domingo, octubre 23

¿Quiénes transaron la inmigración masiva haitiana

El GARR, un grupo de presión favorable a la inmigración haitiana, promueve una acusación judicial contra Baby Doc, bajo el supuesto de la venta de miles de sus conciudadanos para el corte de caña de azúcar en República Dominicana.

Esa imputación abre una caja de pandora sobre los diversos actores del juego fronterizo. Da oportunidad para la evocación de aquel informe (1983) de la organización Mundial del Trabajo (OIT), relacionado con la compra-venta de braceros haitianos. Es un documento más impactante que los de Wikileaks sobre la diplomacia estadounidense, porque se fundamenta en datos y estudios bien detallados sobre ese asunto binacional.  Son 208 páginas sin desperdicio.

La inmigración haitiana masiva, formal e informal (ambafil), es una corresponsabilidad directa de ambos Estados.  Los demás, son  jugadores o actores que toman decisiones, apuestan, usufructúan, se jactan de sentimentalismo nacionalista o de humanitarismo,  en ese contexto difuso.

Para la zafra de 1986 el Estado haitiano transó con el  Consejo Estatal del Azúcar (CEA) 19,000 personas a razón de US$132 cada una,  para un total de US$2.5 millones.  En ese momento sucedió la revuelta popular contra Baby Doc, durante la cual el general Henri Nanphy le reemplazó en la presidencia de Haití y aquel se alzó con el santo y la limosna.

Pero ese fue uno de los tantos contratos binacionales que sucedieron durante el periodo 1952-86, a partir del momento en que Trujillo inauguró su ingenio Río Haina. El primero de esos acuerdos, de 5 años cada uno, aparece en la gaceta oficial 7391, del 23 de febrero de 1952. Fue firmado entre el presidente de Haití, General Paul Magloire (1950-56) y Rafael L. Trujillo, quien urgía de cortadores de caña para sus emergentes negocios de la producción de azúcar. Luego el dictador François Duvalier (Papa Doc, 1957-71), ratificó dos veces ese convenio interestatal.

Los activos de prevaricación trujillista, entre los cuales se cuentan 12 ingenios azucareros,  fueron nacionalizados en 1962. Luego, en 1966 se consolidó el consorcio estatal llamado CEA. Por ese motivo, los contratos subsiguientes se transformaron en acuerdos tripartitos entre el CEA, el Estado haitiano y cada persona inmigrante. Sin embargo, el sujeto de la transacción, el inmigrante, nunca firmaba ni se le entregaba copia de algún documento relacionado con su respectivo contrato.

 En el tiempo muerto de 1980, la oficina Nacional de Planificación (ONAP) estimó la población de los bateyes en 110 mil personas, de las cuales el 77% fueron ciudadanos haitianos y sus descendientes. De esa población, 34 mil eran trabajadores nominales. Entre ellos, 19 mil correspondieron al CEA y 15 mil a Romana/Vicini/colonos.

Luego, la ONAP cuantificó los trabajadores agrícolas del CEA en el tiempo de zafra o producción fabril y reportó 40 mil de ellos, 32 mil de los cuales fueron haitianos. Lo más sorprendente: 19 mil fueron inmigrantes recientes y sólo 13 mil provenían de los establecidos en los bateyes en condición de "transito".

Durante el periodo 1968-1978 se reclutaron  bajo contratos formales entre el CEA y el gobierno haitiano un promedio anual de 14 mil trabajadores temporeros. Además, la ONAP estimó que durante ese mismo periodo ingresaron ilegalmente igual promedio anual.  Se infiere que la inmigración haitiana en ese lapso se estima en 280 mil personas.

En forma simple: Trujillo, los gobiernos subsiguientes a 1961, Romana, los Vicini y los colonos fueron usufructuarios de la inmigración masiva de haitianos hacia República Dominicana, porque eran imprescindibles para las labores agrícolas de la industria azucarera.

