domingo, agosto 29


Aristóteles· Moral a Nicómaco· libro décimo· I· II· III· IV· V· VI· VII· VIII· IX· X ]
Moral a Nicómaco · libro décimo, capítulo IX

Relación de la felicidad con el bienestar exterior

Sin embargo, en el hecho mismo de ser hombre es necesario para ser dichoso cierto bienestar exterior. La naturaleza del hombre, tomada en sí misma, no basta para el acto de la contemplación. Es preciso además que el cuerpo se mantenga sano, que tome los alimentos indispensables y que se tengan con él todos los cuidados que de suyo exige. Sin embargo, no se crea que el hombre, para ser dichoso, tenga necesidad de muchas cosas ni de grandes recursos, aunque realmente no pueda ser completamente dichoso sin estos bienes exteriores. La suficiencia del hombre está muy lejos de exigir un exceso, ni en el uso de los bienes que posee, ni respecto a su actividad. Se pueden hacer las acciones más bellas sin ser el dominador de la tierra y de los mares, puesto que puede el hombre obrar según pide la virtud por muy modesta que sea su condición. Esto se ve claramente observando que los simples particulares se conducen tan virtuosamente como los hombres más poderosos, y en general mucho mejor. Basta tener los recursos módicos de que acabamos de hablar, para que la vida sea siempre dichosa, si se toma la virtud por guía en su conducta. Solon{204} quizá definió muy bien al hombre dichoso, diciendo que: «es el que, medianamente provisto de bienes exteriores, sabe ejecutar acciones nobles y vivir con templanza y modestia.» Así es en efecto; se puede con una mediana fortuna cumplir todos los deberes. Anaxágoras tampoco creía que el hombre feliz fuese el hombre rico y poderoso, puesto que decía: «que no le sorprendería pasar por extravagante a los ojos del vulgo; porque este sólo juzga por las cosas exteriores, únicas que comprende.»


Aristóteles

Así las opiniones de los sabios están de acuerdo con nuestras teorías, con lo cual reciben estas indudablemente un nuevo grado de probabilidad; pero cuando se trata de la práctica, la verdad se juzga y se reconoce solamente en vista de los actos y atendiendo a la vida real; porque este es el punto decisivo. Al estudiar todas las teorías que acabo de exponer, deberán por lo mismo confrontarse con los hechos mismos y con la vida práctica. Cuando se conforman con la realidad, pueden adoptarse; si no concuerdan con ella, debe sospecharse que no son más que vanos razonamientos. El hombre que vive y obra mediante su inteligencia y la cultiva con cuidado, me parece a la vez el mejor organizado de los hombres y el más querido de los dioses; porque si los dioses toman algún cuidado en los negocios humanos, como yo creo, es muy natural que se complazcan en ver sobre todo en el hombre lo que hay en él de mejor y lo que más se aproxima a su propia naturaleza, es decir, la inteligencia y el entendimiento. También es muy natural, que en cambio los dioses colmen con sus beneficios a los que estiman y honran con mayor celo este divino principio, pues que cuidan lo que los dioses aman, y se conducen con rectitud y nobleza. Que entre estos se encuentra el sabio es cosa que no puede negarse; el sabio es particularmente querido por los dioses, y a mi juicio es consiguientemente el más dichoso de los hombres; de donde concluyo, que el sabio es el único que en este sentido es todo lo completamente dichoso que se puede ser.

sábado, agosto 28

Está sucediendo ahora mismo

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Mis bellas hermanas Leslie y Giny

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“El día de todos” de Juan Carlos Mieses La situación de República Dominicana y Haití se parece a la de México y Estados Unidos, con la diferencia de que este último tiene culpas al invadir y anexarse territorios feraces del vecino. La similitud está en que uno es más rico que el otro y en que hablan lenguas diferentes.

Por Manuel Mora Serrano,
Crítico y escritor dominicano,
Moca, República Dominicana

En el periódico Hoy, sección Areito del 20 de junio, se publica una entrevista de Ruth Herrera a Juan Carlos Mieses a propósito de su novela “El día de todos” (Alfaguara, abril 2009, Santo Domingo) y en ella se ofrecen una serie de claves a los lectores, desde el titular: “El conflicto dominico-haitiano en una novela”.

El autor señala que uno de los motivos que le impulsaron a escribir esta obra fue un sueño: “Una noche soñé con una ola gigantesca que se abatía sobre el Seybo, mi ciudad natal; luego vi que era una ola viviente, hecha de cuerpos de haitianos. Yo ya sabía que la tierra cultivable, el agua y los bosques de Haití se agotaban a un ritmo aterrador y que un movimiento llamado “lavalás” (la palabra denota inundación) había alcanzado el poder. A partir de esa imagen me surgió la idea de la inmigración masiva, una ola humana que generaría la novela”. Sin el conocimiento de este hecho, los lectores estarían un poco perdidos, aunque, quizás lo único evidente y constante en la novela sea, precisamente, este hecho físico. Alguien ha dicho que la fatalidad más grande es la de tener un vecino pobre. Y en este caso, si el vecino es tan pobre por su propia culpa, ya que fue más poderoso que su colindante y el colindante nunca invadió su territorio y estaba en la isla primero, entonces no hay culpabilidad alguna que justifique el odio. La situación de República Dominicana y Haití se parece a la de México y Estados Unidos, con la diferencia de que este último tiene culpas al invadir y anexarse territorios feraces del vecino. La similitud está en que uno es más rico que el otro y en que hablan lenguas diferentes.





