VARGAS LLOSA Y LOS ESCRITORES DE REVOLUCION CUBANA

 A- Evolución del escribidor e involución de la revolución.

Cuando asistí a la hora crepuscular del martes 28 de diciembre al Palacio Nacional a la condecoración con la Orden Heráldica Cristóbal Colón en el Grado Gran Cruz Placa de Plata que le haría el presidente de la República, Leonel Fernández, a Mario Vargas Llosa, no pensaba intercambiar palabras con el Premio Nobel de Literatura 2010, porque lo imaginaba asediado por los admiradores. En efecto así fue. Pero al final del acto, por fortuna, lo encontré en la salida del Salón de Embajadores acompañado, apenas, de dos personas y lo abordé con una realidad que creí, erróneamente, conocida por él: la profunda admiración que le profesan los escritores cubanos hasta tal punto de hacer doblegar la decisión de Fidel Castro de borrar del escenario cultural el nombre de Mario Vargas Llosa. El novelista peruano me miró con ojos expectantes e interrogativos y yo le reiteré, es verdad, y pensé en el devenir histórico de esa verdad.




Mario Vargas Llosa, como refiere en sus memorias, desde que era un escritor en ciernes le rendía homenajes a los cubanos del 26 de Julio, que con un romántico guerrillero a la cabeza —“eso nos parecía Fidel Castro—, combatían contra la tiranía de Batista”. A partir de entonces su simpatía hacia la Revolución Cubana iría creciendo a la par de su exitosísima carrera literaria comenzada en 1952 con una breve incursión en el teatro con la pieza La huida del inca entrenada en Piura, ciudad occidental del Perú. Luego, tras recibirse de licenciado en literatura, en 1959 publicó su primer libro, Los jefes, del cual existe una edición incompleta, impresa en 1956. Los jefes, galardonada con el Premio Leopoldo Alas de España, es una recopilación de cuentos de adolescentes pandilleros de Lima. Cuatro años más tarde, con solo veintiséis años sorprende al mundo con la obra maestra La ciudad y los perros (1962, Premio Biblioteca Breve y 1963, Premio Internacional de la Crítica), que es una novela que satiriza al colegio Leoncio Prado, donde estudió el escritor antes de cumplir los catorce años. En el contenido se describe la cruda realidad de los estudiantes o cadetes, vistos por el autor como pequeños burgueses que roban exámenes, pelean, sueñan, aman el sexo y el alcohol. El colegio, considerando al autor un pervertido mental, quemó en el recinto escolar mil ejemplares del libro mientras dos generales, entre otras autoridades conservadoras, tildaron a Vargas Llosa de enemigo del Perú, difamador de los sagrados valores nacionales. Estos ataques convirtieron la obra de golpe y porrazo en un best seller y al autor le multiplicó su fama de narrador universal, iniciándose así su mito.



La Revolución Cubana triunfó en enero de 1959, y en abril del año siguiente venció, en 72 horas, la invasión mercenaria de Playa Girón, financiada y dirigida por Estados Unidos. Ese mismo año Fidel, apresuradamente, terminó de estatizar los medios de producción del país principalmente los de propiedad norteamericana y proclamó a Cuba la Primera República Democrática Socialista de América Latina. Este cambio radical se reflejó en la frase delineadora de la nueva política cultural, pronunciada en junio por el Jefe de Estado en la Biblioteca Nacional ante los intelectuales y poderes revolucionarios de la época: “Dentro de la revolución todo, contra la revolución, nada”. El acto en la biblioteca lo motivó un cortometraje, rápidamente confiscado, exhibido en la televisión donde aparecía una Habana nocturna bohemia, poética, que al parecer de Fidel encajaba más con el espacio urbano decadente y degenerado de los años de Batista, que con el actual revolucionario.
El mandatario, siguiendo el modelo soviético, centralizó las fuerzas culturales en una sola institución llamada Unión de Escritores y Artista de Cuba (UNEAC) bajo la dirección del poeta Nicolás Guillén, en ese momento el escritor, junto con Alejo Carpentier, de más prestigio fuera y dentro de la Isla. A través de la UNEAC se instauró la censura intelectual y el realismo socialista ruso, que al decir de Herbert Read, en El escritor y sus fantasmas de Ernesto Sábato, trata de imponer un objetivo intelectual y doctrinario del arte (…) logrando apenas de éste el affiche, y de affiche, en el peor sentido del naturalismo.
El florecimiento popular del arte, la cultura y la música que se había iniciado con el triunfo revolucionario, disminuyó considerablemente y las manifestaciones artísticas independientes fueron consideradas indisciplinarias y en algunos casos contrarrevolucionarias y los movimientos surrealistas y existencialistas, impulsados por los escritores regresados del exilio, fueron vistos como decadentes y burgueses y a casi todos se les prohibió publicar.



Aun así, Vargas Llosa, que había tenido un contacto superficial con el marxismo cuando ingresó a la universidad en 1953, siguió apoyando la revolución, participando en sus actos literarios, congresos, escribiendo cartas solidarias y formando parte del consejo de colaboración de la revista del centro de investigación literaria Casa de las Américas, fundada por la mítica revolucionaria Haydée Santamaría. Los que conocieron al autor de La ciudad y los perros en esos años en La Habana, afirma hoy el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, lo recuerdan como un hombre radical que apoyaba todo el movimiento de izquierda de América Latina.
Sin embrago, su postura empezó a variar tras visitar por una semana la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1966 y parecerle bastante injusto el sistema. Expresó, si fuera ruso estaría preso o exiliado. Un año después se le otorgó en Caracas el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por su obra La casa verde, escrita con un realismo estructuralista y con una nueva sintaxis literaria. Detalla la historia de don Anselmo, la del sargento Lituma y la del bandido Fushia. El premio originó el distanciamiento del escribidor con Cuba, pues se negó a aportar, como le solicitó Haydée Santamaría, la donación (veinticinco mil dólares) a la causa de Ernesto Che Guevara, en esos instantes luchando en Bolivia. Según Vargas Llosa, Haydée le planteó la farsa de devolverle discretamente el importe a cambio de su gesto enaltecedor. La fundadora de Casa de las Américas en una carta que le mandó en 1971, sin referirse a la farsa, sin duda considerada por ella un acuerdo entre amigos de confianza que el escribidor traicionó, afirmó que el autor de Los jefes prefirió comprarse una casa con el importe del premio que solidarizarse con la hazaña del Che, y le pidió que no escribiera ni pronunciara jamás el nombre de Ernesto Guevara. Además lo tildó de escritor colonizado, despreciador de nuestros pueblos, vanidoso...
