domingo, enero 23

Caperucita por Pedro Conde Sturla

Un cuento aleccionador que perdura a través de generaciones y diversas culturas; sin embargo, parece hoy día, haber más lobitos lastimados que caperuzas indefensas. La sola acusación de "machista" pone a temblar a muchos e internamente, el lobo se escinde preguntándose cómo domar su salvajismo para no sufrir el castigo inclemente de la modernidad que va dejando muy atrás el mito de la virginidad, ya que gran parte del miedo femenino consistía en que una vez desvirgada la hermosa caperuza, era difícil "colocarla" en el competitivo mundo de las mujeres casadas y mantenidas.




Charles Perrault  fue el primero que domesticó -en 1697- una de las muchas versiones del cuento popular francés de la abuela y el lobo, adaptándolo al gusto de los cortesanos de Luis XIV.
Le puso la caperuza a la niña, le puso el título al cuento, omitió los detalles escabrosos y conservó el final trágico.
Lo convirtió, de hecho, en instrumento didáctico, con su correspondiente moraleja: Las señoritas “no deben a cualquiera oír con complacencia”, pues puede ser un lobo disfrazado de oveja.

CAPERUCITA ROJA (versión de Charles Perrault).
Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía.

Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.
-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquel, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
-¿Quién es?
-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
-¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
-Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
-Es para oírte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!
-Es para verte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
-¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.
Moraleja:
Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas,
bien hechas, amables y bonitas
no deben a cualquiera oír con complacencia,
 y no resulta causa de extrañeza
ver que muchas del lobo son la presa.
 Y digo el lobo, pues bajo su envoltura
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña,
silenciosos, sin odio ni amargura,
que en secreto, pacientes, con dulzura
van a la siga de las damiselas
hasta las casas y en las callejuelas;
más, bien sabemos que los zalameros
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.



LOS HERMANOS GRIMM.
En 1812 los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm publicaron la que se convertiría en la versión más difundida y celebrada de Caperucita. En ella conservan en sus líneas esenciales la descripción que hace Perrault del personaje, introducen las palabras de advertencia de la madre, adoptan, o mejor dicho venden la idea del final feliz en el mejor de los mundos posibles, “la tranquilidad y el alivio de los finales felices, promovidos por la acción  valerosa de un individuo.”
Es una versión edulcorada, aséptica, de carácter admonitorio, que muestra las consecuencias de la desobediencia a la autoridad y pone un policía en la mente de los lectores como se advierte en el párrafo final:
“Cuando el lobo hubo saciado su voraz apetito, se metió de nuevo en la cama y comenzó a dar sonoros ronquidos. Acertó a pasar el cazador por delante de la casa, y pensó: ‘¡Cómo ronca la anciana!; debo entrar a mirar, no vaya a ser que le pase algo’. Entonces, entró a la alcoba, y al acercarse a la cama, vio tumbado en ella al lobo.
-¡Mira dónde vengo a encontrarte, viejo pecador! –dijo-; hace tiempo que te busco.
Entonces le apuntó con su escopeta, pero de pronto se le ocurrió que el lobo podía haberse comido a la anciana y que tal vez podría salvarla todavía. Así es que no disparó sino que cogió unas tijeras y comenzó a abrir la barriga del lobo. Al dar un par de cortes, vio relucir la roja caperuza; dio otros cortes más y saltó la niña diciendo:
-¡Ay, qué susto he pasado, qué oscuro estaba en el vientre del lobo!
Y después salió la vieja abuela, también viva aunque casi sin respiración. Caperucita Roja trajo inmediatamente grandes piedras y llenó la barriga del lobo con ellas. Y cuando el lobo despertó, quiso dar un salto y salir corriendo, pero el peso de las piedras le hizo caer, se estrelló contra el suelo y se mató.
Los tres estaban contentos. El cazador le arrancó la piel al lobo y se la llevó a casa. La abuela se comió la torta y se bebió el vino que Caperucita Roja había traído y Caperucita Roja pensó: ‘Nunca más me apartaré del camino y adentraré en el bosque cuando mi madre me lo haya pedido”’.