Entre dominicanos y haitianos hay conflictos eternos. Estando como están, en la única isla donde hay dos repúblicas siamesas donde se hablan tres lenguas, dos europeas (español en el Este y francés y creole en el Oeste), y en la que originalmente hubo por acuerdos de potencias europeas repartos y asentamientos de esclavos negros procedentes de África, y donde unos rebeldes, realizaron lo increíble, una revolución radical contra los blancos, mientras los otros se mantuvieron sumisos como siervos de aquellas potencias, débiles sus habitantes por el agostamiento de sus grandes reservas mineras a pesar de sus valles feraces y sus muchas aguas, propiciaron las invasiones durante el siglo XIX que culminaron con la Separación o declaración de Independencia de la parte Este en 1844. Poco a poco hubo ocupaciones pacíficas de haitianos a todo lo largo de la frontera que sufrió varios cambios y todo hubiera seguido así, si en 1937 al dictador Trujillo no se le ocurriera deshaitianizar la frontera de la manera más cruel, cometiendo uno de los genocidios más terribles, comparable sólo a al de los haitianos sobre los del Este a principios del siglo XIX. Esa enemistad, ese rencor callado, esa realidad física de echar la culpa al genocidio que no puso, no obstante la ferocidad del tirano, un solo pie más allá de su frontera, es el motivo de muchas historias y novelas haitianas, aunque los dominicanos nunca han pensando realmente ocupar el territorio occidental. Siempre han estado a la defensiva.


http://carloslopezdzur.blogspot.com/

Ese es el panorama en el cual Juan Carlos Mieses, desde lejos y sin la perspectiva inmediatista, como bien dice Ruth Herrera, después de vivir muchos años fuera del territorio (en Jamaica, México, Brasil, Francia, etc.,) y tratar con haitianos intelectuales, sin tomar aparentemente partido como narrador omnisciente, nos pinta con un procesador de textos sangriento desde las primeras páginas, el drama actual de la isla. Las figuras, aparentemente de ficción, no son tales. El sacerdote católico que deviene en verdadero oficiante del vudú, Jean Pierre, luego Papá Yoyó, es una sombra omnipresente en todo el territorio haitiano, de otro ex-sacerdote que ocupó la presidencia y fundó a lavalás.

En contraste, la abuela (la mujer haitiana mantiene un privilegio, quizás por aquello de “mamá burriquite”, pero hay alegría cuando nace una hembra y pena cuando es varón), ella y la nieta Tit’karine, simbolizan la mayor parte de la población, siempre a la espera de un milagro. No estamos, sin embargo, ante una novela sencilla a pesar de su corta extensión (168 pp., en 6 por 9) sino más bien ante una muy compleja. Está dividida en 6 partes, en las cuales se barajan los diversos planos y las acciones de los personajes. No es una obra lineal (aunque en el fondo toda novela es lineal en la concepción de su autor y para el lector cuando logra desmontar sus argumentos), pero más que eso, siendo los protagonistas los pueblos que conviven en la única isla que en América, como dijimos, comparten dos repúblicas independientes con idiomas distintos, se nos ofrece más como una típica novela de tesis.


En la novela ocurren crímenes terribles y hechos no históricos, pero que pudieron ocurrir, como la toma de la Basílica de Higüey. Es un episodio oscuro, no bien explicado por el autor, pero que da pie a una guerra político-religiosa. A la misma que dio origen a los pueblos y que ahora se los da para la separación. Ellos, animistas; estos, cristianos. La confrontación no se narra, porque aún no ha ocurrido, pero si no hay una nivelación, si la parte del Oeste no consigue superarse por sus medios, algo difícil, ya que han asolado casi todo, no se resignarán a morir de hambre mientras al otro lado haya comida y verdor ¿a costa de qué? De lo que sea. Eso ya no cuenta. Lo que cuenta, son los hechos. Las realidades. El hambre. La necesidad.

Eso es lo que realmente plantea esta novela. Por eso no nos quedan personajes, sino sombras, nombres, rangos, misterios. Todos ellos no son más que parte de un engranaje mayor. Matan, torturan, asesinan a mansalva, sin saber por qué, porque alguien los manda, porque hay un ser o unos Seres superiores que lo ordenan: Los estómagos que rugen. Las rutinas burguesas. La paz aparente. El paisaje apacible. Sin duda alguna es una novela apocalíptica. Amarga. Dolorosa. No está hecha para el deleite. No pretende deleitar, sino hacernos pensar, y eso es algo que logra, porque como dice en la página 26: “En Haití todo podía suceder. Todo sucedía”.

viernes, agosto 27

JUAN CARLOS MIESES Y LA APOLOGÍA DE LAS PALABRAS POR JAIME TATEM BRACHE

Cuando conocí personalmente a Juan Carlos Mieses, la noche de la puesta en circulación de la novela Dimensionando a Dios, de Manuel Salvador Gautier, ya hacía mucho tiempo que estaba explorando su universo de nostalgia. Antes de terminar la primera mitad de la década de los 80, llegó a la biblioteca municipal de Salcedo un libro inolvidable: Urbi et Orbi. Lo leí y quedé fascinado con la densidad, la profundidad y la belleza de un discurso poético que, desde una perspectiva llena de ternura, no sólo recuperaba la ciudad de Santo Domingo, sino al mundo.




