miércoles, noviembre 13

Sobre nuestra indigente literatura por León David

Conferencia. Imagen del Área de Fotografía del Archivo General de la Nación (AGN).



Aseguraba Unamuno que la misión del arte no era otra sino rescatar al espíritu humano de la vulgaridad y la torpeza.


Si algo no tiene vuelta de hoja es que, por los días que corren, en este rinconcito isleño de nuestras angustias y ensoñaciones arrecia, irrefrenable e impetuosa, la mala literatura. ¿Mala dije?... No, calificarla de ese modo es hacerle un favor, es incurrir por mor de la delicadeza en piadoso eufemismo. Indigente, estólida, tediosa, exasperante son epítetos que ahorrándonos meditar por despacio sobre tan enfadosa cuestión, lucen harto más a propósito para aquilatarla y describirla.

Anticipo que lo que viene de acuñar mi pluma sobre la hospitalaria blancura de esta cuartilla (conceptos que acaso adolecen de excesiva virulencia y desplante categórico perfectamente ocioso), como las opiniones que otrosí tengo en mientes desovillar en los renglones desinhibidos que a continuación estamparé, me harán correr el albur de ser vilipendiado por todas las personas -populosa legión- que se han tragado la fábula de que, en lo atinente a la creación en la esfera de las letras y el pensamiento, seríamos los hodiernos habitantes de la antigua Hispaniola afortunados testigos de un clima de esplendor, de un momento de auge como no se había visto otro en tiempos pretéritos. Pues de dar crédito a las frecuentes expresiones de satisfacción que sobre dicho tema escritores y gente del área de la cultura externan, y que los medios masivos de comunicación complacientemente propalan, la literatura que por esta fecha se produce en nuestro país sería epítome de irrefragable excelsitud.

Huelga advertir que el autor de estas líneas hurañas discrepa con entestada animosidad de tan halagüeña convicción por conceptuarla horra de fundamento y de verdad. Basta, en efecto, disponer de una mínima dosis de sensatez y no mostrarse refractario a las seducciones del refinamiento, la brillantez y el número para comprobar que la optimista percepción de los méritos de nuestra insular vida literaria a que hemos hecho referencia en el párrafo anterior importa una falsedad demasiado notoria como para que coseche el honor de que la sometamos a ponderado examen. Lo obvio por sí propio se impone, se desentiende olímpicamente de justificaciones y teorías. Y si una cosa tengo por ostensible es que los escritores de las más recientes hornadas no se andan con remilgos a la hora de destripar el galano idioma de Cervantes; para nada les arredra hacer acopio de lugares comunes, imágenes trilladas, pensamientos vacuos y soporíferas trivialidades; ni por asomo diera la impresión de que les afecte la absoluta falta de consideración para con el recato y el decoro que se desprende de su empecinada condescendencia hacia cuanto de sórdido, repugnante, ruin, procaz y escabroso se agazapa en los bajos fondos de nuestra animalidad, pestilente letrina sobre la que recae por obsesivo modo su atención y esmero descriptivo; ni tampoco les amilana -apartándose de los civilizados protocolos de la urbanidad y la moderación- epater le bougeois mediante el facilón recurso a lo estrambótico, excéntrico y chocante; y por si no fueran suficientes los pecaminosos descarríos que acabo de imputar a su quehacer literario, viene a cuento añadir que les importa un bledo mortificar al lector con aburridas "experimentaciones" de lenguaje, enfoque y estructura textual -cuya superfluidad es patente amén de dar en lo aparatoso-, procedimientos desprovistos por completo de novedad habida cuenta de que hace unos cien años las chillonas vanguardias llevaron a cabo con gozoso afán polémico y sensacionalista gesticulación las recetas que nuestros ingenios criollos intentan hacernos pasar por invención primicial y singularísima.

Acaso, a manera de réplica, surja el señalamiento de que hay de todo en la viña del Señor y que si bien es cierto que la mediocridad se hace presente en determinado número de obras, pareja circunstancia se ve ampliamente compensada en términos culturales por el hecho innegable de que, como declara el coloquial modismo, jamás de los jamases había la industria editorial vernácula prosperado tanto como en estos últimos años, florecimiento al que el sostenido incremento de publicaciones literarias no es, en cuanto puede conjeturarse, ajeno. Objeción que me apresuro a descalificar argumentando que una cosa es un viñedo donde de vez en cuando y con escaso perjuicio arraiga la mala hierba, y otra muy distinta un jardín donde unas pocas flores de puro milagro sobreviven asfixiadas por el espinoso matorral.

Tengo por cosa averiguada -y mientras no se me demuestre lo contrario no pienso modificar tal parecer- que la imagen del espeso e invasivo zarzal que ahoga las flores es la que, en el ámbito de la literatura, corresponde a la realidad que estamos ahora padeciendo. Haciendo alarde de consternadora obcecación, las imprentas de nuestro país alegremente desperdician buen papel y mejor tinta cuando sacan a la luz, una tras otra, obras de tan rebajada condición que lo menos que cabe reputarles es que constituyen un insulto a la inteligencia de cualquier individuo medianamente ilustrado... En la esfera de la escritura artística sería contra razón suponer que la cantidad se transforma en calidad. Los malos escritores, no por ser muchos, alcanzarán jamás la preeminencia y permanente repercusión de orden socio-cultural que una sola pluma conspicua conquista por derecho propio. Compromiso es la escritura, compromiso con la lucidez, con la belleza, con las recoletas verdades del corazón. Aseguraba Unamuno que la misión del arte no era otra sino rescatar al espíritu humano de la vulgaridad y la torpeza. Entonces imposible esquivar la pregunta: ¿puede la basura literaria que en este alborear del segundo milenio prevalece contribuir a tan elevado cuanto irrenunciable propósito? No, porque así como la suciedad corporal además de repulsiva se revela insalubre, la inmundicia que vierte la literatura de despreciable estofa sobre la sensibilidad, la mente y el alma de los lectores sólo atinará a pervertir, corromper, degenerar... Comportémonos con dignidad: no leer páginas de desfachatada estolidez ha de ser primordial preocupación de aquellos a quienes todavía asiste un orgulloso sentimiento de respeto y estima de sus propias personas.