viernes, agosto 31

Entrevista a Efraím Castillo (jueves 11 de noviembre del 2004 - Santo Domingo), para la elaboración de la tesina del estudiante de literatura Jasper Vervaeke, sobre la novela El Personero

  Jasper Vervaeke

El trujillato


1. Pregunta: Sabemos que usted completó su trilogía evocando a Trujillo, pero en varias ocasiones los personajes critican abiertamente a los que escriben sobre el trujillato. ¿Esas críticas expresan el que se da cuenta de que puede llover sobre mojado?

Efraim Castillo

Efraim Castillo: Antes de responder la pregunta debo aclarar algo: no escribí mi trilogía de novelas —integrada por Currículum (El síndrome de la visa), El Personero y Guerrilla nuestra de cada día— evocando a Trujillo, sino al trujillismo, que es otra cosa. Trujillo fue tan sólo un hombre, un accidente, un ente, alguien que por inducción y persuasión de un organismo, que como los US Marine Corps, o marines, debía dejar en el país un ordenamiento básico para los EE.UU.; recuperar el pago de la deuda externa de la República Dominicana tras la compra efectuada por la Santo Domingo Improvement Co. a la Westendorp, en 1897. El trujillismo, como dije, es otra cosa. El trujillismo fue un sistema que aglutinó inteligencia y fuerza brutal para incidir, de manera absoluta, en la totalidad de la producción social dominicana, incluyendo, desde luego, el más dominante ordenamiento de las demás estructuras. Por eso, el atropello de Trujillo se operó desde un sistema que introdujo cambios radicales en la vida del país y que —a cuarenta y tres años de su muerte— se siguen sintiendo.

Ocupación norteamericana del 1916

Posiblemente sea esta una de las razones por las que critico, a menudo, a quien escribe sobre el trujillismo y se detiene, enfáticamente, en señalamientos concernientes a los efectos negativos del hombre, obviando a priori las demás significaciones introducidas —para beneficio del país— por la dictadura. Algo similar ha ocurrido en mucha de la literatura construida alrededor de los regímenes fascistas de Alemania y España, comandados por Hitler y Franco, donde —a veces— se introducen las anécdotas e intrigas como paradojas para —y como diría Wittgenstein— crear las incertidumbres y dudas que, casi siempre devienen, cuando no en puro folclor, en mitos. Todo crítico literario sabe que la historia comenzó —basta sólo con leer a Heródoto— con una simple narración donde el tuétano de la historia era lo de menos porque lo trascendente consistía en elevar la entretención de la cosa referida por encima de la verdad histórica. Dos mil cuatrocientos años después, Wittgenstein, en su Tractatus logico-philosophicus nos señala que uno de los recursos para comprender la historia es la evidencia y, cuando todo falla, entonces apelando al silencio; es decir, callando.

Rafael L. Trujillo


La Era de Trujillo, o sea, el régimen implantado por Trujillo (el trujillismo) fue un sistema integrado —y constantemente alimentado en un espacio de treinta y un años—, por casi tres generaciones de dominicanos, fortaleciéndose con inmigraciones de españoles, judíos europeos, húngaros y japoneses, y para no sólo novelarlo o referirlo como suceso o evento, el narrador o historiador no deben apoyarse únicamente en la anécdota y el chisme, sino ubicar y referir las evidencias y sus consecuencias… o callar. De ahí, entonces, a lo de llover sobre mojado, a ese machacar de intrigas que oculta acontecimientos desfavorables y favorables sobre la Era.

2. Pregunta: Usted nació en pleno trujillato (1940) y creció durante la Era. ¿Cómo fue ser joven y adolescente en ese período? ¿Qué cosas recuerda particularmente? ¿Cómo era, por ejemplo, la enseñanza?

E.C.: La importancia de mi generación (la generación del 60) radica en que fuimos testigos de excepción de una época en que morían y nacían esquemas y estructuras. Nuestra generación fue testigo —en su último estadio— del inicio de la desaparición de los totalitarismos y de ciertos humanismos, así como del arribo inmisericorde de la peor de las ideologías —la del bienestar—, incubada por el new deal de Roosevelt y catapultada por el fair trade de los cincuenta, donde el ocio comenzó a apoyarse en la cibernética, abriéndose a revoluciones que, como la cubana y la cultural china, fueron paradigmas. Así, a nuestra generación le tocó comprender a-la-carrera lo que significaba un esquema social enfermo y, tras sumergirnos en las fragmentaciones y rupturas de sueños y utopías, ser empujados, cada vez con mayor incidencia, hacia lo fácil, hacia ese borde alimentado por la cáscara y la apariencia.


Ser joven y adolescente en el trujillismo se reducía a dos apuestas: loar o sucumbir (tal como ocurría con los jóvenes y adolescentes de la Alemania nazi, de la Italia mussoliniana, de la Unión Soviética estalinista, de la España franquista o de la China de maoísta). Por eso, los que fuimos jóvenes y adolescentes en la Era, no fuimos diferentes a los jóvenes y adolescentes de la Alemania nazi, de la Italia del Duce, de la Unión Soviética de Stalin, de la España de Franco, ni de la China de Mao, a excepción de que Hitler encendía a las juventudes alemanas con la argumentación de una supuesta superioridad racial, de que Mussolini lo hacía apoyándose en el viejo esplendor romano, de que Stalin —dándole la espalda a las motivaciones marxistas—, explotaba un discutible paneslavismo; de que Mao —con los vestigios de la grandeza china a cuestas— lo lograba con la muralla, la ciudad prohibida y todas las glorias de las viejas dinastías; y Franco, perversamente, con un catolicismo trasnochado.