Mi ciudad
inmune a mis olvidos
sólo la veo al alba
antes de que despierte el mundo.
tiene calles de flautas y campanas
que atesoran la infancia.
Hay balcones que miran las primadas iglesias
desde sus flores,
junios de mariposas
y ancianos en el parque y la nostalgia.
y está atada al presente
en las aves marinas
en la náufragas lilas del Ozama
y en tus ojos.

Luego de vivir mucho tiempo fuera del país, ha vuelto a su puerto de origen, de donde nunca ha partido, porque su viaje es hacia el interior del ser humano, con su implícita carga de ideología y contra ideología. A través de múltiples sujetos líricos, que a la larga son uno sólo, ha recreado el mundo, o mejor: lo ha inventado entretejiendo palabras, vivencias y referentes socioculturales que transforma estéticamente con su quehacer.

La luz se escurre sobre las lilas
en el asombro de una nueva mañana.
el rumor de la espesura
despierta los olores y las aves.
reinará de nuevo la esperanza
hasta un atardecer sin horizontes
cuando la paz renazca de tus sombras
más allá de la luz,
desde tus manos.


Dueño de un discurso depurado, equilibrado y limpio, Juan Carlos Mieses no es ajeno a la introspección ni cuando canta a la realidad externa con temas recurrentes como las calles coloniales, las lilas, el Ozama, las palomas, los pelícanos y el mar, porque entrelazándolos con otros tan íntimos como el amor, la noche y la soledad, transfigura la creación de un orbe que, aunque permanece, se ha perdido. Es la añoranza la que serenamente habla al oído del poeta y le dicta sus cantos.

No la trajo la lluvia esa tristeza
Ni la noche,
Viene de lejos.
De tu pasado incierto
Y del temor de haberte equivocado
En alguna parte del camino,
De no saber si otras sendas
Eran la de tu sueño,
Si sigues siendo lo que eres.

Según los documentos, nació en El Seibo, el 22 de abril de 1947; pero Mieses es más que una criatura en el tiempo, por lo que la fecha que en apariencia un día cerrará su círculo, no lo dejará prisionero entre sus límites. Él sabe –así lo soñaba Whitman– que es uno y muchos, individual y plural, como la escritura de un libro, que es, nos dice, “sólo el comienzo de una aventura que habrá de repetirse de manera personal y misteriosa en cada lector”. Así, “lo que fue una vez inefable intimidad, es ahora compartido secreto. Lo que fue mío es ahora nuestro”.

No sé cómo te llamas
Sólo te he visto en sueños,
Cuando hablas lo haces en una lengua oscura
que yo entiendo,
Cuentas cosas secretas
Y al final me despierto
Sintiendo haber sabido algo
Que no recuerdo.
Silueta de mis noches,
Vuelve y dime el secreto
Que me ayude en la tarde
De mi último camino.


Aprendió francés para leer a Verlaine, poeta de la devoción de Rubén Darío, uno de sus maestros. Es políglota. Ha trabajado como traductor y como profesor de Lengua Española y de francés. Le ha dado dos veces la vuelta al mundo. Países como Italia, España, Portugal, Colombia, Argentina, Suiza, Estados Unidos y Singapur conocen sus pasos. Ha vivido en Jamaica, Indonesia, México, Brasil y Francia. Se ha adentrado en la selva y ha sostenido sobre los hombros del tiempo una anaconda sigilosa capaz de asfixiar la noche, es decir, que es un hombre lleno de vivencias arriesgadas y entrañables, un hombre que ha vivido grandes aventuras; pero su verdadero destino es la literatura. Así como ha atravesado fronteras geográficas y culturales, también ha surcado la frontera de los géneros literarios: es poeta, cuentista, dramaturgo y novelista.

Te irás,
Pero no en la premura de los truenos
Sino como un redoble de caballos en la tierra.
Sabrás que alguien espera tu señal
Para cerrar el mundo en tus pupilas.
(…)
Verás de nuevo los desnudos oteros y las dunas
Las sombras de las nubes en la arena
y más allá
-Inalcanzable y tuyo-
El horizonte que te espera,
Todo lo verás en ese instante
En que la vida agota su faena.

