martes, octubre 22

Sélvido Candelaria y las fronteras


Yo no estoy de acuerdo con las fronteras. Pienso que el mundo debe ser una gran sabana donde nos podamos revolcar todos como burros sin ley. Es decir, que si en un momento determinado se me ocurre embarcarme hacia Noruega en una jícara de coco transatlántica pero atraco (por uno de esos caprichos de los mares y los vientos) en Dunkerque, no creo que debería estar esperándome ningún gendarme o miliciano para amargarme la vida preguntando qué yo busco allí y cuánto tiempo pienso quedarme. Sin embargo, el 99.9% de los franceses no coincidirán conmigo. Y si el caprichoso viento y el veleidoso océano me tiran unas millas antes, en Santander, entonces será la misma proporción de españoles los que me contradecirán.

La predecible actitud que tomarían esos “hermanos” galos e ibéricos (y los de cualquier otro lugar) me ha hecho adaptarme y aceptar que si voy a salir de mi país debo cumplir con los requisitos de emigración que exige el territorio que voy a visitar, así como con la observancia de sus leyes, una vez me encuentre en él. Como he tenido que adaptarme (para no quebrantar algunas leyes) a que haya millones de personas pasando hambre en el mundo por no tener con qué comprar un huevo, para que yo, defensor permanente de sus derechos a comer, pueda cenar algunas noches langosta y caviar. De la misma forma que me he adaptado también (para no atentar contra los dioses del sistema financiero universal) a poner los chelitos que puedo escamotearle a las ONG que remuneran mis luchas, en un banco donde me pagan el 5% anual mientras que, si voy a tomar prestado la misma cantidad, debo pagar de un 12 a un 18%.

Y entonces yo, creyente a pie juntillas en que el mundo no debe tener fronteras, me he adaptado tan bien a esos pre requisitos de supervivencia que hasta he cercado mi patio y no permito entrar a nadie allí sin mi permiso; producto de esa adaptación tampoco acepto aportar dos tareas de la finquita que he heredado en la autopista o en la playa para que cuatro familias desahuciadas por un incendio hagan sus ranchitos puesto que eso puede arrabalizarla y disminuir su valor comercial. Y he llegado a acomodarme tanto que, cuando algún pendejo se le ocurre retar mis prerrogativas, voy orondo donde la autoridad competente a reclamar la imposición de esas leyes con las que intrínsecamente yo nunca he estado de acuerdo.

Cualquier parecido con situaciones actuales que se dan en mi país, es puro invento mío.

SÉLVIDO CANDELARIA
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1 comentario:

Juan C. Muñoz dijo...

Gran tristeza me provoca, como ser humano y como descendiente de exiliados en República Dominicana, lo que pasa hoy en tu país. Como todo en este mundo, la libertad también tiene un precio que muy pocos podemos pagar (y casi nunca por méritos propios). Supongo que los turistas de Punta Cana no tendrán ningún problema... Un abrazo, Leibi.