Jean-Paul Sartre


Los que fuimos jóvenes y adolescentes en el trujillismo sabíamos que el mañana no nos pertenecía y por eso recurríamos a soñar hasta que se abrió, primero la ventana del existencialismo sartreano, y luego la puerta de la revolución cubana, donde recibimos señales acerca de que no todo estaba perdido. El existencialismo, como un-darnos-cuenta de que dentro de nosotros podíamos ser libres, fue una coraza donde nos sumergimos algunos para luego estallar junto a esa algarabía continental que fue la revolución cubana. Sin embargo, como todo lo que forma la dicotomía dictadura-libertad, el régimen totalitario de Trujillo calcó ciertas esencias de los europeos y jugó a la eternidad a través de construcciones e intangibles que, como las edificaciones, la educación y las ciencias, se emparentaban con el futuro.

3. Pregunta: “¿No éramos más felices que ahora?” “¿De qué vale la libertad con hambre?” “Hoy, con el Jefe, tendríamos menos libertad y más pan.” “¿Era aquello peor que esto que se vive ahora?” Son algunas citas del libro, que vienen sobre todo de la Viuda. ¿Son cosas que hoy en día todavía les preocupan a los dominicanos? ¿Todavía es difícil soltar ese pasado? ¿Qué opina sobre el tema?

E.C.: En el imaginario dominicano Trujillo no ha muerto, aún el sesenta y cuatro por ciento de la población del país haya nacido después del 1961, año en que fue muerto. Y esto debido a que las estructuras del país creadas por aquel sistema son, con muy pocas modificaciones, las que aún nos gastamos. Posiblemente la más sólida de esas estructuras sea la milicia, creada como un calco de la norteamericana y que, junto a la policía y los servicios de inteligencia, era la encargada de guardar el orden durante la dictadura. A pesar de que el cincuenta por ciento de los dominicanos nació a partir del 1986, es decir, veinticinco años después de la muerte de Trujillo, el hogar, la escuela, la prensa y la industria editorial se han encargado de mantener viva su imagen a través de condenas y, a veces, de loas, por una razón que parece poco convincente: porque el tema de Trujillo vende.

Distinto a como se estableció en las dictaduras de Stalin, Mussolini, Hitler y Franco, donde la exclusión de trotskistas, judíos y comunistas era una estrategia de cohesión, Trujillo lo hizo a la inversa, atrayéndose a la crema y nata de la intelectualidad pensante, ya fuera ésta izquierdista, como aconteció con Francisco Prats-Ramírez, un derechista, como sucedió con el caso de Manuel Arturo Peña Batlle; o de origen humilde, como sobrevino con Ramón Marrero Aristy. Del mismo modo, Trujillo creó una oficialidad élite en los cuerpos armados que, hasta el día de hoy, sus descendientes de tercera y cuarta generaciones mantienen activa.


La analogía de qué diablos fue mejor entre aquello y esto se establece a través de un cordón que no es umbilical sino testimonial donde se columpian el desayuno escolar nutritivo, el obsequio de uniformes y libros, la calidad del profesorado, la puntualidad del año escolar, entre otros ítems. Europa y el mundo lo saben: las tiranías apuestan al futuro con unas estrategias que, por lo regular, sobrepasan varias generaciones a través de testimonios como el de la Viuda Monegal.

4. Pregunta: ¿Recurrió a fuentes concretas o hechos concretos para evocar en los capítulos del Gordo y del Flaco, por ejemplo, la teoría del antihaitianismo (138) o la llegada de los cibaeños a San Cristóbal (140)? ¿Cómo procedió y cómo ve la relación con la historiografía sobre Trujillo?

E.C.: El antihaitianismo en República Dominicana no requiere ser rememorado para sentir sus latidos, porque forma parte de nuestro modus vivendi. El antihaitianismo nace con nosotros y nos acompaña a la escuela, a la iglesia, a los lugares de diversión y, a veces, hasta lo sentimos presente en los momentos de alta sexualidad. Pero ese péndulo de odio que se mueve sobre los dominicanos no es unívoco en esta parte de la isla, ya que del otro lado, desde Haití, también vive y molesta un sentimiento igual —o peor— hacia nosotros, sobre todo a partir de la tiranía de diez años del caricaturesco emperador Faustin Soulouque (1849-59), quien alimentó la idea de que la verdadera independencia dominicana era una consecuencia de la haitiana y de que la isla total les pertenecía. Posiblemente muchos europeos se pregunten la razón de que Haití, la colonia americana más rica a comienzos del Siglo XIX, sea hoy, no sólo el país más pobre de Latinoamérica, sino de todo el mundo. La razón es bien simple: mientras que para un colonialista francés un negro era un esclavo, un colonialista francés o europeo era el mismo demonio para un negro. Así de terrible era el odio que se reciprocaban los amos y sus esclavos, un odio que tuvo su culminación a finales del Siglo XVIII, haciendo estallar las primeras rebeliones hasta culminar con la independencia haitiana en 1804. Pero la acumulación de maltratos a que fue sometido el esclavo en Haití hizo que el recién liberado esclavo siguiera odiando lo blanco y todo lo que él representaba: tecnología, lengua, cultura. Dentro de ese odio entraban los mulatos porque no representaban la condición emblemática de su identidad: el color negro puro. Así, la parte española de la isla, con su población inmensamente mulata, se convirtió en blanco de esa animadversión.

