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miércoles, febrero 22

De islas, injerencias y hombres.



Por Huayna Jim

Como lo fue la instalaciòn de la Barrick Gold en diversas localidades del paìs, y que tan pronto se hicieron las bullitas, conciertitos y bonches de turno fue convenientemente olvidada por nuestro magro compromiso de lucha y perseverancia, la instalaciòn de una base milica norteamericana en la isla Saona es otro problema que merece nuestra atenciòn URGENTE como dominicanos y nuestra ràpida acciòn, para que no se piense que somos unos cobardes que con tal de no buscarnos problemas somos capaces de aceptar que destutanen nuestro paìs frente a nuestras propias narices. Ya pasò con lo de la privatizaciòn de nuestras playas. Ya pasò con la prohibiciòn del aborto aùn en condiciones terapèuticas. Pasò igual con lo de la grancera en los Haitises (¿en què estarà eso?). Està ocurriendo con cualquier caso de violaciòn a nuestros derechos ciudadanos, y a la soberanìa de nuestro territorio. Da la impresiòn de que a los dominicanos nos han silenciado en base a una combinaciòn de entretenimiento, pobre formaciòn y agobios econòmicos que parecieran justitificar cualquier desaguisado, cualquier inconducta cotidiana de nuestra parte, o bien toda la indiferencia ante el destino real de nuestro paìs, indiferencia de la que incluso nos jactamos. ¿A dònde llegarà esta pobreza de espìritu nuestra?

¿Saldaremos lo de la Saona con un par de marchas y algùn conciertito en la playa, de modo similar a como se hizo con lo de los Haitises? ¿Podràn màs la ignorancia inmediatista y el individualismo que la gotita exànime de patrioterismo que ni fuerza tiene para inflar nuestros pechos con orgullo y amor por esta HERMOSA, HERMOSISIMA, INEFABLEMENTE HERMOSA media isla en que hemos tenido la dicha de nacer?

Una base militar en la isla Saona es algo sencillamente impensable, y no es porque sea gringa, rusa, china o marciana. Seguirìa siendo igual de impensable aùn si hubiese sido una iniciativa dominicana, porque la Saona, diminuta como es, alberga vida vegetal y animal que serìa mortalmente amenazada por presencia humana tan intrusiva como la de militares. Pero que sea otro caso màs del ya tradicional irrespeto estadounidense (jamàs seràn los gringos “americanos” para mì) hacia la soberanìa de otro paìs, hace de la presente una situaciòn insoportablemente enojosa. Màs enojoso es que dicha injerencia gringa tenga lugar con la venia servil de un gobierno cuyas directrices ideològicas supuestamente se basan en la defensa de los mejores intereses de nuestra Patria, y en un rechazo frontal e innegociable contra la intervenciòn de EEUU en nuestros asuntos.

Algo muy esencial, muy necesario para la supervivencia de los dominicanos como pueblo ha muerto en nuestros corazones. Pero por alguna razòn, cada vez son màs numerosas e intensas las situaciones que nos retan a revivir ese “algo”, a alimentarlo para que se fortalezca y crezca. Somos un paìs pequeño, pero nuestros abuelos nunca rehuyeron el deber de hacer lo que fuera necesario para defenderlo de todo lo que amenazara su integridad. Y nuestros antepasados asì actuaron porque sabìan que èste y no otro, era SU paìs, la tierra que les habìa parido, la que les daba hogar, y la que por ende tenìan que cuidar. Esas generaciones no temìan hacer frente a quien fuera, ni a los ejèrcitos màs poderosos del planeta. Y asì lucharon en una època en la que no habìa internet, ni velocidades casi instantàneas en el trasiego de informaciòn a lo largo y ancho del planeta, como las hay hoy dìa. Es esa y no otra la actitud que mide la verdadera estatura de un Pueblo.

Pero esa actitud se ha ido, y no sè a dònde. Hemos porteado hacia el Poder a la peor ralea imaginable y hemos dejado que se instale en cada rincòn del Palacio Nacional y de nuestras instituciones pùblicas. Hemos dejado que esos gobiernos corruptos hagan y deshagan segùn les plazca, ofreciendo el paìs al pillaje de empresas y negocios asesinos, y ello a cambio de ningùn beneficio para los dominicanos màs allà de los grupitos que siempre tienen la sartèn agarrada por el mango, y al pueblo agarrado por el pichirrì. Hemos permitido que nuestra dignidad sea pisoteada en todas las formas pensables.

¿Cuànto màs se puede hacer para destruìr nuestra integridad? ¿Cuànto màs podemos aguantar tanta vejaciòn sin reaccionar verdaderamente?

Martha Rivera-Garrido Estoy de acuerdo contigo, aunque quisiera hacer algunas acotaciones. Y parecería que yo con mi acostumbrada virulencia soy la menos indicada. Desde el Artículo 30 de la nueva Constitución hasta la Barrick Gold, he venido confrontando seriamente con ideas y con piernas y con manos, a los dinosaurios (que no cocodrilos) que continúan dirigiendo el serpenteo crepuscular de una negación que no es otra que la de abrir las puertas de nuestra insularidad, cada vez más frágil ante el embate desenfrenado de información, que la encuentra sin las herramientas cognitivas ni conceptuales para enfrentar unos cambios en el mismo modelo de comportamiento de la crisis y en las alternativas que el postneoliberalismo va decantando, incluso espontáneamente. De modo que no me bastan ni me cuadran perfectamente los retornos y las nostalgias que podrían ejecutarse también a ultranza (de la misma manera que los anacronismos inherentes al nacionalismo desfasado en un mundo que cada vez más vertiginosamente va viendo difuminarse las fronteras). Y en ese sentido quisiera defender las manifestaciones desideologizadas (hasta el momento) de una sociedad civil (voy despreciando el termino pero todavía no me siento cómoda regresando al de “pueblo”) que si bien en cierto se ha comportado como dices, va arrancándole a la dinosaurocracia conquistas que no podemos ni debemos obviar, como fue la de Los Haitises. Cuando Sábato nos llama a la reflexión en La Resistencia, hace un señalamiento que quisiera pusieras al mismo lado de la página en la que con toda tu razón y con mucha lucidez escribes este llamado a la consciencia y cito: “La vida de los hombres se centraba en valores espirituales hoy casi en desuso, como la dignidad, el desinterés, el estoicismo del ser humano frente a la diversidad. Estos grandes valores espirituales, como la honestidad, el honor, el gusto por las cosas bien hechas, el respeto por los demás, no eran algo excepcional, se los hallaba en la mayoría de las personas.” Qué hacer, Huayna, cuando tenemos que echar mano de una generación transformada en su heterotopía? Pues la resistencia es precisamente encontrarnos allí, donde TENEMOS QUE CONSTRUIR NUEVAS RESPUESTAS. Recauchar los discursos, aprender de nuevo a pensar y accionar en ese contexto hacia el consenso..... son ideas. Aquí te las dejo.