Sábado verde, cuento de Rubén Echavarría



Fue en 1900. Exactamente el primero de enero cuando llegó el barco cargado de chinos. Ancló en Puerto Esperanza una tarde, llenando de amarillo el nuevo siglo. Los primeros en dejar atrás la enorme casa del mar fueron los pequeñitos Siong Li Kai y Chong Kai Li, quienes enarbolaron su patria en los palos más altos de dos viejas casonas, que llegarían a convertirse en las más famosas lavanderías de aquel nuevo mundo. Las banderas del inmenso y lejano continente ondearon desde entonces felices en los cielos de América.

Se cuenta que Siong, el mayor, había sido maestro en su ciudad natal y de ahí su infinita paciencia. Chong, por su parte, era considerado por todos como el chino más bueno del mundo. Ambos abrazaron amorosamente el corazón de aquella nueva tierra y a mediados del siglo, tras haber sobresalido entre los suyos, fueron condecorados con la “Orden de la Gran Muralla” por la Asociación Incorporada de Chinos en el Exilio.

Los laboriosos lavanderos se adaptaron a la bella isla descubierta, cambiando no pocas de sus viejas costumbres. En vez de arroz con palitos, comían arroz con habichuelas y en vez de rendirle culto a la dinastía Cheu que vio nacer a Confucio, asistían piadosamente a los oficios religiosos del Convento de los Dominicos. Siong Li  Kai murió en Puerto Esperanza como también su entrañable amigo Chong Kai Li. A la semana de morir uno murió el otro, porque Siong y Chong eran como hermanos y hasta guardaban cierto parecido físico, no tanto por ser parientes sino porque como dicen todos los chinos se parecen. Uno de ellos, Chong, adopto un niño tan trabajador como él. Chongo heredo de su tutor el nombre, una túnica amarilla, las facciones achinadas y la lavandería. También heredo de su tutor dos perros, Lentejas y Cañafístola, un gato,  “Don pancho”, tres mujeres que lavaban y a Motica, un muchacho atronado y poeta que a mediodía colgaba la ropa en el sol.

La lavandería de Chongo había sido instalada en una casa colonial de patio grande, como casi todas las casas coloniales. A la muerte de su tutor, Chongo tuvo que aprender a hacer bien muchas cosas que ya sabía. Tuvo que aprender a marcar bien la ropa, a separar bien la ropa y a lavar bien la ropa. Tuvo que aprender a planchar casi cien piezas diarias solo para seguir planchando al día siguiente. Tuvo  que aprender a mandar. Pero sobre todo, tuvo que aprender a comprender. Y eso fue lo más difícil.

Entrada la noche, Chongo se ponía nostálgico. Eso ocurría cuando las tres mujeres, muertas de ropa, se retiraban a sus casas a pensar, los perros a soñar y don Pancho, el gato, a “perrear” por los techos vecinos. Únicamente entonces, el bueno de Chongo se daba cuenta de que estaba solo y  echado en su viejo sillón, “Made in Hong Kong”, dormitaba, vislumbrando, más allá de lo que podían ver sus ojos, las armoniosas ramas de bambú mecerse libre y flexibles en los vientos del tiempo como los millones y millones de descendientes del gran Wang Ti, primer emperador de la milenaria China. A través de las memorias de su desaparecido tutor, Chongo visualizaba aquella masa circular de tierra desconocida como  una obsesión. Allí, a orillas del río Wangho, había nacido la que llegaría a ser la nación más poblada del mundo, a todo lo largo y lo ancho de sus aguas empezaba a extenderse la caudalosa paz de China. A pesar de Chieh, su primer tirano, y a pesar de su larga historia desde Wang hasta Yentsu, desde Chiang Kai hasta Mao, los enjutos hombres de ojos invisibles y pómulos salientes retendrían en el corazón de sus recuerdos las sagradas enseñanzas del gran Lao-Tse. Y solo cuando los vientos de los tres mares de China albergaban amorosos los cuatro grandes ríos de Asia, formando con sus afluentes una red fluvial difícilmente navegable aun para Chongo y su imaginaria destreza marina, el huérfano del Caribe percibía que era la hora de las altas mareas. Entonces pensaba en Sara, su novia platónica, una hermosa muchacha de piel tan tersa que más que piel era luz. A través de ella, Chongo podía distinguir una camisa de hilo  de otra de lino. Sin embargo, al verla reaparecer al paso de los tiempos, pensaba que ya Sara no era la misma y aunque deseara decirle, “Sarah, déjate querer un poco como cuando tu corazón no tenía que pedirle permiso  a tu cabeza para amar”, sabía que eso le seria ahora muy difícil porque la época del corazón había pasado a la historia. Entonces pensaba que el único en no haber sido contaminado por las modas del tiempo era él y volvía a sumergirse en su refrescante mundo de agua y de jabón.

