sábado, agosto 28

“El día de todos” de Juan Carlos Mieses La situación de República Dominicana y Haití se parece a la de México y Estados Unidos, con la diferencia de que este último tiene culpas al invadir y anexarse territorios feraces del vecino. La similitud está en que uno es más rico que el otro y en que hablan lenguas diferentes.

Por Manuel Mora Serrano,
Crítico y escritor dominicano,
Moca, República Dominicana

En el periódico Hoy, sección Areito del 20 de junio, se publica una entrevista de Ruth Herrera a Juan Carlos Mieses a propósito de su novela “El día de todos” (Alfaguara, abril 2009, Santo Domingo) y en ella se ofrecen una serie de claves a los lectores, desde el titular: “El conflicto dominico-haitiano en una novela”.

El autor señala que uno de los motivos que le impulsaron a escribir esta obra fue un sueño: “Una noche soñé con una ola gigantesca que se abatía sobre el Seybo, mi ciudad natal; luego vi que era una ola viviente, hecha de cuerpos de haitianos. Yo ya sabía que la tierra cultivable, el agua y los bosques de Haití se agotaban a un ritmo aterrador y que un movimiento llamado “lavalás” (la palabra denota inundación) había alcanzado el poder. A partir de esa imagen me surgió la idea de la inmigración masiva, una ola humana que generaría la novela”. Sin el conocimiento de este hecho, los lectores estarían un poco perdidos, aunque, quizás lo único evidente y constante en la novela sea, precisamente, este hecho físico. Alguien ha dicho que la fatalidad más grande es la de tener un vecino pobre. Y en este caso, si el vecino es tan pobre por su propia culpa, ya que fue más poderoso que su colindante y el colindante nunca invadió su territorio y estaba en la isla primero, entonces no hay culpabilidad alguna que justifique el odio. La situación de República Dominicana y Haití se parece a la de México y Estados Unidos, con la diferencia de que este último tiene culpas al invadir y anexarse territorios feraces del vecino. La similitud está en que uno es más rico que el otro y en que hablan lenguas diferentes.





Entre dominicanos y haitianos hay conflictos eternos. Estando como están, en la única isla donde hay dos repúblicas siamesas donde se hablan tres lenguas, dos europeas (español en el Este y francés y creole en el Oeste), y en la que originalmente hubo por acuerdos de potencias europeas repartos y asentamientos de esclavos negros procedentes de África, y donde unos rebeldes, realizaron lo increíble, una revolución radical contra los blancos, mientras los otros se mantuvieron sumisos como siervos de aquellas potencias, débiles sus habitantes por el agostamiento de sus grandes reservas mineras a pesar de sus valles feraces y sus muchas aguas, propiciaron las invasiones durante el siglo XIX que culminaron con la Separación o declaración de Independencia de la parte Este en 1844. Poco a poco hubo ocupaciones pacíficas de haitianos a todo lo largo de la frontera que sufrió varios cambios y todo hubiera seguido así, si en 1937 al dictador Trujillo no se le ocurriera deshaitianizar la frontera de la manera más cruel, cometiendo uno de los genocidios más terribles, comparable sólo a al de los haitianos sobre los del Este a principios del siglo XIX. Esa enemistad, ese rencor callado, esa realidad física de echar la culpa al genocidio que no puso, no obstante la ferocidad del tirano, un solo pie más allá de su frontera, es el motivo de muchas historias y novelas haitianas, aunque los dominicanos nunca han pensando realmente ocupar el territorio occidental. Siempre han estado a la defensiva.


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Ese es el panorama en el cual Juan Carlos Mieses, desde lejos y sin la perspectiva inmediatista, como bien dice Ruth Herrera, después de vivir muchos años fuera del territorio (en Jamaica, México, Brasil, Francia, etc.,) y tratar con haitianos intelectuales, sin tomar aparentemente partido como narrador omnisciente, nos pinta con un procesador de textos sangriento desde las primeras páginas, el drama actual de la isla. Las figuras, aparentemente de ficción, no son tales. El sacerdote católico que deviene en verdadero oficiante del vudú, Jean Pierre, luego Papá Yoyó, es una sombra omnipresente en todo el territorio haitiano, de otro ex-sacerdote que ocupó la presidencia y fundó a lavalás.

En contraste, la abuela (la mujer haitiana mantiene un privilegio, quizás por aquello de “mamá burriquite”, pero hay alegría cuando nace una hembra y pena cuando es varón), ella y la nieta Tit’karine, simbolizan la mayor parte de la población, siempre a la espera de un milagro. No estamos, sin embargo, ante una novela sencilla a pesar de su corta extensión (168 pp., en 6 por 9) sino más bien ante una muy compleja. Está dividida en 6 partes, en las cuales se barajan los diversos planos y las acciones de los personajes. No es una obra lineal (aunque en el fondo toda novela es lineal en la concepción de su autor y para el lector cuando logra desmontar sus argumentos), pero más que eso, siendo los protagonistas los pueblos que conviven en la única isla que en América, como dijimos, comparten dos repúblicas independientes con idiomas distintos, se nos ofrece más como una típica novela de tesis.


En la novela ocurren crímenes terribles y hechos no históricos, pero que pudieron ocurrir, como la toma de la Basílica de Higüey. Es un episodio oscuro, no bien explicado por el autor, pero que da pie a una guerra político-religiosa. A la misma que dio origen a los pueblos y que ahora se los da para la separación. Ellos, animistas; estos, cristianos. La confrontación no se narra, porque aún no ha ocurrido, pero si no hay una nivelación, si la parte del Oeste no consigue superarse por sus medios, algo difícil, ya que han asolado casi todo, no se resignarán a morir de hambre mientras al otro lado haya comida y verdor ¿a costa de qué? De lo que sea. Eso ya no cuenta. Lo que cuenta, son los hechos. Las realidades. El hambre. La necesidad.

Eso es lo que realmente plantea esta novela. Por eso no nos quedan personajes, sino sombras, nombres, rangos, misterios. Todos ellos no son más que parte de un engranaje mayor. Matan, torturan, asesinan a mansalva, sin saber por qué, porque alguien los manda, porque hay un ser o unos Seres superiores que lo ordenan: Los estómagos que rugen. Las rutinas burguesas. La paz aparente. El paisaje apacible. Sin duda alguna es una novela apocalíptica. Amarga. Dolorosa. No está hecha para el deleite. No pretende deleitar, sino hacernos pensar, y eso es algo que logra, porque como dice en la página 26: “En Haití todo podía suceder. Todo sucedía”.

2 comentarios:

Juan C. Muñoz dijo...

Es increíble lo que les hacemos a nuestros hermanos siguiéndole el juego a los poderosos que sólo nos dan migajas. Los mexicanos sufrimos como nadie la discriminación de los estadounidenses, y sin embargo tratamos igual de mal, o peor, a los centroamericanos y/o sudamericanos que tienen que vivir un calvario para cruzar México en su peregrinaje para alcanzar el "sueño americano". Hasta que no entendamos que separados somos débiles (como ellos quieren que seamos) y nos demos cuenta de los lazos profundos que nos unen, historias como están no harán sino multiplicarse.

Anónimo dijo...

es una obra interesante ya que nos deja dicho como era o es la vida de la frontera dominicana con Haití es un mensaje para que tomemos en cuenta que no solamente son ellos lo que pasan trabajo si no también hay muchos países del mundo igual que Haití que esta pasando por la misma pobrezas

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