jueves, septiembre 23

Me acabo de enterar de qué es la teología de la prosperidad entre los evangélicos

Max Weber

Hemos de repetir, cuando nos referimos a la ética protestante, del hecho que los puritanos o los calvinistas no crearon, ni siquiera despertaron el espíritu capitalista. Como bien afirma Weber “en ninguno de ellos se descubre que considerara el deseo de los bienes terrenales como valor ético, es decir, como una finalidad inherente. 

Y debemos hacer hincapié en que ninguno de los reformadores (sin omitir a Menno, George Fox y Wesley) concedió una importancia en grado sumo a los programas de la reforma moral. No hay entre ellos siquiera uno a quien se le pueda considerar como fundador de una sociedad de cultura ética; tampoco puede decirse que alguno representase un anhelo humanitario de reforma social o de aspiraciones culturales. El eje de su vida y su acción se circunscribía totalmente a la salvación del alma. 

Así, de sus ideales éticos y los efectos prácticos de su doctrina no hay otra explicación como no sea por esta otra finalidad esencial de la espiritualidad y eran simples resultados de bases puramente religiosas. De ahí que los efectos de la Reforma en el concierto de la civilización —aun cuando nos empeñemos en darles una importancia capital de acuerdo con nuestro enfoque— eran desenlaces inesperados y naturales de la labor de aquellos reformadores, es decir, consecuencias desviadas y opuestas, inclusive, a su pensamiento y a sus propósitos. 

El capitalismo moderno, añade a los otros anteriores capitalismos además del deseo de ganancia, de rentabilidad y de lucro, el poseer y acaparar todo esfuerzo individual a favor del logro de esa ganancia. El ser humano se convierte no ya en una máquina, sino que además es una máquina cuyos principios éticos están encaminados hacia el lucro y el dinero fácil. 

Ya no hay empresarios aventureros, con riesgos. Ahora es despojo interminable y explotación miserable, bajo el pretexto del bienestar y el progreso. Y no porque haya esclavos como en la antigüedad o en las plantaciones, -que los sigue habiendo en la infinidad de empresas globalizadas-, sino porque la ética es de completa sumisión al dinero. Los grandes estamentos bancarios controlan todas las actividades y hacen que los países pobres se sientan fuertes y en continuo progreso, contrayendo mayores deudas, convirtiéndose en esclavos de por vida. 

La teología de la prosperidad tiene alguna semejanza, pero aquí no es Dios el explotador, sino los ministros sin escrúpulos. Como en los tiempos de las indulgencias, Dios tiene un tesoro en los cielos para nosotros, pero a cambio tenemos que darle algo. El problema que plantea la teología de la prosperidad es el de ¿Quién le va dar a Dios algo para que eso lo obligue a Dios a recompensarnos? La respuesta a esa pregunta es: “nadie” porque Dios promete prosperarnos sin que eso sea referencia estricta a cuestiones terrenales. 

En este contexto cuenta Panasiuk esta historia: “Cuando mis suegros volvieron a Estados Unidos después de haberse pasado 15 a 20 años en el África, su situación económica estaba bastante más pobre de lo que estaba el día que salieron rumbo a Zimbabwe a comienzos de los años 60. Sin embargo, mi suegro traía bajo el poncho una buena cantidad de iglesias plantadas en lugares inhóspitos del continente africano, cientos de convertidos a Cristo y decenas de líderes entrenados para hacer la Obra del Señor. Yo me rehúso a creer que ellos hayan sido “maldecidos” por Dios, simplemente porque su situación económica no era la más brillante”. 

El espíritu del capitalismo se ha infiltrado en la teología y se hace a Dios responsable de tanto mercadeo religioso. Según algunas fuentes los “banqueros de Dios” están extendiendo por América Latina un discurso de apología de la prosperidad de Estados Unidos y vinculada esta a la guerra espiritual. Para estos está claro que la Biblia afirma que Adán con su pecado hizo perder la productividad, que José era un gran empresario maderero y Jesús estaba rodeado de hombres y mujeres con tanto dinero que no necesitaba de dinero. 

Nuestra crítica a esta teología, no es si la teología de la prosperidad es falsa o tiene validez, no es una crítica a la deformación espiritual que promueve, sino a esa crítica ética por el carácter dañino e injusto de las acciones de la teología de la prosperidad. 

