lunes, enero 20

FRAGATA, René Rodríguez Soriano

NO LA TRAJERON LOS VIENTOS ni las aguas (no vino desde el Japón, como Leiko y Mayumi), alborotaba el polvo de los caminos con su paso de ballerina o cierva alada; cantaba en lenguas como las brujas, las rezadoras y las comadronas. La atrapé una mañana con mi Agfa Instamatic en las ruinas de las Cinco Estrellas, deshojaba margaritas y daba de beber a los graffitis desdibujados en los cariados muñones de las cinco columnas. Alguien habló de más, se alborotaron las palomas grises del pasado, y me perdí en el rafagazo de sus ojos.

Recuerdo la inconsciencia con la que echaron abajo las cinco torres; las destrozaron, las trituraron y dieron cuenta de los gladiolos, los lirios y los rosales. Eran los mismos, los mismos energúmenos, que días antes se ataviaban con los colores y las consignas del benemérito de las medallas y los botones y los bicornios emplumados. Eran ellos, los vi también lanzarles piedras y anatemas a los Colón y a los Pichardo, por negarse a negar que renegaran de sus creencias y filiaciones. Ella cruzó, y ni piedras ni palabrotas me tocaron. Llevaba mallas negras, pienso yo que ni siquiera atiné a enfocar las periferias de su celaje.



Con una luz difusa, la divisé otra tarde, cuesta arriba por la calle del mercado. La seguían los niños, y tres o cuatro cometas que lustraban el aire tras el conjuro de sus cabellos, desmesuradamente sueltos y sin gobierno. Acababan de anunciar otro de los tantos golpes de Estado que habrían de sacudirnos después de la caída del tirano. Ella pensaba una canción, y en la torpeza de mis dedos, uno tras otro, se velaban los rollos de película. Ocasión que aprovechaban ellos para saquear las mansiones y los locales del partido, yo sólo iba del Eslava al Pozzoli en mis lecciones de solfeo. Pero eso fue otro día, otro viernes, cuando apostamos con Omar robarle el beso a la Mayumi, frente al piano…

Era mayo y llovía, traían guijarros y larvitas las rigolas, y estallaban las rosas y los lirios en los patios, ella buceaba en los mandados y los manoseos. Cantaba Blanca Rosa Gil o Daniel Santos y todo se mojaba o nos mojaba; pomelos como peces luchaban por brotar de la franela, hacerla trizas y quedar con sus pezones a merced de los perros del deseo. Yo me quedé sin Instamatic, casi sin dedos en la sed de verla y de tocarla, disuelto entre los planos de sus piernas abiertas en la oscuridad del cine. Después, sin rumbo repartí panfletos y proclamas; icé banderas y pancartas, buscándola, inventándola por los vanos del día. Ella tejía al andar alfombras de amapolas, de sueños y ansias locas.

No vino con los últimos refugiados de los devastados aserraderos de los Mera, ni en la caravana de los saltimbanquis que levantaron tiendas por la parte sur del pley y leían cartas, vendían rositas de maíz, algodón dulce, gofio y pegapalos. Nació casi a orillas del río, al final de la callecita que todavía el Ayuntamiento no encontraba muerto ilustre a quien endilgársela; me lo confirmó el viejo Abelardo, en su percudido cuarto oscuro, lleno de ácidos y recuerdos vencidos. Ella tenía un amor que no le cabía en el pecho, siempre entraba a las fiestas por las puertas del servicio y era frugal y generosa como huidizos su mirada y su andar.

Con tanto empeño como repulsión, mi hermana quiso que ella aprendiera a leer y a escribir. Tía Viola y tía Gume le tejieron velos y capuchas para que las acompañara a misa. Yo leía entre sus muslos el alfabeto de los fuegos más calmos, y estallaba mientras sus labios balbuceaban un abc que era tan soso y tan nadero, como la entrega y la solidaridad en que se abanderaban las mojigatas de mis tías y mi insincera hermana. Yo navegaba en unas aguas tan santas y tan locas, como las ganas de volar inciertos mares, aferrado al vaivén de mi fragata, sin gobierno.

Habrían de venir las elecciones, las primeras en más de cuarenta años, y las primeras disensiones y desacuerdos, y las primeras caravanas, y la compradera de votos, y los insultos, y las traiciones, la guardia en la calle; se dividieron y se conciliaron familiares y viejos amigos. Ella ni se inmutaba, correteaba pley arriba y pley abajo, y besaba —¡cómo besaba por las noches a escondidas!— luciendo y sacudiendo los pendientes que habrían de echar de menos nuestras madres y hermanas. ¿Quién ganó, cómo hicimos para zafarnos de la fatídica familia del tirano?

Siete meses después, volvieron ellos con sus turbas de azarosas tropelías, y otra vez los muchachos por las montañas, blandiendo aperos, ardiendo en llamas, sangrando a mares por devolverle el cauce al río, lavar las nubes, plantar malvones y claveles… Subieron los ejércitos, los postulantes, los sacerdotes, los tutumpotes, las comisiones y las organizaciones internacionales para la paz y la concordia.