Después de leer su obra, no es difícil cerrar los ojos y verlo caminar por las calles del Santo Domingo colonial, imbuido en un soliloquio con las “efímeras palomas de tu infancia”, “el asombro primero, cuando el mundo daba vértigo y tus árboles llegaban a la luna”, porque el universo que crea y recrea, a través del brillante trabajo estético de la lengua, se carga de sentidos y sugerencias, y envuelve al lector en una magia en la cual, a pesar de la penumbra, no es difícil ver y sentir el mar insistiendo en los latidos de la vida, “en tus arenas”. Su creación es vital; a pesar de su obsesión con la muerte, su canto está dirigido hacia la vida. La poesía va de la mano con él por los caminos. Tanto es así que hasta en sus cuentos (pienso en La laguna de las lilas, en Ese esperado domingo, Premio FAO, y en Ay, Rosalía), en su teatro (La cruz y el cetro) y en su novela (El día de todos) la poesía le sale al encuentro, rebosando de magia y de belleza su discurso.

Además de las obras mencionadas, ha publicado: Flagellun Dei (Premio Siboney de Poesía 1985), Gaia (Premio Pedro Henríquez Ureña de Poesía 1991), Dulce et Decorum est (Poesía, 1997), Desde las islas (Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2001) y Aquí, el Edén (Poesía, 1998). De manera que, hasta ahora, ha publicado ocho libros, entre ellos seis de poesía, uno de teatro y una novela, sin contar los textos sueltos. No voy a hablar de los trabajos inéditos (hay quienes piensan que los textos inéditos no existen); pero puedo asegurar que en narrativa recibiremos agradables sorpresas, porque el autor sigue trabajando el cuento y la novela. Además, está haciendo los trámites editoriales para que un libro de cuentos para niños y otra novela estén pronto entre sus lectores.

Te alejas,
Pareces decir adiós a cada cosa
Te encaminas donde nadie ha llegado
Pero donde te esperan,
Vuelve entonces el miedo del olvido
El miedo de ser lo que antes eras,
Pero vuelves
Te acercas
Y pareces haber estado ahí
Sin decir nada
Desde siempre.

Rebosado de vivencias, comparte su vida con el amor, que ha encarnado en Evelyne Grimaud, esposa, amiga, compañera en el viaje por esta intensa sucesión de instantes que es la vida, además de ser la ilustradora de muchos de sus textos.

Lo que deseo es tiempo
Para quererte como te sueño,
Para contarte lo que he vivido
Esperando por ti
Solo entre tantos besos,
Para decirte que te soñado
Poco a poco
Como sueña la tierra,
Que te he esperado
Viendo correr el agua
-Sin premuras-
Para llevarte por los caminos
Que he trazado sin ti desde el comienzo
Desde tantas promesas
Y caricias perdidas en el tiempo,
Para contar tus dedos con los míos
Hasta que ya no tenga números mi alma
Y tenga que comenzar de nuevo.


Es sensible ante las desigualdades y los atropellos, las injusticias y los abusos, y, sin perder altura (sorteando hábilmente el riesgo de volverse panfletario, pantano donde no pocos sucumben), hace su denuncia contra las instituciones y las instancias de poder que, a través de las ideologías que orientan sus acciones, siembran y aprovechan la maldad, la pobreza y la discordancia en el mundo; y las aborda, desenmascarándolas; y las cuestiona, con frecuencia apelando a la ironía, al humor o una visión apocalíptica.

Los que quedaron
Después de las cenizas
Lejos del alba
Sin promesas de mágicas mañanas,
Saldrán de los escombros
Esparcirán gemidos entre las ruinas
Y elevarán plegarias a la muerte,
Última amiga de la espera.

Está consciente de que de la realidad sólo poseemos “imágenes parciales” –y esto implica una concepción filosófica–; pero sabe trabajar esos fragmentos, aprehendiéndolos estéticamente hasta hacer que cada parte sea imagen de la totalidad.

La noche va creciendo
Y se dilata como oscuro sonido
Con su antigua certeza tras el aire.
Plasticidad etérea del silencio
En su fluir constante hacia sí misma
Se proyecta (…) a ciegas
Desde algún incomprensible Siempre
Buscando identidad con lo absoluto.

Parte de trabajo literario ha sido traducido al inglés, al noruego y al occitano (tengo entendido que es el único poeta dominicano traducido a esa lengua que se habla en el sur de Francia). Llama la atención la gran unidad de cada uno de sus libros, sobre todo los de poesía, hasta el punto que, pese a que pueden leerse bajo el título que identifica cada poema como tal, en el fondo son un único poema.

Su obra, que no es muy conocida en República Dominicana (muchos de sus libros tuvieron ediciones limitadas, fueron publicados fuera del país o ya hace varias décadas que vieron la luz, por lo que no aparecen en las librerías), debe ser reunida en un volumen. Se impone revisar sus textos de juventud, publicados en la página literaria del Listín Diario –que dirigía Pedro Contyn Aybar–, hacer la selección correspondiente, y, bajo el título de Orígenes, Primeros pasos, o el que estime conveniente el autor, publicarlos junto a sus seis libros de poemas. En la parte final, la antología (que podría titularse Absolución de lo eterno) debe incluir una selección de sus textos no publicados en libros, como la conmovedora elegía dedicada a la memoria de Máximo Avilés Blonda y la bellísima Oda al bosque.
Jaime Tatem Brache