Otra noción para explicar ese odio recíproco entre dominicanos y haitianos se encuentre alojado, tal vez, en las piraterías inglesas, en los asentamientos de los aventureros normandos franceses en la isla de La Tortuga y —¿por qué no?— como lo señalé en mi novela Guerrilla nuestra de cada día, concebido en dos acuerdos metropolitanos: la llamada Paz de Ryswick (1697) y el tratado de Aranjuez (1777), donde las metrópolis sentenciaron el futuro de La Hispaniola. Es decir, esos malditos tratados nos formaron tal como fuimos y, peor aún, como lo que somos hoy y lo que tratemos de ser en el futuro. A través de esos convenios este lado de la isla fue condenado —por la corona española y el catolicismo romano— a uno de los más crueles abandonos que conoce la historia.

Es penoso que, aún, mucha de la historiografía española se adhiere a otras nociones para obviar los fenómenos que la llevaron al atraso y, por consiguiente, a la pérdida de su extraterritorialidad, como fue la preponderancia de la plantación como eje del complejo económico del Caribe, así como del resto del continente y el mundo. Mientras España se aferraba a la explotación del oro en un mundo preindustrial, Inglaterra y Francia propulsaban el comercio del azúcar, cacao, café, algodón y tabaco (con mano de obra esclava), llevando la plantación hacia un extraordinario protagonismo comercial y convirtiendo a St. Kitts, Barbados, Jamaica y Saint Domingue (Haití) en prototipos del desarrollo colonial. El historiador británico Gordon Lewis (1987) relaciona ese periodo de esplendor colonial con una ideología de la plantación que catapultó la trata de esclavos hacia su mayor pico histórico. Ese modelo económico trató de ser copiado por Puerto Rico y la parte española de Santo Domingo, pero por la pobre estrategia comercial de la metrópolis nunca pudo despegar. Es importante decir aquí que una de las ventajas del comercio marítimo de los ingleses y franceses se debió a la utilización de naves más livianas y veloces que las empleadas por la corona española, la cual, no obstante su fracaso con la llamada armada invencible, no copió las diseñadas por los armadores holandeses, quienes fueron los verdaderos creadores de la modernidad.

El errado concepto de que la independencia de la parte española de Santo Domingo fue una consecuencia —por ósmosis— de la haitiana y que aún se mueve en Haití a través de consignas aupadas por políticos e intelectuales, se disipa por una sencilla razón: la esclavitud en este lado de la isla se reducía a una práctica sui generis, debido a la pobreza de las plantaciones, ejerciendo este fenómeno el nacimiento de una sociología que aún no se ha estudiado: la del mulataje como categoría racial. Dentro del abandono a que fue sometido por la España, el esclavista de nuestro lado socializó con su esclavo y de esa vinculación germinaron el mulataje y el compadrazgo —en tanto amistad condicionada al juego de dominó, la práctica de una santería alejada del animismo yoruba (o vudú, que se oficia en Haití) y el bautizo de niños.

Para nadie es un secreto que Trujillo era una fiel representación del mulataje —como somos alrededor del cincuenta por ciento de los dominicanos—, una condición que le fue señalada al dictador por los interventores yanquis a comienzos de diciembre del año 1918, cuando se presentó ante los interventores para su enrolamiento en el cuerpo de marines con una recomendación del oficial norteamericano James McLean, amigo de Teódulo Pina Chevalier, tío del futuro hombre fuerte dominicano. El enganche de Trujillo al USMC fue producto de la necesidad norteamericana de formar a la carrera un ejército de dominicanos debido a que sus mejores hombres destacados en el país fueron conducidos a Europa para participar en la guerra.

Si algo ha caracterizado al personero dominicano a través de la historia ha sido la facilidad con que se adhiere a la coba (la adulación o lisonja, si se prefiere) y a las serruchaderas de palo (expresión que usamos cuando alguien, a través del chisme o de la intriga, hace perder su posición a otro) y Trujillo era débil, sumamente débil frente a estas artimañas cuando ensalzaban su gigantesco ego.

Por otra parte, a los cibaeños los vi llegar a San Cristóbal porque vivía frente a frente a la escuela pública, que fue el lugar en donde fueron recibidos por el gobernador provincial y otras autoridades civiles y militares. Fue así como me convertí en testigo directo de aquella intermigración —que es el neologismo que utilicé en la novela para exponer la teoría del mestizaje en uno de los documentos del personero que descubren los bibliotecólogos.

Aquel movimiento humano fue parte de una política de mestizaje racial cuyo fin era blanquear los residuos de los asentamientos esclavos en las zonas de Hatillo y Nigua, en la provincia natal de Trujillo. En uno de esos poblados —Nigua— se escenificó uno de los primeros levantamientos de esclavos de América y fue baluarte del cimarronaje.

Los cibaeños que fueron transportados a San Cristóbal estaban integrados por familias (padres y madres jóvenes con hijos) y todos eran blancos provenientes, en su mayoría, de las Lomas de Gurabo, una zona suburbana de la ciudad de Santiago, en donde no abundaron las mezclas entre españoles y esclavos. Esta intermigración dio, desde luego, los resultados buscados, porque como viví cerca de cinco años en la que se llamó ciudad benemérita y luego me mantuve visitándola hasta que mi madre y mis hermanos fueron obligados a abandonarla por razones políticos en el año 1959, pude observar cómo numerosos muchachos y muchachas sancristobalenses se casaron con muchachos y muchachas gurabeños. Una de las familias cibaeñas que fue transportada a San Cristóbal fue, precisamente, la del ex presidente Hipólito Mejía, quien se autotitula, pomposamente, El guapo de Gurabo.

5. Pregunta: El Personero” cuenta, también, la historia de su propia creación. Así usted menciona (con demasiada modestia) su propio nombre (“Efraim Castillo, un escritor de mala monta, pornográfico”). ¿Cómo ha procedido para escribir la novela?

