jueves, junio 28

Pedro Henríquez Ureña, nació el 29 de junio de 1884

Filólogo, escritor y maestro

Pedro Henríquez Ureña falleció el 11 de mayo de 1946, cuando viajaba a La Plata para atender a sus cátedras universitarias, víctima de un síncope cardíaco. Augusto Cortina ha contado así sus últimos momentos: "Eran las 15 y 15. Don Pedro llegó, como de costumbre, al minuto. Antes de sentarse a mi lado, colocó su sombrero en la repisa del tren. Me dijo: "¿Quiere que coloque el suyo"?" Y la acción siguió a la palabra. Tomó asiento tranquilamente. "¿Cómo le va?", le pregunté. Entonces se llevó la frente al dorso de la diestra semicerrada y se desplomó a mi lado. Lo miré sorprendido: pensaba que, antes que otras veces, se proponía dormir un rato. Advertí entonces su rostro ligeramente descompuesto. Después, por cortos momentos, un leve ronquido". Fue sepultado en esta capital y ahora sus restos serán repatriados a Santo Domingo, República Dominicana, para ser inhumados en la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, junto al sepulcro de su madre, la poetisa Salomé Ureña de Henríquez. Para que se de cumplimiento al traslado, el presidente de aquel país, Antonio Guzmán, designó una comisión encabezada por el secretario de Educación dominicano, ingeniero Pedro Porrello, e integrada por rectores universitarios, escritores e historiadores. Esa comisión tiene también la misión de organizar un programa de homenaje al insigne humanista. El presidente Guzmán tomó el juramento de práctica a la comisión y ésta cumplirá su cometido, según se estima, en fecha próxima. La integran, aparte del secretario de Estado Pedro Porrello, el doctor Flavio Darío Espinal, secretario sin cartera; Federico Henríquez Grateraux, director de Relaciones Públicas de la Presidencia; doctor Antonio Rosario, rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo; monseñor Agripino Núñez Collado, rector de la Universidad Católica Madre y Maestra; doctor Juan Tomás Mejía Feliú, rector de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; licenciado Emilio Rodríguez Demorizi, presidente de la Academia Dominicana de la Historia; doctor Carlos Federico Pérez, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua; licenciado Pedro Troncoso Sánchez, presidente de la Academia Dominicana de Ciencias, y profesor Juan Jacobo Lara, editor de las obras completas de Henríquez Ureña. En la Universidad Nacional de La Plata se honrará también, en la oportunidad, al maestro y escritor, colocándose un busto una vez y media mayor que las proporciones normales, obra del escultor dominciano Prat Ventós. El ex embajador en Santo Domingo, Héctor R. Mendizábal Nogués, representante de la Universidad Pedro Henríquez Ureña y de la Fundación Universitaria Dominicana en nuestro país, intervino activamente en todos los asuntos referidos. Proyéctase integrar una comisión nacional de homenaje.

REPRODUCCIÓN DEL ARTÍCULO "Pedro Henríquez Ureña, repatriación de sus restos... La Nación, Buenos Aires, domingo 26 de octubre de 1980