Me parece justo y necesario, porque esta Apología de las palabras la inició Juan Carlos Mieses hace mucho tiempo, cuando ofreció a la luz su rebeldía en forma de paloma. Aquí y ahora sólo agregará una parte, tan esencial como todas, para luego continuar poblando los caminos con sus pasos…

Jaime Tatem Brache

Nació en Salcedo, República Dominicana, el 9 de mayo de 1962. Poeta, narrador y ensayista. Psicólogo de profesión, con especialidad en Alta Gestión Empresarial y maestría en Gerencia y Productividad. Tiene estudios de alto nivel en Literatura y Lingüística. Ha recibido múltiples reconocimientos. Entre ellos el de la Agrupación Cultural Cacibajagua “Por su colaboración con el desarrollo del arte y la cultura” (2006), el de de la Academia Dominicana de la Lengua “En atención a sus méritos lingüísticos y literarios, su labor de promoción y formación intelectual y estética y su colaboración al servicio de esta institución” (2005) y el del Ateneo Insular Internacional “Por su valiosa contribución intelectual, espiritual y estética en favor del crecimiento literario del país expresado en su apoyo al Movimiento Interiorista con su labor de Organización, Promoción y Creación” (2004).

jueves, agosto 26

GRACIAS AQUILES, ME ENCANTA CESARE PAVESE

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Cesare Pavese o la guerra más cruel de todas

Por Aquiles Julián

"Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros"
Cesare Pavese

Hace 40 años éramos (y hablo de Santo Domingo, Rep. Dominicana),  una ciudad muy provinciana. No parecíamos la capital de un país, sino un bovino pueblo de cualquier provincia perdida de una nación más grande. No había torres, ni jeepetas, ni celulares, ni laptops, ni la Internet, ni telecable ni otras maravillas de la tecnología. El edificio más alto era apenas de cinco pisos. Éramos una pequeña ciudad pobre y pequeña y, quizás por eso, pienso, teníamos un suplemento literario dominical.

El poeta Freddy Gatón Arce, altísimo poeta, voz relevante de La Poesía Sorprendida, dirigía el vespertino El Nacional y los domingos compartía ya no sólo cruentas noticias de aquella guerra feroz entre el extremismo totalitario de la izquierda, lanzado a sangre y fuego a desafiar a aquellos gobiernos arcaicos y tradicionales, y el no menos cruento extremismo de derechas, que entonces se hizo feroz y abusivo. Crímenes, apaleados, arbitrariedad, desaparecidos, atracos, bombas… eran el día a día en aquellos tiempos. Pero el domingo, aparecían otros nombres, otros temas, otros frescores: llegaban los poetas, los narradores, los ensayistas. Y un día, a un poeta bisoño, pichón de poeta, aspirante desgarbado a escritor, Freddy Gatón  Arce le introdujo a Cesare Pavese y su poesía. Eran otros tiempos. Hace muchísimos años. Éramos una ciudad más pequeña, más pobre, más provinciana, menos sofisticada… Y teníamos eso que hace años decidieron erradicar de nuestros periódicos:  un suplemento literario.


Infancia de Cesare Pavese

Pavese nació en Santo Stefano Belbo, aldea en las colinas de Langhe, provincia de Cuneo, en el Piamonte, el 9 de septiembre del 1908. Allí la familia, de origen campesino, tenía una finca donde solían ir a vacacionar. El padre, Eugenio Pavese,  era, por entonces,  procurador del tribunal en Turín. Cesare es el último de cinco hijos, tres de los cuales murieron antes que él. Sólo su hermana, María, seis años mayor, y él, sobreviven de los vástagos de la familia.

 En 1914, a los cinco años de edad, su padre muere a causa de un tumor cerebral. Uno de los hechos de aquella temprana infancia que marcó a Pavese fue que, en su agonía, el padre suplica a la esposa, Consolina,  que le permita ser visitado por una vecina a la que él había amado. La esposa, severa, le niega el pedimento, el postrer deseo.  Y el niño es testigo de aquel vano pedido y de su negación. Simultáneamente, 1914 es el año en que inicia la Primera Guerra Mundial. Un siglo tormentoso, sangriento, de pasiones enardecidas, clamorosos discursos, dictadores despiadados, conflagraciones mortíferas, arranca. Es como si la muerte del padre significara la clausura del viejo mundo estable y previsible, doméstico, conocido.

A Pavese esa ausencia del padre, la temprana orfandad, ese verse prematuramente arrojado a la pérdida de su referente paternal, lo traumatiza. De allí le deviene una sensación de inseguridad que no lo abandonó nunca.

La madre, Consolina, de carácter dominante y reservada, poco expresiva, cría al niño en un rigor gélido, casi como si previniera encariñarse y perderlo. Vende la finca para tratar de salvar, sin éxito, las finanzas de la familia. Se mudan a Turín. La carencia de afecto maternal lo marcará para siempre.

El 23 de mayo de 1915, Italia, antigua aliada de Alemania y el Imperio Austro-Húngaro,  se alía a sus enemigos de la Triple Entente: Inglaterra, Francia y Rusia, contra los imperios centrales: Alemania y el Austro-Húngaro, en el curso de lo que se llamó La Gran Guerra, y ataca a Austria con el propósito de obtener conquistas territoriales. El desempeño italiano es pobre y padecen la ofensiva del imperio austro-húngaro que en 1917 vence a los italianos en Caporetto, derrota que casi saca a Italia de la guerra.