OTRAS VERSIONES.
Entre las muchas versiones y adaptaciones de Caperucita está la simpática “Versión del lobo”, un lobo, calumniado, ecologista, que había sido feliz hasta el momento de encontrarse con Caperucita:
“El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas sentí unos pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi llegar a una niña vestida de una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisiera que la viesen. Caminaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, a dónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo. Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes”.
Hay, en resumen, versiones de Caperucita para todos los gustos. En el blog “Algún día en alguna parte” se menciona una “Versión del lobo enamorado”, una “Versión de Caperucita Roja políticamente correcta”, una de Gabriela Mistral, y además se han hecho montajes y adaptaciones teatrales y cinematográficas. Incluso hay una versión criolla, descabellada, prácticamente desconocida, que recogí hace unos años de la tradición oral dominicana, de la voz del pueblo que es la voz de Dios. Advierto, sin embargo, que no es apta para menores y  mucho menos para sicorrígidos.



CAPERUCITA ROJA (versión de Pedro Conde Sturla).
Caperucita Roja llega a casa de la abuela y se encuentra al lobo feroz vestido de abuela y le pregunta, abuelita, y esos ojos tan grandes, y el lobo responde, para mirarte mejor. Después le pregunta, abuelita, y esa boca tan grande, y el lobo le responde, para besarte mejor. Finalmente le pregunta abuelita, y ese rabo tan grande, y el lobo feroz se sonríe torcidamente y le dice, je, je, ese no es el rabo. 

Pedro Conde Sturla es escritor 
pedro.conde@codetel.net.do
http://pedrocondestur.googlepages.com/yourpage%27stip%C3%A1

Gracias a la Oficina de Desarrollo Comercial de la República Popular de China


Desde hace más de 2000 años, China es un país multiétnico unificado. Las 56 etnias laboriosas e inteligentes del país se han integrado y van desarrollándose conjuntamente, conformando la gran familia de la nación china. Además de la etnia Han, las otras 55 minorías étnicas que habitan en todas las partes del país, suman 123 millones de hablantes, representando el 9,44 de la población total de China. Todas las étnias conviven en armonía creando mancomunadamente una milenaria historia y la espléndida civilización china.






Empecé a scanear la imágenes, pero es mucho tiempo. Por suerte las encontré en el Banco de Imágenes del amigo José Luis Ávila Herrera. Gracias!

"Las parejas, antes de procrear, deberían pasar un examen en que se demostraran capaces de contar a sus hijos un cuento". Esther Tusquets

Esther Tusquets a sus 24 años, junto a Miguel Delibes



ESTHER TUSQUETS
El ser humano y la literatura

23/01/2011

Entre los seres humanos y el resto de especies de mamíferos que pueblan la tierra existen múltiples similitudes. Algunas son aceptadas por todos nosotros, como el sueño, el hambre, el sexo, la reproducción, la enfermedad, el envejecimiento, finalmente la muerte, y no creo que nadie, ni siquiera los taurinos, pueda plantear dudas acerca de algo tan obvio como que los animales experimentan, no solo dolor, sino también miedo, alegría, ansiedad. Otras se dan únicamente en especies determinadas, y algunas son reconocidas solo por humanos amantes de los animales y que conviven de cerca con ellos, y, dado que yo pertenezco a esta minoría, puedo afirmar con conocimiento de causa que mis perras se aburren como me aburro yo, que necesitan compañía, que se pican si les tomas el pelo, que pueden castigarte con un tenaz silencio -y sin permitirse ni un amago de meneo de rabo- si las has ofendido, que precisan como el pan que comen ser amadas y amar, con dos características, eso sí, en absoluto humanas: primera, te aceptan tal cual eres; segunda, te permiten que las hagas felices.

Las diferencias siguen siendo, de todos modos, muchas. Pero aquí voy a centrarme en una, porque ese es el tema del que tratará a la postre mi artículo: a mis perras, tan humanas en muchísimos aspectos, no les interesa la literatura de ficción. Ni creo que a ningún otro mamífero. Ana María Moix cree que se debe a que no lo necesitan. Tal vez... Pero, hablando yo ahora más en serio, afirmaré que el gusto por inventar, explicar y conocer historias es uno de los aspectos que más caracteriza al hombre, no desde su aparición, pero sí desde aquellos lejanos tiempos en que recubría de imágenes las paredes de sus cavernas, y desde entonces hasta hoy.