Inicialmente, en la lavandería de Chongo no se lavaba con detergente en polvo sino con jabón largo de barra y “azulito” para que quedara más blanca  la ropa. Era la época del Cashimir inglés y la Estopilla, del Crash fino y el Dril Presidente, del Palm Beach y del Sharskin. Tiempos de cuello duro y mangas duras, tiempos en que los alumnos escuchaban a sus maestros y los maestros contaban historias fabulosas historias como las de aquella muchacha, María Trinidad, que tejió la patria en una tela. Pero, ahora, era la época del “rock” y al bueno de Chongo le resultaba difícil comprender el simbolismo que implicaba, en los días patrios, ver en un balcón de Puerto Esperanza, siete bloomers colgando y una bandera nacional.

Pero a  pesar de los pesares, Chongo era un hombre feliz. Tenía buena clientela y a su lavandería  acudía todo tipo de gente. Acudía Romeo Madrigal  buscando el cero absoluto, algo matemáticamente imposible de obtener y mucho menos en una lavandería. Acudía el mago Merlín con su excedente de talento a cuestas. Acudía Carlos Gardel, Eduardo Brito, Fujimori, Miriam Cruz, Doña Vaina, Juan Luis Guerra, Superman y Daniel  Santos, como apodaba Motica a esos clientes de Chongo. Pero no todos los abonados a la lavandería eran gentes tan pintorescas. Asistían otros formales, médicos, ingenieros, comerciantes. “Por este lavadero han pasado muchos turpenes”, solía  decir Chongo. “Venían a lavar en sus tiempos de estudiantes y ahora son abogados, economistas o políticos”.  También, a la lavandería de Chongo, acudía un general de nombre León Bravo, acompañádole su cruel y sanguinario hijastro Carmelo del Toro. Carmelo había jurado vengarse de Chongo a la primera oportunidad, ya que el lavandero lo había corregido delante de la gente por haber extraviado un día el recibo de su ropa blanca. Se cuenta que una noche infernal de azufre y malasangre, en una sesión espiritista, el general Bravo recibió un mensaje aterrador. Indicaba el mensaje de los espíritus que su hijastro Carmelo llegaría a ser el futuro presidente de Puerto Esperanza. Conociendo de sobra la endiablada naturaleza de Carmelo del Toro, el general no descartó la posibilidad de que ya en el poder al iracundo oficial se le metiera en la cabeza la luminosa idea de incendiar Puerto Esperanza como Nerón incendiara Roma. Ante la posible eventualidad, ordenó crear de inmediato el honorable cuerpo de bomberos civiles.

