domingo, agosto 1

De Pedro Conde Sturla, en El Caribe

Ángeles y demonios en el Código Da Vinci

SÁBADO 31 DE JULIO DE 2010 PEDRO CONDE STURLA
 
AddThis Social Bookmark Button
Obra.Portada del libro.[Hace unos años, en medio del fragor de una discordia -que tenía como oponentes a la iglesia católica, de una parte, y de la otra a Dan Brown y “El código Da  Vinci”-, me atreví a opinar sobre el tema en un diario digital y ahí ardió Troya. Fui condenado metafóricamente a las llamas del infierno, a la hoguera de las vanidades donde el fuego es fatuo y no quema, y la condena eterna pesa todavía sobre mí.  Ya las aguas bajaron a su nivel, el best seller de Dan Brown llegó a un punto muerto en cuanto a ventas y la Iglesia Católica sigue siendo  la iglesia por excelencia, a pesar de las críticas. La polémica sirvió, sin embargo, para despertar inquietudes insospechadas, para que muchos se espabilaran y se deshollinaran el cerebro, algo muy saludable para estimular una conciencia crítica Por esa razón me he decidido a desempolvar, corregir y ampliar este texto y proponerlo de nuevo a los lectores: Para invitarlos a pensar, disentir, asentir o simplemente maldecir al autor].

“El Código Da Vinci”, de Dan Brown, es una novela mediocre con una trama apasionante. Todo lo contrario de “El péndulo de Foucalt”, de Humberto Eco, una novela brillante que trata un poco de los mismos temas pero con un desarrollo lentísimo y pesadísimo, aunque no deja de ser sumamente ilustrativa.

De hecho, la obra anterior de Brown, “Ángeles y demonios” (casi un preámbulo de “El Código”), es un texto más realizado, más elaborado, con un argumento casi igual de intrigante y con el mismo objetivo. Sociedades secretas depositarias de un mensaje auténticamente cristiano en lucha contra una Santa Madre Iglesia Católica que a lo largo de los siglos condenó a la tortura vesánica y a la hoguera a millares de seres humanos en nombre de Cristo.

Quien sale mal parado en “El Código Da Vinci” no es Jesucristo, es el poder que ha deformado al personaje histórico, su conversión en mero instrumento del poder, la falsificación de su mensaje y su conversión forzada al paganismo.

Para un libre pensador no anticristiano ni anticatólico, la obra de Dan Brown y sus cuarenta millones de ejemplares vendidos representan un capítulo de lucha contra el oscurantismo, una lucha que hay que saludar con entusiasmo, independientemente de los intereses mercuriales que envuelve toda operación editorial a gran escala.

Su mayor mérito, quizás, es habernos puesto a pensar, a re pensar, en una de las figuras más influyentes y deformadas de la humanidad. Brown no es un buen escritor pero no es un mal narrador y es sobre todo un erudito, un curioso, hijo de un profesor de matemáticas y de una compositora de música sacra.

De aquí su pasión por la ciencia y la religión, las sociedades secretas y la multitud de códigos enigmáticos con los cuales en cada capítulo sorprende, deslumbra y mantiene en vilo al lector, entablando con éste un tremendo juego o duelo de inteligencia que a veces se traduce en burla.

Uno de los elementos más urticantes de la novela es la pregunta que el autor pone en boca de uno de sus protagonistas. “¿Qué pasaría si la mayor verdad jamás revelada fuese la más grande mentira?” ¿Qué pasaría si se supiese que la más grande mentira fue el resultado de una burda manipulación llevada a cabo principalmente por un emperador romano llamado Constantino, Constantino el Grande, en el famoso Concilio de Nicea del año 325 d.C., que convirtió a Jesucristo en un dios pagano?  El pueblo hebreo no se destacó en la historia por sus grandes realizaciones materiales, tecnológicas, científicas, es decir, no aportó nada a las matemáticas, a la astronomía, a la agricultura, a la escritura, como hicieron por ejemplo los egipcios, mesopotámicos y cananeos.

Fue más bien una cultura insignificante. Los hebreos pasaron del estado nómada pastoril a la civilización por vía de la conquista y sólo durante el reino de Salomón construyeron, supuestamente, obras de arquitectura memorables, de las cuales no se conservan huellas.

En el aspecto político sobresalieron por su incapacidad de vivir en paz entre ellos mismos y con los pueblos vecinos. Ayer como hoy se destacaron por su intolerancia, crueldad y fanatismo. Toda su gloria se debe a la literatura, a la historia, a la fábula, gracias a la escritura fonética. Ningún otro pueblo sacó tanto provecho de este maravilloso invento fenicio que consiste, según lo definiera un poeta latino, en “pintar el sonido de las palabras”.