Recuerdo de una hija del escritor

Con vivacidad, sin olvidar que se trata de su padre, pero tomando distancia, Sonia Henríquez Ureña de Hlito recuerda a Pedro Henríquez Ureña recién llegado al país, en la plata y en Buenos Aires, en el ámbito familiar, con sus alumnos y amigos, en la atareada vida que le tocó vivir. Su evocación parece no apelar al recuerdo: tan viva es la presencia del maestro.
Segunda hija del matrimonio del filólogo con la joven mexicana Isabel Lombardo Toledano, nacida en La Plata, precisamente, dos años después de la llegada de la familia al país, Sonia Henríquez Ureña ha escrito un vívido testimonio de su padre en la Revista de la Universidad de aquella ciudad.
—Cuando niña —dijo entonces—, me parecía que lo supiera todo: matemáticas, música, astronomía, pintura, botánica, historia, cualquier cosa. Poco a poco me fui dando cuenta de que se trataba de un ser excepcional. Yo creía que todos los hombres eran así: con su sencillez, su modestia, su finura; es que sin duda es así como los hombres deberían ser.”
Ahora, a la pregunta de cuál es el primer recuerdo que tiene de su padre, contesta:
—Siempre estuvo ahí. No podría decir en qué momento lo aislé como persona. Fue en La Plata, seguramente. Yo nací allí, cuando ellos llegaron. Vinieron con mi hermana chiquita, de meses que había nacido en México.
Según J. J. de Lara, que recuerda el hecho en Pedro Henríquez Ureña, su vida y su obra, cuando Isabel Lombardo Toledano, que era veinte años mayor que su futuro esposo, aceptó casarse con Henríquez Ureña, éste “le explicó su proyecto de traslado a la Argentina tan pronto como tuviera alguna oferta de trabajo”, La novia era mexicana; vivían en México. Desde antes del matrimonio, pues, la idea de trasladarse a nuestro país estaba presente en el maestro. Esa oportunidad se presentó cuando perdió sus puestos en México y, por gestiones de su amigo argentino Rafael Alberto Arrieta, fue propuesto para tres cátedras secundarias de lengua castellana en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata.
—Cuando yo cumplí tres años —dice su hija—, nos trasladamos de La Plata a Buenos Aires. Vivimos en Ayacucho y Paraguay.
La familia se instalaba en la capital, donde amistades y tareas reclamaban al profesor, pero ya habían comenzado los viajes a La Plata, en cumplimiento de la tarea diaria, porque Henríquez Ureña, recién llegado a Buenos Aires, vivió primeramente en una pensión y desde aquí se trasladaba a la capital de la provincia.
Como lo ha hecho en el recuerdo mencionado, Sonia de Hlito evoca la figura de su padre actuando como maestro junto a ella y su hermana.
—Con nosotras redoblaba su interés en darnos en cada palabra su enseñanza. Nos llevó al teatro y la ópera desde muy niñas. Si la tenía a mano nos hacía leer la pieza que veríamos. En los conciertos, si conseguía, llevaba la partitura. Muchas veces jugábamos a adivinar trozos de poesías, que por supuesto nos decía de memoria, y la que adivinaba, mi hermana y yo, recibía en premio diez centavos.
Los nombres acuden a la memoria de Sonia Henríquez Ureña de Hlito al recodar la afición de su padre por el teatro y la ópera: nombres que forman parte de la historia del espectáculo en Buenos Aires —como el Marconi, la Opera— o que continúan una tradición lírica, como el Colón.
—Nos sacó abonos para el Colón —cuenta—. Siempre íbamos juntos a todas partes. A la vuelta, veníamos cantando. El tenía voz de bajo, espléndida: yo, de contralto. Nos enseñó a educar la voz, nos enseñó a gustar de la buena mesa, a bailar el vals, a tantas cosas… y por supuesto a leer; a leer siempre buenos libros. No permitió nunca que hubiera en la casa malas revistas o periódicos.
— ¿ Cómo trabajaba ¿ ¿Hablaba de sus obras? ¿Comunicaba sus planes?
—Como trabajaba continuamente, yo no podría decirlo. Fue una persona demasiado agobiada por el trabajo; eran demasiadas las cosas que hacía. El hablaba en sus cartas de esa fatiga…
“Era el hombre más ocupado —dice el recuerdo escrito de la hija, antes citado— y sin embargo siempre tenía tiempo para quien se le acercara solicitando ayuda o consejo… Se ha dicho que enseñaba sin darse cuenta y es verdad, siempre estaba alerta para encontrar el orden donde no lo hubiera, el interés donde a simple vista pareciera no encontrarse. Recuerdo conversaciones con sus amigos, conversaciones sobre los más diversos temas y que yo desgraciadamente entendía entonces a medias.”
Rafael Alberto Arrieta ha recordado cómo se lo veía atareado, ganándole al tiempo: “Llegaba al tren en el último instante con su cartera abultada y empleaba la hora del viaje en corregir los trabajos de sus alumnos de segundo y tercer años, o en dormitar, eterno deudor del sueño sacrificado al estudio, a la velada entre amigos, al Colón.” (Pedro Henríquez Ureña, profesor en la Argentina.)
—¿Recuerda a sus amigos, a los amigos de la casa?
—Siempre hubo gente en la casa. Alumnos, amigos, personas que se acercaban porque escribían y buscaban ayuda. Estaba e grupo de La Plata, Alejandro Korn, los Romero, Fatone, Reulet, Orfila…
Con Alejandro Korn y los jóvenes que lo rodeaban en torno de la revista Valoraciones se vinculó al poco tiempo de llegar. A su lado se formó después todo un cenáculo estudiantil. Enrique Anderson Imbert, que fue su alumno en esos años, lo evoca así: “Tenía una rotunda voz de bajo, tenía unos ojos muy negros que sin esfuerzo lo veían todo, tenía una sonrisa irónica y dulce con la que nos dirigía… Nos llevó a su casa, nos enseñó a vivir y a pensar, a oír música y a escribir cuentos, a leer los clásicos e informarnos de las ciencias, a disfrutar de las literaturas modernas en sus lenguas originales, a conversar, a gustar de la pintura, a trabajar y apreciar el paisaje y la bondad. Sobre todo nos enseñó a ser justos”.
