lunes, noviembre 21

Los ricos se benefician cuando los pobres dejan de serlo: Lula da Silva


Conoció el pan a los 7 años. Aumentó el salario mínimo un 62% y no aumentó la inflación. Eliminó a los intermediarios. Redujo la desnutrición y la mortalidad infantil, convirtió a su país de deudor en acreedor del FMI ¿por qué no lo estamos imitando?
El expresidente de Brasil contó durante su visita a Colombia detalles de la política social que hoy es ejemplo en el mundo. Le recomendó a Colombia no dejar en manos de intermediarios la administración de los recursos públicos.
A Luiz Inácio Lula da Silva no se le olvida que lo que hizo el primer día de su gestión como presidente de Brasil fue reunir a todos sus ministros, subirlos a un avión y llevarlos a los lugares más pobres del país. Quería que el presidente del Banco Central o su ministro de Hacienda “vieran a ese país que no se queja, que no hace manifestaciones, pero que está ahí, que es real y verdadero. Eso quizá haya ayudado a cambiar las cosas”. 
Da Silva conocía muy bien esos sectores. Salió de una zona donde es común que los niños vayan a la cama sin comer o pasen un domingo sin almuerzo. “Conocí el pan por primera vez a los 7 años –recordó el ex mandatario–. Hasta esa edad, el café que me tomaba por la mañana era con harina de yuca. Sé que es la desesperación de una madre que está delante de un fogón sin gas y sin lo más elemental para hacer una comida para sus hijos”.

Durante su visita al país, el ex presidente de Brasil compartió no sólo su historia de vida, sino los resultados de su política social que sacó a 28 000 000 de brasileros de la pobreza y que redujo drásticamente los niveles de desnutrición y analfabetismo de niños y jóvenes de su país.
Brasil es una de las diez economías más importantes del mundo, pero para Lula esto de poco ayuda si no hay democracia ni políticas de distribución del crecimiento, que evite que el dinero siga en manos de pocos “y el pueblo siga pobre y desnutrido”.
“Cuando empecé mi gobierno, el 10 por ciento de la población más rica tomaba la mitad del dinero del país y le dejaban a los más pobres apenas el 10 por ciento”, recordó el ex mandatario quien logró cambiar estas cifras aumentando el salario mínimo en un 62 por ciento en cinco años, aún con voces en contra que le advertían que lo único que lograría era el crecimiento de la inflación. 
“Y la inflación no aumentó”, dice ahora con satisfacción. Esta sola decisión sacó a millones de brasileros de la pobreza. Es más, asegura que con la crisis del 2008 Brasil salió adelante. “El consumo creció siete veces más, sobre todo en los sectores populares. Los pobres comenzaron a ser tratados como ciudadanos”.
Para Lula da Silva hubo varias estrategias clave para lograr tales resultados. Una fue bancarizar la población pobre: en un año 45 000 000 de brasileros tenían cuentas bancarias activas, y esto ayudó a hacer viable la segunda estrategia: no dejarles a intermediarios la administración ni la entrega de estos recursos públicos.
“No creo que deba existir la figura del intermediario, porque la mitad de la plata se queda con él. En Brasil las personas que reciben beneficios del gobierno no tienen contacto con intermediarios. Reciben una tarjeta magnética con la que puede ir al banco y sacar el dinero. Eso es sagrado”, recalcó el ex presidente.
Y una tercera estrategia que garantiza el éxito es tener registros de calidad, así como dar seguimiento a los programas y beneficiarios. Equipos de gobierno viajaron a lugares remotos en donde encontraron habitantes que ni siquiera tenían actas de nacimiento; eran ciudadanos que no existían. Ellos son hoy beneficiarios del programa bolsa familia, que entrega tarjetas a las mujeres del hogar para que cuenten con el dinero para la alimentación y la educación de su familia.
“Son 13 millones de tarjetas. Las personas van al banco y no les deben favores a alcaldes ni a gobernadores ni al presidente. Me decían que estaba desperdiciando el dinero, que estaba creando vagabundos que no trabajaban. Había personas que criticaban que los pobres compraran lápices o zapatos para los niños y no comida. Eso es fácil decirlo para alguien que los tiene, pero no para los que nunca lo han tenido. Quienes nunca han pasado hambre ni necesidades no saben qué son 80 dólares en manos de una madre de familia”.
Combatir el hambre fue una prioridad del gobierno de Lula da Silva, al punto de crear un ministerio dedicado exclusivamente para esta tarea. En seis años la desnutrición de Brasil se redujo un 73 por ciento y la mortalidad infantil en un 45 por ciento.
La política es ejemplo en el mundo. Esta apuesta incluye restaurantes populares, programas de lactancia materna, promoción de la agricultura familiar, distribución de alimentos a los más pobres, la entrega de microcréditos y fomento de la economía local a través de la compra al pequeño productor para abastecer los programas de alimentación del gobierno, entre otros.
“La garantía para la buena alimentación de la población debería ser la prioridad de todos los hombres públicos y de los ciudadanos de buena voluntad. No es normal –dijo– que un gobernante del mundo no ponga la lucha contra el hambre como una prioridad de sus presupuestos, así como en sus políticas”. 
La generación de millones de empleos formales para padres de familia buscó reducir el trabajo infantil y por el contrario, llevar a estos niños y jóvenes a las 214 escuelas de educación básica nuevas, así como a las 14 universidades federales construidas durante su periodo. Hoy hijos de albañiles estudian carreras como medicina en estas universidades.
Estos resultados, aseguró, son una muestra de que “no hay nada más barato que invertir en los pobres” y deja atrás la teoría de que hay que esperar al desarrollo para ser inclusivos. En el caso de Brasil, la inclusión llevó al desarrollo. “Los ricos también se benefician cuando los pobres dejan de serlo”, dijo.
“Hasta le pagamos la deuda el Fondo Monetario Internacional. Después de dos años de gobierno le devolvimos 16.000 millones de dólares que le debíamos. Hoy el FMI nos debe 14.000 millones de dólares que les prestamos para ayudar a la crisis de los países ricos”.

