lunes, marzo 7

LECTURAS "LA ERA" por Eliades Acosta Matos

Hace un tiempo yo me preguntaba que hacían los novelistas que no utilizaban mucho más la historia como fuente. Hoy, Elíades Acosta Matos (Filósofo y escritor cubano. Autor de “El Apocalipsis según San George”),  nos da una pista al aplicar parte de sus investigaciones en la recreación de sucesos que caen como anillo al dedo para nuestra quebrantada atención. Los chinos, como inmigrantes en RD fueron frenados en su entrada por razones que ya se aclararán, pero mientras tanto sabemos que el autócrata Trujillo "se las puso en China" y frenó su floreciente desarrollo en la región.



UN ESPECIAL MOTIVO DE DOLOR

En este año de 1932, el Ministro de la República China en Cuba, es también el Encargado de los Intereses Chinos en la República Dominicana. Todos quieren en La Habana al simpático Dr Ping Lin.

Joven, espigado, elegante, perennemente enfundado en un impecable traje de dril 100, con su lustroso pelo negro cortado a la mitad por una raya y suaves ademanes milenarios, el Ministro chino es una figura omnipresente y bienvenida. Lo mismo organiza una cena para sus colegas diplomáticos en el Casino Nacional, que frecuenta las redacciones de "El Diario de la Marina" o "El País", dejando hojas de papel de arroz, casi transparentes, con versos de su autoría. Casi siempre escribe sobre lotos, garzas y libélulas. Cuando los directores de estos periódicos quieren que sus lectores se relajen y dejen de preocuparse por las bombas y atentados del ABC contra los esbirros y valedores de la sangrienta dictadura de Machado, echan mano a esas hojas translúcidas y reproducen en sus ediciones, por miles, los versos apaciguadores del Dr Ping Lin. El efecto es instantáneo.

De esta suerte, no debe extrañar que el Dr Ping Lin haya comenzado a ser señalado, en esta urbe estremecida por una revolución subterránea, como un hombre capaz de hacer milagros, un arquitecto de la armonía y un heraldo de la comprensión y la razón humanas. Y no solo por sus versos, sino también por el susurro de su voz, que recordaba a los arroyos que bajan de montañas. Y por una mirada imperturbable, donde podían adivinarse los estremecimientos del bambú y esa tenue luz de la sabiduría oriental que adivina el punto donde confluyen las fuerzas cósmicas, aún sobre una piedra del camino o el lomo de un perro callejero.

Por estos días, algo terrible ha sucedido, aún peor que el hallazgo de brazos de opositores a la dictadura antes desaparecidos por la Policía, dentro del estómago de tiburones pescados en la bahía. Todavía mucho peor que el decreto presidencial recién aprobado por una Cámara servil, prohibiendo la pesca de los escualos. Lo que tiene a todos en vilo es el cambio que ha dado el Dr Ping Lin. Y eso solo puede ser señal de inminentes cataclismos. La ciudad se ha replegado sobre sí misma, aún más si cabe, y se ha encogido, como esperando un puñetazo terrible en pleno rostro.

No es para menos. El apóstol de la mansedumbre y la contemporización se ha convertido, de la noche a la mañana, en un ser dominado por la furia y la desesperación. Ahora se le ve ajado, estrujado, manchado, despeinado y febril, corriendo de la oficina de correos a la Legación Dominicana, y de ahí a su cuarto de hotel, donde dicen los camareros que deambula por los pasillos como un poseso, como alguien que ha perdido la fe en la especie humana y dialoga a gritos con unos dioses desconocidos en lengua de chasquidos.

El enigma, que tiene a todos en vilo, necesitaba ser desentrañado porque la ciudad entera temblaba y rogaba por el regreso del simpático Dr Lin. Realmente, se temía a este otro que lo ha suplantado. Y la verdad no ha tardado en abrirse paso, descartando las hipótesis de mal de amores, quiebra en los negocios, y hasta embrujos de babalaos celosos de su popularidad: lo que ha hecho casi enloquecer a este santo de la concordia ha sido la recién promulgada Ley de Inmigración en la isla vecina, que discrimina de forma intolerable a sus connacionales, y los grava con impuestos injustos. O más preciso aún: la actitud irracional, sorda y ciega, que han adoptado los funcionarios dominicanos ante la suave exposición de sus argumentos irrebatibles.