Al final de la guerra, la insatisfacción arropa a Italia por las escasas ventajas territoriales que derivó en el Tratado de Versalles de su participación en aquella matazón, pese a las promesas iniciales recibidas de los gobiernos de Inglaterra y Francia para que se involucrara en la guerra pactando con los de la Triple Entente. Europa se radicaliza. En 1917 los bolcheviques de Lenin dan un golpe de Estado y estrangulan la revolución democrática de febrero en Rusia, instaurando un régimen de terror que llama a los obreros y a los partidos socialistas a la insurrección revolucionaria.

Miles de soldados desmovilizados vagan por las calles italianas, sin empleo. El hambre y el malestar imperan. Huelgas e intentos de insurrección estallan en distintos países y son implacablemente aplastados. La amenaza bolchevique y la suerte corrida por la nobleza rusa espantan a los gobiernos y Estados europeos. Y una reacción antibolchevique, teñida de nacionalismo y adoración por la fuerza y la arbitrariedad, emerge: en Italia esa reacción, que provino de un antiguo director del semanario socialista Avanti!,  adoptó por nombre el fascismo. El promotor: Benito Mussolini.

Mussolini había discrepado con el Partido Socialista Italiano, al que pertenecía, en torno a la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial. El PSI se había declarado neutral. Mussolini en 1915 empezó a editar un periódico Il Poppolo d´Italia, ultranacionalista, en que apoyó la incursión de Italia en la guerra. De hecho, él se alistó como voluntario. Al retornar de la guerra, en 1919 Mussolini crea en Milan, el 9 de octubre de 1919, los Fasci Italiani di Combattimento, pandillas armadas que agitaban contra los socialistas, germen del futuroPartido Nacional Fascista, fundado en 1920. En 1922 Mussolini asumió el poder en Italia.


La adolescencia del poeta y el inicio de su vocación

Pavese, durante aquellos agitados años de entreguerras, estudia. Es un niño solitario, asmático, introvertido, criado por una madre rigurosa y alejada. Pavese fantasea con el ambiente campesino de su región natal. Cuando asiste a la escuela media superior, recibe la influencia de Augusto Monti, su profesor, socialista amigo de Piero Gobetti y Antonio Gramsci.

Mientras estudia en el Liceo de Turín, bajo la mentoría de Monti, Pavese define su vocación literaria. De esos años arrancan sus primeros poemas, escritos en verso libre y temáticamente vinculados al decadentismo: la rebeldía, la soledad del poeta, el hastío de vivir, la ciudad que arropa y aplasta. El estilo es ampuloso y grandilocuente, con expresiones en ocasiones de tono irritado y en otras con un tono familiar. Este último sería el que predominaría en su poesía.

Aquellos años de su adolescencia, bajo la orientación de Monti, son su primer acercamiento al mundo de los intelectuales, su contacto con personalidades como Leonte Ginzburg, Tullio Pinelli, Vittorio Foa y Norberto Bobbio.

Miope, asmático, introvertido, a Pavese se le hace difícil hacer amigos. Dos hechos de su adolescencia le causan profunda impresión: uno de los escasos amigos que logra hacer se suicida. Ese hecho le conmociona. Y la masacre de 11 jóvenes por los Camisas Negras de Mussolini lo afecta terriblemente. Se relaciona con alumnos antifascistas, entre ellos Giulio Einaudi. A los diecinueve años declara: “Se me escapan las ganas cada día más”, y se autodefinie como “Maestro en el arte de no gozar”.


Sus comienzos profesionales

En 1930, con veintidós años de edad, se gradúa de sus estudios de filología inglesa en la Universidad de Turín con una tesis sobre la interpretación de la poesía de Walt Whitman. Comienza a trabajar en la revista “Cultura”, imparte docencia e inicia un trabajo de traducción de la literatura norteamericana e inglesa al italiano. A escasos meses de su graduación muere, en 1931, Consolina, la madre.

En 1932 se inscribe en el Partido Nacional Fascista de Mussolini, un requisito obligatorio si se quería obtener empleo en cualquier institución oficial, incluyendo las escuelas. Tres meses después, lo arrestan por error junto a miembros del grupo Giustizia e Libertá. Ese arresto hace que lo expulsen del Partido Fascista.

Desde comienzos de los años 30 su amistad de adolescencia con Giulio Einaudi lo vincula a la renacida Editorial Einaudi. En 1931 es uno de los editores de  Enaudi, junto a Carlo Levi, Massimo  Mila, Leone Ginzburg y otros. Traduce a Melville, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, Gertrude Stein, James Joyce, Dickens, Daniel Defoe, entre otros autores ingleses y norteamericanos.

En 1934 lo nombran director de la revista “Cultura”, de la que era colaborador.