Pero al mismo tiempo, el Estado dominicano no tomó precauciones jurídicas ni operativas efectivas para el control migratorio. Al contrario, agentes paragubernamentales gestionaban la informalidad migratoria. Durante el gobierno de Juan Bosch se pretendió la nacionalización del corte de la caña, pero aquello fue un rotundo fracaso. Salvo el gobierno de Antonio Guzmán, el Estado nunca se ocupó de una evaluación objetiva de los haitianos residentes informales o "en tránsito" ni de sus descendientes. Los supuestos operativos de repatriación de inmigrantes haitianos tornaron en otro gran negocio fronterizo, en el cual participan sectores de ambos países y nunca sucedieron en los bateyes ni recintos agrícolas del CEA, Romana o Vicini.

En el plano jurídico, estuvo vigente la ley 95 de migración,  desde 1939 hasta el 2004. Hasta el año 2010 en la Constitución rigió el jus solis simple, sin restricción al derecho a la nacionalidad de los hijos de esos haitianos nacidos en República Dominicana.

En consonancia con esa contraproducente norma constitucional, el artículo 10 de la referida ley tiene un párrafo, el cual ratifica el jus solis y dice: "Las personas nacidas en la República Dominicana son consideradas nacionales de la República Dominicana, sean o no nacionales de otros países. Consecuentemente, deberán usar documentos requeridos a los nacionales de República Dominicana".

El numeral 2 del art. 18 de la Constitución vigente es quien pone límites al jus solis y restringe el derecho a la nacionalidad a los hijos "de extranjeros que se hallen en tránsito o residan ilegalmente en territorio dominicano".  Pero esa norma sólo aplica a los nacidos después del 26 de enero del año 2010.

En el año 2005, la Suprema Corte de Justicia (SCJ) emitió una sentencia sobre la constitucionalidad de la nueva ley 285-04. Trató de rectificar el entuerto de las decenas de miles de personas descendientes de haitianos, pero lo hizo en forma torpe, porque no toma en cuenta en sus consideraciones esa ley 95, las atenuantes del convenio bilateral de 1952 ni mucho menos el derecho internacional, concretizado en la Carta de San José, la que incorpora la jurisdicción superior de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por encima de la SCJ y del eventual Tribunal Constitucional, inclusive.

El reporte de OIT de 1983 ya advertía sobre la diversificación de la fuerza laboral haitiana. Se menciona principalmente la industria de la construcción. Atribuía el fenómeno a los bajos salarios y condiciones infrahumanas de los bateyes.

Actualmente los haitianos y sus descendientes laboran en diversos sectores de la economía, tales como quehaceres domésticos, turismo, comercio,  mendicidad callejera, vigilancia privada, entre otros.

Entonces, ahora existe una realidad "amarga", una "azúcar amarga": hay decenas de personas descendientes de haitianos que adquirieron derecho a la nacionalidad  dominicana,  fundamentados en nuestra propia Constitución, en nuestra propia ley 95. Es un asunto que nada tiene que ver con "amenaza haitiana", "seguridad nacional", con los inmigrantes originarios “en tránsito” ni con las repatriaciones de inmigrantes ilegales ni la soberanía nacional.

Es uno de los principales retos del Tribunal Constitucional. Ya en octubre del año 2010 hubo una audiencia en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la cual trató sobre la Constitución dominicana y derecho a la nacionalidad.  El presidente de ese organismo, el chileno Felipe González, le advirtió a al senador Prim Pujals, el delegado del Estado dominicano en esa audiencia sobre las inconsecuencias de las normas internas respecto a ese asunto de los descendientes de haitianos y la jurisdicción prevaleciente de la Corte Interamericana.

Paradojas: esa realidad social de la inmigración masiva y descontrolada de haitianos  fue engendrada por el mismo que en 1937 auspició la masacre contra esos ciudadanos, la que cambió el nombre al río Sanante.

