lunes, julio 28

Un poeta llamado César Sánchez Beras

César Sánchez Beras
“Me han dicho en mi cara que el decimista no es poeta y eso es algo absurdo”.

Luis Beiro

César Sánchez Beras es otro escritor dominicano que emigró con éxito a los Estados Unidos, en su caso, a la ciudad de Lawrence. Su obra ha sido reconocida en ese país y se ha traducido al inglés en ediciones que circulan y llaman la atención.

En su patria, ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Literatura, uno en poesía y otra en literatura para niños. Alfaguara Santo Domingo le reeditó “El sapito azul”, el poemario que mereció la segunda distinción. Ese sello del Grupo Santillana también le publicó “Las aventuras de Pez Sabueso y don Delfín”, “Sorpresas de carnaval” y hace pocas semanas “El cemí y el fuego”.

Comenzó escribiendo poesía y décimas hace veinte años y ahora incursiona en la literatura infantil. ¿A qué se debe ese cambio?
Empecé escribiendo poesía en versos blancos. Llegué a la décima por elección personal, para acercarme a la identidad dominicana y a su poder de convocatoria sobre nuestras raíces de pueblo insular.

La literatura infantil me ha permitido llegar a un lector masivo, que son los niños y niñas de escuelas públicas y privadas. Es decir, tengo en la literatura infantil lo mismo que quise de la décima, pero con la bendición de acercarme a un lector que empieza y focalizar su lectura hacia los temas que entiendo son fundamentales.

¿Qué penas y glorias guarda de su decisión de ser escritor en los Estados Unidos?

Aunque me gano la vida como maestro de escuela, no puedo quejarme de las cosas que me han ocurrido en EEUU como escritor. Ha sido traducido por la gran escritora Rhina Espaillat, he sido aceptado en importantes círculos intelectuales. Que me hayan nombrado Poeta Laureado de Cambridge College es una prueba de esa aceptación.

La generación literaria del emigrante es el exilio, o el auto exilio. ¿comparte usted esa reflexión?

La comparto totalmente. Me siento compañero de andanzas de poetas anteriores como Norberto James y de poetas recientes como Jimmy Valdez. El dolor de estar lejos nos hermana y nos acerca. Cuando hablan de la Diáspora dominicana, hablan de un colectivo disímil, heterogéneo, rico y diverso.

¿Qué le cuesta más trabajo escribir, la poesía o la literatura infantil?

Me cuesta lo mismo. Sufro igual el haikú, la fábula, el teatro o el verso libre. Pero a la hora de disfrutar, prefiero escribir la décima espinela.

¿Cómo resolvería el comercio del libro en la República Dominicana?

Creo que el trabajo debe hacerse en la educación básica, primaria e intermedia. Incentivar los niveles de lectura en esos espacios, con libros y autores que hagan conexión con la identidad y los desafíos de esos niveles. Los autores y sus textos deben tener una presencia esencial en las aulas.

¿Considera que la lectura digital ha suplantado al libro físico?

Todavía en Estados Unidos, donde la tecnología es mucho más avanzada, el libro físico tiene una presencia insustituible. No creo que el libro digital sustituirá al físico, estarán en batalla, disminuirá su alcance, pero al final ocurrirá lo mismo: la televisión no ha podido suplantar al teatro. El libro, como lo conocemos, perdurará.

Pocos autores llevan a la literatura nuestros temas autóctonos. ¿Usted cree que se debe a la apatía ante la investigación o por deseos de acabar “rápido” sus obras?

Entiendo que cada quien aborda su realidad desde sus propios espacios creativos y atendiendo sus propias convicciones como individuo. Yo he apostado por asumirme como escritor desde subgéneros que son considerados en desuso como la décima, sonetos, leyendas, haikús y teatro en versos. Las estadísticas me han validado. La crítica premió mis sonetos y mis décimas para niños.

¿Qué lo motivó a escribir “El cemí y el fuego”, su más reciente libro publicado por Alfaguara?