La prisión y la decepción

En 1935, Pavese se enamora profundamente de una activista del Partido Comunista Italiano, PCI, Battistina Pizzardo, Tina, estudiante de matemáticas. Esta lo instrumentaliza: le pide que le sirva de intermediario de las cartas que le remitía Altiero Spinelli, un dirigente del PCI encarcelado. El incauto poeta se ofrece gustoso a ayudar a “la mujer de la voz ronca”, como le llamaría. La policía fascista, que daba seguimiento a Spinelli, allana la residencia de la hermana de Pavese y encuentra las cartas. El poeta es encarcelado y acusado de actividades políticas clandestinas contra el gobierno fascista.

Pavese se niega a mencionar el nombre de Battistina Pizzardo a las autoridades fascistas y es juzgado y condenado a tres años de prisión. Primero lo envían a Roma, a Regina Coeli. Luego, en una suerte de exilio, a Brancaleone Calabro, pequeña población en el sur de Italia, donde inicia la escritura de su diario, publicado póstumamente con  el título:  El oficio de vivir, y padece severas depresiones.

Tras un año de cárcel, pide la gracia debido a sus problemas asmáticos, y es liberado. Al volver a Turín de su exilio, en 1936, encuentra que Battistina se casó con su novio luego de este salir de prisión. Ese hecho le agudizó la depresión.

Mientras Italia asiste a una proliferación de la poesía grandilocuente, patriotera, retumbante, promovida por el fascismo y, por el otro lado, a la elaboración de una poesía hermética, que busca deliberadamente la oscuridad, que emplea profusamente analogías y símbolos, destinada a escasísimos lectores, y que entre sus máximos exponentes tuvo a Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti y Eugenio Montale, Cesare Pavese es parte de un reacción opuesta: el neorrealismo.


Madurez creativa

Su poemario Lavorare Stanca (Trabajar cansa, 1936) es tenido como su obra mayor en poesía. Se publica con cuatro poemas suprimidos por la censura fascista. El éxito es relevante. Pavese se autoimpone un régimen de trabajo severo. Escribe narrativa, continúa su diario, realiza traducciones sobre todo de escritores norteamericanos, y trabaja en Einaudi.

Rehuye de la tendencia hermética que caracteriza a buena parte de la poesía italiana de su época. Él busca acercar el poema al lector, al nombrar su entorno cotidiano, reflejar sus experiencias a través de imágenes que recrean sus vivencias.

La poesía de Cesare Pavese es una reacción en toda la regla a la grandilocuencia y la estrepitosidad del fascismo. Frente a los cantos heroicos, las hiperbolizaciones, el sueño de un renacido imperio romano bajo la égida del nuevo César: Benito Mussolini, embebido de su imagen promovida de nuevo emperador que recrea las viejas glorias romanas, Pavese centra su poesía en las experiencias pequeñas, individuales, cotidianas de gente común y corriente, con un aire de melancolía y de  derrota. Exactamente lo opuesto de la estética fascista, con sus marchas, consignas, vociferaciones, endiosamientos y delirios. E igualmente lejos de la cantata a los tractores y los estereotipadas sonrisas felices de los estalinistas.

El pesimismo existencial de Pavese, su recurrencia a imágenes melancólicas, a seres derrotados, era una revocación de la estentórea grandilocuencia fascista del imperio redivido de los césares, al igual que de la estética estalinista, fascismo rojo y similar.



Tiempos de guerra…

A partir de 1941, durante la guerra, intensifica su labor como editor de Einaudi. Dedica tiempo a estudios de etnología, elaborando una teoría del mito. Pavese define el mito como una norma, un esquema que, extraído de un hecho ocurrido en alguna ocasión, se propone universal, válido para siempre. De hecho, tras la guerra, dirigirá con Ernesto De Martino una colección de etnología para la editorial Einaudi.

Entre 1941 y 1942 publica Paesi tuoi (1941) y La spiaggia (La playa / 1942).

Es llamado a servicio, pero su condición de asmático le libra del servicio militar. Desde el 8 de septiembre del 1943, al arreciar la guerra, huyendo de los bombardeos, se refugia en casa de su hermana María, en Serralunga di Crea, municipio italiano de la provincia de Alessandria. Luego, él marcha a un colegio de Somascos, en Casale Monferrato, desvinculado de los acontecimientos que sacuden a Italia. Muchos de sus amigos entran a la Resistencia y mueren combatiendo a los fascistas. Años después, en La casa en la colina, escrita entre 1947 y 1948, contará el conflicto que vivió entre su elección y la de sus amigos.

Durante el bombardeo de Turín, la editorial Einaudi y el lugar en que los Pavese residían son destruidos.


…y de post guerra

En 1945, terminada la guerra, retorna a Turín. Se entera de la suerte de muchos de sus amigos: muertos o fusilados. Un dolor atroz le carcome el alma. Remordimiento. Angustia feroz, sentimiento que introduce en la literatura italiana. Entre 1945 y 1948 publica Diálogos con Leucó (1945), El compañero (1947) y Antes de que el gallo cante (1948).

Se dedica, junto a otros, a reorganizar la editorial y se afilia, por sugerencia de una amiga,  al Partido Comunista Italiano, PCI; publica varios artículos en L´Unitá, periódico de la organización.

