cierra los ojos y respira de forma profunda y entrecortada, suena como un sollozo ahogado.
        - Me engañas. Pero ya no me importa por qué. Todo es un gran engaño.
        - Eso lo dicen todos los que vienen aquí -susurra la mujer-. Estás aquí por primera vez, ¿verdad? Pero eres como todos. Te has engañado a ti mismo y por eso crees ahora que yo también te engaño. Pero te diré la verdad. ¿Crees que importa algo que aún sigas arrastrándote un día, un año o cien años luz? Nada cambiará. Ya no llegarás más lejos, por mucho que camines. ¿Para qué quieres irte entonces? Quédate conmigo, yo te reconfortaré, ya verás.
        El astronauta la mira fijamente sin verla.
        - No te conozco. ¿Quién eres?
        - Puesto que tú eres como todos, yo soy como todas -contesta ella, y su risa leve suena como gritos lejanos-. Y por eso te dejarás ayudar por mí.
        Durante un rato el hombre sacude la cabeza como un enfermo de fiebre. Bajo el juego que realizan en su pelo los dedos expertos de la mujer se tranquiliza poco a poco. Su cara hinchada todavía con esa sonrisa estúpida se ha vuelto casi tan blanca como la de ella. Si no respirara convulsivamente de cuando en cuando, se diría que está muerto.
        El chico siente escalofríos.
        - ¿Qué le está haciendo? ¿Le ayudará de verdad?
        Mira hacia el genio, pero en su lugar contesta el barrendero:
        - Sí, a su manera, muchacho. Es una consoladora. ¡Fíjate en sus dedos! ¡Ella le quita el dolor! Él dejará de padecerlo y ella se sacia con él. Por poco tiempo, en todo caso. Al final él no será nadie.
        El hombre yace completamente quieto. Sus ojos buscan los del niño. Sus labios sonrientes permanecen firmemente cerrados, sin embargo el chico oye la voz del hombre:
        - Yo he buscado el paraíso.
        Después se produce un largo silencio y el chico no oye más que el sonido de su propio corazón. Finalmente la puta susurra:
        - Naturalmente, no lo encontraste porque no existe. Y ahora has perdido toda esperanza, ¿no es así?
        El hombre retiene la mirada del niño con la suya. Su voz suena indiferente de tanta desdicha.
        - Si no lo hubiese encontrado, no habría perdido nunca la esperanza.
        Las uñas plateadas negras peinan y peinan su pelo.
        - ¡Habla ya! ¡Cuéntame todo!
        Y el chico, encerrado todavía en la mirada del hombre como en una trampa, oye cómo la voz de éste dice:
        - Hubiese seguido buscando hasta el final de mi vida. Y hubiese muerto feliz sin dudar nunca de que en alguna parte existe un lugar donde todo es hermoso y perfecto. Y habría aprobado que nadie lo pudiese encontrar.
        La voz de la consoladora es suave como la mordedura de una sanguijuela.
        - ¿Por qué lo buscabas entonces?
        Como si éste hubiese preguntado, el hombre contesta al chico:
        - Era la nostalgia, y era tan grande que no tuve otra elección. No me importaba entrar en él. Sólo quería echar una mirada a la belleza perfecta. La certeza de que existía me hubiese bastado para toda la eternidad.
        - Pero por fin has encontrado el paraíso -susurra la puta y sigue hurgando en su pelo-. Te han dejado entrar, ¿verdad?
        El hombre se levanta tan bruscamente que la mujer retrocede asustada, pero su voz sigue siendo aún fría e indiferente.
        - En medio del espacio -dice dirigiéndose hacia la gran mirada del niño- existe un muro anular de gravedad impenetrable. Sobre la puerta están grabadas las palabras Jardín del Edén. Toqué los barrotes del portón cerrado y se deshicieron bajo mis manos convirtiéndose en herrumbre y putrefacción. Atravesé la puerta y vi ante mí un paisaje interminable de ceniza y escoria y en el centro un gigantesco árbol petrificado que clavaba sus ramas en el cielo negro. Y mientras seguía allí mirando se movió algo junto a mí, y de un agujero negro del suelo salió un ser como una araña gigante. Sólo pude distinguir que estaba espantosamente reseco y viejo y que arratraba detrás de sí unas alas gigantescas. Y aquel ser avanzaba gritando sin cesar: ¡Volved! ¡Volved, humanos! Y se arrancaba puñados de plumas y me las arrojaba. Yo retrocedí, entonces empezó a gritar y reír y siguió gritando: ¡Si ya no queda nadie excepto yo! ¡Estoy solo, solo, solo! Entonces huí, no sé cómo ni a dónde, si fue sólo una hora o mil años.