El Comandante Niágara no solo fue el primer jefe honorífico de la institución, sino el más competente de su historia. Organizó y disciplinó a sus hombres de tal modo que un día le renunciaron todos al no poder resistir la férrea disciplina del impetuoso Niágara. Durante años, el honorable cuerpo de bomberos civiles se mantuvo oficialmente muerto, pero vivo en la memoria de decenas de niños que en noches de fuego pudieron apreciarlos con sus vistosos uniformes de franjas rojas, sus impresionantes cascos, sus capas negras y amarillas, sus extintores contra incendios, bomba, sus luces intermitentes, sus ruidosos camiones, corriendo, volando, mientras ellos, emocionados, los perseguían lenguas afuera hasta el mismo lugar de los hechos, viéndolos arriesgar sus vidas con sus mangueras que le ganaban al fuego, sus poderosos chorros de agua apagando hasta el infierno, y sus largas escaleras de hierro que llegaban hasta el cielo. Entre los que esperaban ansiosos el retorno de los apagafuegos, con  Niágara o sin Niágara a la cabeza, se encontraba un joven audaz que llegaría a ser con el tiempo el comandante supremo del cuerpo de bomberos civiles: ¡El General Milagros!

El intrépido General Milagros fue juramentado como jefe de los bomberos un mes antes de que tomara posesión, como presidente de la república, el cruel y sanguinario Carmelo del Toro. Al día siguiente de tomar posesión el infernal Carmelo, un voraz incendio consumió la lavandería de Chongo y cuando éste vino a darse cuenta de que se hallaba presenciando la venganza del mismísimo demonio, ya tenía el fuego arriba y a Motica, gritando: “Ábreme la puerta que me muero, Chongo”. Y a los perros, Lentejas y Cañafístola, ladrándole a una gigantesca hoguera roja y caliente, tan roja  y tan caliente que a  Chongo, casi al llegar al horno de la muerte donde se encontraba atrapado Motica, no le quedo más remedio que ponerse a rezar por el alma de su atronado poeta, antes de escuchar la voz fuerte y vibrante  del General Milagros, su amigo y cliente, impartiendo órdenes a sus subalternos hasta hacerle pensar  que en breves minutos el fuego estaría totalmente sofocado y a la semana siguiente la banda de música de esa benemérita institución desfilaría en Viernes Santo, junto a la Guardia Pretoriana, cerca de los Caballeros del Santo Sepulcro y todos vestidos de blanco marcharían rítmicamente, llenando de recuerdos las calles y las horas. Pero ocurrió que antes de suceder eso se le desplomó el techo a Chongo y el pobre dejó de pensar pendejadas pues ni siquiera tuvo tiempo para salir al patio y apagar el fuego de su propia ropa ya que las llamas cubrían la salida como una gigantesca boca del infierno, sin que valieran para nada los esfuerzos combinados de bomberos y civiles ya que esa noche o mañana, a las 2:30, hasta el aire se estaba quemando donde una vez se encontraba la más famosa lavandería de Puerto Esperanza. Y media hora más tarde, exactamente a las 3:00 A.M., el lugar se hallaba impregnado de un horrible olor a cosa frita, a humo y a gente. Pero, sorprendentemente, todos salieron ilesos, empezando por Cañafístola, Lentejas, don Pancho y terminando por Chongo y Motica, quienes fueron salvados de casualidad cuando el intrépido y oportuno General Milagros pareció descender del mismo cielo  por una escalera de plata, confundiéndose con el fuego y sembrando a Chongo y al poeta en la pared del patio hasta arrancar de su cuerpo las llamas frenéticas. Pero, de ahí en adelante, la lavandería nunca más volvió a ver la misma. El  siniestro, la inflación y la terquedad de Chongo al no aumentar los precios del lavado de la ropa pese a la realidad económica   existente, lo fueron hundiendo en un pasado de profundas miserias desde donde contemplaba  un presente de hombres voraces, tragándose un mundo que ya no le pertenecía y que tal vez no le había pertenecido nunca. Solo cuando pasaba Sara por la lavandería y le decía adiós, Chongo vivía un presente fugaz. Entonces emergía de su vieja túnica amarilla para responderle el saludo con su susurro que ni el mismo entendía.