Estos días en los que se ha estrenado la película de Lutero, nos damos cuenta del sentido tan engañador de las indulgencias. En cierta medida es la misma problemática, pero en vez de reclamar a Dios un trozo de cielo por unas monedas, se lo pedimos ya para esta tierra. Queremos prosperidad terrenal ya, que no es malo en sí, pero sí lo es que fomente el principio de amor al dinero y al poder, como en el capitalismo actual. 




Pero también se hace necesaria una crítica a la falta de actuación del cristianismo ante el poder del dinero que genera una economía de muerte. En el “Mercader de Venecia” se describe al judío Shylock como malvado usurero, perro y demonio, frente a los venecianos nobles, generosos y cristianos. Estos mantenían la santa doctrina aristotélica y escolástica del la esterilidad del dinero. Además de ser ellos despilfarradores, tramposos, crueles y racistas, observa Shilock que también son propietarios de esclavos y “no piensan liberarlos”. Así, Shilock, además de verdugo es víctima de la villanía de los cristianos, lo cual nos tramite a los cristianos de ahora el mismo sentido de falta de ética frente a un mundo esclavizado en lo material y lo espiritual. 

Manuel de León es escritor e historiador
http://www.protestantedigital.com/new/orbayu.php?436

"Si no fuera porque...

Hace poco leí una nota sobre José Asunción Silva, ese hermoso uruguayo que me marcó con sus poemas desde mi adolescencia. Me revelaba su posible homosexualidad. Cesare Pavese siempre me conmovió y al saber que también era suicida, más; Virginia Woolf, Ernest Hemingway,  Alfonsina Storni, Jack London, Yukio Mishima, Jacques Rigaut, , Anne Sexton, Vladimir Maiakovski, Sandor Marai, Horacio Quiroga... ¡Son tantos! Hoy vemos este escrito de la revista Muy que nos recuerda a estos autores que un día deciden terminar con sus vidas físicas dejando al mundo con la interrogante: ¿Por qué lo hacen?









¡Oh voces silenciosas de los muertos!

Cuando la hora muda

y vestida de fúnebres crespones,

desfilar haga ante mis turbios ojos

sus fantasmas inciertos,

sus pálidas visiones...

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

En la hora que aterra

no me llaméis hacia el pasado oscuro,

donde el camino de la vida cruza

los valles de la tierra.

¡Oh voces silenciosas de los muertos!

Llamadme hacia la altura

donde el camino de los astros corta

la gélida negrura;

hacia la playa donde el alma arriba,

llamadme entonces, voces silenciosas,

¡hacia arriba!... ¡hacia arriba!...


J. A. Silva






El primer suicida al que la Historia dedica unas líneas es Periandro (siglo VI a.C.), uno de los Siete Sabios griegos. Diógenes Laercio contó cómo el tirano corintio quería evitar que sus enemigos descuartizaran su cuerpo cuando se quitara la vida, por lo que elaboró un plan digno de Norman Bates. El monarca eligió un lugar apartado en el bosque y encargó a dos jóvenes militares que le asesinaran y enterraran allí mismo. Pero las órdenes del maquiavélico Periandro no acababan ahí: había encargado a otros dos hombres que siguieran a sus asesinos por encargo, les mataran y sepultaran un poco más lejos. A su vez, otros dos hombres debían acabar con los anteriores y enterrarlos algunos metros después, así hasta un número desconocido de muertos. En realidad, el plan para que el cadáver del sabio no fuera descubierto era brillante, pero en lugar de un suicidio tenía visos de masacre colectiva.

Si Periandro creó escuela en el ámbito de la inmolación, el escritor Jacques Rigaut (1898- 1929) fue un auténtico alumno aventajado. “Mi libro de cabecera es un revólver (…) y quizás algún día, al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoco y aprieto el gatillo”. Joyas como éstas salpicaban los textos del poeta dadaísta, que escribió una obra titulada La Agencia General del Suicidio (AGS). Con este mismo nombre fundó una sociedad real, en la que aleccionaba sobre maneras de matarse; de hecho, llegó a ofrecer a los indigentes 5 francos por ahorcarse. Huelga decir que a pocos sorprendió cuando se metió un tiro entre pecho y espalda un 6 de noviembre de 1929, perfectamente instalado entre almohadas que evitaron que el impacto moviera su cuerpo. Si es que tratábamos con todo un profesional...

