martes, noviembre 27

Miguel Decamps diserta sobre Antonio Sánchez Valverde en AGN

Los historiadores Miguel Antonio de Camps Jiménez y Alejandro Paulino Ramos en foto de archivo.

El historiador Miguel De Camps Jiménez dio una charla la mañana del martes 27 de noviembre 2012, en el salón de conferencia del Archivo General de la Nación: La misma, titulada: "Criollismo en el siglo XVIII, figura de Sánchez Valverde", está basada en la obra surgida de su tesis para obtener el título de historiador y que ha sido publicada en España, y próximamente en el país. La investigación de De Camps tiene suma importancia porque, según expuso contestando a la pregunta de un participante, el padre de Sánchez Valverde era agrimensor, trabajo que le permitió medir prácticamente toda la isla, datos que aprovechó el cura, (mestizo según estableció el mismo De Camps en conferencia anterior en la Academia Dominicana de la Historia) y también intervino un cartógrafo gobernador de la isla, que permiten ofrecer el célebre documento: "Idea del valor de la isla Española", tenido por muchos como el documento más antiguo de lo que luego sería la República Dominicana. Sánchez Valverde era supuestamente el primero en escribir sobre la colonia, pero De Camps sostiene que ha sido otro miembro de la iglesia, nacido en (Santiago de los Caballeros, Santo Domingo, 1694, Pedro Morel de Santa Cruz quien unos 50 años antes publicó acerca de la isla, documento que existe en una biblioteca digital y que ha sido divulgado por Miguel Antonio. Sin embargo, el escrito "Idea del valor de la isla Española" del cura Sánchez Valverde es el documento que tienen los historiadores como prueba de  consenso, sin darle aún todo el crédito al dominicano Morel de Santa Cruz que falleció en La Habana, el 30 de diciembre de 1768 y que aparece registrado en la obra de Roberto Cassá "Rebelión de los capitanes: Viva el rey y muera el mal gobierno" editado por el AGN en este año.

En la charla estuvieron los historiadores Alejandro Paulino Ramos, Subdirector del AGN y Giovanni Brito, Director del Departamento de Investigación y Divulgación, así como Ramón Paniagua Encargado de Investigación y el antropólogo Carlos Andújar, Encargado de Divulgación. Alumnos del Colegio Santa Rita y sus profesores disfrutaron de la interesante conferencia. Para mí, es el punto de partida para una serie de lecturas que me hacen exclamar como Sócrates: "Yo sólo sé que no sé nada".





http://migueldecampsjimenez.blogspot.com/

http://presenciadigitalrd.blogspot.com/2010/04/al-dia-sanchez-valverde-era-mestizo.html

http://www.listindiario.com/la-republica/2010/4/9/137786/Definen-fecha-de-la-muerte-de-escritor

http://www.elnacional.com.do/mobile/article.aspx?id=58346

http://www.elnacional.com.do/mobile/article.aspx?id=45526

http://www.elnacional.com.do/opiniones/2010/8/24/58346/aaaa
http://www.hoy.com.do/resumen2006/2006/9/9/139349/printhttp://www.fundacioncorripio.org/productos_detalles.php?id_p=51http://historiadominicana.com.do/historia/ensayos/268-andres-jesus-morillo-martinez-la-nocion-etnico-racial-de-la-poblacion-dominicana-en-sanchez-valverde.html





























jueves, noviembre 8

Esta Tarde vi llover. Pedro Conde. Poema



© Pedro Conde Sturla

Vagamente recuerdo haberte amado.
Ahora que te escurres furtiva en la memoria
recuerdo vagamente haberte amado,
la espiral de tus trenzas amarillas,
la sonrisa distante y caprichosa,
el negro de tus ojos, la chispa que ahora
enciende la hoguera de nostalgia.
La hoguera que esculpe, que dibuja,
al decir de un poeta, el humo de tu rostro.

Eran días de lluvia y de infortunio.
En aquel tiempo de lluvia adolescente,
la diminuta lumbre de las tardes florecía en tus trenzas
como una dulce rosa enrevesada.

En aquel tiempo, vagamente lluvioso,
recuerdo que te amaba y recuerdo que amabas
como yo los días de lluvia,
esos días morosos y cordiales en que el leve contorno
de las cosas adquiere una doble presencia en el perfil del agua
y la atmósfera de la ciudad se siente densa, cargada de poesía.

Había algo de magia en la ciudad lluviosa de aquellos días,
un aura de misterio, la melancólica lluvia que caía suavemente
sobre los mansos atardeceres de abril y finales de mayo,
el contraste entre la pesarosa bruma y el encanto
de los robles venezolanos de la Avenida Bolívar
en flamante explosión de colores
a veces malva y azulados a veces.

Después de mayo había, sobre todo,
en aquel ambiente bucólico, engañosamente apacible,
un violento contraste con el toque casi siniestro,
el aire reservado de ciertas residencias de lujo,
ventanas caídas, puertas cerradas, casonas cerradas
que parecían deshabitadas.
Una densa impresión patibularia. El terror.
Metáfora del terror que invadía los más íntimos espacios.
El filo de un terror que cortaba como el hielo.
Toque de queda y ley marcial. La cacería humana.
La soldadesca del régimen agonizante
tumbando puertas y ventanas,
arrestando opositores, torturando, realizando ejecuciones sumarias.
El terror en lecho de muerte después de mayo.