Pero en 1967, al momento de recibir el Premio Rómulo Gallegos, Vargas Llosa dijo, dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado a todos nuestros países, como ahora a Cuba, la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea.



Y regresó a La Habana a participar en un congreso cultural, mas no ya con el mismo entusiasmo sobre, todo por el incremento de la censura y de la rigidez gubernamental, tal es el caso de José Lezama Lima, heraldo de la poesía cubana y católico por convicción. Él había publicado en 1966 Paradiso, novela autobiográfica revestida de esencias cubanas, y el gobierno, tras rechazarla, había ordenado retirar los ejemplares de las librerías, no sólo por el contenido erótico y homosexual de Paradiso, sino porque además expresaba los ideales lezaminianos del arte diametralmente opuestos a los de la UNEAC. Para Lezama, el arte consta de su propia realidad, de su propia imagen, por ende obedece a sus propias leyes internas, no a las del Estado. Al poeta lo condenaron a vivir en el ostracismo, pero antes de morir en 1976, soportando la indiferencia con total dignidad y la fama con total indiferencia, vio publicado Paradiso fuera de Cuba con un éxito instantáneo y hoy está considerada la novela más importante de la Era revolucionaria y una de las obras maestras del siglo XX. 


Al igual que Lezama Lima, su amigo Virgilio Piñera, el más grande de los dramaturgos cubanos, sufrió de aislamiento por su homosexualidad (para la revolución, como en la Rusia de Stalin, ellos eran anormales y les hacían daño a la sociedad) e ideales democráticos. La policía vivía acosándolo y amenazándolo en su propia casa. Una vez lo encarcelaron en una redada contra desviados sexuales y no fue llevado a la provincia de Camagüey a las llamadas oficialmente Unidades Movilizables de Apoyo a la Producción (UMAP) y extraoficialmente campos de trabajos forzados y de adoctrinamientos de los anticastristas especialmente gays, escritores, pintores y artistas como Pablo Milanés, por la rápida intervención del poeta Nicolás Guillén, que fue a liberarlo. Estas acciones pulverizaron los años finales de la carrera artística de Piñera, quien murió como un cristiano anónimo en La Habana, en 1979. Su compañero Reinaldo Arenas no moriría de forma similar por ser un homosexual anticomunista más decidido y en determinadas circunstancias, excesivo. A él sí lo trasladaron a la UMAP y aunque no pudieron doblegarlo, lo obligaron a renegarse a sí mismo, hecho que desencadenó en él un odio visceral hacia Fidel Castro. Estando preso escribió su mejor novela, El mundo alucinante (1966), la que logró sacar clandestinamente de la isla y publicar en el extranjero. Por este proceder lo declararon agente de la inteligencia norteamericana, y su situación disidente empeoró considerablemente. En 1980 pudo escapar del país en el éxodo del Mariel y se estableció en Nueva York, donde le diagnosticaron el virus del sida. Entonces decidió suicidarse culpando a Fidel de la acción.
Otros escritores democráticos como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Calvert Casey también prefirieron irse al exilio. En 1966, Pablo Neruda, como invitado de honor al congreso del PEN Club de Estados Unidos, dio una serie de recitales poéticos en diferentes ciudades, en cada una de las cuales defendió la Revolución Cubana. Pero para su amarga sorpresa, cuando regresó a Chile recibió una carta crítica de los escritores y artistas de la UNEAC acusándolo de sumisión y traición. Neruda juró, en sus memorias, no volver a darle la mano a ninguno de los firmantes de la misiva infame. En el orden musical, a Silvio Rodríguez por ser ideológicamente impuro lo suspendieron de los programas televisivos y le prohibieron que cantara la canción dedicada al Che, Fusil contra fusil. Además los cabellos largos del artista le daban una apariencia poca revolucionaria y para su mayor desgracia reconocía las canciones de Los Beatles, quienes representaban lo peor de la decadencia occidental.
Ante todo esta inquisición cultural, Vargas Llosa decidió empezar a apartarse de la política de Cuba y criticó en un artículo la invasión rusa a Checoslovaquia y al apoyo dado por Fidel Castro. Esto constituye una deshonra para la patria de Lenin, una estupidez política de dimensiones vertiginosas y un daño irreparable para la causa del socialismo en el mundo.
Roberto Fernández Retamar, según Neruda, uno de los ideólogos de la misiva infame, dijo en La Habana, en una mesa redonda sobre el intelectual y la revolución, es inaceptable que un amigo de la Revolución Cubana publique un artículo disconforme sobre Checoslovaquia basándose en la doctrina de que la literatura puede ser crítica aun dentro del socialismo. Esa doctrina es contrarrevolucionaria porque la tarea del intelectual en la sociedad socialista no es la disensión, sino el fortalecimiento del sistema. (Fernández Retamar no podía decir la verdad: Fidel se vio forzado a apoyar la invasión de Moscú a Checoslovaquia debido al subsidio soviético que garantizaba la sobrevivencia económica de Cuba.)
Vargas Llosa, por su parte, continuó con su brillante carrera literaria y publicó en 1967 la novela corta Los cachorros, sobre la vida de varios jóvenes limeños de los años 60. Dos años después dio a conocer su novela de mayor rigor literario: Conversación en la catedral, de 734 páginas. En su contenido dialogan Santiago Zavala y Ambrosio, en el bar de pobres La Catedral, donde hablan básicamente de cuatro historias cuyo trasfondo es la dictadura del general Manuel A. Odria.
Y en 1971, a los treinta y cinco años, para alcanzar la cúspide de su oficio, publicó la tesis de su doctorado en literatura, que era el extraordinario ensayo sobre la obra de su colega Gabriel García Márquez: historia de un deicidio. Según algunos especialistas de las letras ese debió ser el momento escogido por la academia sueca para entregarle el Nobel; no en su decadencia como escritor.