Los escritores siempre han tendido a la estética sobreactuada en esto del suicidio y el agua ha servido a menudo como perfecto escenario. El poeta español Ángel Ganivet fue realmente contumaz al lograr el éxito en su segunda intentona. La primera vez que se lanzó al Mar del Norte, junto al puerto de Riga, fue rescatado por un barco pero, según sus salvadores se despistaron volvió a tirarse de nuevo, logrando esta vez su objetivo. Más poético fue el final de Virginia Woolf (1882-1941) que, aquejada de un trastorno de doble personalidad, se llenó los bolsillos de piedras y se ahogó en el río Ouse. De piedras y agua va también el suicido de Alfonsina Storni (1892-1938) que se lanzó desde un acantilado en Mar del Plata (Argentina). Se despidió escribiendo a su hijo “suéñame, que me hace falta” y aunque no la soñemos, sí que le canturreamos “Te vas Alfonsina con tu soledad, ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?”.


Ana Ormaechea
10/09/2010


Y YA QUE ESTAMOS, SUICIDAS QUE FRACASAN EN EL INTENTO (De http://www.letraslibres.com/index.php?art=11529

Enrique Vila Matas, experto en suicidios ajenos y ejemplares, pone en boca de Paul Morand esta reflexión: “Si uno desea quitarse la vida debe hacerlo con prontitud, es decir, cuando es todavía niño; hacerlo más tarde es ligeramente ridículo, pues no se puede seguir siendo tímido cuando ya se tiene más de siete años”. Y es que la timidez tiene que ver con todo esto. Es cierto que el suicido es el acto de mayor extraversión del tímido, pero también es cierto que los tímidos de verdad son consecuentes consigo mismos, y si no sabemos nada de ellos mientras viven, mucho menos sabremos cuando mueren. Algo tan teatral como quitarse la vida no es para tímidos. Un personaje de una novela, no sé si de Himes o de Chandler, quería suicidarse en el interior de un ascensor averiado. El tipo sufría una timidez patológica y recorría viejos edificios del este de Nueva York en busca de un ascensor donde morir en la más completa soledad. Se subía a los ascensores con la esperanza de que alguno se detuviera a medio camino, o se precipitara al vacío. Por supuesto, los ascensores que encontraba estaban completamente averiados, y el hombre apenas lograba abrir la puerta y quedarse en el interior de una cabina inmóvil. Esto cuando no aparecía alguien y le decía: “señor, el ascensor no funciona”, cosa que le producía una vergüenza aterradora.
El mismo Vila Matas cuenta cómo el músico norteamericano Robert Johnson se mató con el asa de una tetera de plata barroca. La historia real dice que Johnson se mató después de beber whisky envenenado, pero eso no importa. Según el relato de Vila Matas, Johnson pulió el asa de la tetera y le sacó intenso brillo antes de propinarse el fatal golpe. Si nos vamos a matar con un objeto, que sea bello y brillante. Esto me recuerda aquel escritor venezolano (la anécdota es de Alfredo Silva Estrada) que en un momento de arrepentimiento o amargura o sensatez, o una mezcla de las tres cosas juntas, quiso matarse con su estilográfica, utilizándola como puñal. Una estilográfica hermosa pero inútil. Al no tener éxito con este procedimiento, fue a un aserradero y se cercenó la mano, la mano con la que escribía, bajo el pretexto de que en el Imperio Romano les cortaban la mano a los suicidas, y con esto pensó que, si bien no había logrado suicidarse, por lo menos iba a parecerlo.

VERBOS EN JUEGO




Si tu signo es jugar, juégalo todo: 
tu camisa, tu patio, tu salud. 
Si tú debes jugar de cualquier modo, 
juega bien, con virtud, 
pero, ay amor, ay amor 
no te juegues el corazón, 
ay amor, ay amor. 
Pon el verbo azul, 
corazón 
Pon el verbo cien, 
corazón 
pon el verbo tú, 
pero pon el verbo que te haga bien. 

Si tu signo es arder, arde con todo: 
tu camisa, tu patio, tu salud. 
Si tú debes arder de cualquier modo 
arde bien, con virtud, 
pero, ay amor, ay amor, 
no te quemes el corazón, 
ay amor, ay amor. 
Pon el verbo azul, 
corazón 
Pon el verbo cien, 
corazón 
pon el verbo tú, 
pero pon el verbo que te haga bien. 

Si tu signo es cantar, cántalo todo: 
tu camisa, tu patio, tu salud. 
Si tú debes cantar de cualquier modo 
canta bien, con virtud, 
pero, ay amor, ay amor, 
canta siempre de corazón, 
ay amor, ay amor. 
Pon el verbo azul, 
corazón 
Pon el verbo cien, 
corazón 
pon el verbo tú, 
pero pon el verbo que te haga bien

EVARISTO LAGUNA: Dos historias y una utopía por la convivencia pacífica