Gracias a Emilio José Brea García

sábado, noviembre 19

Sábado verde, cuento de Rubén Echavarría



Fue en 1900. Exactamente el primero de enero cuando llegó el barco cargado de chinos. Ancló en Puerto Esperanza una tarde, llenando de amarillo el nuevo siglo. Los primeros en dejar atrás la enorme casa del mar fueron los pequeñitos Siong Li Kai y Chong Kai Li, quienes enarbolaron su patria en los palos más altos de dos viejas casonas, que llegarían a convertirse en las más famosas lavanderías de aquel nuevo mundo. Las banderas del inmenso y lejano continente ondearon desde entonces felices en los cielos de América.

Se cuenta que Siong, el mayor, había sido maestro en su ciudad natal y de ahí su infinita paciencia. Chong, por su parte, era considerado por todos como el chino más bueno del mundo. Ambos abrazaron amorosamente el corazón de aquella nueva tierra y a mediados del siglo, tras haber sobresalido entre los suyos, fueron condecorados con la “Orden de la Gran Muralla” por la Asociación Incorporada de Chinos en el Exilio.

Los laboriosos lavanderos se adaptaron a la bella isla descubierta, cambiando no pocas de sus viejas costumbres. En vez de arroz con palitos, comían arroz con habichuelas y en vez de rendirle culto a la dinastía Cheu que vio nacer a Confucio, asistían piadosamente a los oficios religiosos del Convento de los Dominicos. Siong Li  Kai murió en Puerto Esperanza como también su entrañable amigo Chong Kai Li. A la semana de morir uno murió el otro, porque Siong y Chong eran como hermanos y hasta guardaban cierto parecido físico, no tanto por ser parientes sino porque como dicen todos los chinos se parecen. Uno de ellos, Chong, adopto un niño tan trabajador como él. Chongo heredo de su tutor el nombre, una túnica amarilla, las facciones achinadas y la lavandería. También heredo de su tutor dos perros, Lentejas y Cañafístola, un gato,  “Don pancho”, tres mujeres que lavaban y a Motica, un muchacho atronado y poeta que a mediodía colgaba la ropa en el sol.

La lavandería de Chongo había sido instalada en una casa colonial de patio grande, como casi todas las casas coloniales. A la muerte de su tutor, Chongo tuvo que aprender a hacer bien muchas cosas que ya sabía. Tuvo que aprender a marcar bien la ropa, a separar bien la ropa y a lavar bien la ropa. Tuvo que aprender a planchar casi cien piezas diarias solo para seguir planchando al día siguiente. Tuvo  que aprender a mandar. Pero sobre todo, tuvo que aprender a comprender. Y eso fue lo más difícil.

