Macondo universal


© Fabián Corral B.

‘Cien años de soledad”, además de sus méritos literarios, tiene otro que singulariza al libro y explica su frescura después de cuarenta y cinco años. García Márquez expresó con maestría aquello de que la realidad latinoamericana, sus personajes y tradiciones, superan a la imaginación. De allí que la literatura haya quedado como la crónica de los absurdos, que deja a los novelistas la tarea de registrar lo que ocurre a la vuelta de la esquina, de contar lo que encierran los expedientes de la Colonia y República, de narrar guerras civiles, o de describir la vocación por la magia, que aún hoy es el hilo argumental de la política. Y, claro está, de contar las aventuras de los dictadores. La historia es la fuente principal de la literatura. Es, en sí misma, literatura, aunque a veces sea muy mala -de folletín y retórica-, con sus héroes, discursos y charreteras. Con sus íconos y sus mitos, sus santos y demonios. De todo eso nos alimentamos, y por eso, estas repúblicas son así: en ellas, la mitología y las utopías han desplazado a la realidad y han construido escenarios en que se representan, ante un público fervoroso y delirante, toda suerte de tragedias y comedias, con sus máscaras y sus ritos, sus víctimas y sus arlequines. La realidad derogó a la literatura. ¿Qué le queda a la imaginación en países donde un dictador como el mexicano Santa Anna enterró con solemnidad imperial a su pierna, perdida en batalla; donde revoluciones y golpes de Estado son la “piedra angular de la democracia”, la justicia y la “libertad”; donde, como en las novelas de Orwell, la libertad sirve para someterse a la esclavitud; donde caudillos, como Perón y Evita, son los santos eternos de una religión laica?

Gabriel García Márquez, en ‘Cien años de soledad’ y en ‘El Otoño del Patriarca’, capturó la magia de nuestro realismo. Evocó el aire de nuestras aldeas y los perfiles de su gente. Construyó, desde sus recuerdos de Aracataca, el Macondo universal que resume la índole de los latinoamericanos. La tradición quedó cuajada en la novela, como el silencio en los caserones donde vivió Aureliano Buendía, quien recordaría, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el día en que le llevaron a conocer el hielo. La naturalidad con que lo sobrenatural hace parte de la vida cotidiana en los libros de García Márquez, esa ingeniosa forma de aludir a la realidad del continente: lo mágico y lo absurdo se mezclan con la pedestre realidad, a veces la reemplazan, a tal punto que es imposible distinguir lo uno de lo otro. Como en las novelas, por acá, las ideologías están penetradas por dogmas con fuerza religiosa, a los hechos se los enjuicia y condena por su “maldad”, y por eso, la política tiene perfiles inquisidores. García Márquez tuvo la rara genialidad de hacer de la utopía del Macondo imaginario, un referente concreto y real de nuestra siempre dolorosa soledad.

Me hago eco de: http://www.elcomercio.com/fabian_corral/Macondo-universal_0_661733904.html

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