En Cuba se respiraba un clima tenso debido tanto al declive de los movimientos revolucionarios en América Latina producto de la caída del Che en Bolivia, como por el fracaso de elevar la producción azucarera, y a la nacionalización de las pequeñas propiedades privadas que todavía existían. La revolución abandonó la tarea de alcanzar la autosuficiencia en la producción alimenticia y se integró al Consejo de Ayuda Mutua Económica de la URSS y los países del Tratado de Varsovia. En ese contexto, el escritor Heberto Padilla leyó versos escépticos e inconformistas de su libro Provocaciones, en un recital dado en la Unión de Escritores. Luego fue arrestado junto a su esposa Belkis Cruza Malé, acusados de actividades subversivas por el Departamento de Seguridad. Antes, Padilla había escrito a los dieciséis años el libro de poemas Las rosas audaces, y en 1959, estando en Estados Unidos, desempeñándose como periodista, lo entusiasmó el triunfo de Fidel y el Che, por lo que regresó a La Habana a unirse a la revolución. En 1960 publicó su segundo libro de poemas El justo tiempo humano, y partió a Europa del Este a cumplir labores diplomáticas. En 1966, de nuevo en Cuba, formó parte de Lunes, suplemento literario del periódico Revolución, órgano oficial del Movimiento 26 de Julio, y de El Caimán Barbudo, suplemento cultural del periódico de la Juventud Rebelde. En este suplemento Padilla criticó la obra ganadora del segundo lugar del Premio Biblioteca Breve, Pasión de urbino de Lisandro Otero, vicepresidente del Consejo de Cultura y elogió a la ganadora del primer lugar, Tres tristes tigres del exiliado Cabrera Infante. Desde ese momento a Padilla lo vieron como un disidente. En 1968 participó en el IV Concurso Literario de la UNEAC con el libro de poemas Fuera de juego, que en el pensamiento del magnífico crítico y ensayista peruano Julio Ortega, testimonia la difícil posición política del artista y su conciencia crítica, y lo hace con una dicción cotidiana, sutil, desencantada e irónica.
Aunque presentó el libro bajo seudónimos, el Estado sabía la identidad del autor y como tenía un pensar diferente a Julio Ortega, le advirtieron al jurado, no premiarlo, porque se trataba de una obra y de un autor contrarrevolucionario. Pero por encima de esta advertencia, le otorgaron, en vano, el Premio Nacional de Poesía. La UNEAC y la revista Verde Olivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) protestaron públicamente y reiteraron del autor la consideración de contrarrevolucionario, servidor del imperialismo, lo que originó un escándalo.
El penúltimo acto de coraje del poeta lo realizó en unos encuentros con el escritor chileno Jorge Edwards, encargado de negocios de su país en Cuba por el gobierno de Salvador Allende. En los encuentros, grabados por la inteligencia cubana, hablaron de la situación del país. Padilla expuso extensamente sus críticas, entre las cuales sobresalían las dirigidas al modelo soviético que desgraciadamente terminará implantándose en la Isla.
El último acto de coraje fue leer los versos de Provocaciones. Jorge Edwards fue declarado por el propio Fidel persona non grata, título que llevaría el libro más célebre del chileno, obligado a salir del país.
El apresamiento de Padilla marcó el punto de quiebre de las relaciones de revolución y la cultura internacional: a Fidel le enviaron una carta reclamando la inmediata liberación de Padilla, firmada por Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia, Juan Goytosolo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo y demás miembros del PEN Club, de México, entre otros ítems. Ellos manifestaron su solidaridad con Cuba, pero rechazaron el empleo de métodos represivos contra intelectuales y escritores que ejercieron el derecho de crítica a la revolución.
La respuesta de Fidel fue obligar a Padilla a retractarse en un acto público. Retractación, según García Márquez, que le haría mucho daño a la revolución. En efecto, inteligentemente Padilla reconoció deficiencias personales y políticas, errores incalificables, imperdonables. Bajo el disfraz del escritor rebelde, lo único que hacía era ocultar su desafecto a la revolución; repudió sus propias obras literarias calificándola de contrarrevolucionarias e inculpó a su propia esposa y a varios de sus colegas (los que abrigaban ideas democráticas como Lezama Lima y Norberto Fuentes) y a la vez elogió a sus carceleros, quienes son más inteligente que él, y los intelectuales latinoamericanos y europeos que salieron en su defensa son agentes enemigos.
A seguidas Vargas Llosa ideó una segunda carta de protesta, como seguro esperaba Padilla, más radical que la anterior, en la cual le manifestó su cólera y vergüenza a Fidel por la confesión de Padilla, quien ha sido víctima de viles prácticas estalinistas. Cuba debe volver a ser un modelo dentro del socialismo y evitar el oscurantismo dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo impulsado por el estalinismo en los países socialistas. Esta segunda carta que contó con el apoyo de la anterior, no fue firmada por Cortázar ni por García Márquez.




Fidel le contestó a través de un comunicado de Casa de las Américas en el que se acusó a la prensa capitalista de desatar una calumniosa campaña contra Cuba, con la cual colaboraron algunas decenas de intelectuales colonizados, y se dio a conocer unas declaraciones de intelectuales latinoamericanos que apoyaban la revolución como Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Fidel Castro, en un discurso, prohibió el regreso de Vargas Llosa a Cuba, y lo incluyó dentro de un grupo de latinoamericanos descarados, que en vez de estar allí en la trinchera del combate, viven en los salones burgueses, a diez mil millas de los problemas.
Vargas Llosa envió una última carta, esta vez a Haydée Santamaría, en la cual le anunciaba su renuncia al comité de redacción de la revista, sellando así su separación definitiva de la revolución y recuperando la libertad perdida. En lo adelante defendería la democracia capitalista a capa y espada y combatiría al régimen de Castro con una ferocidad tal, que sería catalogado como el defensor por antonomasia de la burguesía reaccionaria, y por los satíricos, seguidor de la antigua expresión, es muy tonto el que no es comunista a los veinte años, pero es más tanto el que a los veinticinco lo sigue siendo.