        El hombre se queda sentado sin moverse, con las piernas estiradas y todavía con la misma sonrisa maligna en su cara, pero ahora mira ante sí al suelo y libera al chico de su mirada. Y de nuevo se produce un silencio, tan definitivo como si hubiese desaparecido todo el sonido del mundo. Pero entonces, cuando el muchacho cree que ya no puede respirar, la consoladora dice:
        - ¡Ven! Puedo hacer que olvides tu añoranza para siempre. Entonces dejarás de sufrir.
        El hombre se pone de pie, ella le coge de la mano y se dirige con él hacia la puerta. En ese momento el chico se suelta del genio y se interpone en su camino.
        - ¡No puedes hacer eso! -exclama furioso-. No puedes olvidar tu añoranza. ¡Ella te lo arrebata todo! Te arrebata de ti a ti mismo.
        De pronto el niño siente la dura mano del hombre en su mejilla y se tambalea hacia atrás. El hombre le ha pegado.
        - Déjale -dice la mujer gris-, el niño no sabe. Todavía no.
        Y tira del hombre hacia la casa.
        - No debe olvidarlo -balbucea el chico-, si no se habrá perdido el paraíso para siempre... -y por fin terminan por saltársele las lágrimas.
        El barrendero parece haber encontrado algo en el arroyo. Es un aro de oro, grande como una corona. Lo recoge y mientras lo gira entre sus manos dice:
        - Sí, pequeño, es tu primera lección. Y todo lo malo empieza con el olvido de una añoranza.
        - Pero ¿por qué me ha pegado?
        El viejo no contesta. Gira y gira el aro.
        - ¡Eh, barrendero! -grita una de las mujeres grises-, ¿qué tienes ahí?
        - Parece una corona -murmura el viejo-. Algún pobre diablo la habrá perdido o tirado. Aquí todos se vuelven irreconocibles.
        La mujer extiende la mano, pero sin acercarse.
        - ¡Dámela! ¡Dámela! -suplica.
        El viejo sacude la cabeza.
        - No puedo hacerlo. Y tú lo sabes de sobra.
        - ¿Y tú? ¿Qué harás con ella?
        - Creo que se la llevaré a mi mujer.
        - ¡Vaya! ¿Hasta tú tienes una mujer? ¡Qué cosas! ¿Es bonita?
        Las otras mujeres sofocan unas risitas, suenan como silbidos de ratas. El viejo gris se deja impresionar.
        - Con la corona sí, creo -dice con voz ronca.
        - ¿No tienes miedo? -pregunta otra consoladora-. Nuestra reina ha ordenado que le sean llevados todos los objetos perdidos. No le gustan las bromas, viejo.
        El barrendero guiña los ojos y tose o ríe un poco confuso.
        - Si prometes no delatarme, te confiaré un secreto, guapa.
        - Bueno, lo prometo.
        - Vuestra reina -dice el barrendero despacio- es mi mujer.
        De repente la calle está tan vacía de consoladoras como lo estaba al principio. Todas las puertas y ventanas están cerradas. El viejo gris cuelga la corona de su escoba y se la echa al hombro. Se despide del chico con un movimiento de cabeza, se lleva los dedos a la visera de la gorra y su color gris desaparece en el gris de las paredes de las casas.
        El chico dirige una mirada interrogativa hacia el genio.
        - ¿Era el verdadero paraíso lo que encontró el hombre?
        - Qué sé yo -responde la voz broncínea-, ¿por qué me lo preguntas a mí?
        De la casa en que ha desaparecido el astronauta con la consoladora suena el largo y áspero aullido de perro que se desvanece desconsolado y atormentado en el aire vidrioso. El chico escucha con cara pálida, sólo en su mejilla reluce aún, encarnada, la marca de la mano.
        La zarpa escamosa del genio vuelve a coger cuidadosamente la mano infantil.
        - Ven, pequeño. Tu primera clase ha terminado.
        Cuando ya han caminado un buen trecho calle arriba, el niño se detiene de nuevo y mira hacia atrás.
        - ¿Es verdad lo que dijo el barrendero? ¿Que todo lo malo comienza con el olvido de una añoranza?
        - Comienza antes -contesta el genio-, comienza siempre con una esperanza perdida - y más tarde, mucho más tarde, cuando el chico ya piensa en los juegos que jugará pronto, el genio, que ya hace tiempo está otra vez solo y encerrado en su torre de hielo, murmura una vez más-: Nadie es capaz de calcular a qué extremos puede uno llegar cuando ha perdido la esperanza...