La escritura fonética, que los griegos convirtieron más tarde en alfabeto, añadiendo las vocales, permitió al pueblo hebreo escribir sobre sí torrencialmente y preservar su memoria e identidad a través de los siglos en un conjunto de libros que llamamos “Biblia”, “el más grande best seller de la humanidad”, como dice Dan Brown. Sólo “El Quijote” compite mediocremente con las “Sagradas Escrituras”, que contienen como se sabe la palabra de Dios.

El legado escrito de los egipcios, mesopotámicos y un poco también el de los griegos languideció, se perdió en parte en catástrofes como la quema de la Biblioteca de Alejandría o simplemente, en algunos casos, se convirtió en lengua muerta y se hizo incompresible, aunque a la vista de todos, como en Egipto.

Casi dos milenios después, en el siglo XVIII, los arqueólogos comenzaron a rescatar el legado de la antigüedad, descifraron la escritura egipcia y sumeria, ampliaron el conocimiento de la cultura griega e hitita, descubrieron bibliotecas enteras preservadas en tabletas de barro cocido en Mesopotamia.

Y sucedió lo impensable. Poco a poco se descubrió que la palabra de Dios era un plagio. La cultura hebrea, como todas las culturas, se había empapado de las culturas circundantes y las había hecho suyas parcialmente. La mitología judeo cristiana copiaba o se alimentaba copiosamente de otras fuentes mitológicas perfectamente identificables. Los relatos del “Génesis”, por ejemplo, remedan los mitos de la cosmogonía sumeria, y la descripción de la bóveda celeste no difiere de la de los egipcios ni la de los caldeos.

El antiquísimo poema caldeo de Gilgamesh anticipa la búsqueda y la pérdida de la inmortalidad por culpa de una serpiente y contiene un relato del diluvio universal y la construcción de un arca que siglos más tarde le serviría de modelo a Noé.

El rey Hammurabi, tres siglos antes de Moisés, recibió las leyes del código que lleva su nombre de manos del dios del sol, Shamash, que se le presentó envuelto en llamas. Zaratustra, en el siglo V a.C., predicó una religión en la que se menciona al final de los tiempos la resurrección de la carne y un juicio final con su repartición de premios y castigos.

La leyenda de Buda, perteneciente al siglo IV a.C., habla de “un dios bajado del cielo, nacido de una virgen de familia real, y muerto y resucitado para redimir al género humano”. Uno de los más antiguos personajes nacido de un dios y una virgen es el ya mencionado Gilgamesh, ( 2650 a . C).

Para fecundarle, Shamash llegó a ella convertido en rayos de sol. Algo parecido sucedió con Perseo, a cuya madre Danae fecundó Zeus tomando la forma de una lluvia de oro. A Leda, la madre de Hércules, aunque no era virgen, la sedujo el mismo Zeus tomando la forma de cisne. Orus, Confucio, Buda, Krisna, LaoTsé y tantos otros tienen el mismo origen divino virginal con el que los mitificó la posteridad. Rómulo, primer rey mitológico de Roma a mediados del siglo VIII a.C., era -como su hermano gemelo- hijo de la virgen vestal Rea Silvia, a la cual malogró el dios Marte en más de un sentido. Los gemelos fueron arrojados y salvados de las aguas, como lo había sido Moisés y con anterioridad a Moisés, Sargón II. En sus “Vidas paralelas”, Plutarco describe la muerte, la resurrección, aparición y ascensión de Rómulo a la morada de los dioses. Con el dios precristiano Mitras sucedió lo mismo.

El Espíritu Santo, convertido en nube en presencia de la virgen María, encaja perfectamente en el esquema de la cultura helenística predominante en esos días.

Cristo es un mito helénico, o mejor dicho, fue convertido al helenismo, convertido al paganismo en el Concilio de Nicea que dio verdadero origen al catolicismo: “Los discos solares de los egipcios –dice un personaje de ‘El Código Da Vinci’- se convirtieron en las coronillas de los santos católicos. Los pictogramas de Isis amamantando a su hijo Horus, concebidos de manera milagrosa, fueron el modelo de nuestras modernas imágenes de la Virgen María amamantando al niño Jesús.

Y prácticamente todos los elementos del ritual católico, la mitra, el altar, la doxología y la comunión, el acto de ‘comerse a Dios’, se tomaron de ritos mistéricos de anteriores religiones paganas.” En general la figura de Cristo fue modelada de acuerdo al ritual pagano de los dioses solares, y el día de su nacimiento se conmemora el 25 de diciembre. Fecha dedicada al culto del Sol Invictus en época de Constantino.

Un último dato curioso es que el rostro de la colosal estatua de Zeus en Olimpia -obra de Fidias-, fue tomado como modelo para realizar las primeras imágenes de Jesucristo.  

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...