Releyendo a Jonathan Swift

Jonathan Swift por Charles Jervas.
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Sobre la sociedad dominicana ya no flamea ningún trapo sagrado
Escrito por: ANDRÉS L. MATEO
La gente dice que de alguna manera todos llevamos un “trujillito” por dentro, y si las palabras deben ser usadas para comprender y explicar, no para controlar y oprimir,  ese “trujillito” por dentro es una advertencia respecto de una historia  de azarosas  complacencias opresivas. Es suficiente con enunciar las vejaciones, la ceguera siempre posible del lambón que susurra la conveniencia de continuar en el poder, el amargo de retama del mesianismo; para darnos cuenta de que   el poder tiene una capacidad  transformadora  de voluntades y principios.  La escueta definición de nuestra historia queda clavada, sin ninguna dudas, en  esa desgracia recurrente de políticos e intelectuales dominicanos que  terminan siendo, en la práctica, lo contrario de lo que dijeron ser.
Mi artículo de la semana pasada, titulado “Danilo y la tradición autoritaria”, no le gustó a un renombrado Ministro, y me envió una carta (escrita a la  antigua, a manos) en la que me acusa de “panfletario”, algo que, según él,  no debería ser por “el nivel que has alcanzado en las letras dominicanas”. A ese Ministro me liga un viejísimo afecto, y por eso en vez de enojarme corrí a leer algunas notas de Jonathan Swift, un tipo encojonadísimo, verdadero panfletista de la historia de la literatura, que se burló sin piedad de la sociedad inglesa de su época.
Jonathan Swift, al que ahora leemos como un autor de textos infantiles, era, en realidad, un soberbio. Tan iracundo fue que escribió, de su puño y letra, el epitafio que él quería que pusieran en su tumba: “Se ha ido donde la fiera indignación no podrá lacerar más su corazón”.  Pero ahora lo recordamos por libros como “Los viajes de Gulliver”, que se lee como un libro infantil o para adolescente, pero que en realidad fue una diatriba furiosa contra la hipocresía de la sociedad inglesa. La traición creativa que ejerce el tiempo sobre las obras literarias, es lo que ha hecho que podamos leer como un divertimento infantil, lo que  él escribió como un aldabonazo. A fin de cuentas, Jonathan Swift quedó en las letras universales más por el vuelo fantástico que dio a su ira contra la sociedad inglesa, por su mordacidad sin fronteras, que por lo que intentó combatir con sus escritos repletos de una filosofía pesimista y amarga.
No es la primera vez que un Ministro me dice “panfletario”, ni tampoco la primera vez que recurro a Jonathan Swift; pero como el inglés sí era un panfletario que lo asumía, a mí siempre me ha parecido esto una lección, cuyos resultados, si pudiéramos revivirlo, el propio Jonathan Swift rechazaría. Porque si sus obras coléricas son hoy leídas por niños como joyas de la literatura infantil, el Ministro debería estar equivocado  al decirme panfletario y mandarme a escribir de literatura, usando la idea liquidacionista de que el panfleto se opone al arte.
Yo creo que el Ministro cultiva su propio jardín. Sobre la sociedad dominicana ya no flamea ningún trapo sagrado. Ese “trujillito por dentro” es ahora  un mundo espiritual estéril  que se reduce dramáticamente ante nuestros ojos.  Todo está al alcance del valor de cambio del dinero, cuyo poder puede transformar el mundo en una máscara. El amigo Ministro debería volver a leer a Jonathan Swift, debería perdonarme por recurrir al panfleto, debería respetar aquellos viejos aspavientos sobre los que nos empinábamos discutiendo en la Biblioteca Froilán Tavárez, cuando éramos  jóvenes y ardíamos en sueños de redención;  debería repugnarle que hoy sea la arboladura de gran señor del dinero la que subyuga como un vehemente Dios de los mortales.
Hay que estar alerta contra el autoritarismo subliminal. Exhibiendo sus penachos altivos, los dictadores, los autoritarios, los corruptos, son los grandes triunfadores de nuestros espacios en la vida republicana. No es “amargura”, no es “pesimismo”. Trujillo sabía que la apropiación del mundo era deslumbrante, y sus noches eran, por lo tanto, inocentes y reparadoras. ¿Qué podemos hacer quienes apenas tenemos la palabra?
Quizás escribir panfletos, que de seguro no conmoverán a nadie. O invocar a Jonathan Swift, un tipo encojonadísimo que ahora únicamente leen los niños

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