E.C.: El Personero es una novela polifónica, en donde voces provenientes de múltiples zonas (sujeto problemático, sujetos satélites, coro y meta-sujeto) se mezclan para conformar una unidad narrativa con una relación específica entre sus partes y la totalidad del texto, y transitando alrededor de una estructura que responde al enunciado de Lukács (1962) que define la novela como un ilimitado discontinuo (que se) opone al infinito continuo de la épica. En El texto de la novela (1970) la psicoanalista y lingüista franco-búlgara, Julia Kristeva, reafirma este concepto —que jugó un rol de primacía en la literatura europea por casi cuarenta años— rescata lo referente a la intertextualidad de Mijail Bajtin, sobre todo en lo referente a la intersubjetividad (Kristeva, 1981). Mi inmersión como voz en el texto de El Personero obedece a una razón fundamental: evitar el concepto falsificador de la realidad. Como locutor, como voz-guía para enrumbar una trama que estaba reproduciendo demasiada realidad, inmiscuí mi nombre en el orden de la ficción (aunque en son de burla) para reafirmar que lo narrado obedecía a una ficción literaria y no a la historia.

El Personero es el resultado de dos procesos: el vivencial, que modeló mi cultura, y el testimonial, que fue el que me obligó, a través de mi rol de escritor, a exponer los nudos problemáticos de un sistema que, aún, atenta contra la totalidad. Los calificativos de escritor de mala monta y pornográfico los inserto como un preludio del fracaso de la aventura literaria proyectada por los bibliotecarios, los cuales se forjaron su propia utopía con los despojos del vía crucis de Alberto Monegal, el personero.

6. Pregunta: El libro está dedicado a Eugenio de Marchena y a otros que murieron bajo Trujillo. ¿Por qué privilegió a De Marchena (220; 287)? ¿Qué simboliza para usted?

E.C.: Eugenio de Marchena, un capitán del ejército que orquestó un complot contra Trujillo a mitad de los cuarenta, ha sido uno de los héroes más olvidados de la República Dominicana y a quien, simplemente, se recuerda a través de una corta y estrecha calle de Santo Domingo que lleva su nombre. Para comprender la heroicidad de De Marchena, primero hay que entender qué constituyó el miedo en la sociedad dominicana, oprimida por una dictadura a la que no le temblaba el pulso para robar, torturar y matar. Trujillo ascendió al poder siguiendo un trazado yanqui de domesticación interna, en donde la tortura era el preludio para detectar y aplastar cualquier conspiración, cercenándola desde la parte sana del cuerpo. El dictador tejió —no sólo en la población civil, sino también en su propio ejército— un pánico tal, que la delación en el cuartel era más frecuente que entre el resto de la población. Desde luego, ese terror, ese miedo dentro de los cuarteles sólo era percibido por los que, como yo, estábamos vinculados al ejército a través de un familiar cercano. Mi padre, Efraim Arturo Castillo, fue un oficial que entró a la milicia en 1922, en plena ocupación yanqui, y alcanzó el rango de capitán, dieciocho años más tarde; es decir, en 1940.

Cuando comencé a escribir El Personero, en 1984, tenía la idea de tejer dos historias que convergerían en el complot del capitán De Marchena. Una de las historias debía centrarse en la ascensión como favorito del círculo íntimo trujillista de un personero que se enamora de la amante favorita del dictador, y la otra en el rápido ascenso de un oficial del ejército que decide derrocar a Trujillo. Aunque ambas historias se relacionan, intertextualmente, de ninguna manera representan lo que había ideado. En el trazado inicial de la novela, el complot del capitán De Marchena no constituía una trama satélite, sino que se integraba al desenlace. O sea, al violentar lo presupuestado en la idea original, que era otorgar al complot militar la misma carga de significantes que contenía la aventura amorosa de Monegal y Marta, no tuve más remedio que relegar esa historia a la temporalidad del enunciado, donde De Marchena carece de voz y sólo habla a través de lo que Benveniste señala como uno de los niveles del discurso.

Por haber recortado el complot de Eugenio de Marchena, insertándolo como una trama satélite dentro de la novela, cuando la idea primaria era situarlo como un discurso dual de la historia, sentí que era una obligación dedicar la obra a quien fue uno de los grandes héroes de la resistencia antitrujillista.

Relación con Vargas Llosa, La fiesta del Chivo


7. Pregunta: Su novela comparte la temática, parcialmente, con “La fiesta del chivo”. ¿Qué opina sobre este libro? ¿Cómo lo percibe en relación a su libro y a la representación de Trujillo?

E.C.: La temática de La fiesta del chivo no fue para mí una sorpresa, ya que la literatura de ficción tejida alrededor de la Era de Trujillo es sumamente abundante. El Personero lo escribí quince años antes (1984) de que Vargas Llosa publicara su novela y tengo tres testigos importantes para probarlo, ya que entregué a ellos sendas copias del texto original: uno a la académica y crítica alemana Frauke Gewecke, de la Universidad de Heidelberg (ver en el Anexo 1), quien hizo mención de la novela en uno de los más importantes diccionarios literarios germanos, en 1989; otro a Lourdes de Cuello, esposa de José Israel Cuello, a quienes dedica Vargas Llosa su novela (ver en el Anexo 2 el plan de relaciones públicas y publicidad que esbocé para el lanzamiento de La fiesta del chivo en República Dominicana, que entregué a Lourdes en el mes de julio del 1999); y el tercero al lingüista y crítico literario Diógenes Céspedes.

Quizás parezca mentira, pero no puedo opinar sobre La fiesta del chivo porque todavía no la he leído, aunque sí muchos de los trabajos que se han escrito sobre ella, algunos de los cuales —sobre todo los correspondientes a críticos dominicanos— coinciden en que el escritor nacionalizado español (cuya novela La ciudad y los perros forma parte de mi canon) tergiversó muchos hechos históricos, algo que Tzvetan Todorov llama, cuando se cambian hechos, sentimientos y experiencias en una obra de ficción, una infracción al orden.