Michael Ende
El espejo en el espejo

miércoles, agosto 13

"LOS ÁNGELES DE HUESO" DE MARCIO VELOZ MAGGIOLO por Efraim Castillo

PARA MARCIO VELOZ MAGGIOLO EN SU CUMPLEAÑOS
13 de agosto de 2014 a la(s) 9:02

 
Marcio Veloz Maggiolo
Por Efraím Castillo

LOS PRODUCTORES CULTURALES emergidos a partir de los comienzos de la década
del 60, sobre todo después de la muerte de Trujillo, guardan cierta relación
lógica con los brotados durante la década anterior, la del 50. Esta relación,
conectada con el movimiento beat norteamericano, Kerouac, Burroughs, Ginsberg, Corso, MacClure, Diane di Prima, Diane Wakoski, etc., y con el existencialismo europeo, Sartre, Beauvoir, Camus, etc., tiene como punto de referencia la trampa de la dictadura y la imposibilidad del productor mimético de expresarse libremente.

Hasta la fecha se ha hablado en abundancia del Movimiento Postumista, expresado filosóficamente por Andrés Avelino, de la Poesía Sorprendida, un intento de los
rapsodas dominicanos de producir una poética universal, pero sin un soporte
filosófico básico, de la Generación del´48, los amagos de una juventud para demostrar algo sin saber cómo, de la que yo denominé Generación maldita del 60, así como de la Generación de Posguerra, la más compacta y tecnificada de todas; pero nada, absolutamente nada, se ha dicho de la Entregeneración del 50, quizás la más atrapada de todas entre la incertidumbre de lo que fue su presente y el miedo a lo que sería su futuro.

Esa entregeneración estaba constituida por productores miméticos cuyas edades no alcanzaron para integrarse a la del 48, comenzando sus creaciones a aflorar en el primer lustro de los 50’s. Hay que registrar que la riqueza de esa producción se nutrió del renacimiento de las bellas artes del país, que arrancó a finales de los años 30’s, cuando la dictadura, en la búsqueda de la conformación de un arte vinculado fundamentalmente a la esencia de lo dominicano, aprovechó la intranquilidad despertada por las ideologías fascistas a una intelligentsia europea vinculada a los
movimientos estéticos de vanguardia, y se movió para, permitiendo inclusive
desafectos a las opresivas tiranías, recibir una parte de ella.

La noción de los ideólogos del régimen tenía, anexada a la teoría del desarrollo
intelectual, la de un mejoramiento racial, y aprovecharon la Conferencia de Évian de
1938 para comunicar al representante del país allí que el Gobierno Dominicano
se comprometía a aceptar hasta cien mil refugiados de guerra. Por una iniciativa del entonces presidente de los EE.UU., Franklin Delano Roosevelt, el problema de la persecución judía por parte del gobierno nazi de Alemania se discutió en esta conferencia, que duró nueve días, desde el 6 al 15 de julio.

República Dominicana fue uno de los treinta y dos países que asistieron a la misma.

De los exiliados llegados al país antes de finalizar la década del treinta, se
encontraban George Hausdorf, pintor y profesor de arte judío alemán, que huía
de los nazis, y José Vela Zanetti, pintor y muralista español que participó en el
éxodo de más de medio millón de españoles republicanos  que cruzaron sus fronteras para escapar de Franco y el Opus Dei.