Fidel primero liberó a la esposa de Padilla y la dejó salir con su hijito hacia Estados Unidos y después se lo permitiría a Padilla. Cuba se adentraba en lo cultural, en los años duros conocidos como el Quinquenio Gris (1971-1976), período caracterizado por el arte convertido en arma de la revolución. Virtualmente se paralizó la creación, las obras publicadas se considerarían literatura muerta, vacías, apologéticas y temerosas, a excepción de El plan dormido (1975) de José Soler Puig, novela que describe el ambiente de una panadería de Santiago de Cuba en época de Geraldo Machado, y Los pasos en la hierba (1970, mención Casa de las Américas), de Eduardo Heras León (El Chino), que es una colección de cuentos que aborda el tema de la formación de las milicias en Cuba antes de Playa Girón, cuando perseguían en las montañas a los contrarrevolucionarios llamados bandidos. Igual que su anterior libro de cuentos, La guerra tuvo seis nombres (1968, Premio David), Heras León, además del heroísmo, valoró la parte humana y psicológica de los combatientes, capaces de sentir temor, desconfianza y dudas. Valoración que resultó más que suficiente para considerar el libro tendencioso y contrarrevolucionario aun siendo El Chino fundador de las milicias, excombatiente contra los bandidos en El Escambaray, y en Playa Girón, compañero de armas de Fidel. La valoración fue publicada en El Caimán Barbudo, que similar al Foro Público en la Era de Trujillo en República Dominicana, significaba un problema y serio. Heras León, que era miembro del consejo editorial del suplemento, ni siquiera se enteró de la publicación, y como era comunista y conocido sólo en el ámbito local, su caso lo trataron con más cuidado, sin que trascendiera al exterior, aunque fue más doloroso que el de Padilla.
El autor de Los pasos en la hierba no sabía a quien dirigirse, porque todos lo esquivaban como un leproso contemporáneo a Jesucristo o un desafecto en la Era de Trujillo. El gobierno lo despidió del Consejo Editorial de El Caimán Barbudo, lo expulsó de la universidad, de la Unión de Jóvenes Comunistas, del trabajo de profesor y, finalmente, le ordenó reeducarse por cinco años en una fábrica de acero llamada Vanguardia Socialista, ubicada en Guanabacoa, municipio de La Habana. Heras León lo que pensó fue suicidarse con una pistola Steichklin que le había obsequiado el Comandante en Jefe, por un certero tiro demostrativo de lanza cohetes que hizo. Por suerte desistió. Y a su pupilo, Senel Paz que lo defendió, recién graduado con distinción de periodismo, lo expulsaron también de la Juventud Comunista y lo enviaron a hacer periodismo a una remota zona de Camagüey.
Estos casos del Quinquenio Gris y el de Padilla facilitaron el interés enemigo de borrar la literatura cubana post revolución de las páginas de la historia cultural de América Latina.

B- Involución del escribidor y evolución de la revolución.
Debido a la presión popular, Fidel abolió la UMAP, pero en vez de aprovechar la infinita ayuda soviética y mejorarle los estándares de vida a la ciudadanía creando una sólida estructura industrial y agrícola, invirtió los recursos en guerras, especialmente en África, donde intervino en Angola a partir de 1975, en favor del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), liderada por el marxista Agostinho Neto.
Vargas Llosa, a causa, quizás, de la crisis de sus convicciones ideológicas, entra en una etapa involutiva como narrador que derivaría en un antipopular pensador político. En 1973 publica la novela Pantaleón y las visitadoras, de contenido intrascendente y superficial, resumido en Pantaleón, que organiza un servicio de prostitutas para los miembros del ejército peruano de puesto en la selva. Esta involución también la reflejó en lo personal: en vez de resolver de forma civilizada unas diferencias, del diario vivir, que tenía con García Márquez le dio un puñetazo antes de la exhibición privada de la película Sobrevivientes de los Andes, en el Palacio de Bellas Artes de México. Por estas diferencias detuvo por largos años la reedición de Historia de un deicidio.
En Cuba celebraron el Primer Congreso del Partido Comunista y determinaron cambiar la política cultural y crearon el Ministerio de Cultura, al frente del cual colocaron a Armando Hart. Éste reunió a los miembros de la UNEAC y les informó, es necesario recomenzar, desideolizar un poco el arte para que los intelectuales recuperen la confianza en la revolución. Esta nueva política le abrió las puertas a la nueva generación de escritores que encabezados por Senel Paz, Francisco López Sacha y Abel Prieto, ayudarían verdaderamente a automatizar la literatura, lo que no evitaría el apresamiento de los artistas y periodistas violadores de la recién inaugurada zona de tolerancia, algunos de ellos incluso pretenderían gestar movimientos independientes.
En 1975, Vargas Llosa da a la luz el ensayo La orgía perpetua, Flaubert y “Madame Bovary”, donde demuestra que Flaubert es el precursor de la novela moderna. Lo excepcional de este estudio no lo daña, aunque sí lo salpica de elitismo, la trascripción de citas reiteradamente en francés y otras tantas en inglés. En el ensayo, al igual que en Contra viento y marea (1962-1982), el escribidor expresa también su profunda concepción del arte de narrar y sus técnicas, las cuales explicaría en forma didáctica en Cartas a un joven novelista (1997). En su siguiente creación, La tía Julia y el escribidor (1977), seguiría descendiendo. En esta novela autobiográfica relata los amores tormentosos entre él de 19 años y su tía política Julia Urquidi de 29 años, su primera esposa. La obra en determinadas partes cae en un mar de anécdotas periodísticas banales. Otros textos de reducidos éxitos fueron las piezas teatrales La señorita de Tacna (1981), Kathie y el hipopótamo (1983) y La chunga (1986).