Escribo para que me quieran como afirmaba Lorca. Quería regalarles a mis lectores pequeños un par de leyendas con raíces dominicanas. Leyendas que ellos las entiendan suyas y no traídas por los cabellos desde Europa. Creo que la riqueza de nuestras expresiones autóctonas han sido subutilizadas en la mayoría de los casos. Hay un gran desconocimiento por parte de nuestros jóvenes del periodo histórico, mítico y mágico, que comprende desde los taínos hasta la llegada de los europeos.

¿Cuál es su método para trabajar como maestro, leer, escribir y mantenerse informado sobre la cultura dominicana?

La pasión por mi país, por lo que le ocurre a mi gente, por lo que le espera a la educación de los dominicanos. No me he ido, solo vivo en otro sitio. Cruzo el mar, como si viviera en Los Minas o en Los Alcarrizos. No me he desconectado. Soy esencialmente dominicano, visceralmente dominicano, no importa lo que haga. Me cuesta un poco más de horas de sueño, pero es parte de ser honesto con uno mismo.

En un mundo global, ¿las expresiones autóctonas estarían en peligro de desaparecer?

No solo es un temor, es una preocupación fundamental de mi oficio. Quien no conoce ni aprecia su pasado, no se merece el futuro. Hemos fracasado en el camino de valorar lo nuestro en procura de conocer lo ajeno. Nos desconocemos en el ser mulato y negro, en nuestras tradiciones negras y africanas, en nuestro pasado taíno y en nuestra búsqueda hacia la dominicanidad. Hasta que no entendamos quiénes somos no podremos mejorar ni avanzar.

¿Qué pasaría si esas manifestaciones desaparecieran también de los libros de textos?

Es un crimen de lesa dominicanidad. Hemos asistido al pobre espectáculo de ver cómo se valoran y promueven elementos de otras culturas, en detrimento de la nuestra. Y esto es, incluso, aupado por algunos intelectuales que prefieren lo popular extranjero y no su equivalente criollo. Me han dicho en mi cara que el decimista no es poeta, que la décima no es poesía. Desconociendo que solo hay una poesía -la buena-, no importa el envase estrófico en que venga.

En otros tiempos, en Francia, por ejemplo Víctor Hugo, Balzac, Flaubert y otros grandes escribieron sobre los grandes problemas de su tiempo. En Rusia Tolstoi, Dostoievski, Gorki, Chejov hicieron lo mismo. Hoy, en un mundo donde la cultura populachera se confunde con la artística y literaria, ¿no teme que nuestros autores, influenciados por el mercado, abandonen los grandes temas humanos y sociales?

El tiempo es el juez supremo de las artes. Hay mucho de eso que tú dices, pero hay escritores como Pedro Valdez, Marcio Veloz, Chiqui Vicioso, Ángela Hernández, Adrián Javier, Leopoldo Minaya y muchos otros que no han dado un paso atrás. Que son fieles a su literatura y al poder que ella tiene en sí misma. Aunque se note con mayor claridad en la novelística nuestra, creo que todas las artes nuestras tienen expositores de gran compromiso y valía, y los mercaderes aunque ganen más dinero, son menos y no trascenderán.

 ¿Tendrá el poeta que salir a vender sus libros por los pueblos?

Yo he tenido la bendición de que Alfaguara me ha editado y he llegado a muchos lectores. Pero si al poeta le toca vivir ese momento otra vez, lo haré, y escribiré aunque no se venda, aunque no se lea. Mi compromiso es conmigo y con el oficio. El mercado lo dirigen otros, los que saben de eso.

¿Cree que todavía la literatura dominicana está a punto de salvarse de la mala escritura, la reflexión fácil, la ausencia de poesía y el poco valor al teatro?


Estoy orgulloso de la literatura nuestra. Cuando leo autores y textos de otras latitudes, me convenzo de que estamos en el camino correcto aunque un poco retrasados en el tiempo real. El camino está lleno de piedras y de abrojos, pero no es que nos hayamos equivocado de camino, es solo que tenemos que limpiarlo, dejando el surco más abierto para la semilla de la realización.

Luis Beiro

Ventana, Listín Diario 
Santo Domingo