¡Insoportable! —dijo la radio—, soplaba un viento frío desde la sierra.


Volaron las aves turbias, nadaron peces de fango y larvas albinas que se ensañaron contra la luz del día. Dicen que vieron a un par de mallas grises, rotas y sin gobierno, rielando contra la neblina…. Le decían Japón, tenía los ojos rasgados y sabía más que nadie desatar con sus dedos los nudos del placer y del deseo. Puede verla, pasar la página, y soñar. 

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martes, enero 7

Marina Ginestà, in memoriam

Marina Ginestà sostiene la fotografía que le fue tomada cuando tenía 17 años y
era miliciana en la Guerra Civil española.


JACINTO ANTÓN 6 ENE 2014 - 
Hay fotos que nacen tocadas por la fortuna, listas para convertirse en iconos de una época, de un momento histórico. El destino quiso que una de ellas fuera la de la joven y guapa miliciana que a inicios de la Guerra Civil, con un rifle a la espalda, despeinada, lanza una mirada alegre y desafiante en una azotea desde la que se atalaya el centro de Barcelona. La chica, que simboliza magníficamente la épica revolucionaria proletaria y la firme resolución y las esperanzas del pueblo en armas, era Marina Ginestà, que falleció ayer en París, donde residía, a los 94 años.
La foto fue tomada por el fotógrafo alemán Hans Gutmann (1911-1982), conocido como Juan Guzmán, en el terrado del viejo hotel Colón en la plaza de Catalunya —un edificio que luego ocupó Banesto y que en la actualidad alberga la tienda de Apple—. Durante la Guerra Civil, el hotel se convirtió en sede central del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), que colocó en la fachada proclamas y retratos de Lenin y Stalin. Fue uno de los escenarios de los enfrentamientos en 1937 entre los comunistas y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), cuando los terrados de la zona dieron mucho de sí, balísticamente hablando: los miembros del POUM, entre ellos George Orwell, tiraban desde lo alto del teatro Poliorama, ocupado por la CNT-FAI, mientras que por el agujero de la “O” del letrero del hotel Colón asomaba el cañón de una ametralladora, que barría la plaza con su fuego...
Cuando Gutmann retrató a la jovencita Ginestà, que contaba 17 años y era miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas, aquella desunión fratricida aún no había llegado. Era el 21 de julio de 1936 y la mirada de la chica refleja toda la confianza republicana tras el aplastamiento de la sublevación en Barcelona. Tiempo de lucha y de sueños.
Decía que la revolución y Hollywood
influían en aquella mirada
La foto tiene una historia curiosa detrás. Permaneció en el archivo de Efe hasta que en 2002 salió a la luz. Solo en 2006, gracias al empeño de un documentalista de la agencia por descubrir la identidad de la joven de la imagen, Julio García Bilbao, tuvo Marina Ginestà conocimiento de la existencia de la foto, que llevaba tiempo circulando y ha sido incluso portada de un libro y cartel de una exposición en Alemania.
Con 89 años, residente en París, la modelo de aquel viejo retrato recordó en una entrevista con TVE las circunstancias en que se tomó la foto. Explicó que los clientes del hotel, la mayoría extranjeros, se habían marchado y que los ocupantes estuvieron allí “viviendo de una manera burguesa” unos días hasta que se acabaron las provisiones. Le dijeron que subiera con el fotógrafo a la terraza y le prestaron el fusil, advirtiéndole que lo tenía que devolver al acabar la sesión. “A los 17 años no estaba en condición de hacer la guerra”, señaló en la entrevista. De aquella mirada cautivadora y desafiante de la foto consideraba que estaba influida por la mística revolucionaria y el cine que había visto, y citaba a Gary Cooper y a la Garbo.
La antigua militante no supo que
existía la foto hasta los 89 años
Marina Ginestà había nacido en Toulouse el 29 de enero de 1919. De familia obrera y muy comprometida políticamente —el padre fue secretario del comité de enlace CNT-UGT de Cataluña y la madre, Empar Coloma, activa miembro de la Agrupación Femenina de Propaganda Cooperativista—, la chica estuvo implicada, antes de la foto, en las Olimpiadas Populares, y después ejerció de periodista y de traductora del corresponsal de Pravda Mijaíl Koltsov durante la entrevista que este mantuvo en Bujaraloz con Durruti —junto al que apareció retratada en una foto— en agosto de 1936. Después trabajó en la retaguardia republicana. Con la derrota pasó a Francia y con la ocupación nazi marchó a México. Finalmente, se instaló en París, donde vivía desde hace 40 años. Decía que su peor recuerdo de la guerra era la visita a un hospital barcelonés para identificar cadáveres. Y de aquella imagen de la azotea recordaba la euforia del momento. “Es una buena foto”, sostenía, con una sonrisa en la que parecía regresar aquella joven que confiaba en que pronto fusilarían a Franco...


EVARISTO LAGUNA: Dos historias y una utopía por la convivencia pacífica