En La Habana, sorpresivamente, diez mil ochocientas personas irrumpieron en la embajada del Perú y solicitaron asilo diplomático. El gobierno, sin sobreponerse del impacto, aceptó que emigraran, si los familiares de los asilados acudían a recogerlo por el puerto de Mariel, al noroeste de la isla. Increíblemente salieron más de 125 mil ciudadanos ¡y echándose a la mar! al tiempo que el Partido Comunista dirigía una marcha nacional de más de cinco millones de cubanos leales, según cifras oficiales. Esta marcha no alcanzaría a completar los puntos de sutura que necesitaban las fisuras de la vida angustiante de la población. En lo cultural, para evitar la repetición del Mariel, se descentralizaron las actividades y se abrieron nuevos espacios artísticos y talleres literarios. Se estimuló el crecimiento de los aficionados y se rescató la Nueva Trova Cubana liderada por los exdisidentes Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Todos estos cambios se fortalecieron con la elección, en 1988, de Abel Prieto, como presidente de la UNEAC.
Siete años antes, Vargas Llosa parecía retomar su camino de gran novelista con la publicación de La Guerra del fin del mundo, que es una saga fascinante basada en la guerra de canudos ocurrida en 1896, en Brasil. Esta obra, al decir del excelente crítico dominicano José Alcántara Almánzar, viene a confirmar la admirable capacidad para la novela total del escribidor, que ha sido siempre una de sus obsesiones más apremiantes y constituye un ejemplo impresionante de la narrativa latinoamericana actual que enaltece al autor y enriquece el acervo cultural del continente.
Pero existe una crítica de tendencia izquierdista, que resentida por el cambio brusco del pensamiento de Vargas Llosa, por el derecho de él defender el liberalismo y la amistad con Israel, como lo hace García Márquez con el socialismo, Cuba y Fidel; juzga la obra del escribidor desde el punto de vista ideológico, político, soslayando lo estético, lo literario, y ni siquiera reconoce los méritos de La guerra del fin del mundo, y es que a diferencia de Ernesto Sábato, ellos ignoran que el genio creador de un novelista puede más que las ideas políticas que concientemente profesa, como lo demostraron Balzac, Tolstoi y Borges. Los críticos de marras acusaron a La guerra del fin del mundo de proyectar imágenes negativas de la especie humana y de ser una copia de las obras de João Guimarães Rosa y de Euclides da Cunha, por lo cual a los brasileños le desagradó.
El presidente del Perú, Fernando Belaúnde Terry, en 1983 encargó al escribidor de una comisión investigadora del asesinato de ocho periodistas y su guía en la comunidad andina de Uchuraccay, ubicada en el departamento de Ayacucho, zona guerrillera de Sendero Luminoso, donde los periodistas habían ido a obtener información sobre una matanza. Como el suceso había conmocionado a la sociedad, se esperaba con ansias el informe justo y veraz del autor de La guerra del fin del mundo. Pero el que él suscribió, bajo convicción absoluta, coincidente con el de las fuerzas armadas, responsabilizaba a los miembros de la comunidad quechua que de seguro confundieron a los reporteros con terroristas. “Todos los peruanos somos culpables de la tragedia pues no supimos civilizarlos”, concluyó, no imaginando que meses después encontrarían el equipo fotográfico de una de las víctimas, con rollos que mostraban a los periodistas identificándose ante la comunidad. Un Tribunal Especial con esas evidencias, indagó que los reales autores de los horribles asesinatos fueron miembros de una banda paramilitar bajo las órdenes del cuartel militar de la zona comandado por el general Clemente Noel. Entonces cuestionaron a Vargas Llosa por haber tergiversado la verdad, y él sólo se limitó a decir acepté colaborar con el gobierno para salvar la democracia. O sea, la comisión que presidió era una farsa. El escribidor nunca había caído tan bajo moralmente. Lo acusaron de entorpecer calculadamente las investigaciones para encubrir el crimen de las fuerzas armadas y de paso culpar a los pobres campesinos de Uchuraccay que fueron enviados a la cárcel. Aunque Vargas Llosa pudo eludir a los magistrados de Ayacucho que intentaron enjuiciarlo, su deuda con el Perú por lo de Uchuraccay sería eterna.
En la UNEAC, no bien acabaron de alegrarse por la elección de Abel Prieto, designado, además, miembro de buró político, la más alta instancia del poder, cuando sucedió lo jamás esperado: se desintegró el bloque socialista liderado por la Unión Soviética y luego la propia URSS, cayendo así la ideología marxista-leninista. Para Cuba significó el derrumbe del 85% de su comercio, piedra angular de la economía y lo peor era que aún participaban en la guerra de Angola (los últimos soldados regresarían victoriosos a mediados de 1991). Esta dificilísima situación, llamada Período Especial, en lo cultural originó el alejamiento obligado de los cánones ortodoxos rusos, tan distintos al espíritu latinoamericanista, libre y rebelde de los cubanos. Muchas figuras no asimilaron la crisis y emigraron como el músico Arturo Sandoval y el escritor Norberto Fuentes, e incluso hubo un grupo de jóvenes intelectuales formados por la revolución, que con una actitud beligerante nunca vista, firmaron un manifiesto público, donde pedían, para evitar la catástrofe de la nación, elecciones libres, derecho a emigrar, la reapertura de los mercados libres campesinos y la amnistía a los presos políticos. A pesar de que los firmantes pararon en el exilio, las autoridades comprendieron la necesidad de ampliar más la zona de tolerancia.