Anselmo Paulino, quien fue el ejecutivo principal de la formación del consorcio azucarero de Trujillo, fue, a su vez, quien blanqueó el “corte del 37” y emprendió el soborno directo de funcionarios públicos haitianos. Financió la carrera política de Leslie Lescot y por demás se casó con Andree, una haitiana devota del vudú.

En 1951 se formó la Comisión para defensa del azúcar y fomento de la caña, un engendro institucional que facilitaba el proceso de apropiación personal trujillista de la industria azucarera y un precedente del pacto bilateral inmigratorio. Dicha Comisión la presidía Jesús María Troncoso Sánchez, el tío de Carlos Morales Troncoso, el actual canciller de la república.

Fueron miembros de esa Comisión: Manuel Arturo Peña Batlle,  uno de nuestros más ilustres intelectuales sobre asuntos domínico-haitianos, autor de  “La isla de la Tortuga”; Ramón Marrero Aristy, autor de la novela “Over”, la más emblemática ficción literaria de la vida del pica caña haitiano.

En fin, esta es una isla rodeada de dualidades por todas partes.

INMIGRACIÓN HAITIANA. Carta de Juan Bosch a los intelectuales que viajaron a Cuba en 1943

La Habana,
14 de junio de 1943.

Mis queridos Emilio Rodríguez Demorizi,  Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy: 


Ustedes se van mañana, creo, y antes de que vuelvan al país quiero escribirles unas líneas que acaso sean las últimas que produzca sobre el caso dominicano como dominicano. No digo que algún día no vuelva al tema, pero lo haré ya a tanta distancia mental y psicológica de mi patria nativa como pudiera hacerlo un señor de Alaska.

En primer lugar, gracias por la leve compañía con que me han regalado hoy; la agradezco como hombre preocupado por el comercio de las ideas, jamás porque ella me haya producido esa indescriptible emoción que se siente cuando en voz, en el tono, en las palabras de un amigo que ha dejado de verse por mucho tiempo se advierten los recuerdos de un sitio en que uno fue feliz. Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana, ni como ser humano ni como escritor ni como ciudadano; en cambio sufrí enormemente en todas esas condiciones.

Hoy también he sufrido…Pues de mi reunión con Uds. he sacado una conclusión dolorosa, y es ésta: la tragedia de mi país ha calado mucho más allá de donde era posible concebir: La dictadura ha llegado a conformar una base ideológica que ya parece natural en el aire dominicano y que costará enormemente vencer; si es que puede vencerse alguna vez. No me refiero a hechos concretos relacionados con determinada persona; no hablo de que los dominicanos se sientan más o menos identificados con Trujillo, que defiendan o ataquen su régimen, que mantengan tal o cual idea sobre el suceso limitado de la situación política actual en Santo Domingo; no, mis amigos queridos: hablo de una transformación de la mentalidad nacional que es en realidad incompatible con aquellos principios de convivencia humana en los cuales los hombres y los pueblos han creído con firme fe durante las épocas mejores del mundo, por los que los guías del género humano han padecido y muerto, han sufrido y se han sacrificado. Me refiero a la actitud mental y moral de Uds. – y por tanto de la mejor parte de mi pueblo – frente a un caso que a todos nos toca: el haitiano.

Antes de seguir desearía recordar a Uds. que hay una obra mía, diseminada por todo nuestro ámbito, que ha sido escrita, forjada al solo estimulo de mi amor por el pueblo dominicano. Me refiero a mis cuentos. Ni el deseo de ganar dinero ni el de obtener con ellos un renombre que me permitiera ganar algún día una posición política o económica ni propósito bastardo alguno dio origen a esos cuentos. Uds. son escritores y saben que cuando uno empieza a escribir, cuando lo hace como nosotros, sincera, lealmente, no lleva otro fin que el de expresar una inquietud interior angustiosa y agobiadora. Así, ahí está mi obra para defenderme si alguien dice actualmente o en el porvenir que soy un mal dominicano. Hablo, pues, con derecho a reclamar que se me oiga como al menos malo de los hijos de mi tierra.