Pero aquel era el partido estalinista de Togliatti, comprometido con crímenes inmundos.  Y en un partido tal, la sensibilidad de Pavese no era exactamente bienvenida. Y su pasión por la literatura norteamericana en nada bien vista.

Natalia Ginzburg, que fue su amiga, en su libro Las pequeñas virtudes lo describe como alguien triste, inmaduro, empecinado en rehuir la adultez:  “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños”.

Su vida sentimental es un desastre. Un amorío con Bianca Garuffi, empleada de Einaudi, termina mal. Busca desesperadamente encontrar pareja. Le ofrece matrimonio  a Fernanda Pivano y luego a “una amiga X” y ambas lo rechazan. Una conocida le espeta que es un aburrido, un pesado y un pedante. Mala cosa.

Hacia 1947 va a  trabajar a Roma y allí conoce a Constance Dowling, joven actriz norteamericana que llega a Italia a filmar películas.  Connie, como la conocen, rubia, de ojos color avellana, había sostenido una relación complicada con Elia Kazan, el director de cine norteamericano de origen griego. Pavese se enamora apasionadamente de la actriz. Ella  se siente halagada por el amor de este hombre, famoso y popular, intelectual y sensible. Pavese le ofrece matrimonio. Ella se niega. Él insiste. Ella le dice que se casará con otro. Luego se cansa. Tras la muerte de Cesare se irá de nuevo a los Estados Unidos.  Pavese, desconsolado, le escribe uno de sus poemas más conocidos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

La profunda crisis moral, emocional, le embarga. La incapacidad de desarrollar una relación significativa, la insatisfacción política, el malestar general, restan placer a los reiterados logros literarios.

En 1950, el mismo año de su muerte, obtuvo el Premio Strega por El bello verano.


El gesto final

El sábado 26 de agosto de 1950 Cesare Pavese salió de la casa de su hermana María. Llevaba un maletín, con algo de ropa, su libro más querido: Diálogos con Leucó, su diario personal, un folder con sus últimos poemas y 16 frascos de somníferos.

Se despide de la hermana y le cuenta que hará un viaje de fin de semana. Solía ir con frecuencia a la región natal: Santo Stefano Belbo, en el Piamonte. Sale de la casa en la Via Lamarmora. Se monta en un tranvía. A los diez minutos baja en la Stazione di Porta Nuova, frente a la Piazza Carlo Felice. Se dirige al hotel Albergo Roma.

Entra, pide un cuarto, insiste en que tenga teléfono y le asignan la habitación 346. Sube con su pequeña maleta, por la escalera.

Abre la puerta. Entra. La habitación es sencilla: cama angosta. Mesa de madera. Silla. Perchero. Lavabo. El teléfono, negro, adosado a la pared. Una lámpara en la cabecera de la cama. Hace algunas llamadas. Invita a algunas mujeres a cenar o a que lo visiten. Ninguna aceptó.

En su Diario, la última entrada, del 18 de agosto reza: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pavese tomó su libro de Diálogos con Leucó y escribió sus últimas palabras.Luego  se quitó los zapatos, se aflojó el nudo de la corbata, tomó los frascos de pastillas para dormir y, una por una, hizo su último gesto: fue consumiendo las pastillas de somníferos de los 16 envases. Luego se echó a dormir, pero esta vez era el sueño eterno.

El 27 de agosto de 1950 descubrieron su cuerpo sin vida.  En la mesita de noche reposaba su libro y la nota: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado”.

Le faltaban apenas una semana y días para cumplir 42 años de edad.

Escribirá, con premonitoria anticipación: “Uno no se mata por el amor de una mujer. Se mata porque un amor, cualquier amor, le revela su desnudez, su miseria, su inermidad, su nada”.

He dado poesía a los hombres

Cuando el camarero del Alberto Roma, la mañana del domingo 27 de agosto de 1950, tocó la puerta de la habitación 346 y no obtuvo respuesta, avisó al dueño del hotel. Ambos, al entrar con la llave maestra, encontraron a Pavese acostado. Estaba vestido, sin los zapatos. Parecía que dormía. Pero era el sueño eterno.

Pavese escribiría: “Mi papel público lo representé —como pude. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos”.

Había cerrado voluntariamente su ciclo.

Vivió la guerra más cruel de todas, aquella que se libra contra sí mismo. Y él mismo se derrotó. Capituló.

Anheló el amor femenino, que nunca alcanzó. Era la falta de cariño que en su infancia le creó, como un agujero interminable, inacabable, Consolina, la madre. Y que ninguna mujer, ningún afecto, pudo llenarle.

Años después, a 20 años de su muerte, un poeta maravilloso, dirigiendo un periódico, que tenía ese regalo excepcional: un suplemento literario, colocó sus poemas. Y un poeta bisoño quedó deslumbrado por el sabor acre y doliente de aquellos poemas.

El 28 de junio de 1940, Pavese escribió en su Diario: “No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”. Fue aquel momento, mi encuentro con la poesía de Pavese gracias a la labor de divulgación de Freddy Gatón Arce, uno de esos momentos que perduran. Razón tenía el poeta en lo que escribió.

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...