En 1990, Senel Paz ganó en México el Premio Juan Rulfo de cuento con la obra El lobo, el bosque y el hombre nuevo. En esta pieza magistral, a través de los personajes que interactúan en La Habana de finales de los años setenta, se observa claramente la represión, la intolerancia sexual, el dogmatismo y la lucha entre el arte y la ideología en la época neoestalinista. Los protagonistas principales son David, estudiante heterosexual, miembro de la Juventud Comunista (para algunos el mismo Senel Paz) y Diego, homosexual, víctima de la intransigencia oficial (para otros Reinaldo Arenas). Ellos entablan una amistad conflictiva, pues Diego es lezamiano, es decir antimarxista y religioso, y tiene contactos con el agregado cultural de una embajada, a través de la cual recibe libros; y David, como buen comunista, se plantea, inútilmente, delatarlo. Al final terminan siendo amigos, que es una forma del autor reparar el daño padecido por los invertidos sexuales. Uno de los detalles interesantes de la obra, es el encuentro de los protagonistas en Copelia, la Catedral del Helado, donde David miró de reojo los libros del bulto de Diego y se dijo: “Seix Barral, Biblioteca Breve, Mario Vargas Llosa, La Guerra del fin del mundo. ¡Madre mía, ese libro, nada menos! Vargas Llosa era un reaccionario, hablaba mierdas de Cuba y el socialismo dondequiera que se paraba, pero yo estaba loco por leer su última novela y mírala allí…”. Y Diego más adelante: “¿Te interesó Vargas Llosa, compañero militante de la Juventud?...¿Lo leerías? Jamás van a publicar obras suyas aquí. Esa que viste, su última novela, me la acaba de enviar Goytisolo de España…”
Como desde 1979, la homosexualidad estaba despenalizada en Cuba, el mejor cineasta de la Isla, Tomás Gutiérrez Alea no tuvo reparos en escoger de argumento para su próxima película, El lobo, el bosque y el hombre nuevo. El film lo tituló Fresa y chocolate y marcaría un antes y un después en la historia del arte en Cuba y se convertiría en la primera adaptación cinemática de proyección y comercialización exitosa a nivel internacional. Desde entonces el escenario cultural de la isla cambió significativamente como los demuestra la reedición, ya como un clásico de la narrativa cubana, de Los pasos en la hierba de Eduardo Heras; igualmente Paradiso de Lezama Lima, cuyas publicaciones se agotaron rápidamente. Lezama surgiría como el favorito de la nueva generación de escritores, superando con creces al poeta nacional Nicolás Guillén, que al final de su vida prefirió dejar de lado sus excelentes dotes de poeta para convertirse en un ínfimo versificador del arte político marxista. Asimismo han rehabilitado a Virgilio Piñera, fundamentalmente sus obras de teatro y no han reeditado las de Cabrera Infante porque él lo impidió en vida. Hoy Abel Prieto, convertido en Ministro de Cultura, afirma que lo de Padilla fue un error, y Heras León, nombrado vicepresidente de la UNEAC: los poemas que se publican en estos momentos son de un nivel crítico tal que Fuera de juego parece un libro para adolescente.
Volviendo a Vargas Llosa, en 1984, continuó escribiendo en descenso al publicar la novela Historia de Mayta. Ésta tiene de trasfondo el real levantamiento fallido del alférez comunista de la Guardia Republicana, Vallejos, en 1962, en Jauja, ciudad andina del Perú. Pero en la obra, el protagonista es el trotskista Alejandro Mayta, quien unido a Vallejos dirige la insurrección. El escribidor, fiel a su concepción de que documentar los errores históricos de una novela sería una pérdida de tiempo (“ la verdad de la novela no depende de eso, sino de su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de la fantasía de la habilidad de su magia”), trasladó la fecha de la insurrección a 1958, quizás para disminuir la influencia de la Revolución Cubana, e inventó un Mayta antítesis del Che Guevara, pues era ladrón, homosexual y adoraba a Vallejos que era un militar irresponsable, rodeado de gentes hipócritas y cobardes interesados solo en llenar de dinero sus propios bolsillos, y el Perú vivió una situación apocalíptica al ser invadido por fuerzas bolivianas y cubanas de izquierdas que pretendían fomentar la revolución socialista, y los marines norteamericanos también intervendrían, pero para defender el territorio nacional.
La crítica tendenciosa la tildó de panfleto contrarrevolucionario, y se preguntó, si esa era la imagen que Vargas Llosa deseaba proyectar de los revolucionarios latinoamericanos simpatizantes del socialismo y la revolución. Otros la vieron llena de odio y de demonios de rencor del autor, quien debería llevarse del consejo de Michael Corleone (Mario Puzo, Padrillo III), nunca odies a tus enemigos, afecta tu razón. Y los moderados opinaron que era un excelente mural de los grupos de izquierda de la época, un rico repertorio de formas discursivas y a la vez una indagación y un apólogo.
La siguiente obra, igual en descenso, la tituló ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986). Escrita después de la investigación de Uchuraccay, guarda relación con este hecho. En apenas 135 páginas, cuenta, en forma de novela negra, la investigación del crimen del joven recluta Palomino Molero, ocurrido en el Perú de los años 50.
En general, la crítica coincidió en catalogarla de novela menor, de poco interés, y los tendenciosos añadieron, es una burla dirigida hacia los que reprobaron el informe de Uchuraccay.
En 1987, el escribidor enfrenta decisivamente el proyecto de corte socialista de estatizar la banca privada del presidente Alan García, quien pretendía detener la inflación y reactivar la economía. El autor de La ciudad y los perros recibió un gran apoyo de la derecha y juntos crearon el Movimiento Libertad, y al año siguiente, unido a Acción Popular y al Partido Popular Cristiano, el Frente Democrático (FREDEMO) con miras a participar en las elecciones de 1990. Esta incursión en la política partidista, sin duda impulsado por los mismos demonios que le proporcionan los temas de sus novelas, favorecieron los planes de los tendenciosos, de juzgarlo por su credo ideológico, político, dejando en la sombra el literario, y como el escribidor no tenía vocación ni preparación política, aprovecharían su caída en un abismo imperial neoliberal para tratar de rematarlo. Como él afirmó: “el talento literario y la brillantez intelectual no son garantía de lucidez en materia política”. En las elecciones, ni siquiera convertido ya en un mito, en una celebridad universal, en el mejor novelista de la historia cultural del país (“el Perú soy yo”, diría), pudo aprovechar la suerte de enfrentar a un improvisado con rostro japonés como Alberto Fujimori, a quien solo por inercia le ganó en la primera vuelta y con una pequeña ventaja de un 4%, pero en la segunda, que Vargas Llosa, inmerso en un océano de confusiones y dudas, no quería participar, Fujimori lo destrozó con un 62% de la votación.
En el transcurso de este proceso agotador, el escribidor, cual Balzac, publicó tres libros: El hablador (1987), Elogio de la madrastra (1988) y La verdad de las mentiras (1990). El hablador es una novela en la que el propio autor comenta los problemas para escribirla, y su amigo Saúl Zuratas se convierte en contador de historias mágicas de la tribu machiguenga en la amazonía. La confesión extraliteraria le restó autonomía al texto, el cual fue considerado dentro de sus narraciones circunstanciales, secundarias.
