miércoles, septiembre 21

AD VER TENCIA


 
© IVONNE SÁNCHEZ BAREA (POEMA)


Vierto en la memoria más esquiva,
los lances de unos pies inquietos,
y recuerdo aquellas bailarinas,
de tacones finos y lazos superpuestos.

Mis primeros tacones fueron prestados,
por la hermana de un niño vecino…
Eran negros,  afinados, algo nuevos y algo usados.

Caminaba en equilibrio en desparpajo,
de una niña que adulta se mecía,
entre ligueros  sosteniendo tupidas medias,
que encaladas velaban las piernas ya crecidas.

Caminé tres calles paralelas,
de sur a norte por la carrera quince,
como los años que se me apretaban entre los dedos,
de esos pies que se empeñaban libres.

Deteste la piel endurecida,
en el calzo que se me apretaba,
y los cordones eran enemigos,
por desatados, rotos o perdidos.

Peregriné los barrios de los calzados
buscando siempre la suave piel;
el ante, el cuero sin brillo,
que en forjara los extremos delicados,
y permitieran correr sin lamentarlo.

Crecí entre plataformas, botas y botines,
hebillas, tachuelas y punteras…
dando pasos de torpes a elegantes,
en un pausado andar casi de puntillas.

De repente llegaron los diseños
de nueve centímetros de alto,
y fui feliz subida en mis zancos,
ganando altura, distinción y envergadura.

Baile las rumbas y las salsas,
e incluso sobre ellos levante un santuario,
que repetidos tenía en el armario
de colores y formas diferentes.

Cuando alcancé los cuarenta años,
me caí de una mesa colgando un cuadro,
y quebré por partes mi rodilla,
enterrando casi todos los zapatos.

Ansío ahora acariciar la zapatilla,
con la mirada, el pie y la mano…
pero ella, encarcelada tras cristales,
sólo me regala la mirada…
de un recuerdo de andar algo deprisa,
por las calles, por las plazas, por la vida.

Si algún día, pudiera comprar unos zapatos,
serían rojos, brillantes, con tiras y pedrería…
Los colgaría como péndulos que orbitan,
del viejo techo que hoy me abriga.

Allí, con ellos viajaría,
entre recuerdos y memorias de los años
soñando que soy la bailarina,
en el centro de un salón vacío.

Me quedan aparcados todos planos,
sandalias, abarcas y escarpines,
de lona y de goma almohadillada;
alpargatas, bambas y pantuflas,
que calientan mis extremos y me aguantan…

Llegó la senectud apresurada,
y me advierte lentitud y observancia,
para lograr llegar desde la estancia,
y bajar las escaleras a la puerta de la vida…

Un adiós repentino di a los pasos,
donde vierto como agua sobre huellas,
dejando los surcos y las estrellas,
de la vida trascurrida en fugaz vuelo.

Al final de la historia de chapines,
estoy descalza frente a frente,
confesando abiertamente mi lujuria
y mi amor por los zapatos.


©Ivonne Sánchez Barea
Sep 22, 2011

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