Entrada la noche, Chongo se ponía nostálgico. Eso ocurría cuando las tres mujeres, muertas de ropa, se retiraban a sus casas a pensar, los perros a soñar y don Pancho, el gato, a “perrear” por los techos vecinos. Únicamente entonces, el bueno de Chongo se daba cuenta de que estaba solo y  echado en su viejo sillón, “Made in Hong Kong”, dormitaba, vislumbrando, más allá de lo que podían ver sus ojos, las armoniosas ramas de bambú mecerse libre y flexibles en los vientos del tiempo como los millones y millones de descendientes del gran Wang Ti, primer emperador de la milenaria China. A través de las memorias de su desaparecido tutor, Chongo visualizaba aquella masa circular de tierra desconocida como  una obsesión. Allí, a orillas del río Wangho, había nacido la que llegaría a ser la nación más poblada del mundo, a todo lo largo y lo ancho de sus aguas empezaba a extenderse la caudalosa paz de China. A pesar de Chieh, su primer tirano, y a pesar de su larga historia desde Wang hasta Yentsu, desde Chiang Kai hasta Mao, los enjutos hombres de ojos invisibles y pómulos salientes retendrían en el corazón de sus recuerdos las sagradas enseñanzas del gran Lao-Tse. Y solo cuando los vientos de los tres mares de China albergaban amorosos los cuatro grandes ríos de Asia, formando con sus afluentes una red fluvial difícilmente navegable aun para Chongo y su imaginaria destreza marina, el huérfano del Caribe percibía que era la hora de las altas mareas. Entonces pensaba en Sara, su novia platónica, una hermosa muchacha de piel tan tersa que más que piel era luz. A través de ella, Chongo podía distinguir una camisa de hilo  de otra de lino. Sin embargo, al verla reaparecer al paso de los tiempos, pensaba que ya Sara no era la misma y aunque deseara decirle, “Sarah, déjate querer un poco como cuando tu corazón no tenía que pedirle permiso  a tu cabeza para amar”, sabía que eso le seria ahora muy difícil porque la época del corazón había pasado a la historia. Entonces pensaba que el único en no haber sido contaminado por las modas del tiempo era él y volvía a sumergirse en su refrescante mundo de agua y de jabón.

Inicialmente, en la lavandería de Chongo no se lavaba con detergente en polvo sino con jabón largo de barra y “azulito” para que quedara más blanca  la ropa. Era la época del Cashimir inglés y la Estopilla, del Crash fino y el Dril Presidente, del Palm Beach y del Sharskin. Tiempos de cuello duro y mangas duras, tiempos en que los alumnos escuchaban a sus maestros y los maestros contaban historias fabulosas historias como las de aquella muchacha, María Trinidad, que tejió la patria en una tela. Pero, ahora, era la época del “rock” y al bueno de Chongo le resultaba difícil comprender el simbolismo que implicaba, en los días patrios, ver en un balcón de Puerto Esperanza, siete bloomers colgando y una bandera nacional.

Pero a  pesar de los pesares, Chongo era un hombre feliz. Tenía buena clientela y a su lavandería  acudía todo tipo de gente. Acudía Romeo Madrigal  buscando el cero absoluto, algo matemáticamente imposible de obtener y mucho menos en una lavandería. Acudía el mago Merlín con su excedente de talento a cuestas. Acudía Carlos Gardel, Eduardo Brito, Fujimori, Miriam Cruz, Doña Vaina, Juan Luis Guerra, Superman y Daniel  Santos, como apodaba Motica a esos clientes de Chongo. Pero no todos los abonados a la lavandería eran gentes tan pintorescas. Asistían otros formales, médicos, ingenieros, comerciantes. “Por este lavadero han pasado muchos turpenes”, solía  decir Chongo. “Venían a lavar en sus tiempos de estudiantes y ahora son abogados, economistas o políticos”.  También, a la lavandería de Chongo, acudía un general de nombre León Bravo, acompañádole su cruel y sanguinario hijastro Carmelo del Toro. Carmelo había jurado vengarse de Chongo a la primera oportunidad, ya que el lavandero lo había corregido delante de la gente por haber extraviado un día el recibo de su ropa blanca. Se cuenta que una noche infernal de azufre y malasangre, en una sesión espiritista, el general Bravo recibió un mensaje aterrador. Indicaba el mensaje de los espíritus que su hijastro Carmelo llegaría a ser el futuro presidente de Puerto Esperanza. Conociendo de sobra la endiablada naturaleza de Carmelo del Toro, el general no descartó la posibilidad de que ya en el poder al iracundo oficial se le metiera en la cabeza la luminosa idea de incendiar Puerto Esperanza como Nerón incendiara Roma. Ante la posible eventualidad, ordenó crear de inmediato el honorable cuerpo de bomberos civiles.