Antes de radicarse en la Argentina, Henríquez Ureña había visitado el país. Fue en el año 1922, como integrante de la comitiva de José Vasconcelos (su mentor en México), que vino a Buenos Aires para las ceremonias de la transmisión del mando presidencial, cuando se hizo cargo de la primera magistratura Marcelo T. de Alvear. También desde aquí, una vez establecido, volvió a su patria, la República Dominicana, a Santo Domingo, donde había nacido el 29 de junio de 1884. En ese viaje lo acompañó su familia. El regreso obedecía a su nombramiento en la Superintendencia General de Educación de su país.
—El aceptó el cargo con el deseo enorme de volver a su patria, deseo que tuvo toda la vida —explica ahora Sonia de Hlito. Fuimos todos, y el viaje se demoró alrededor de dos años. En el  ínterin, nosotras fuimos a México, a ver a la familia de mi madre. Tengo presente el ciclón que nos tomó en el viaje por mar. Finalmente, nos trasladamos a París, donde estaba mi abuelo como ministro plenipotenciario. Allí se nos reunió después mi padre, y juntos regresamos a la Argentina.
El abuelo ministro era Francisco Henríquez y Carvajal, que fue también presidente de la República Dominicana. Médico de profesión, se destacó en las letras y la política de su país. De su matrimonio con Salomé Ureña, poetisa y educadora de renombre (“indigne mujer que en la historia literaria de Santo Domingo representa el mayor esfuerzo de elevada cultura”, según Menéndez y Pelayo), nacieron sus cuatro hijos: Francisco, Pedro y Max y Camila. Los dos últimos varones habrían de destacarse en las letras y la educación continentales. Como una premonición, Salomé Ureña escribió en 1890 un poema en que habla de su segundo hijo, y que es citado frecuentemente cuando se evoca la memoria de éste:
“Mi Pedro no es soldado; no ambiciona
De César ni Alejandro los laureles;
Si a sus sienes aguarda una corona,
La hallará del estudio en los vergeles”.
—Siempre estuvimos juntos —insiste Sonia de Hlito—. Con excepción de un viaje a Chile (en 1927, para dictar conferencias) y a los Estados Unidos (en 1940, para dictar conferencias en la Universidad de Harvard, en la cátedra Charles Elliot Norton), la familia no se separó nunca.
Henríquez Ureña, que adquirió los primeros conocimientos junto a sus padres y en Santo Domingo, estudiando luego en Nueva York, principalmente, por su propia cuenta, se había orientado hacia las letras destacándose tempranamente en la historia y crítica literaria. Pero su erudición —también desde temprano— fue muy grande. Su vinculación con México se inició en 1906, y en ese país ejerció el periodismo, la cátedra y escribió y publicó libros. Ya entonces le era reconocido su magisterio (“Vivía entre sus discípulos, es necesario confesarlo, en un mundo de pasión. Si estábamos incluidos en las “listas” del Maestro y habíamos obtenido implícitamente su aprobación nos sentíamos con la celebridad en el bolsillo”, escribió Julio Torri, uno de sus discípulos mexicanos.)
En la Argentina desarrolló una labor múltiple como ésa, aún más acendrada en la enseñanza y la publicación de libros. Puede afirmarse que aquí culminó su tarea de maestro, aunque nunca, por las leyes establecidas (ya que no quiso optar por la nacionalidad argentina, para no perder la dominicana) obtuvo cátedras titulares. Dictó clases en el instituto Nacional de Profesorado Secundario de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de La Plata (literatura de Europa septentrional, en un comienzo) y conferencias en el Colegio Libre de Estudios Superiores, para no citar sino algunos de los lugares y cátedras que ocupó. En el instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras trabajó para la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana. Se vinculó a editoriales que lo contaron entre sus asesores más destacados. (En este sentido bastaría citar las colecciones o “Cien obras maestras” y “Grandes escritores de América”.) Una constante producción de estudios, ensayos y obras críticas acompañan esta actividad, desde El verso puro dado a conocer en la revista Valoraciones citada). Seis ensayos en busca de nuestra expresión, Observaciones sobre el español en América, La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo, Plenitud de España, hasta sus textos El libro del idioma, Lectura, gramática, composición, vocabulario en literatura argentina (en colaboración con Jorge Luis Borges). Sus obras completas, editadas por la Universidad nacional de Santo Domingo, que lleva su nombre, abarcan hasta el presente tres tomos, recogiendo la obra que va de 1899 a 1920.
Quienes recuerdan a Pedro Henríquez Ureña (como su hija) están de acuerdo en destacar que, a pesar de la pesada y multiplicada tarea que el profesor y el pensador habían tomado sobre sus hombros, estaba siempre dispuesto a conversar, a enseñar, sin distinción de interlocutores. Sonia de Hlito destaca, en ese sentido, las palabras de una carta que Henríquez Ureña dirigió a Alfonso Reyes en 1925: “Siento la necesidad de que mi actividad influya sobre las gentes —le decía al amigo, que lo invitaba a cambiar de perspectivas—, aun en pequeña escala. Y en París yo podría hacer cosas mías, pero estaría lejos del campo de acción que me atrae, que es América, aunque hasta ahora haya podido hacer muy poco, y ese poco efímero, como tú bien sabes.”
— ¿Cómo era físicamente Henríquez Ureña?
—Era de altura término medio. Tenía el paso corto. Andaba de prisa, sonriente. No impresionaba como el erudito el profesor. La persona que no sabía quién era (y mi padre se cuidaba muy bien de hacérselo notar) podía conversar con él con mucha soltura.

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...