Al respecto, considero que la creación literaria puede ir hacia cualquier lugar dentro de eso que Antonio Elorza enuncia como el orden de la ficción. De ahí, a que para no caer en lo panfletario y operar la neutralidad ideológica, la literatura de ficción debe respetar —según argumenta el propio Elorza— el orden de la vida y la realidad histórica.

Para explicar la complicidad de numerosos intelectuales en el sistema trujillista, los fundí a todos y creé al personero. Por eso le negué al doctor Diógenes Céspedes que el personaje problemático de la novela fuera Peña Batlle (algo que nunca me creyó) o Garrido o Balaguer o Marrero Aristy. El personero de mi novela está integrado por la mayoría de los intelectuales que operaron un sistema de loas y complicidades dentro del tejido de la dictadura. Eso sí, respeté los hechos históricos y asumí la responsabilidad de una ficción total, tan sólo cómplice de ciertas coincidencias imposibles de salvar y que —como explica Lukács en su Teoría de la novela, apoyándose en Hegel—, se insertan en el texto cuando se enfrentan la totalidad de la vida a la totalidad del movimiento y los objetos.

8. Pregunta: Tanto en “La Fiesta del Chivo” como en “El Personero”, el sexo juega un papel importante. En ambas novelas hay un padre que lleva su hija al Jefe. Sin embargo, Urania y Marta reaccionan de manera totalmente distinta. En el caso de la relación sexual entre Trujillo y Urania, se trata de violación, mientras que a Marta le gusta; admira al Jefe. Parecen ser dos extremos. ¿Cree que ambas reacciones se encontraron en realidad?

E.C.: La sexualidad en las dictaduras juega un rol de primacía. Bastaría con repasar, no sólo las latinoamericanas, sino también las europeas, asiáticas y africanas en el estadio que recorrió la de Trujillo y realizar un estudio analógico. En las dictaduras el poder se ejerce con violencia y uno de sus blancos favoritos es la mujer, a quien se aplasta desde todos los niveles: desde el hogar, desde los recintos de la estética, desde las ciencias y desde las fábricas. Los nazis relegaban a las madres al hogar, la cocina y la iglesia, a excepción de Leni Riefenstahl y otras pocas, y lo mismo ocurrió en la Italia fascista y en la España de Franco. En la única dictadura que la mujer sobresalió un tanto fue en la estalinista, aunque el papel que jugaron las amantes fue vergonzoso. La entrega de muchachas a Trujillo por parte de sus padres fue una reproducción de lo acontecido desde la colonia, donde los hateros y hacendados tenían el derecho a disponer de los virgos de las hijas de sus esclavos, primero, y de sus peones, después. Esa práctica, sin embargo, reprodujo la misma cultura del desvirgamiento que se operó durante el feudalismo y ésta la de los procesos de reproducción rupestres. Lo que ocurre es que durante el ejercicio dictatorial se potencian todas las aberraciones y es de todos sabido el extraordinario apetito sexual de Trujillo, quien murió, precisamente, cuando se disponía a acudir a una cita amatoria.

La diferencia entre Urania (el personaje femenino problemático de La fiesta del chivo) y Marta (el de mi novela) reside en que Vargas Llosa fabrica un falso expediente alrededor de su personaje, estableciendo un encuentro violento, mientras que en mi novela lo aderezo con un poema de Rubén Darío recitado por el propio Trujillo (¡Amoroso pájaro que trinos exhala / bajo el ala a veces ocultando el pico; / que desdenes rudos lanza bajo el ala, / bajo el ala aleve del leve abanico!), mientras ella toma champán y él su brandy favorito, todo con el propósito de operar una metáfora escatológica a partir de las imágenes significantes, porque, que se sepa, Trujillo sólo violó mujeres cuando sirvió como oficial de las tropas de ocupación —destacándose el caso de Isabel Guzmán, que reproduzco en mi obra Los inventores del monstruo. Se podrá argüir que las amantes de Trujillo no fueron, en realidad, sus amantes, porque la mayoría, la inmensa mayoría, fueron muchachas llevadas al dictador a cambio de prebendas. Pero, exceptuando dos o tres, casi todas fueron casadas con oficiales de las fuerzas armadas y ninguno de sus esposos guardó rencor hacia el dictador debido a presuntas violaciones. A veces, se cometen errores de falsificación extrema cuando se trata de conciliar ciertas necesidades narrativas.

9. Pregunta: ¿Está de acuerdo si digo que Vargas Llosa, en su novela, se propone más bien denunciar la violencia y mostrar la cara cruel del régimen, mientras que para usted la Era es sobre todo el cuadro dentro del cual se desarrolla la historia? Es decir, ¿usted se centra en los amores, las intrigas?

E.C.: El Personero es, ante todo, una historia de amor que viaja alrededor de un círculo de horror e intriga. Es una historia de amor como cualquier otra, excluyendo, desde luego, que los personajes involucrados en el affaire tienen compromisos insalvables con un tirano: Marta como amante favorita y Monegal como ideólogo del reino. Pero en El Personero busqué explayarme hacia una dialéctica social que debía tocar, panorámicamente, las alegrías de un país que, ¡por fin!, había saldado su deuda externa, logrando cierto grado de desarrollo por primera vez en su historia, y las penurias de los que, como Eugenio de Marchena, deseaban otro tipo de satisfacción. Desde luego, para describir el espíritu de la Era debía establecer los correlatos ideológicos fundamentales que han incidido en el imaginario de la República Dominicana desde su fundación: el peligro haitiano, por una parte, y la dicotomía blanco-negro-mulataje, por la otra, colocando a Monegal como el teorizador que los enlaza.

