Hildegarda de Bingen, las hijas de los Reyes Católicos, Isabel de Osorio y Lady Montagu reviven en cuatro novelas

 Más que exactitud cronológica, la misión de la novela histórica es rescatar el alma del personaje evocado.

NIEVES SANZ 




Hildegarda de Bingen (1098-1179) ha pasado a la posteridad como la fundadora del primer monasterio femenino. Se dice que era bella. Ataviada de blanco, en las ceremonias litúrgicas adornaba con flores su pelirroja cabellera. Además de abadesa fue curandera, artista, escritora, compositora, mística… Creía en el poder de las piedras, en el ejercicio físico y en la higiene personal con productos naturales como el aloe. El ora et labora no debía recluirse en las umbrías celdas de piedra: «A partir de ahora las benedictinas dormiremos y cantaremos en espacios abiertos», proclamó. Tras fundar en 1150 el monasterio de Rupertsberg, Hildegarda recopiló sus experiencias místicas en el «Scivias» («Conoce los caminos») y sus cantos en la «Symphonia armonie celestium revelationum». En 1165 fundaba el monasterio de Eibingen, donde se conservan sus reliquias.

Carmen Torres Ripa
Impactada por la fuerte personalidad de Hildegarda, la periodista Carmen Torres Ripa viajó a los claustros de «La mujer de las nueve lunas» (Plaza & Janés). «Basándome en su vida, le he dado cuerpo y alma con mi imaginación. La he visto de niña, de adolescente y de mujer recorriendo a caballo un paisaje de bruma y belleza. Pido perdón a los historiadores escrupulosos si los hechos que relato no coinciden con las fechas exactas».
Más que exactitud cronológica, la misión de la novela histórica es rescatar el alma del personaje evocado. Hildegarda, primera feminista de la Historia, fue muchas cosas: «Inventó un lenguaje, lengua ignota, y los esperantistas y los lingüistas la tienen como patrona», señala Torres Ripa. En la novela, un sacerdote irá en busca de unos códices de Hildegarda que desentrañan el problemático papel de la mujer en la jerarquía católica.


Otras mujeres no pudieron avanzar como Hildegarda en el libre albedrío. Nuestros Reyes Católicos tuvieron cuatro hijas que situaron estratégicamente en el ajedrez europeo. La enlutada Isabel fue esposa de Manuel I de Portugal; le siguió en el tálamo lusitano la discreta y generosa María, que dio a Manuel «El Afortunado» un heredero y luego, Leonor, la nieta de Isabel y Fernando. En Flandes, Juana fue «La Loca»; su pasión por Felipe el Hermoso la llevó a la reclusión en Tordesillas… Catalina será la primera esposa de un Enrique VIII que, al separarse de ella, romperá también con la disciplina papal.
En «Las damas del Rey» (Rocaeditorial), María Pilar Queralt del Hierro novela la trágica peripecia de esas mujeres. Isabel y Fernando «decidieron sus matrimonios como quien diseña una batalla, poniendo las bases del imperio que regirá su nieto Carlos». A través de la relación epistolar, la escritora topografía las razones de estado: Medina del Campo, Granada, Zaragoza, Lisboa, Setúbal, Cintra, Belem, Bruselas, Malinas, Greenwich…
Las olvidadas
Inés de Castro
A Queralt, autora de la «trilogía portuguesa» «Inés de Castro», «Leonor» y «La rosa de Coimbra», la figura del rey Manuel le llevó a las vidas de Isabel, María y Leonor: «Las mujeres son las grandes olvidadas de la Historia. Estas, prácticamente desconocidas, simbolizan la transición entre la Europa medieval y la eclosión renacentista».

Maria Pilar Queralt
Antes de aparecer como el severo monarca del Imperio donde no se ponía el sol, un Felipe II de dieciséis años conoció la sensualidad con una mujer mayor que él: Isabel de Osorio. La relación abarcará tres lustros atravesando, cual Guadiana, los matrimonios reales. Otra figura femenina rescatada de entre las sombras: Isabel de Osorio. «¿Cómo era posible que nadie se interesara por ella?», se preguntó Mari Pau Domínguez después de leer un libro de Santiago Nadal sobre las cuatro mujeres de Felipe II y la biografía de Geoffrey Parker.

Nacía «Una diosa para el Rey» (Grijalbo), novela sobre lo que pudo ser aquella relación alimentada por el sexo y el intelecto. «Isabel hubiera sido la compañera perfecta. Procedía de una familia con cultura de la corte, educada en los mismos principios erasmistas de Felipe… pero se impuso la razón de Estado. La relación fue tan intensa y conocida que llegó a oídos de Guillermo de Orange, artífice de la Leyenda Negra donde acusaba al rey español de bigamia…». Hoy, la tumba de Isabel de Osorio sufre los estragos del abandono en una ermita que se cae a trozos; el monasterio que ordenó levantar en Sarracín (Burgos) devino en urbanización de adosados. «En el pórtico de la fachada, un travesaño tapa sin miramientos el escudo de los Osorio hasta anularlo», lamenta la autora de «Una diosa para el Rey». Novela histórica contra el olvido.

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