Todo se ha sabido por boca del locuaz Ministro dominicano, el poeta Osvaldo Bazil, dandy modernista, que ocupa su tiempo frecuentando los "Aires Libres del Prado" y rastreando en "El Encanto" y "La Emperatriz", templos de la moda internacional, calzoncillos, camisas, vestidos, sombreros, guantes y pijamas para el Generalísimo Trujillo y María Martínez Alba, Primera Dama de oficio. No se ha podido contener y ha despotricado contra la tenaz insistencia del simpático Dr Ping Lin en su lucha quijotesca contra la Ley, porque lo ha puesto a él mismo, en malas relaciones con el Jefe. "No permitiré-bufaba entre copas de champagne-que este chino arruine todo lo que he ganado en la consideración y la amistad del Honorable Presidente Trujillo, por su inexplicable defensa de cuatro o cinco escuálidos dueños de fondas y trenes de lavandería."

No eran cuatro, luego se supo, sino cuatro centenares de chinos, todos masculinos, laboriosos, austeros, honrados y silenciosos a los que defendía, con intransigencia suicida, el otrora simpático Dr Lin. Llegados de Kinsgton, la mayoría y algunos de Cuba, soñaban con llegar a Estados Unidos. Eran descendientes también de los que construyeron el cementerio de Moca, fabricaron los ladrillos y prepararon la cal con la que se edificaron muchas casas del país. Y de los que tendieron las líneas férreas hacia el Oeste americano, abrieron con esos mismos brazos delgados el Canal de Panamá, o cortaron caña como culíes en las plantaciones cubanas. Y ahora, como premio, una nueva Ley Migratoria los segregaba del resto de los inmigrantes extranjeros, los calificaba de "exponentes de la raza mongólica", y los condenaba, junto "a los negros de África", a pagar 50 veces más que el resto por un permiso de entrada, y 16 veces más por un permiso para permanecer en el país, no importa si lo estuviese haciendo desde hacía 30 años.

El simpático Dr Ping Lin había echado a un lado sus papeles de arroz y sus versos sobre lotos, garzas y libélulas, cuando empezaron a llegar de Santo Domingo mensajes desesperados y amenazas de suicidio colectivo. Expuso todos sus argumentos a Bazil y los transmitió por su conducto, una y otra vez, en cartas persuasivas y cordiales a la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde Max Henríquez Ureña, el Secretario, solo tuvo tiempo para discurrir sobre el concepto de "raza mongólica" como sinónimo de "raza amarilla". Tampoco tuvo suerte con los cablegramas y las cartas dirigidas al mismísimo Trujillo, ni con la condecoración que le gestionó ante su gobierno, con el fin de aplacarlo. Menos con un viaje relámpago a la isla vecina, donde no fue recibido sino por funcionarios de segundo nivel.

Lo que colmó la paciencia asiática del Dr Lin fueron las cartas remitidas por el Secretario de la Presidencia a Bazil, donde un hastiado Trujillo le indicaba transmitirle que no le escribiese más, que él solo se ocupaba de problemas de Estado, y que no trataría con él asunto alguno.

La Habana estaba consternada y en vilo. Terminaba el año terrible de 1932 y la cólera en los ojos del otrora risueño Dr Lin era la misma con la que los cubanos entraban en 1933. No hubo oídos para la justicia en el año vencido, habría que esperar el próximo.

En las noches en su hotel, y en la soledad de su lucha, el Dr Ping Lin siguió pensando en libélulas, garzas y lotos, pero nunca más escribió sobre ellos. El cocinero de Trujillo, por aquellos tiempos, era precisamente chino. Nada cambia más el carácter humano que la contemplación, impotente, de una injusticia.

El 12 de agosto de 1933 Machado sería barrido por una revolución.

Algo terrible ha

sucedido, aún peor

que el hallazgo de brazos

de opositores a la

dictadura antes

desaparecidos por

la Policía, dentro del

estómago de tiburones

pescados en la bahía.

Nota: Los nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación, donde el autor investiga para publicar próximamente un libro sobre las redes secretas de Trujillo en Cuba.


Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...