Tema del amor, personajes


10. Pregunta: Usted describe variantes del amor, no sólo heterosexual, sino también homosexual. ¿Qué función tienen estos fragmentos incorporados a la novela, sobre el día de bodas, sobre el hijo de Monegal, sobre Marta y Sor Gatusa?

E.C.: Así como el machismo y la exaltación de la testosterona constituyen un sistema de opresión en las dictaduras, el homosexualismo es su contradicción, casi su némesis. Todas las narraciones de homosexualismo de mi novela las inserto como parte de la otra historia, de ese país clandestino que se movía dentro de la Era. Así, la carta de la amante que narra a Monegal cómo es seducida por la cuñada el día de sus bodas, y que los bibliotecólogos registran como el acto número 0001 del drama que vivió el país, constituye, al igual que el episodio de Marta con Sor Gatusa, ejes de una cotidianidad que sobrevuela los tributos y órdenes exigidos por las dictaduras. El caso de J. Antonio es otra cosa: constituye la venganza de la Viuda Monegal por los excesos extramatrimoniales del personero, los cuales la llevan, inclusive, a contagiarse de sífilis tras un viaje de su esposo a Haití. Como una estrategia donde el odio, la angustia y el dolor convergen violentamente, la Viuda Monegal conduce a J. Antonio hacia su conversión en homosexual, vistiéndolo con ropitas de niña, comprándole muñecas, e inscribiéndolo junto a sus hermanas en clases de ballet con la mejor instructora de la época: Madame Corbett.

11. Pregunta: En cuanto a Monegal, es obvio que le gustan mucho “las faldas”. ¿Se podría decir que Monegal, en su relación con Marta, se muestra el polo opuesto del “macho típico” (El Jefe), ya que Marta le hace perder la cabeza? ¿Se muestra una persona frágil, “débil” en la opinión del “macho típico” para quien la mujer es mero objeto de deseo?

E.C.: Todos los personeros de la dictadura trujillista trataban, de una forma u otra, de imitar al Jefe. Por eso —y con excepción de la época colonial, donde el poder de los hateros se contabilizaba por sus queridas o amantes—, la Era fue también un circuito donde proliferaron las mujeres que buscaban la ascensión social a través de esa práctica. La sociología del queridaje, entonces, es otro material para el estudio de un menage-a-trois que alcanzó cierta categoría en el organigrama familiar. Como ideólogo principal del régimen, Monegal tenía que seguir unas reglas que vinculaban la hombría, el poder y el bienestar a las conquistas amorosas, aunque sabía que su liaison con Marta le haría perder su sensus communis, ese sentido común que le había acompañado hasta entonces. Las voces corales que inserto en la novela lo señalan al final, cuando el personero deja de aparecer frente a la ventana: ¡A lo mejor éste (Monegal) ya se fue, recuerden que se encerró por amor!

12. Pregunta: Monegal es un intelectual cuya biblioteca contiene todos los clásicos de la literatura y filosofía mundial. ¿Era posible tener tal biblioteca bajo la dictadura?

E.C.: La biblioteca que reproduzco en El Personero es la que heredó mi madre de su padre, Alberto Arredondo Miura, mi abuelo, quien aprovechó sus múltiples viajes a Europa para comprar libros y otros objetos que coleccionaba de manera casi enfermiza. Esa biblioteca llegó a contar con más de quince mil volúmenes y antes de que fuera arrestado y torturado en la vieja cárcel de Nigua por negarse a destruir los archivos que contenían los procesos de abigeato (robo de ganado) de Trujillo y sus familiares (mi abuelo era juez presidente de la Suprema Corte de Justicia), se reunían en su hogar destacados intelectuales dominicanos: Juan Bosch, Alexis Liz y Joaquín Balaguer, entre otros. Pero en el país había otras bibliotecas fabulosas, como las de Emilio Rodríguez Demorizi, Francisco J. Peynado, Manuel Arturo Peña Batlle, Víctor Garrido, José Ortega Frier, Gustavo Mejía-Ricart, Rafael Damirón, Rafael Américo Henríquez, y otras.

A finales del Siglo XIX el país contaba con menos de un millón de habitantes y aunque la población analfabeta rondaba el noventa por ciento, contábamos con cientos de poetas —muchos ilustrados y otros no— y un poco más de una docena de narradores (en Internet se pueden obtener estos datos accediendo a la biblioteca digital del diario El Caribe).

13. Pregunta: ¿La formulación de la teoría de la sobrevivencia (217) tiene que ver con la idiosincrasia del pueblo dominicano? ¿A este respecto se podría decir que el Trepador es un “tíguere” dominicano? ¿Cuál ha sido el propósito, también en lo que se refiere a la amistad entre Gómez y Martínez?

E.C.: La segunda acepción que da al vocablo trepador el Diccionario de la Lengua Española (de la Real Academia, 2001) es muy explícita: que trepa sin escrúpulos en la escala social.

En el tejido social dominicano el acto de trepar sin escrúpulos se ha convertido en una verdadera epidemia, enraizándose en todos los niveles: los partidos políticos, la iglesia, los institutos armados, la burocracia oficial, las estructuras industriales. Pero al trepador no se le debe confundirse con el tíguere, en virtud de que éste adolece de la estrategia con que aquél opera. Mientras el tíguere establece su plan de acción a través de una descarada inmediatez, asaltando por sorpresa a su víctima (para pedir o engañar), el trepador opera la sumisión, la coba y un servicio ilimitado de patrañas y denuncias que puede alcanzar la alcahuetería, primero, y el crimen, después.