El Comandante Niágara no solo fue el primer jefe honorífico de la institución, sino el más competente de su historia. Organizó y disciplinó a sus hombres de tal modo que un día le renunciaron todos al no poder resistir la férrea disciplina del impetuoso Niágara. Durante años, el honorable cuerpo de bomberos civiles se mantuvo oficialmente muerto, pero vivo en la memoria de decenas de niños que en noches de fuego pudieron apreciarlos con sus vistosos uniformes de franjas rojas, sus impresionantes cascos, sus capas negras y amarillas, sus extintores contra incendios, bomba, sus luces intermitentes, sus ruidosos camiones, corriendo, volando, mientras ellos, emocionados, los perseguían lenguas afuera hasta el mismo lugar de los hechos, viéndolos arriesgar sus vidas con sus mangueras que le ganaban al fuego, sus poderosos chorros de agua apagando hasta el infierno, y sus largas escaleras de hierro que llegaban hasta el cielo. Entre los que esperaban ansiosos el retorno de los apagafuegos, con  Niágara o sin Niágara a la cabeza, se encontraba un joven audaz que llegaría a ser con el tiempo el comandante supremo del cuerpo de bomberos civiles: ¡El General Milagros!

El intrépido General Milagros fue juramentado como jefe de los bomberos un mes antes de que tomara posesión, como presidente de la república, el cruel y sanguinario Carmelo del Toro. Al día siguiente de tomar posesión el infernal Carmelo, un voraz incendio consumió la lavandería de Chongo y cuando éste vino a darse cuenta de que se hallaba presenciando la venganza del mismísimo demonio, ya tenía el fuego arriba y a Motica, gritando: “Ábreme la puerta que me muero, Chongo”. Y a los perros, Lentejas y Cañafístola, ladrándole a una gigantesca hoguera roja y caliente, tan roja  y tan caliente que a  Chongo, casi al llegar al horno de la muerte donde se encontraba atrapado Motica, no le quedo más remedio que ponerse a rezar por el alma de su atronado poeta, antes de escuchar la voz fuerte y vibrante  del General Milagros, su amigo y cliente, impartiendo órdenes a sus subalternos hasta hacerle pensar  que en breves minutos el fuego estaría totalmente sofocado y a la semana siguiente la banda de música de esa benemérita institución desfilaría en Viernes Santo, junto a la Guardia Pretoriana, cerca de los Caballeros del Santo Sepulcro y todos vestidos de blanco marcharían rítmicamente, llenando de recuerdos las calles y las horas. Pero ocurrió que antes de suceder eso se le desplomó el techo a Chongo y el pobre dejó de pensar pendejadas pues ni siquiera tuvo tiempo para salir al patio y apagar el fuego de su propia ropa ya que las llamas cubrían la salida como una gigantesca boca del infierno, sin que valieran para nada los esfuerzos combinados de bomberos y civiles ya que esa noche o mañana, a las 2:30, hasta el aire se estaba quemando donde una vez se encontraba la más famosa lavandería de Puerto Esperanza. Y media hora más tarde, exactamente a las 3:00 A.M., el lugar se hallaba impregnado de un horrible olor a cosa frita, a humo y a gente. Pero, sorprendentemente, todos salieron ilesos, empezando por Cañafístola, Lentejas, don Pancho y terminando por Chongo y Motica, quienes fueron salvados de casualidad cuando el intrépido y oportuno General Milagros pareció descender del mismo cielo  por una escalera de plata, confundiéndose con el fuego y sembrando a Chongo y al poeta en la pared del patio hasta arrancar de su cuerpo las llamas frenéticas. Pero, de ahí en adelante, la lavandería nunca más volvió a ver la misma. El  siniestro, la inflación y la terquedad de Chongo al no aumentar los precios del lavado de la ropa pese a la realidad económica   existente, lo fueron hundiendo en un pasado de profundas miserias desde donde contemplaba  un presente de hombres voraces, tragándose un mundo que ya no le pertenecía y que tal vez no le había pertenecido nunca. Solo cuando pasaba Sara por la lavandería y le decía adiós, Chongo vivía un presente fugaz. Entonces emergía de su vieja túnica amarilla para responderle el saludo con su susurro que ni el mismo entendía.