Algunos meses y años después arribaron al país el austríaco Ernest Lothar, pintor,
dibujante e ilustrador; los españoles Eugenio Fernández Granell, pintor, escritor y músico; Josep Gausachs, pintor; Antonio Prats Ventós, pintor y escultor; Manolo Pascual, dibujante, escritor y escultor; Ángel Botello Barros, dibujante y pintor; Francisco Vázquez Díaz (Compostela), escultor; Alfonso Vila (Juan Bautista Acher, Shum), dibujante y pintor; Francisco Rivero Gil, dibujante y muralista; Joan
Junyer, pintor y escultor; José Alloza, dibujante y cartelista; Antonio Bernard
(Toni), Víctor García (Ximpa) y Blas, caricaturistas; Mateo Fernández de Soto, escultor; Miguel Marinas, pintor; Luis Soto, escultor; Guillermo Dorado, broncista; Oliva Viforcos (Oliva) y Miguel Anglada, fotógrafos, entre otros.

Pero en ese exilio de artistas, también llegó Manuel Valldeperes, quien creó entre nosotros una conciencia crítica del arte a través de sus comentarios y ensayos publicados en el diario El Caribe, desapasionando los conceptos aferrados al amiguismo y otras pasiones que protagonizaban —y que, desgraciadamente, aún persisten, aunque en menor escala— las reflexiones sobre el discurso estético.

En aquel exilio republicano llegó, además, María Ugarte, organizadora de la investigación histórica adscrita al arte y luego y responsable, en 1948, de sustentar la generación de productores miméticos designada con ese año. En esa misma fecha arribaron el pintor y escultor húngaro Joseph Fulop, y su esposa, la también pintora alemana Mounia L. André, integrándose a una década que, verdaderamente, estructuró la mezcla creativa que marcó el desarrollo del arte en República Dominicana, propiciando la base sustantiva de la Entregeneración del 50, porque fue en esa década donde los alumnos de aquella inmigración comenzaron a caminar con pasos propios.

El porqué de la entregeneración del 50.

Es preciso apuntar que la Entregeneración del 50 había nacido muy pocos años antes y muy pocos después de instaurada la dictadura (aproximadamente entre los años 1930 y 1936) y, por lo tanto, sus componentes no fueron afectados por los movimientos estéticos de la Poesía Sorprendida y la Generación del 48, grupos éstos que no fueron afectados o sellados por los primeros síntomas de debilitamiento del trujillismo: los movimientos libertarios de la juventud socialista, la resaca moral del desembarco guerrillero por la playa de Luperón, el expediente Anselmo Paulino, la bancarrota ocasionada por el desafuero de la Feria de la Paz y las expediciones guerrilleras por Maimón, Constanza y Estero Hondo. Los componentes de la Poesía Sorprendida y la Generación del 48, cuyo grueso había nacido antes de instaurarse Trujillo en el poder, no se sentían propiciadores de una producción social en virtud de que eran ajenos —salvo dos o tres, entre los que se encontraban Pedro Mir y Juan Bosch— a la lectura de lo coyuntural, en tanto relación dialéctica entre explotados y explotadores, ni habían asimilado completamente el renacimiento estético de los años 40’s, emanado desde los exiliados europeos.

Veloz Maggiolo y la entregeneración del 50.

Pero, ¿por qué saco todo esto a colación? Sencillamente porque Marcio Veloz Maggiolo es el máximo representante de esta Entregeneración del 50, y a quien jamás debería llamársele —como se le ha llamado— un productor tardío respecto a la Generación del 48, o un adelantado respecto a la Generación maldita del 60.

Esto así, porque mientras la Generación del 48 diluía su producción cultural en una búsqueda febril que no los identificara con la Poesía Sorprendida, los productores culturales emergidos a partir de los 50’s sintieron los latigazos sociales de la resaca de Luperón y las primeras escisiones de la dictadura, asistiendo a las caídas de Stalin, Perón, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez y Batista.