Elogio de la madrastra es su mayor descenso causado quizás por el cansancio. En el libro, mezcla de erotismo y prosa gelatinosa, Lucrecia (la madrastra) y Rigoberto mantienen unas relaciones sexuales sofisticadas y alegres que nada tienen que envidiarle a las historias de las revistas burguesas, expertas en moda, cursilerías y sensualidad. Esta novela, según el autor, inicia el círculo de tres obras eróticas. La siguiente la llamó Los cuadernos de don Rigoberto (1997) y la tercera, por suerte, todavía no la ha publicado.
Y La verdad de las mentiras es un ensayo sobre treinta y cinco obras vitales de la literatura del siglo XX. En este trabajo, el escribidor demuestra ser el mismo crítico de envergadura de La orgía perpetua.
Tras su fracaso electoral, lleno de rencor y resentimiento, demolió su casa de Barranco y gestionó la ciudadanía española, concedida en 1993. Ese año, ya retirado de la actividad política partidista y de regreso a las letras, “de donde nunca debí salir”, publica El pez en el agua, memorias. En ella testimonia, alternativamente, la historia de su vida y su experiencia política en pos de alcanzar la presidencia de la República. Leyéndola, el lector advierte la pobreza política de Vargas Llosa y su desconocimiento de la idiosincrasia del Perú. Respecto de su pensamiento, afirma en voz de su segunda esposa, Patricia Llosa Urquidi, no fue la obligación moral que decidió mi participación en la política como había expresado, sino la aventura, la ilusión de vivir una experiencia llena de excitación y de riesgo. De escribir, en la vida real, la gran novela.—Y más adelante asegura, aunque nací en el Perú “por un accidente de la geografía”, como dijo el jefe del ejército, general Nicolás de Bari Hermosa, creyendo que me insultaba, mi vocación es de un cosmopolita y un apátrida, que siempre detestó el nacionalismo.—Éstas son solo algunas de las frases rencorosas descargadas contra su pueblo por no haberlo elegido presidente, siendo el peruano más universal, de lo que deberían estar más que orgullosos…y el Perú es él, pésele a quien le pese.
En su siguiente trabajo, Lituma en los Andes, sorprendentemente publicado en el mismo año que El pez en el agua, ganó el Premio Planeta de España, el segundo mejor gratificado después del Nobel, pero moralmente el más descalificado debido a la denuncia de Miguel Delibes y de Ernesto Sábato, de que se lo ofrecieron indistintamente en 1994. Lituma en los Andes la concibió, lo mismo que ¿Quién mató a Palomino Molero?, tras la investigación de Uchuraccay, y la trama la orquestó alrededor de Lituma (personaje de otros de sus trabajos), cabo de puesto en un pueblo de la puna peruana, que investiga la desaparición de tres personas en la zona guerrillera de Sendero Luminoso. En el lugar, las creencias religiosas y las supersticiones de la población indígena determinan su comportamiento. En algunos pasajes se deja entrever que practican el canibalismo, igual que los senderistas, demonios bajados del cielo, que con el cuento de la revolución también gustan de la sangre. El cabo Lituma, a quien le desagrada la gente andina, termina absolviendo, implícitamente al ejército al verse obligado a aceptar la hipótesis de que los desaparecidos fueron devorados por los indígenas.
En la obra, los demonios de los rencores del fabulador le impidieron trasmutar con efectividad la verdad en mentira, como lo hacía Jorge Luis Borges en cada uno de sus textos. La crítica tendenciosa comparó a Lituma con Vargas Llosa, ya que ambos, odiando a la gente andina, absolvieron al ejército. Ese odio, según los tendenciosos, el escribidor lo sintetiza en la aseveración de una de sus tesis: “Porque sólo se puede hablar de sociedades integradas en aquellos países en los que la población nativa es escasa o inexistente, en donde los aborígenes fueron prácticamente exterminados”. Únicamente un xenófobo puede expresarse así, un partidario de la eugenesia, del nazismo al mejor estilo de Hitler.—Y lanzaron la campaña para rematarlo. Primero parodiaron su estilo de descartar a los que él consideraba izquierdistas, “toda esta banda de forajidos hunden a sus pueblos en el fango de la miseria”, como el presidente venezolano Hugo Chávez, “abominable dictadorzuelo”; Evo Morales, de Bolivia, “un pobre pastor de llamas”; Rafael Correa, de Ecuador, “demagogo populista”; Daniel Ortega, de Nicaragua, “caudillo de la peor especie” y Fidel Castro, de Cuba, “el Satán caribeño”. Pero resulta que la postura antiimperialista de estos Jefes de Estado él mismo la profetizó al decir cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos: “dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado a todos nuestros países…la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea”. Y a propósito de este premio, la enorme cantidad que le otorgaron posteriormente sólo obedece al afán del capitalismo transnacional mantener el prestigio de su vocero más autorizado. Y, finalmente, en cuanto a su labor periodística en el madrileño El País, se detuvieron en las consideraciones del escribidor sobre la invasión a Irak, treinta y cinco años después de oponerse a la entrada de los tanques rusos a Checoslovaquia: “La única finalidad de Estados Unidos para comandar la guerra de ocupación ha sido la de ejercer su reciente vocación de combatir las satrapías. Lo hace, por demás, con enorme generosidad” (…)—¡Cuánta infamia, cuánta depravación; sabiendo el partidario de la eugenesia, que la importante agencia británica de opinión investigativa ORDB ha asegurado que como resultado de la invasión ya van más de un millón de muertos, y no han contabilizado los millones de heridos y mutilados, y únicamente para robarle el petróleo a los pobres iraquíes; únicamente para robarle el petróleo inventaron la mentira de búsqueda de armas de destrucción masiva! ¡Cuánta infamia, cuánta depravación!
