martes, abril 22

En mi mundo silvestre de sinergias Soni(c) as

Sonia silvestre al lado de Emma Méndez de Bujosa en la recepción que ofreció la embajada de Nicaragua al presidente Daniel ortega en el 1988, tras su arribo al país. Sonia era parte de la Asociación Dominicana de Amistad con Nicaragua. En la foto aparecen algunos miembros junto al presidente Ortega. Además de los mencionados están Chino Bujosa, a la izquierda de Daniel, Lillian Bobea Billini, Juan Durán (Mi Negro), Juana Sánchez, Rosario Graciano, Dominica y otra dama con vestido blanco rameado que nos gustaría que alguien la identifique.
FOTO CORTESÍA DE JOSÉ BUJOSA MIESES.


Conocí a Sonia Silvestre en el momento preciso, en el único lugar previsible en ese entonces, Casa de Teatro. Yo apenas transitaba mi primera quincena de turbulentos años y vivía en ese mundo mágico de duendes espectaculares que hacían de mi media isla un lugar habitable: Freddy Ginebra, Luis Terror Díaz, Rómulo Rivas y Mercedes Díaz junto a mis compañeros del Teatro Estudiantil (mas tarde Gayumba) Puchi Ginebra, Oleka, Teófilo Guerrero, Miguelito Burarelly, Máximo Periche, las hermanas Ducoudray. Era el espacio de“Kalima, Carona Vidriosa” que creamos para que lo habitara “El hombre de la Rata,” para que  el “Extraño Viaje de Simón el Malo” fuese posible. Eran tiempos de confluencia visual, sonora, corporal y existencial.  Todo yacía fuera de sitio, como debía ser en el mundo anarquista que sucedió a la revolución de abril, la cual me salté apenas pisándole los talones, por ser todavía muy joven; buscando “tesoros” en el patio de mi casa en el ensanche Ozama, junto al Dique; entre casquillos de balas y soldados gringos requisando las casas. Pero tú, Sonia ya estabas en el escenario.  Muchos años después, Siete Días con el Pueblo armonizaba ese mundo que queríamos tragarnos como los caballos desbocados de Mishima.
El antiamericanismo del que nos alimentábamos, memorizando las canciones de la Nueva Trova, solo daba espacio para  una Joan Báez y un joven Bob Dylan; aunque confieso haber dejado escabullir a los Zeppelín, Quins y a Grand Funk Railroad por debajo de la puerta contigua al cuarto de mi hermano. También acepte la convivencia entre Abba, The Papas and the Mamas y a su némesis, Alice Couper,  haciendo el amor con su serpiente de un lado de mi cama, mientras Cat Stevens,  Jethro Tull, Gun N’ Roses, Gato Barbieri y Frank Zappa tenían su altar del otro lado del lecho, básicamente por protección de cualquiera de los demonios que llegaran a mi cuarto lleno de pájaros disecados y orquídeas silvestres, maroteados en las tardes que olían a carbón y a Juana la Hedionda, entre los matorrales de Alma Rosa y el Cachón de la Rubia.
En esos días, Sonia abría su Café en la zona colonial y allí acudíamos asiduamente como quien va a misa a cumplir una penitencia, convencida de que sus pecados serán perdonados.  Apenas al doblar, en la calle El Conde Kin Sánchez (para mí siempre kin-kon), me esperaba en La Cafetera, para continuar nuestra conversación sobre Nietzsche, entre episodios de “Mortadelo y Filemón” (después que Kin me introdujo a Mortadelo, los dos pasamos a ser coleccionistas competidores), y  los comentarios sobre la columna de Pedro Peix.  De la mano de Kin Sánchez aprendí donde reposaban los restos del puente Ulises Heureaux, las rarezas escondidas en el panteón con sus adornos de esvásticas; las figuras paganas del zodíaco en el domo del Convento de los Dominicos. De vez en cuando Kin y yo íbamos a la “cueva de las Golondrinas,” una entrada al mar con una semi cúpula que anidaba una bandada estrepitosa de golondrinas viajeras. Allí, a la altura de la pista del go-kart, en Las Américas, estaba el lugar sacrosanto donde nos desnudábamos de malicia para que las olas se llevasen los malos pensamientos.
Ese era el escenario donde de vez en cuando topaba contigo Sonia, en los corredores de nostalgia de esa vieja ciudad empedrada que sobrevivió a Trujillo y a San Zenon. Mis retornos cuasi diarios al Conde tenían también su trayectoria preconcebida, entre el Bar Canadá, La Cafetera, y el Capitolio estrené mis primeros besos, trepidantes, de aquellos cuyos con rostros se me escapan por el momento. De las clases de Inglés en Ives System Institute, en el edificio Copello, un giro  me llevaba hacia el desorden organizado que era la librería de Herrera. Ese era el ritual obligado, antes de ir a parar al bar-restaurant Rossi, a comer camarones mariposas y matar luego el antojo en “los Imperiales”.
La vida oficial transcurría estrepitosamente en la Zona Colonial, lejos de la Cruz de Mendoza, donde estaba mi otro mundo inerte. Entre las visitas asiduas al cine Santomé y al Rialto, donde me esperaban el avispón verde y Batman, a sabiendas de que actuaban gratis para la retahíla de muchachos que entrabamos por la puerta trasera, aprovechando que papi era quien proyectaba las películas. Entre visitas a la sala de proyección nuestra vida se escapaba de la censura, en los recesos involuntarios, mientras esperábamos expectantes y especuladores a que llegara el próximo rollo de la película.  