Desde el momento en que conoció a Sara, el susurro y el adiós de los sábados se habían convertido en su nueva costumbre. Antes de conocerla, la misa de los domingos había sido su costumbre favorita pero después de las reformas del latín al español, la misa había  perdido para él aquella asombrosa magia que la hacía divinamente incomprensible. A su vez, Sara solía pensar que entre ellos dos nunca llegaría a ocurrir nada porque Chongo solo amaba la ilusión y, sobre todo su trabajo. Por esa razón, Chongo se sentía feliz los días de mucho ajetreo en el lavadero cuando las tres heroínas que lavaban se metían, a las siete de la mañana, dentro de sus fosas de agua y parecían enanitas ante tanta ropa y tanta espuma. En una ocasión, había tal cantidad de agua acumulada que un pez confundió el lavadero con el mar y al salir de cabeza por el chorro de la llave grande, pareció preguntarle la hora a Chongo: “Las ocho y quince”, dijo Chongo. “Y todavía no he terminado de lavarle la toga a Pompilio Bonilla”. Aquel día, había tanta agua y jabón en la lavandería que hasta las palabras resbalaban. Lentejas, la perra, tuvo que encaramarse sobre una tabla de planchar para no entorpecer aunque Motica no quiso quitarse del medio, pese al tono enérgico del discurso de Chongo: “Si tú tuvieras, Motica, sólo la mitad de la educación que tiene Lentejas, otra cosa fuera”. En tanto, el gato don Pancho enamorando hasta los perros y Cañafístola ladrando y las mujeres del lavadero ahogándose y Chongo: “Con permiso, Lentejas”. Porque Chongo, pasado, presente y futuro de una vida acabada de lavar, siempre habría de llevarse bien con todo el mundo, con mujeres y hombres, con perros y gatos. 

Sólo una vez, después del hundimiento de la Atlántida y del diluvio universal, Chongo pudo haber imaginado una inundación como la de aquella mañana en su lavandería. Ocurrió en China, durante la Segunda Dinastía Hans. En aquella ocasión, los ríos Amarillo y Azul causaron daños irreparables a los poblados. El descomunal desborde fue conocido por los historiadores del mundo como el de “La Gran Inundación”. Las salvajes marejadas chinas duraron más de una centuria y únicamente por la aparición de Yu, un líder de excepcionales condiciones, los ríos rebeldes pudieron ser sometidos a la obediencia. Durante trece heroicos años, el valiente Yu luchó contra las corrientes de todas partes. En reconocimiento a su titánica labor, fue llevado en la gran barca de oro al trono imperial de la China. “Si Yu se encontrara hoy aquí, Motica, otra cosa hubiera sido!”, gritaba Chongo con el agua hasta el cuello mientras el poeta permanecía flotando por la lavandería como si tal cosa y el General Milagros hacía su mágica aparición, extrayendo con su poderosa bomba las aguas desbordadas y hasta al travieso Motica por añadidura.

Cuando todo se secó y la vida volvió a su normalidad era casi mediodía y el sol calentaba las sábanas que colgaban en los cordeles. El aroma de los calderos llenaba el cielo de legumbres y Chongo despertaba el apetito de las lavanderas con sus sabrosos comentarios sobre el chicharrón de pollo que había hecho famoso a Men el Chino, el Plato Azul que de azul no tenía nada y la Sopa China que no cogía sal por más que se le echara. Recordando también al primer chino que llegó al país, un escuálido hombrecillo de nombre Tang que apareció un día en Puerto Esperanza con un palo atravesado detrás del pescuezo y dos latas de agua como regaderas en los extremos para las hortalizas. A la puesta del sol, Tang acostumbraba fumar su inseparable pipa de opio durante largo rato. A veces, Chongo narraba a las muchachas del lavado, a Motica, Lentejas, don Pancho y a Cañafístola, las increíbles aventuras en la China del legendario Tang. Al preguntarle por qué siempre prefería hablar de la china, un país que no conocía y no del suyo propio, Chongo solía responder: “La grandiosidad de lo ignorado es siempre mayor que la grandiosidad de lo concido”. Sin embargo, otras veces, Chongo pensaba en su mundo, un mundo tan singular y pequeño que podía ser escrito en un grano de arroz. Recogido por Chong Kai Li, su tutor, nunca conoció a sus padres. Por eso, en cierto modo, no tenía origen ni recuerdos. Por su tutor muerto había aprendido a vivir. Había aprendido, que la historia de Puerto Esperanza era la historia de un pueblo como él sin identidad y sin destino. A través de las memorias de su querido tutor, Chongo visualizaba la historia de la humanidad como el testimonio de las guerras donde el hombre armado con palos o con bombas había logrado sobrevivir. 