La estructura dictatorial, para el productor cultural nacional, se caía a pedazos sin poder decirlo, por lo que sus rencillas y gritos interiores debían conservarlos en su interior. Entonces, el signo-objeto, el representamem de la protesta tenía que ser evacuado a partir de una euforia metafórica, o mediante nociones donde debía estructurarse un mundo por el que nada se podía hacer, salvo esperar la muerte.

La literatura producida en este estadio habría que estudiarla y clasificarla por géneros, desmontando los símbolos y resortes marginales que propiciaban la comunicación existencial de sus integrantes, ligando el resultado de la investigación a los fenómenos que produjeron la Generación maldita del 60, a la que he llamado así en virtud de que fue liberada a tiempo de la frustración total por la muerte violenta a que fue sometido Trujillo, en 1961, y por los sueños redentores construidos alrededor de la revolución cubana.

La edad de Marcio Veloz Maggiolo, que en algunas notas biográficas aparece como nacido en 1932, y otras en el 36 —fecha ésta que tomaré como válida—, era de apenas catorce años cuando repuntaba con mayor vigor la Generación  del 48, por lo que hay que suponer que no contaba con edad suficiente para ser un lector u oidor cabal de los productos miméticos impresos en las páginas del diario El Caribe, sin lugar a dudas el promotor de aquel grupo, ni mucho menos observador desde una butaca cercana al proscenio de lo que ocurría en aquel teatro, cuyos objetos resultantes adolecieron de una profunda relación social y, por lo tanto, de alientos comprometidos con lo histórico.

Es decir, que Veloz Maggiolo, conducido al escenario cultural de la mano del poeta y crítico Antonio Fernández Spencer, no pudo retrasarse respecto al 48, ni tampoco ser un adelantado respecto al 60. Lo mismo podría decirse del dramaturgo Franklyn Domínguez, otro de los integrantes de esa entregeneración junto a Silvano Lora, Papo Peña Defilló, Tete Robiou, Ramón Emilio Reyes y Carlos Esteban Deive, entre otros. Inclusive, a muchos de los que ingresaron a la llamada Generación del 48 en sus postrimerías habría que cuestionarlos respecto a si el tema de sus trabajos respondió a la estructura de los objetos simbólicos utilizados por aquel movimiento.

El mea culpa, tuétano vital de la interiorización en la Entregeneración  del 50 y la Generación maldita del 60.

Pero si bien el movimiento beatnik norteamericano y el existencialismo europeo fueron los grandes selladores de la Entregeneración del 50, en la Generación maldita del 60 el sello vital lo depositó Neruda y su poética, y luego de su llegada al país Pedro Mir —esta impronta ya la había señalado en mi trabajo sobre Diógenes Céspedes—, sobre todo en los productores de objetos poéticos: Alfonseca, Del Risco, Miller, Coiscou, Ayuso, Lockward, Dotel, etc., imposibilitándose el acceso a esta influencia a los dramaturgos y narradores, entre los que me encontraba yo.

No estaría de más apuntar que los productores literarios y pictóricos que se agruparon o continuaron solos más allá del 1965, y que pertenecieron a la Entregeneración del 50 y a la Generación maldita del 60, se consideraron a sí mismos como supervivientes, como residuos de una catástrofe que sepultó lo mejor del humanismo nacional, y es desde esa vertiente que se necesita rebuscar en el archivo histórico las causas de la interiorización, de lo beat —ese sentimiento de "golpeo"—, de las lágrimas y del existencialismo.

Es bueno apuntar que los productores culturales latinoamericanos lanzados editorialmente como el "boom", lograron estimular esa interiorización, sobre todo desde aquellos productores que, como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Juan carlos Onetti, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, habían sentido también la misma frustración que encadena e implosiona en el ser humano que habita las dictaduras.

La esponja abierta —signo de aquella joven intelligentsia— quería absorber todo
aquello que la identificara con la libertad.

Veloz Maggiolo, así, produjo luego de la Revolución de Abril de 1965 una novela corta
en que el mea culpa es una presencia que se sitúa como un claro ejemplo del mortificador-mortificado.

El existencialismo: un adiós a la locura.