En El Personero presentó a Gómez y Martínez como los trepadores por antonomasia. Martínez trepa a través de su hija y Gómez a través de otros trepadores utilizando su experiencia burocrática y el conocimiento profundo de los personeros que se mueven en el círculo íntimo de Trujillo.

Praxis escritural


14. Pregunta: Usted integra elementos de una novela policiaca tradicional en la trama y se refiere a autores como Dashiell Hammett (360), a personajes como Holmes (319). ¿Lo influyó mucho este género que sólo ha adquirido más fuerza desde hace dos décadas en América Latina?

E.C.: Definitivamente comencé a escribir El Personero con la idea de realizar una novela negra, un género que me apasionó desde que leí las tres historias de Poe que lo crearon: Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada. Las historias de Poe hicieron que cavilara acerca de si Los miserables, Crimen y castigo y otras grandes novelas no entraban en el mismo género negro. Porque, ¿no es acaso, no sólo la novela, sino la literatura negra (que muchos estudiosos consideran que nació con el Edipo Rey de Sófocles), una estructura donde se insertan uno o varios crímenes que un sujeto (en este caso un detective, o un intelectual, o un científico) debe investigar a través de métodos establecidos o nuevos, obteniendo en el desarrollo de la trama múltiples respuestas salpicadas de violencia, hasta alcanzar o dejar latente una solución inesperada? Al principio pensé en titular la novela como La conexión del halcón, tal vez influenciado por El halcón maltés de Dashiell Hammett, pero comprendí que el texto no reunía esa estructura del pulp, ni mucho menos del hard boiled, y aunque tanto el Gordo como el Flaco podían incrustarse en las señas clásicas de los investigadores del serial negro, carecían de la violencia e intuición de los detectives norteamericanos y franceses (como un Sam Spade o un Inspector Maigret de Simenon), desprovistos, asimismo, de la elegancia de los postvictorianos (Sherlock Holmes y Hércules Poirot). Así fue que decidí olvidarme del género negro, dejando a un lado los asesinatos presupuestados e insertando, como un halo de misterio, el caso de la hija de Marta, que tanto Monegal como Trujillo consideraban suya.

15. Pregunta: ¿Por qué son siempre muy gruesas las novelas que publica?

E.C.: Horacio Quiroga, el más intenso de los cuentistas latinoamericanos, sabía que para escribir una historia corta se tenía que tener en cuenta hacia donde se iba, destacando que las tres primeras líneas revestían casi la misma importancia que las tres últimas. Pero eso, desde luego, sólo puede aplicarse al cuento, no a la novela. La novela es —volvamos a Lukács— un ilimitado discontinuo y, como agrega Julia Kristeva, un relato que debe superar la epopeya y al (propio) cuento. Kristeva afirma que en la novela, la unidad del universo no es ya un «hecho», sino un «fin», en el que la investigación introduce un elemento dramático. Superar la epopeya y al propio cuento lo podemos encontrar en una reducida exposición como en el Pedro Páramo, de Rulfo, o en una extensísima relación de relatos conectados a un personaje problemático, como en el Ulises de Joyce. Es decir, que en la novela no entra —y sigo con la Kristeva— una definición precisa y satisfactoria en cuanto al grueso de su extensión. Cortázar comparaba al cuento con una fotografía y a la novela con el cine, argumentando que en la medida que una película es, en principio, un «orden abierto», novelesco, una fotografía presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara.

La novela, como un corpus donde la mutación es posible, puede extender o contraer la vinculación de los textos respecto a la autonomía de los sujetos. Por eso, en esta trilogía conformada por El Personero, Currículum (El síndrome de la visa) y Guerrilla nuestra de cada día, no escatimé los riesgos de la extensión respecto a la popularidad ni a las ventas. La ventaja de los que escribimos sin la presión de una editorial que busca, entre otras cosas, el éxito mercadotécnico para obtener beneficios, es que podemos explayar la creatividad absorbiendo las convergencias históricas para transformarlas en objetos totales.

Entonces, he ahí la respuesta del porqué las novelas que estructuran esta trilogía cuentan —cada una— con más de ciento veinte mil palabras.

16. Pregunta: Usted integra dominicanismos en cursiva. ¿Por qué opta por esta demarcación?

E.C.: El empleo de las cursivas para ciertos dominicanismos y otras palabras (como algunas toponimias) lo realizo para facilitar la identificación de ciertos vocablos para los que, en el futuro, intenten traducir mis novelas. Se debe recordar que el traductor tiene que asumir la identidad de lo traducido, convirtiéndose en un doble de lo expresado en el texto original. La traducción implica un acto donde la lengua traducida deja de ser local para convertirse en la de la traducción. Al convertir la locución vernácula en cursiva sólo trato de advertir al futuro traductor —ese interpretador que asumirá el papel de doble— que debe respetarla, encapsulándola en el mismo formato o, simplemente, permitiéndole continuar su voz en la lengua madre, evitando eso que Roman Jakobson (1979) enuncia como la interpretación de signos lingüísticos por medio de otros signos de la misma lengua (rewording). Así de simple.

17. Pregunta: En cuanto a los críticos literarios, en el libro leemos: “Es la única profesión que mezcla, sin pasión desde luego, lo ruin y lo espantoso, en un aquelarre vergonzoso”. ¿Cómo ve al crítico literario?