Pese a las apocalípticas lamentaciones de que cada día se lee menos, de que los jóvenes no leen ya apenas nada, de que nos aguarda un futuro sin libros, es evidente que la muerte del libro bajo la forma en que se había conocido hasta mi generación (ese magnífico diseño que hemos amado muchos de nosotros tanto) corre sin duda peligro -tal vez no de desaparecer, pero sí de quedar limitado a un reducto para estetas y nostálgicos, a una rareza de bibliófilos, que abarque pocos títulos y realice ediciones reducidas-, pero que esto no guarda relación con la afición de los humanos por las historias, que no presenta síntoma alguno de disminución, aunque tal vez revista formas más primitivas y menos sofisticadas. Es posible que las nuevas generaciones no atinen a recurrir a Proust ni a Bergman ni a algunos otros (no tantísimos) para entender por ejemplo lo que significa el amor. Será una pena, porque nuestra actitud ante el mundo, ante nosotros mismos, ante los grandes problemas, les debe mucho.Sin embargo, los interminables cotilleos por teléfono, las charlas entre vecinos, en los bares, en las sobremesas, los conciliábulos en los supermercados, la narración oral de acontecimientos terroríficos, amatorios, chuscos, oídos no se sabe ya dónde, o inventados, o extraídos de los retazos de realidad que nos proporcionan la radio o la televisión, responden a una demanda muy próxima a aquella que nos lleva a enfrascarnos en la lectura de Proust, de Virginia Woolf o de Eduardo Mendoza.

Esta demanda aparece en el niño muy pronto (las parejas, antes de procrear, deberían pasar un examen en que se demostraran capaces de contar a sus hijos un cuento) y no debería desaparecer ya nunca, pues para comprender aspectos cruciales de la realidad son imprescindibles las historias. El ser humano ha necesitado siempre -para entender el mundo que le rodea, para entenderse a sí mismo y también para asegurarse un placer insustituible- que le cuenten historias. Con el paso del tiempo, de los siglos, estas historias y el modo de contarlas y el vehículo para hacerlas llegar a sus receptores se han modificado, han ampliado sus posibilidades, han sido acompañadas -no necesariamente sustituidas- por otras. En los comienzos, las madres susurraban y canturreaban al borde de la cuna relatos muy sencillos para dormir a sus bebés Los hombres cantaban camino del trabajo o mientras lo realizaban. Más adelante esos relatos y canciones de transmisión oral se convirtieron en arte. Entraron en las iglesias y en los palacios, se recitaron en plazas y cruces de caminos. Y después de la poesía surgió el teatro y finalmente la novela. El mundo hervía de historias de todo tipo y para todos los gustos. (No para todos los humanos, claro, si tenemos en cuenta que muchos no sabían leer.)

En mi infancia, los cines de sesión doble, las novelitas rosa y la radio suministraban todas las historias que la gente sencilla pudiera desear. Y deseaba muchas, porque el ser humano se caracteriza, he dicho ya varias veces, por la enorme voracidad que en él despiertan las historias. Hubo dos momentos de crisis, en que los más exigentes, los que se creían más duchos y con mayor sentido crítico, se rasgaron las vestiduras. El primero se produjo cuando el cine alcanzó una difusión enorme, que parecía iba a arrasar con todo. El cine, un arte de segunda, ni siquiera propiamente un arte, terminaría para siempre con el teatro. Una pérdida inconmensurable. ¿Y qué ocurrió? Que en teatro vimos representaciones magníficas, algunas más innovadoras y creativas que las del pasado. Y que varios de los directores de mayor talento simultanearon cine y teatro. Es fácil proclamar que algo ha muerto y en ocasiones es difícil que muera de verdad.

La segunda crisis, más solapada, la produjo la tele, que iba a terminar (entre muchas otras cosas, como por ejemplo la vida familiar) con el cine. Ignoro por qué razón la calidad de la televisión es deplorable, pero es un medio extraordinario, y cuando lo maneja un hombre de talento produce series equiparables al mejor cine. Cierto, sí, que va menos gente a las salas y se queda a ver el cine en casa, y que se ha tenido que recurrir a multicines de menor tamaño. Pero eso es todo.

Por estas razones cuando me preguntan si me preocupan mucho las nuevas tecnologías y si pueden afectar gravemente al libro tal como lo hemos conocido hasta ahora, digo que lo ignoro, que estoy muy vieja ya para intervenir en el cambio, pero ¿no sería posible que estas tecnologías abrieran nuevos caminos y dieran en el futuro magníficos resultados? No me gusta nada, y menos a mi provecta edad, pontificar contra lo nuevo.


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EVARISTO LAGUNA: Dos historias y una utopía por la convivencia pacífica