Pero en “Los Ángeles de Hueso", Veloz Maggiolo enfrenta lo insular (los tiburones, el mar, la colonización, el no-escape a la prisión de agua) a lo ideológico, con una función poética en que la prosa rebasa los propios límites del poema, internándose en lo épico, algo reservado a lo referencial, a lo fáctico. Este trasborde del lirismo en función narrativa, estructurado exclusivamente para apoyar un desfase del ritmo, llega a excluir de la comprensión del texto la interiorización del sujeto en provecho de la circunstancia ideológica. Así, el yo-narrante que maldice su propio yo, se torna en Juan, en la sangre de Juan, en los dientes de Juan; todo a través del mea culpa, de la canallada de haber supervivido, de haberse negado a emprender el rumbo de las montañas, de esa guerrilla a la que estudié en mi novela “Diario de una sanguijuela” y que, al publicarla, bauticé como “Guerrilla nuestra de cada día”.

Es por todo esto que "Los Ángeles de Hueso" constituye el "adiós" al existencialismo, no sólo de Marcio Veloz Maggiolo, sino de las generaciones comprendidas entre las décadas del 50 y 60, y la entrada a una zona de productividad cultural en que lo sociológico, como regulador de los fenómenos imbricados en lo histórico, constituyó el proponente traumático por excelencia.

Estructura de "Los Ángeles de Hueso"

Aunque con una extensión de algo más de 30 mil palabras, divididas a su vez en 15 capítulos de reducida extensión, "Los Ángeles de Hueso" es una novela muy densa, no sólo por el rol protagónico alcanzado por la función poética, sino porque la narración, en un evocador flujo de la conciencia,  logra niveles  discursivos de verdadera maestría, y en donde lo comunicante, a pesar del apretado simbolismo, no se subvierte en lo metafórico.

Es preciso señalar que la disyunción espacial queda sujeta en "Los Ángeles de Hueso” al remarque de los atosigamientos que en ese constante monólogo interior alberga
el yo-narrante. Así, las isotopías, que a veces se referencian montadas en símbolos, se rompen, subvirtiéndose en unidades significantes y rítmicas, plenas de evocación. Y es que la incoherencia en ese flujo de la conciencia, a veces cargado de una clara referencia steiniana ("A la sombra de los tiburones en flor, a la sombra en flor de los tiburones, a la sombra en tiburones de la flor, a la flor en sombra de los tiburones, a la de los tiburones sombra en flor" (página 56 de la edición de la Editora Arte y Cine, 1967), es el motor imbricante para determinar que, ante una ausencia de anécdota en el discurso, la cohesión de las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas se establecieran como reiteración y lirismo.

Lo ideológico en "Los Ángeles de Hueso"

Definitivamente, no podría asegurarse que se cuele ninguna ideología a través del monólogo interior de "Los Ángeles de Hueso". El tejido, ilógico, evade esa responsabilidad, como el de la poesía sustentada en tropos, cuya transferencia articula un metalenguaje. Sin embargo, en el texto se cuela una cierta apoyatura ideológica a través del personaje Juan, hermano del yo que narra, muerto en un alzamiento guerrillero en Las Manaclas, que lo convierte en el símbolo explícito de una santidad que la organización discursiva reitera excesivamente. Este Juan,
objeto resultante del representamem épico, se relaciona intencionadamente con una ideología del que es su interpretante, por lo que podría asimilarse que todo el contrasentido e incoherencia del monólogo es una excusa para enfrentar lo contradictorio, el enfrentamiento contra la propia ideología. Desde luego, cualquier disquisición ejecutada a través del tejido textual podría caer en la especulación; pero las figuras y atajos son tentadores y la red simbólica demasiado excitante.

Como sea, Veloz Maggiolo, de la mano de Joyce (presente en los flujos de la conciencia, o soliloquios, así como en la eflorescencia lírica), Borges, Gertrude  Stein, Rulfo, Sartre, Camus y Faulkner, ha estructurado un texto discursivo en el que su autor transparenta, no sólo su proyecto antropológico —hoy ampliamente cumplido—, sino su repulsa a la sustitución del hombre por la máquina ("Le duelen los hilos de la tela porque la máquina que los hizo sustituyó a catorce obreros en una fábrica manual, de la calle Hernando Gorjón" (página 15 de la edición de 1967), y a la falsedad de nuestra historia ("...amó esta tierra más que muchos aunque no a sus indios, a los cuales les lanzó perros hambrientos en el Valle de la Vega Real", página 25).