Esa era la ruta del crecimiento, allí acudía siempre a  matar  fantasmas que concurrían cada tarde.  Sus auras seguían ocupando las mesas de la pizzería Sorrento, aun cuando sus cuerpos se despedían hasta el día siguiente.  Al otro lado del gazebo y la glorieta del parque Independencia, Toni Capellán comenzaba a trazar su pictografía… Era el comienzo del mundo, y yo exploraba el ámbito poético de Norberto James, y Wilfredo Lozano con la Esperanza y el Yunque,  solamente obnubilado por Yelidá, “negra un día sí, y un día no” que abriría en mi una herida profunda que nunca se ha cerrado.
De nuevo en Casa de Teatro, Luis “Aguja,” Miguelito Mañaná y  José Rodríguez convidaban al Delirio de Convite, mientras, entre ratos, yo acudía a las tertulias trotskistas de la Cuarta Internacional con Enriquito de León, Malagón y otros.
Eran años triunfales. René del Risco, ya casado con mi prima Vicky, expandió mi círculo de monstruosidades etéreas y necesidades existenciales de las que solo el mundo rulfiano de Pedro Paramo y la agonía de William Faulkner podrían paradójicamente salvarme del hambre que tenía entonces de tragarme el mundo!
La partida extemporánea de René me hizo consciente de la mortalidad inminente. Por primera vez supe que los sueños si se quiebran, como un golpe agrio del hierro que te rompe el rostro. Para entonces tenía la certeza de la inmortalidad y también de que éramos únicos, pero fue entonces cuando entendí que la muerte nos hace iguales.
Recién cumplidos mis 17 años, mi alma vieja anhelaba reposo. Conocí a Moisés Blanco Genao, también tu amigo, entre las paredes de la catedral y los discursos políticos. Un nuevo capítulo se abría. El teatro quedó atrás, trocado por mi más perenne pasión, la sociología. Entre las reuniones del Núcleo Comunista, las visitas a Fafa y Magali, se fue quedando el mundo mágico que daba paso al realismo político.  Las campanas de solidaridad con Nicaragua y luego con el Salvador, la representación del grupo de jóvenes del Núcleo Comunista en la conferencia en Cuba “Por la moratoria a la deuda internacional, compañeros y compañeras.” Allí detrás del comandante Castro, se morían mis ganas de intercambiar la cordura por la desenfrenada melancolía que crecía como un cáncer silencioso.
Aquello era otro mundo hermana, con algunos resquicios que sin dudas dispensaba entre las Canciones de la Nueva Trova, tu más reciente grabación con Vitico, La Montaña Mágica de Thomas Mann, Los Dublinenses y el Ulises de James Joyce, Herman-Hesse y los dos Guillen. Stendhal, entrelazado con los tres Karls (Popper, Marx y Kautsky), Ernesto Laclau, Antonio Negri, Michel Foucault, H. Lefebvre, Levi Strauss,  Althuser. Aquello era serio, ya sentía el desconcierto que se siente cuando das un giro inesperado en un territorio desconocido.
Sería ahí cuando te perdí de vista Sonia? Entre mis años apresurados y la certeza de que la vida se acabaría algún día? Ni los martes gratis del Capitolio, revisitando a Ken Russel y Lina Wertmuller; a Buñuel y Kinsky, o releyendo a Stanislaw Lem y Arguedas podrían curar la perdida de inocencia. Mientras la otra vida llegaba a borbotones, apaciguando nostalgias e imágenes fantasmagóricas de aquellas tardes que morían melancólicamente entre el desamor, Willy y el deseo.
En este epílogo de vidas entrecruzadas, aquí, aquí en Boston reverbera el eco. Recodando como Incháustegui a la patria en la amplia bandeja del recuerdo, me entero de tu partida, tan icónica como tu vida. Aún siento tu ronca voz de “camino cansado” en el bar de Teresa, donde te reencontré, a pura chepa, como solías decir, el año pasado, gracias a Juan Bolívar y Adita. Yo estaba allí, frente a ti, entre esa brecha de lo que quedó atrás y lo que llegó a ser el presente. Te pedí que cantaras para mi “La muerte nos hace iguales” para saldar un pasado demasiado pesado para llevarlo sola.  Dijiste que no lo tenías en tu repertorio, y que además, “esa es una canción muy especial, que no suelo cantar en estos lugares”. Es cierto, otra vez me doy cuenta cuan especial era ese momento, y te perdí de nuevo.
Sonia, si hoy la tarde está llorando, es por ti; y es también por mi y por los que nos resistimos a vivir una sola vida, aferrándonos a esa marejada Prustiana de buscar un tiempo perdido en algún rincón del recuerdo.


LILIAN BOBEA

3 comentarios:

Odalis Cedeño dijo...

Excelente. Sinceramente muchas gracias por compartir tus memorias relacionadas con nuestra querida Sonia; para mi ha sido de gran valor encontrar estas notas tuyas que las he hecho mías.
Que Dios te bendiga.
Odalis C.

Microscopio dijo...

Como pasa el tiempo!Hoy se conmemora el primer años de la partida de nuestra inolvidable Sonia Silvestre.Sus hermosa canciones la mantienen siempre Presente!

Leibi NG dijo...

Convencida de que la vida es un suspiro, permanecen nuestros actos y vivimos en la memoria de los que nos aman y recuerdan. ¡Sonia es eterna!