Desde el momento en que conoció a Sara, el susurro y el adiós de los sábados se habían convertido en su nueva costumbre. Antes de conocerla, la misa de los domingos había sido su costumbre favorita pero después de las reformas del latín al español, la misa había  perdido para él aquella asombrosa magia que la hacía divinamente incomprensible. A su vez, Sara solía pensar que entre ellos dos nunca llegaría a ocurrir nada porque Chongo solo amaba la ilusión y, sobre todo su trabajo. Por esa razón, Chongo se sentía feliz los días de mucho ajetreo en el lavadero cuando las tres heroínas que lavaban se metían, a las siete de la mañana, dentro de sus fosas de agua y parecían enanitas ante tanta ropa y tanta espuma. En una ocasión, había tal cantidad de agua acumulada que un pez confundió el lavadero con el mar y al salir de cabeza por el chorro de la llave grande, pareció preguntarle la hora a Chongo: “Las ocho y quince”, dijo Chongo. “Y todavía no he terminado de lavarle la toga a Pompilio Bonilla”. Aquel día, había tanta agua y jabón en la lavandería que hasta las palabras resbalaban. Lentejas, la perra, tuvo que encaramarse sobre una tabla de planchar para no entorpecer aunque Motica no quiso quitarse del medio, pese al tono enérgico del discurso de Chongo: “Si tú tuvieras, Motica, sólo la mitad de la educación que tiene Lentejas, otra cosa fuera”. En tanto, el gato don Pancho enamorando hasta los perros y Cañafístola ladrando y las mujeres del lavadero ahogándose y Chongo: “Con permiso, Lentejas”. Porque Chongo, pasado, presente y futuro de una vida acabada de lavar, siempre habría de llevarse bien con todo el mundo, con mujeres y hombres, con perros y gatos. 

Sólo una vez, después del hundimiento de la Atlántida y del diluvio universal, Chongo pudo haber imaginado una inundación como la de aquella mañana en su lavandería. Ocurrió en China, durante la Segunda Dinastía Hans. En aquella ocasión, los ríos Amarillo y Azul causaron daños irreparables a los poblados. El descomunal desborde fue conocido por los historiadores del mundo como el de “La Gran Inundación”. Las salvajes marejadas chinas duraron más de una centuria y únicamente por la aparición de Yu, un líder de excepcionales condiciones, los ríos rebeldes pudieron ser sometidos a la obediencia. Durante trece heroicos años, el valiente Yu luchó contra las corrientes de todas partes. En reconocimiento a su titánica labor, fue llevado en la gran barca de oro al trono imperial de la China. “Si Yu se encontrara hoy aquí, Motica, otra cosa hubiera sido!”, gritaba Chongo con el agua hasta el cuello mientras el poeta permanecía flotando por la lavandería como si tal cosa y el General Milagros hacía su mágica aparición, extrayendo con su poderosa bomba las aguas desbordadas y hasta al travieso Motica por añadidura.

Cuando todo se secó y la vida volvió a su normalidad era casi mediodía y el sol calentaba las sábanas que colgaban en los cordeles. El aroma de los calderos llenaba el cielo de legumbres y Chongo despertaba el apetito de las lavanderas con sus sabrosos comentarios sobre el chicharrón de pollo que había hecho famoso a Men el Chino, el Plato Azul que de azul no tenía nada y la Sopa China que no cogía sal por más que se le echara. Recordando también al primer chino que llegó al país, un escuálido hombrecillo de nombre Tang que apareció un día en Puerto Esperanza con un palo atravesado detrás del pescuezo y dos latas de agua como regaderas en los extremos para las hortalizas. A la puesta del sol, Tang acostumbraba fumar su inseparable pipa de opio durante largo rato. A veces, Chongo narraba a las muchachas del lavado, a Motica, Lentejas, don Pancho y a Cañafístola, las increíbles aventuras en la China del legendario Tang. Al preguntarle por qué siempre prefería hablar de la china, un país que no conocía y no del suyo propio, Chongo solía responder: “La grandiosidad de lo ignorado es siempre mayor que la grandiosidad de lo concido”. Sin embargo, otras veces, Chongo pensaba en su mundo, un mundo tan singular y pequeño que podía ser escrito en un grano de arroz. Recogido por Chong Kai Li, su tutor, nunca conoció a sus padres. Por eso, en cierto modo, no tenía origen ni recuerdos. Por su tutor muerto había aprendido a vivir. Había aprendido, que la historia de Puerto Esperanza era la historia de un pueblo como él sin identidad y sin destino. A través de las memorias de su querido tutor, Chongo visualizaba la historia de la humanidad como el testimonio de las guerras donde el hombre armado con palos o con bombas había logrado sobrevivir. 