Los he oído a Uds. expresarse, especialmente a Emilio y Marrero, casi con odio hacia los haitianos, y me he preguntado cómo es posible amar al propio pueblo y despreciar al ajeno; cómo es posible querer a los hijos de uno al tiempo que se odia a los hijos del vecino, así, sólo porque son hijos de otros. Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…

Pero creo también – y espero no equivocarme – que Uds. sufren una confusión; que Uds. han dejado que el juicio les haya sido desviado por aquéllos que en Haití y en la República Dominicana utilizan a ambos pueblos para sus ventajas personales. Porque eso es lo que ocurre, amigos míos. Si me permiten he de explicárselo:

El pueblo dominicano y el pueblo haitiano han vivido desde el Descubrimiento hasta hoy – o desde que se formaron hasta la fecha – igualmente sometidos en términos generales. Para el caso no importa que Santo Domingo tenga una masa menos pobre y menos ignorante. No hay diferencia fundamental entre el estado de miseria e ignorancia de un haitiano y el de un dominicano, si ambos se miden, no por lo que han adquirido en bienes y conocimientos, sino por lo que les falta adquirir todavía para llamarse con justo título, seres humanos satisfechos y orgullosos de serlo. El pueblo haitiano es un poco más pobre, y debido a esa circunstancia, luchando con el hambre, que es algo más serio de lo que puede imaginarse quien no la haya padecido en sí, en sus hijos y en sus antepasados, procura burlar la vigilancia dominicana y cruza la frontera; si el caso fuera al revés, sería el dominicano el que emigraría ilegalmente a Haití. El haitiano es, pues, más digno de compasión que el dominicano; en orden de su miseria merece más que luchemos por él, que tratemos de sacarlo de su condición de bestia. Ninguno de Uds. sería capaz de pegar con el pie a quien llegara a sus puertas en busca de abrigo o de pan: y si no lo hacen como hombres, no pueden hacerlo como ciudadanos.

Ahora bien, así como el estado de ambos pueblos se relaciona, porque los dos padecen, así también se relacionan aquéllos que en Santo Domingo igual que en Haití explotan al pueblo, acumulan millones, privan a los demás del derecho de hablar para que no denuncien sus tropelías, del derecho de asociarse políticamente, para que no combatan sus privilegios, del derecho de ser dignos para que no echen por el suelo sus monumentos de indignidad. No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la masa; No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la clase dominante.

Pero así como en los hombres del pueblo en ambos países hay un interés común – el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita -, en las clases dominantes de Haití y Santo Domingo hay choques de intereses, porque ambas quieren para sí la mayor riqueza. Los pueblos están igualmente sometidos; las clases dominantes son competidoras. Trujillo y todo lo que él representa como minoría explotadora desean la riqueza de la isla para sí; Lescot y todo lo que él representa como minoría explotadora, también. Entonces, uno y otro – unos y otros, mejor dicho – utilizan a sus pueblos respectivos para que les sirvan de tropa de choque: esta tropa que batalle para que el vencedor acreciente su poder. Engañan ambos a los pueblos con el espejismo de un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia del poder total. Y si los más puros y los mejores entre aquéllos que por ser intelectuales, personas que han aprendido a distinguir la verdad en el fango de la mentira se dejan embaucar y acaban enamorándose de esa mentira, acabaremos olvidando que el deber de los más altos por más cultos no es ponerse al servicio consciente o inconsciente de una minoría explotadora, rapaz y sin escrúpulos, sino al servicio del hombre del pueblo, sea haitiano, boliviano o dominicano.