Resumen.
Escrita después, un poco después de la Revolución de abril, "Los Ángeles de Hueso" constituye un punto obligado de referencia en la novelística nacional. Aunque en un estilo ecléctico, en el que sobresale ese nexo con las literaturas beat y existencialista y del llamado “boom”, el texto de Veloz Maggiolo podría extender su vigencia mucho más allá que el de otras novelas, que rebuscando en los estilos olvidaron lo esencial: los enfrentamientos, las luchas constantes, las mutaciones perennes entre los contrarios, los cuales determinan lo social y, por ende, lo que trasciende la historia.

La Noticia. Lectura del domingo, Julio

7, 1982.

viernes, agosto 8

Sobre música de calle. Ivan García Guerra


"Sí. Gran cantidad de la música selecta que fue rechazada en el momento de su creación, al igual que otras disciplinas artísticas, literarias y hasta filosóficas, hoy en día constituyen ejemplos y objetos de esparcimiento y placer. Pero, cuidado, no todas ellas. La mayoría pasó al olvido años, meses, semanas días después. Hoy ha desaparecido por completo. Sólo permanecen las que lograron trascender la mediocridad.
No me gustan varios géneros actuales, los oigo porque no voy a taparme las orejas; pero no los escucho, y no me desespero porque estoy consciente de que más temprano que tarde perecerán sin dejar mucha huella.
Lo reconozco, no tengo conocimiento suficiente para atacarlos o defenderlos, pero considero que el simple hecho de ser llamados “populares” no les da permiso de permanencia e ineludiblemente se desvanecerán en el vacío, si no logran superar la insignificancia y el desconocimiento de su propio medio.
Esto aparte de que considero que la simple enumeración de problemas sociales y vicios que proclaman ser su gracia, sin ofrecer alternativas o soluciones, los convierten en patrocinadores de los males humanos.
La publicidad de lo que sea puede ayudar o perjudicar, y por ello hay que ejercer el sentido común para cuidarse de no hacer parecer normal lo que no lo es.
El resultado de este estilo de manifestación no es una protesta. Induce a la aceptación y disfrute de lo que debe rechazarse y erradicarse.
No me vengan con cuentos. Dense cuenta de que solamente le están siguiendo el juego a los que desean que permanezcan satisfechos del lodo. Creo que todos sabemos que la mierda existe; pero pretender convertirla en arte y guía sería una acción muy pedestre, además de perjudicial y hedionda".

Iván García Guerra

Sobre el Tema de la Música de Calle.

¿Estoy equivocado, o alguna gente que conozco plantea, entre líneas, que porque el dembow sale de los estratos sociales más bajos, en tanto éstos son víctimas de una sociedad desigual, se justifica y merece reconocimiento? En otras palabras, ¿ya (en tanto que esa cosa pretende ser "música") no hay patrones establecidos para emitir juicios de calidad, en términos estrictamente musicales? Y en cuanto a la "lírica", ¿la laxitud que ha llegado a tener el tejido social permite aceptar como bueno y válido que cualquier tema en que predomine el lenguaje soez, insultante para la mujer, que pondere la droga y cualquier otra fechoría se tenga como "creación musical" y se vea con buenos ojos su difusión, solo porque "viene de abajo", y es creado por aquellos a quienes no les prestamos atención y llegaron a ser eso?

Eduardo Díaz Guerra

martes, agosto 5

Décimas a los Moquete

Bienvenida Moquete de Mateo quien reúne dos características únicas: comentarista
de deportes y decimera. En el pasado dio vida a La Esperanza, en el programa radial AMALGAMA
DEPORTIVA; su hermano Gabriel Moquete, tan bueno haciendo décimas históricas,
de la naturaleza o infantiles, siempre didácticas pero antes divertidas, que le llamamos
El General Decimero y yo, Leibi NG. Un honor estar con ellos.