Hacía millones de años que existía vida sobre la tierra en sus formas más elementales y ahora, con el extraordinario poder de sus armas nucleares, las grandes potencias se encontraban ya preparadas para destruirla. Pero a pesar del violento drama de la historia humana, el mundo parecía estar dando un viraje hacia otra cosa. Los cambios ocurridos en algunos países eran radicales y ya la gente empezaba a romper sus fronteras. “Quizás también yo deba romper con las mías”, pensó Chongo, mirándose al espejo. Lucía la vieja túnica amarilla heredada de su tutor, gorro negro y largas trenzas con gomitas. Sus bigotes caían por su cara, haciendo juego con su larga barba de flecos separados. Echó una ojeada a su lavandería y la vio convertida en una inservible pieza de museo, tres mujeres cada vez más viejas, dos perros, un gato cada vez más flaco y Motica como siempre de poeta, colgando su ropa en el sol.

Ese sábado, las hojas tupidas de los árboles brillaban, dándole al soberbio día un verde predominante. “Es un sábado verde”!, exclamó Chongo, contemplando el sol atajado en las copas de dos rabiosos robles. Al sur, un mar verde botella profundo e inmenso. En el cielo volaban las gaviotas. Era un día verdaderamente espléndido y era sábado. Como todos los sábados, Sara pasó por la lavandería para el clásico ritual del saludo y el susurro de la mañana, pero quedó paralizada al escuchar que la llamaban por su nombre. En principio, no creyó que era la voz de Chongo la que escuchaba sino la de su propio deseo. Entonces se volteó y lo vio. Chongo estaba a sólo unos pasos de ella y la miraba de frente por primera vez. Tenía el pelo, el bigote y la barba recortados, pantalón y camisa corrientes y diez mil años menos. “¡Eres realmente Chongo?”, exclamó Sara, perpleja. Chongo avanzó un poco más “¿Qué tú crees?”, dijo él. Sara lo vio ahora tan cerca que casi podía tocarlo. Era en efecto el mismo Chongo de siempre, sólo que además este Chongo hablaba, caminaba y se atrevía. “¡Son los cambios!”, exclamó Sara, sin poder contenerse. “¡Son los cambios!”, Chongo sonrió. Su sonrisa iluminó aún más el nuevo día

sábado, noviembre 12

El sueño de la NACIÓN produce MONSTRUOS



Blog detallPARALELO 49 



NÉSTOR E. RODRÍGUEZ

Escritor
Manuel Núñez

El pasado 27 de octubre leí con gran consternación la noticia de una entrevista televisiva a Manuel Núñez, quien ha hecho carrera predicando el evangelio de la xenofobia en República Dominicana desde la publicación, hace ya veinte años, de un lamentable volumen titulado El ocaso de la nación dominicana. Leer las opiniones de Núñez en torno al tema de los inmigrantes haitianos reactivó en mí la indignación sentida al leer su escandaloso tratado años atrás.





Poco ha cambiado la prédica de la violencia de este mal llamado intelectual. Hablo con esta crudeza porque no es fácil entender cómo alguien supuestamente entrenado en las disciplinas humanísticas puede adelantar argumentos que contribuyen a acrecentar la violencia en la sociedad.


Presidentes Dominicano y Haitiano durante visita de negociación tratado de delimitación fronteriza (1935). D. Calixte, Elie Lescot, Stenio Vincent, Trujillo, Felipe Ciprián (General Larguito), durante el proceso de negociación de la firma del Tratado de Acuerdo Fronterizo de 1935. En 1937 se produjo la Matanza de haitianos, triste episodio en el que Trujillo ordenó el deguello de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos del vecino país.


Tristemente, Núñez sigue siendo una de las más curiosas figuras del folclore nacionalista dominicano. Sus ocurrencias, que no se le puede llamar ideas a un discurso que incita al odio al prójimo, continúan repitiendo la retórica de los paladines del nacionalismo trujillista como Peña Batlle y Balaguer, quienes contribuyeron a dar forma al catequismo de la superioridad nacionalista en República Dominicana en la primera mitad del siglo pasado.