Cuando los diplomáticos haitianos hacen aquí o allá una labor que Uds. estiman perjudicial para la República Dominicana, ¿saben lo que están haciendo ellos, aunque crean de buena fe que están procediendo como patriotas? Pues están simplemente sirviendo a los intereses de esa minoría que ahora está presidida por Lescot como ayer lo estaba por Vincent. Y cuando los intelectuales escriben – como lo ha hecho Marrero, de total motu proprio según él dijo olvidando que no hay ya lugar para el libre albedrío en el mundo – artículos contrarios a Haití están sirviendo inconscientemente – pero sirviendo – a los que explotan al pueblo dominicano y lo tratan como enemigo militarmente conquistado. No, amigos míos…Salgan de su ofuscación.

Nuestro deber como dominicanos que formamos parte de la humanidad es defender al pueblo haitiano de sus explotadores, con igual ardor que al pueblo dominicano de los suyos. No hay que confundir a Trujillo con la República Dominicana ni a Lescot con Haití. Uds. mismos lo afirman, cuando dicen que Lescot subió al poder ayudado por Trujillo y ahora lo combate. También Trujillo llevó al poder a Lescot y ahora lo ataca. Es que ambos tienen intereses opuestos, como opuestos son los de cada uno de los de sus pueblos respectivos y los del género humano.

Nuestro deber es, ahora, luchar por la libertad de nuestro pueblo y luchar por la libertad del pueblo haitiano. Cuando de aquél y de este lado de la frontera, los hombres tengan casa, libros, medicinas, ropa, alimentos en abundancia; cuando seamos todos, haitianos y dominicanos, ricos y cultos y sanos, no habrá pugnas entre los hijos de Duarte y de Toussaint, porque ni estos irán a buscar, acosados por el hambre, tierras dominicanas en qué cosechar un mísero plátano necesario a su sustento, ni aquéllos tendrán que volver los ojos a un país de origen, idioma y cultura diferentes, a menos que lo hagan con ánimo de aumentar sus conocimientos de la tierra y los hombres que la viven.

Ese sentimiento de indignación viril que los anima ahora con respeto a Haití, volvámoslo contra el que esclaviza y explota a los dominicanos; contra el que, con la presión de su poder casi total, cambia los sentimientos de todos los dominicanos, los mejores sentimientos nuestros, forzándonos a abandonar el don de la amistad, el de la discreción, el de la correcta valoración de todo lo que alienta en el mundo. Y después, convoquemos en son de hermanos a los haitianos y ayudémosles a ser ellos libres también de sus explotadores; a que, lo mismo que nosotros, puedan levantar una patria próspera, culta, feliz, en la que sus mejores virtudes, sus mejores tradiciones florezcan con la misma espontaneidad que todos deseamos para las nuestras.

Hay que saber distinguir quién es el verdadero enemigo y no olvidar que el derecho a vivir es universal para individuos y pueblos. Yo sé que Uds. saben esto, que Uds., como yo, aspiran a una patria mejor, a una patria que pueda codearse con las más avanzadas del globo. Y no la lograremos por otro camino que por el del respeto a todos los derechos, que si están hoy violados en Santo Domingo no deben ofuscarnos hasta llevarnos a desear que sean violados por nosotros en lugares distintos.

Yo creo en Uds. Por eso he sufrido. Creo en Uds. hasta el hecho de no dolerme que Marrero mostrara a Emilio el papelito que le escribí con ánimo de beneficiarlo y sin ánimo de molestar ni por acción ni por omisión a Emilio. En todos creo, a todos los quiero y en su claro juicio tengo fe. Por eso me han hecho sufrir esta tarde.

Pero el porvenir ha de vernos un día abrazados, en medio de un mundo libre de opresores y de prejuicios, un mundo en que quepan los haitianos y los dominicanos, y en el que todos los que tenemos el deber de ser mejores estaremos luchando juntos contra la miseria y la ignorancia de todos los hombres de la tierra.

Mándenme como hermano y ténganme por tal.

Juan Bosch 

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...