Regresando a la calma de la producción literaria de Vargas Llosa, su siguiente novela la tituló La fiesta del chivo (2000). En ella analiza la dictadura del dominicano Rafael Leónidas Trujillo, esencialmente sus últimos momentos de vida, la conspiración para ajusticiarlo y su relación traumática con la joven Urania, hija de un alto funcionario. Debido a la fama del autor y al hecho, de que tanto los descendientes de las víctimas del tirano, como muchos de sus cortesanos aún vivían, la obra en República Dominicana despertó un interés inusitado. Vargas Llosa tuvo el cuidado de acercarse bastante a la verdad histórica, utilizando incluso los nombres y apellidos reales de los personajes, lo que ocasionó un problema de interpretación, porque la inmensa mayoría de lectores dominicanos, influenciados por prominentes políticos e intelectuales, no la leyeron como una novela, sino como un ensayo, y resulta que como un ensayo es un fracaso, porque no dice nada nuevo; peor aún: contiene numerosas imprecisiones históricas (66 contaron los expertos). Por esta razón la acogida del texto no fue la adecuada. Uno de los prominentes políticos, miembro de la Academia de Historia, desacreditador permanente de la figura del escribidor, afirmó, calificar de novela un hecho histórico y ponerle nombre, fechas, situaciones reales es una expresión de la imaginación de la pequeña burguesía dominicana. En otras palabras, el género novela histórica, que fue inventado en 1834 por Walter Scott con la obra Waverley e inmortalizado por León Tolstoi con La Guerra y la paz (1869) y eternizado en Las Antillas por Manuel de Jesús Galván con Enriquillo (1879), es considerado más de un siglo después como una expresión de la imaginación de la pequeña burguesía dominicana. ¡Cuánta ignorancia! Esta decepcionante consideración es una muestra de la gigantesca incapacidad literaria de los que hoy monopolizan los medios de opinión nacional.
En los periódicos, en los programas sociales y de panel de la radio y la televisión, los familiares de las víctimas, encabezados por las de los Héroes del 30 de Mayo, y los cortesanos de la Era, hacían fila para desmentir o reafirmar uno que otro pasaje de la novela, ayudando implícitamente a su promoción. Ésta había sido planificada exitosamente tras la pantalla de unas supuestas amenazas de muerte al autor, y los primeros diez mil ejemplares se vendieron rápidamente; cifra récord para un país carente de hábito de lectura. La crítica tendenciosa siempre estuvo presente, porque el libro era una infamia, un irrespeto al pueblo dominicano, un paquete de chismografía y alcantarilla de inmundicias, una copia de Trujillo. La muerte de un dictador de Bernard Diederich (afirmación corroborada por el propio Diederich, quien considera al escribidor, mezquino y arrogante), no sirve para nada, es una operación comercial neoliberal y no se podía esperar otro tipo de texto de ese apátrida, renegado revisionista, mercenario mandado por la Cía a Santo Domingo a…
En realidad, con La fiesta del chivo, Vargas Llosa logró recobrar la calidad de sus primeras obras. Fue escogida por la revista venezolana Letralia.com como una de los mejores del siglo XXI y en el volumen del Editorial Grijalbo de Barcelona, dentro de los 1001 libros que hay que leer antes de morir. Y nosotros, los dominicanos, en voz del presidente de la República, Leonel Fernández, le agradecemos al autor haber escogido un tema nacional para universalizarlo y darle así visibilidad y notoriedad al país.
Esas palabras las pronunció el Jefe de Estado en el transcurso del acto de condecoración a Vargas Llosa en el Palacio Nacional. Una hora después fue que conversé brevemente con él y le hablé de la profunda admiración que le profesan los escritores de la Revolución Cubana. Al Fidel convertir al autor de Conversaciones en la catedral en anatema había generado en la intelectualidad preclara de la Isla una reacción contraria y esa reacción le había sido trasmitida a los jóvenes. Estos buscaron, afanosamente, por lo bajo, los libros del escribidor (“el privilegio de lo prohibido”, dicen hoy) como lo muestra Senel Paz en El lobo, el bosque y el hombre nuevo, y se lo pasaron de mano en mano, y los profesores universitarios también por lo bajo, incluyeron los libros del peruano en los programas de estudio, y actualmente hay quienes afirman que tiene más influencia dentro de la Isla que Carpentier y Lezama Lima. El líder de la corriente vargallosiana es Eduardo Heras León (El Chino), que siendo director del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso incluía siempre los textos e ideas literarias del escribidor en los cursos de Pensamiento y Técnicas Narrativas que impartía. Un día Fidel ordenó, organicen el curso en la televisión, en el proyecto Universidad Para Todos.
Los funcionarios le pidieron al Chino, excluir de las clases el libro Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa, porque la alusión a él sería considerado una ataque al Comandante en Jefe. El Chino no aceptó la sugerencia, e hizo lo impensable en Cuba: en un encuentro se expuso a la ira de Fidel al preguntarle: “Comandante, ¿ya a usted le informaron que en el programa que impartiremos vamos a hablar de Mario Vargas Llosa”. Fidel frunció el ceño y le clavó sus ojos de guerrilleros utópicos a Heras León, quien le sostuvo valientemente la mirada, mientras los funcionarios y personal de alrededor tiritaban de terror. “¿Cómo? ¿Y es indispensable hablar de él?” “Claro. Vargas Llosa es el técnico más grande de la lengua”. Fidel se desconcertó todavía más y ladeó el rostro. El Chino continuó: “El libro que vamos a utilizar de él, Cartas a un joven novelista, es el más didáctico que se ha escrito sobre las técnicas de narrar”. “Si es indispensable, adelante”, sonrió malicioso, “pero si fuera yo quien impartiría el curso, le diera un codazo”.
El Chino pasó por alto lo del codazo, no así los funcionarios autómatas y temerosos que le añadieron al currículo de Vargas Llosa, a pesar de su reconocida obra, se destaca más por ser un furibundo enemigo de la revolución.
El escribidor desconocía estas realidades. Yo se las reiteraba en el Salón de Embajadores del Palacio Nacional, y él seguía mirándome con los ojos expectantes e interrogativos. Al fin preguntó: “¿Dónde podría localizar esa información?” “En Internet. El trabajo se titula: Mario Vargas Llosa: del mito al magisterio de Justo Vasco”. “Lo buscaré tan pronto llegue a la casa”.—Varios admiradores interrumpieron la conversación e impidieron que yo me despidiera del genial novelista, el más grande técnico de la lengua.
Edwin Disla, 25 de enero del 2011.
El autor es Premio Nacional de Novela 2007.

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