El accionar de figuras como Peña Batlle y Balaguer no deja de ser escandaloso en sí mismo, pero se puede entender en base al contexto histórico en el cual se afinca y el lugar de estos intelectuales-funcionarios en el edificio del poder de aquel entonces. En el caso de Núñez, sujeto que forma parte de una nación con una considerable y creciente masa de ciudadanos que se ve obligada a emigrar a otras tierras, la retórica anti inmigrante es más bien una aberración.

En 2002 publiqué en la desaparecida revista Xinesquema una nota sobre la segunda edición de El ocaso de la nación dominicana. En ella empleaba la imagen del más conocido de los "caprichos" de Goya, ése que retrata al filósofo durmiendo sobre su mesa de trabajo mientras un grupo de lechuzas y murciélagos se abalanza sobre él, para llamar la atención sobre los fantasmas que parecen mortificar el sueño de los arcontes actuales del nacionalismo trujillista. 



En el retrato de Goya, una de las lechuzas blande entre sus garras la pluma del filósofo, gesto que destaca la indefensión de éste ante los monstruos que pueblan su universo intelectivo una vez ausente la seguridad de la vigilia. Goya corona este "capricho" con un inquietante apotegma: "El sueño de la razón produce monstruos". La estampa del artista español del siglo dieciocho puede servir de metáfora a una crítica del nacionalismo dominicano, tal y como se expresa en la actualidad en figuras como Manuel Núñez. Me refiero a la vituperable pervivencia en este tipo de pensador criollo de la pedagogía nacionalista de los tiempos de la dictadura.

Las palabras de Núñez son la mejor prueba de todo cuanto digo. Nótese la manera en que en la entrevista de la semana pasada describe a Haití como un país arruinado tanto al nivel económico como "moral": "Allí no hay nada, un país con solo un 1% de tierra útil para la agricultura, es decir, una nación en devastación. Un país destruido moral y físicamente, sin infraestructura, con sida y la malaria, y con el más alto índice de desempleo de América Latina, un 70%, y el más alto índice de analfabetismo".



La dominicanidad a ultranza que defiende este auto proclamado adalid de la "soberanía y la cultura" no aporta nada positivo al debate sobre el tema haitiano. En realidad las afirmaciones de Núñez lo que logran es exacerbar el racismo y la xenofobia que no sólo nos coloca en una situación vergonzosa como país ante la opinión mundial, sino que le cuesta cada año todo tipo de vejaciones y maltratos a cientos de familias haitianas, dominico-haitianas y rayanas.

Para disipar los fantasmas de la intolerancia y el odio étnico de la cabeza de "ilustrados" como Núñez habría que empezar por señalar lo obvio. Los inmigrantes haitianos activan sectores de la economía nacional en los que ningún dominicano está dispuesto a emplearse, puesto que se trata de trabajos con una remuneración miserable, si es que hay algún tipo de paga en dinero. De esta cruda realidad han sabido sacar partido las corporaciones, empresarios y terratenientes desde principios del siglo pasado.

La patria que nacionalistas de parroquia como Núñez dicen amar se beneficiaría grandemente si su labor cívica como intelectuales públicos se encausara por la vía de la denuncia de las principales fuentes del mal llamado "problema haitiano", a saber, 1) la rapacidad de los consorcios que se han enriquecido importando mano de obra haitiana semiesclava en la industria azucarera, desde las compañías estadounidenses que iniciaron la tradición a principios de siglo veinte hasta los Vicini en la actualidad; 2) la sed de ganancias de las corporaciones hoteleras que no dudan en contratar haitianos por una fracción de lo que pagarían a trabajadores dominicanos, 3) la avaricia de contratistas desalmados que por un caldero de locrio de pica pica obtienen la lealtad de todo un ejército de obreros haitianos capaces de erigir un edificio en cuestión de meses, 4) los militares corruptos que empañan la imagen de las instituciones castrenses al prestarse al tráfico ilegal de personas.

Por ahí es por donde hay que empezar a discutir el asunto de los inmigrantes haitianos en República Dominicana. Es un acto de irresponsabilidad intelectual y ciudadana envenenar el debate con arengas nacionalistas engendradoras de violencia.

lunes, noviembre 7

Carmen Imbert-Brugal, Invitada Especial, de la República Dominicana a la XIV Feria Internacional del Libro de Puerto Rico (FIL-PR)



Carmen Imbert Brugal

La Junta de Directores de la Feria Internacional del  Libro de Puerto Rico (FIL-PR), que preside el editor, filántropo e industrial, José Carvajal, extendió una invitación especial a la jurista, escritora y comunicadora dominicana Carmen Imbert-Brugal para dictar una Conferencia Magistral sobre “Creación Literaria de la Mujer en el Caribe Mágico”.