E.C.: Si el traductor es un intérprete del tejido textual para volcarlo en otra lengua, el crítico es un médium, un Dios para el cual un sistema de signos debe ser, ante todo, fiel a la totalidad reproducida, y en donde tema, motivo y trama deben situarse más allá del contenido y de la forma a través de un juicio reflexivo y desapasionado. Usualmente el lector de ficción vincula las variables textuales implícitas en el tema, el motivo y la trama, a los referentes de su vida. Por eso veo la función del crítico como una labor donde el desmonte profundo de lo verdaderamente trascendente del texto se convierta, o en paradigma, o en paréntesis, como diría Baudrillard. Para mí, el crítico, el verdadero crítico literario, como médium, debe saber distinguir la falsificación de lo legítimo, la verdad de la simulación y la realidad de la apariencia, emitiendo un sonoro eco que sirva de guía a los lectores. Desgraciadamente —y exceptuando a uno o dos, no más— los que practican la crítica literaria en la República Dominicana adolecen de estos atributos, porque vinculan sus sentimientos con el texto criticado y esto, desde luego, se ha convertido en una retranca para el progreso de nuestra literatura.

viernes, agosto 24

Fernando Claudín, El secreto de los Inmortales


Fernando Claudín, autor.


Hola, amigos. Soy Fernando Claudín, un escritor de novela juvenil, y estoy promocionando mi última obra, El secreto de los Inmortales. Os dejo el enlace de Amazon España y el de Amazon USA, donde se pueden leer las primeras cien páginas de forma gratuita en la opción click to look inside. Espero que os guste, y gracias de antemano por vuestro interés. Saludos.

SINOPSIS. Ambientada en la actualidad, en Madrid, con diferentes localizaciones: Roma, Brujas, Texas. Leonardo, de 18 años, líder de la banda llamada Inmortales Blancos, es el poseedor de la piedra filosofal, que heredó del cabalista Adif ben Leví, pero ha desdeñado ese valioso legado, desatendiendo a sus compañeros, en la eterna pugna que les enfrenta a la banda de los Inmortales Negros, porque se ha enamorado de Beatriz, de 16 años, estudiante de enseñanza secundaria.
A pesar de su edad aparente, Leonardo se ha constelado en 1510, obteniendo la inmortalidad, y su objetivo, como el de sus compañeros, es someter a la banda de los Negros, para que ésta no ejerza su perniciosa influencia en la Humanidad. Pero su amor por Beatriz le ha hecho renunciar a su glorioso destino, para matricularse en el instituto donde estudia ella, y mezclarse con sus amistades.
La novela se desarrolla en dos tramas paralelas: los esfuerzos de Leonardo por ser admitido en el círculo de Beatriz, para poder conquistarla, y los continuos combates mágicos que libran las dos bandas de Inmortales, que simbolizan el enfrentamiento entre el bien y el mal.
El amor imposible de Leonardo pone en peligro, de alguna manera, el equilibrio en el mundo, y además expone a Beatriz a una situación que puede ser dramática para ella, puesto que la inmortalidad no está a su alcance…
Pero entre Leonardo y Beatriz descubren que el padre de ella, muerto en un accidente de tráfico, es el último aborigen, es decir, un Inmortal del futuro, la única persona que puede conseguir que ella alcance la inmortalidad, y también salvar al mundo de la catástrofe que auguran los oráculos, en la que la Humanidad corre el peligro de extinguirse…

OBRAS PUBLICADAS EN PAPEL POR EL AUTOR

UNA LOCA COMO UN PALO DE ESCOBA Ediciones de la Torre, 1995
MUERTOS DE LA NADA Ediciones de la Torre, 1996
¡AHUECA EL ALA, URBANO! Ediciones S.M. 1997 Colección ALERTA ROJA
A CIELO ABIERTO Anaya, 2000 Colección ESPACIO ABIERTO
LA SERPIENTE DE CRISTAL Anaya, 2001 Colección ESPACIO ABIERTO
PACTO DE SANGRE Anaya, 2002 Colección ESPACIO ABIERTO
LA BANDA DE PEPO Anaya, 2003 Colección EL DUENDE VERDE
EL EMBRUJO DE CHALBI Anaya, 2004 Colección ESPACIO ABIERTO
LOU ANDREA SALOMÉ LA BRUJA DE HAINBERG Diálogo 2005 Colección AVATAR
LA BANDA DE PEPO JUEGA A LOS VIKINGOS Anaya, 2012 Colección EL DUENDE VERDE

CHINATOWN DOM: Wu Ruicheng encabeza delegación de Cantón en visit...

CHINATOWN DOM: Wu Ruicheng encabeza delegación de Cantón en visit...: Sr. Armenteros, Sr. Wu Ruicheng, Sr. Marino Joa NG Sra. Rosa NG Báez, Sr. Wu Ruicheng, Diputado Pelegrín Castillo, Sr. Su Kin Fong ...

lunes, agosto 13

Discurso de José Saramago en la aceptación del Nobel


De cómo los personajes se convirtieron
en maestros y el autor en su aprendiz
(Discurso de aceptación del Premio Nobel 1998 - Texto completo)

José Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.





Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?"

Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mal-Tiempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de Alzado del suelo y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de Os Lusíadas, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Súper-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de Sôbolos rios. Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada Que farei con este livro? (¿Qué haré con este libro?), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué harás con este libro?". Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del Memorial del convento, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.

De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde El año de la muerte de Ricardo Reis comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista -Atena era el título- en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".

El año de la muerte de Ricardo Reis terminaba con unas palabras melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí -La balsa de piedra- separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de La balsa de piedra -dos mujeres, tres hombres y un perro- viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en La balsa de piedra hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría História do Cerco de Lisboa, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida. Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación, profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.

Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir El Evangelio según Jesucristo. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del Nuevo Testamento a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. El Evangelio del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdónenlo, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en esa última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que te devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".

Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló In Nomine Dei. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en Él creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo...

Ciegos. El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama Todos los nombres. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdónenme si les pareció poco esto que para mí es todo.

FIN

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...