Hacía millones de años que existía vida sobre la tierra en sus formas más elementales y ahora, con el extraordinario poder de sus armas nucleares, las grandes potencias se encontraban ya preparadas para destruirla. Pero a pesar del violento drama de la historia humana, el mundo parecía estar dando un viraje hacia otra cosa. Los cambios ocurridos en algunos países eran radicales y ya la gente empezaba a romper sus fronteras. “Quizás también yo deba romper con las mías”, pensó Chongo, mirándose al espejo. Lucía la vieja túnica amarilla heredada de su tutor, gorro negro y largas trenzas con gomitas. Sus bigotes caían por su cara, haciendo juego con su larga barba de flecos separados. Echó una ojeada a su lavandería y la vio convertida en una inservible pieza de museo, tres mujeres cada vez más viejas, dos perros, un gato cada vez más flaco y Motica como siempre de poeta, colgando su ropa en el sol.

Ese sábado, las hojas tupidas de los árboles brillaban, dándole al soberbio día un verde predominante. “Es un sábado verde”!, exclamó Chongo, contemplando el sol atajado en las copas de dos rabiosos robles. Al sur, un mar verde botella profundo e inmenso. En el cielo volaban las gaviotas. Era un día verdaderamente espléndido y era sábado. Como todos los sábados, Sara pasó por la lavandería para el clásico ritual del saludo y el susurro de la mañana, pero quedó paralizada al escuchar que la llamaban por su nombre. En principio, no creyó que era la voz de Chongo la que escuchaba sino la de su propio deseo. Entonces se volteó y lo vio. Chongo estaba a sólo unos pasos de ella y la miraba de frente por primera vez. Tenía el pelo, el bigote y la barba recortados, pantalón y camisa corrientes y diez mil años menos. “¡Eres realmente Chongo?”, exclamó Sara, perpleja. Chongo avanzó un poco más “¿Qué tú crees?”, dijo él. Sara lo vio ahora tan cerca que casi podía tocarlo. Era en efecto el mismo Chongo de siempre, sólo que además este Chongo hablaba, caminaba y se atrevía. “¡Son los cambios!”, exclamó Sara, sin poder contenerse. “¡Son los cambios!”, Chongo sonrió. Su sonrisa iluminó aún más el nuevo día
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Rubén Echavarría

Franklin Domínguez, escribe sobre SÁBADO VERDE de Rubén Echavarría

Veinte cuentos subyugantes componen este libro de Rubén Echavarría, hilvanados por el texto poético corto, la fotografía y el dibujo.

La belleza de la forma, el humor fino y la profundidad temática caracterizan esencialmente estas historias de amor.

Con "Sábado Verde", "El Extraño Tiempo de Nadie", "La Noche del Sol Radiante", "El Divino Juego de la Guerra", "Los Sueños del Viento" y "Santa Bárbara Mendoza", entre otros cuentos, el autor nos presenta una hermosa muestra de su innovadora, refrescante y poderosa imaginación creadora. 

Personajes como el General Milagros, Eva del Orbe, Elio Gastón Vazcoa y el Comandante Niágara, cobran vida permanente en este aporte a la literatura dominicana.

Antologías nacionales y extranjeras han recogido textos de este auténtico escritor, premiado dentro y fuera del país, y de quien nuestro gran poeta, Héctor Incháustegui Cabral, expresara en una ocasión: "Sus cuentos y todo lo que ha escrito son siempre aciertos y apertura de caminos".

Franklin Domínguez
Dramaturgo

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