Imbert-Brugal durante su participación en la FIL-PR  estará presente en una  Mesa de Críticas sobre su obra narrativa, pondrá en circulación su obra más reciente  Memorias de la Señora (Colección de Relatos), publicada por Editorial Santuario,  y asistirá a los Actos Protocolares Oficiales de inauguración  de la Feria, a la cual asisten  profesionales del libro, editores,  escritores, bibliotecarios, gestores culturales  y un variado  público  de lectores.
Carmen Imbert-Brugal es una representativa  escritora dominicana de la generación de los ‘80. Reside en Santo Domingo, República Dominicana. Nació en Ponce, Puerto Rico, en 1955, cuando su familia tuvo que exiliarse a causa de la persecución política de la dictadura  trujillista. Vivió parte de su adolescencia en  Puerto Plata, ciudad norteña marítima, puerto de comercio, y punto de encuentro y desencuentros de emigrantes europeos e isleños de diferentes culturas y lenguas,  en la costa  atlántica de la Isla de Santo Domingo.  
Su primera  novela es  Distinguida señora (Editora Amigo del Hogar, 1995). La Editorial Norma, en su colección “La Otra Orilla”,  ha publicado dos novelas suyas: Volver al frío (2003) y Sueños de Salitre (2004). 
Su colección de relatos Memorias de la Señora (2011) será presentada el miércoles 9 de noviembre, a las 7.00 de la noche, en el Café de los Poetas, del recinto ferial.  Wanda Cosme Montalvo, reconocida  crítica literaria, reseñista, editora y profesora del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Bayamón, tendrá la responsabilidad de la ponderación  de la obra desde la perspectiva de género. 
A través del  ejercicio de la palabra y, por ende, de su labor intelectual, así como por medio de su larga trayectoria en los medios de comunicación (en la prensa escrita, televisión y radio) Imbert-Brugal ha contribuido a configurar espacios de opinión pública  alternativos para provocar la reflexión y el debate sobre política, cambios sociales, legislación, gobernabilidad, derechos humanos, feminismo y género,  evaluaciones críticas al status quo, alestablishment, y prácticas discriminatorias  que resquebrajan  la libertad individual y la justicia, para hacer emerger desde una filosofía de la diversidad  nuevas miradas e identidades en las interacciones sujetos/poder/ Estado/ciudadanía. 
Imbert-Brugal actualmente es Productora y Conductora  del programa radial “Matutino Alternativo”  y de TV “Metrópolis”.  Importantes revistas y periódicos nacionales  han publicado sus artículos y ensayos sobre diversos temas.
En la “Mesa de Críticas sobre la Obra Narrativa de Carmen Imbert-Brugal”,  en la cual se explorará la crítica literaria como herramienta para la motivación de la lectura,   participarán Linda M. Rodríguez Guglielmoni, Catedrática  de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez; Sheila Barrios, Catedrática de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Ponce e Ylonka Nacidit-Perdomo, Delegada de la FIL-Puerto Rico en la República Dominicana, en el marco del Programa  de la   Asociación de Bibliotecarios Escolares de Puerto Rico (ABESPRI).
La XIV  Feria Internacional del Libro de Puerto Rico (FIL-PR) se llevará a cabo del 09 al 13 de noviembre de 2011 en el Pabellón de la Paz, Parque Luís Muñoz Rivera,  ubicado en la entrada de la isleta de San Juan, Puerto Rico, con el lema “Somos Quijote Formamos una Isla de Libros”. El tema fundamental de la FIL-Puerto Rico este año es el Mundo Mágico Taíno: El Universo de la Cultura Taína del Caribe.
Desde el año de 1997 la República Dominicana participa con delegaciones en este evento cultural que es un patrimonio humanístico del pueblo puertorriqueño, que por medio  de  lazos inquebrantables de hermandad, amistad y solidaridad  ha unido a Puerto Rico  y a  los  dominicanos a través de la palabra.

http://studylib.es/doc/7085222/carmen-imbert-brugal--invitada-especial--de-la-rep%C3%BAblica

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...