Yo saludo a estos esteños
compañeros de región
hondo desde el corazón,
con alborozo, risueño.
Y quiero con mucho empeño
decirles a los presentes
el por qué, hacia estas gentes
tengo aprecio a borbotones:
fue que sus composiciones
fueron mis primeras fuentes.

Allí hube de beber
primicias de ritmo y rima;
y así, mi “ópera prima”,
surgió de su proceder.
Me dio por obedecer
lo dulce de la armonía;
la angélica melodía 
que brotaba de sus versos,
y que con grandes esfuerzos
yo escuchaba al mediodía.

Eso fue por los sesenta.
en el Miches de esos días
solo diez radios había
si no saco mal la cuenta.
Había que sufrir la afrenta
de arrimarse a algún portón.
pero después del concón,
aunque nos dieran dolores,
La Amalgama de Colores
era santa devoción.

Max Reynoso era un portento.
yo casi su adorador.
Su más fiel admirador 
a toda hora y momento.
Esto no es un puro cuento:
Es asunto ya de historia.
En ese rato de euforia
que el hombre me hacía pasar
yo llegaba hasta a dudar
estar bien de la memoria.

Es que eran tiempos sencillos,
sin tv ni celular;
de Internet no se oía hablar;
era un mundo en calzoncillos.
De noche solo los grillos
se escuchaban por doquier
nadie lo venía a joder
con un perreo estridente
ni su casa tenía en frente
motoconchos de alquiler.

Pues en esos días de gozo 
y en el programa mentado
yo escuchaba embelesado,
junto con los otros mozos, 
cómo subía el alborozo
entre todos los oyentes
al momento en que ¡presentes!
decían los decimeros:
genuinos, grandes copleros,
atinados y elocuentes.

De ese grupo, La Esperanza,
yo recuerdo en especial;
como ella, quería volar, 
pero no tenía confianza.
al tiempo, obtuve templanza
oyendo su verde canto 
y el entusiasmo fue tanto,
por su pasión al cantar,
que empecé yo a improvisar
ya curado del espanto.

Después del tiempo correr
me enteré de buena fuente
que La Esperanza valiente
era Moquete y mujer.
También vine yo a saber,
por el mismo calilón,
que fueron todos, y son,
la mismita cofradía,
y que cualquiera escribía,
si llegaba la ocasión.

Por eso yo cuando oí
de este convite en su honor
me forré de gran valor
y a mi ser obedecí.
Ahí mismo dije sí
es la ocasión esperada.
ya no más gana aguantada
de rendir mi pleitesía
a quienes lejos, un día,
incitaron mi arrancada.

Así que no he de perder
lo oportuno del momento
para, mi agradecimiento,
venirles aquí a ofrecer.
a decirles el placer
que me dieron por paquete
y que en este palacete
hoy me obliga a intervenir
para al fin poder decir:
Yo te agradezco, Moquete.

©Sélvido Candelaria

domingo, agosto 3

Prier our the Lord to day por Federico Jovine Bermúdez

A Tony Raful, Luis Carvajal, Cesar Sánchez Beras. Nexcy Carvajal, Leibi Ng y Analie Trinidad, 




Padre Nuestro que vives en los Estados Unidos,
bien publicitado sea tu nombre,
vénganos a tu Reino
y hágase Tu voluntad
aquí en mi Patria como en todas las tierras americanas.
El dólar nuestro de cada día
dánoslo hoy sin que caigas
en la tentación de eliminarnos
porque seamos opuestos a las torturas
que aplican tus soldados
a quienes nunca les perdonaremos
que quisieron destruirnos
al intentar deslumbrarnos con el American Way of Life
con el que violaron nuestro suelo en el 1916 y en 1965.

Es por eso que nace esta oración
a intención de todos los seres que han sido humillados por tu patria
que desde los mismos inicios de su historia nos condenan a la muerte
en el nombre de Bush Padre, de Busch Hijo y del Espíritu no tan Santo
de este pobre Obama que ordena que los gringos ofrenden nuestra sangre
en el altar de Baal hasta el final de los siglos…


Amén.

© Federico Jovine Bermúdez

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...