Parecía que el mundo hubiera enloquecido de repente
y nos rechazaba de repente con una brutalidad
que no habíamos anticipado.
El fuego de metralla. El lúgubre movimiento nocturno
de las fuerzas de seguridad del estado. El ladrido de los perros.

De aquella época preservo una imagen trágica
en el momento de nuestra despedida en el aeropuerto.
Estás tú en esa imagen, tomada del brazo de tu madre,
el brazo enlutado de tu madre. El luto de tu madre. El llanto de tu madre.
Los grandes ojos rojos encendidos, glaciales y vacíos.
Fue un simple adiós entre adolescentes al doblar de la infancia,
uno de esos episodios que carecen, aparentemente,
de importancia y sin embargo se graban para siempre
y vuelven una vez y otra vez en la vigilia
y vuelven en el sueño una vez y otra vez.

Volví a verte después, muchos años después,
durante un breve retorno, cuando ya casi no éramos amigos
y casi nos habíamos olvidado.
El encuentro fue más bien un desencuentro.
Los años y la vida y la distancia hacen cosas terribles como esa.
El abismo del tiempo, muchas veces,
convierte amigos y amantes en extraños.
Se había apagado el eco de nuestras conversaciones
y nuestro idilio platónico en la sala de tu casa de la calle Cervantes
era cosa pasada, agua pasada.
Nuestra relación estuvo siempre circunscrita a ese espacio
que ahora estaba abandonado, ahora en venta.
El humo de tu rostro estaba como ausente
en el humo difuso de otros rostros.
Salvo cosas triviales, no teníamos nada que decirnos.

Ya no eras la chica de las trenzas ni volverías a serlo.
Se había dibujado en tu sonrisa una amargura aleve,
y en tus ojos, negrísimos, se había consumido el brillo de otra época,
la voz desencantada, tristísima la voz,
la chispa que encendían tus palabras.
Aparte de ciertos detalles, para quien no te hubiera conocido
en tu vasto esplendor,
lucías y relucías,
pero no eras la misma.
Te parecías un poco, lentamente a un otoño.
Parecías levemente, dignamente marchita.
Algún giro de tuerca, un vuelco del destino
te jugó una trastada,
convirtió tu carita de carmín encendido
en esa grave máscara de soledad,
ungida de soledad.
Quizás las huellas de un amor incurable.

Ahora he vuelto a verte y ya no eres.
Apenas treinta años y ya no eres ni serás para siempre.
Ahora al verte así, perdida entre los sórdidos espacios de la muerte,
pienso en días de abril,
pienso en la lluvia,
la memorable lluvia de instancia adolescente,
pienso en aquellos mansos atardeceres de abril,
las veces que juramos que al caer de la tarde,
como al caer de la vida,
desde las ventanas de tu casa
veríamos llover.

© Pedro Conde Sturla
Al poeta y amigo Ramón Tejera Rosas, por El humo de los rostros.

martes, noviembre 6

El mito de la mujer de agua



Poema de Luis Carvajal

En el fondo del iris existe un lago inmenso
donde flotan noviembres, pinturas, mediodías,
barcos de chocolate, dioses hechos de cera,
y una mujer de agua: gota de primavera
armada de horizontes que emergen desde el sueño,
salpicada de escombros y lastrada de huellas.

En el fondo del lago existe una caverna
donde el mundo no tiene ni ayer, ni todavía.
Un ojo y otro iris, otro lago y caverna, otra mujer de agua:
de noviembres que flotan,
pinturas, lejanías,
barcos de chocolate, dioses hechos de cera,
de esperas, mediodías.

Dentro de la caverna, un dios hecho de cera
se imagina una sombra que, en el fondo de un lago,
se imagina otra sombra en el iris de un ojo de una mujer de agua: gota de primavera armada de horizontes que emergen desde el sueño, salpicada de escombros y lastrada de huellas.

Iris, lago, caverna, dioses hechos de cera y una mujer de agua: gota de primavera, emergen en el iris de un ojo de azaleas que despierto recrea un mundo de palabras soñado en duermevelas.

Una mujer de agua: gota de primavera armada de horizontes que emergen desde el sueño, salpicada de luces, se liberó de huellas.

© Luis Carvajal.

viernes, noviembre 2

Transición de la esclavitud al trabajo libre en Santo Domingo: El caso de Higüey (1822-1827). Quisqueya Lora H.


Portada del libro de Quisqueya Lora H. publicado por la ACADEMIA DOMINICANA DE LA HISTORIA, volumen C




Licenciada Quisqueya Lora H.

Quisqueya Lora H. realizó estudios de licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) donde cursó la maestría en Historia Dominicana (2004-2006). Entre los años 2000 y 20009 fue autora del área de sociales para Editorial Santillana. Desde el 2006 trabaja en el Archivo General de la Nación, donde actualmente es Directora del Departamento de Referencias. Además, es profesora de la Universidad Iberoamericana (UNIBE).
Ha publicado diversos trabajos en revistas académicas enfocados principalmente en el Santo Domingo de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, así como las relaciones con la parte francesa y Haití.
Actualmente forma parte del proyecto de investigación "Marcadores del tiempo: continuidades y discontinuidades en las sociedades hispanoantillanas, siglos XIX y XX", del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, Madrid, España, que coordina la doctora Consuelo Naranjo Orovio.

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...