Dos grandes HOMBRES en la Alhambra:

JULIO 14, 2010

 Joan Manuel Serrat y Miguel Hernández



Para el hijo es la paz que estoy forjando
Miguel Hernández

Para Ana Laura, Ivonne y Carolina
(Palmeras alicantinas en Juaritos)


¿Por qué hablar de Serrat y Hernández en un blog de LIyJ? Tantas razones, pero sobre todo una emoción a flor de piel. Hace un par de horas que asistí al concierto de este célebre cantante en el Teatro del Generalife en los jardines de la Alhambra en Granada, dentro del Festival de música y danza. Con este acto cerró la presente emisión.

Tales son los sentimientos y reflexiones que se desatan con la presencia mítica ya de Serrat, acompañada de los versos de Hernández así como de los músicos y videastas que acompañan el espectáculo, que es imposible no plasmar por lo menos la maravilla del espacio, la voz, la poesía y la música que se conjugaron esta noche al amparo de una luna en cuarto creciente, que se dio cita con Venus para acompañar las palabras, las ideas de estos dos HOMBRES extraordinarios en la histórica ciudad de Granada. (Véase el atardecer que antecedió al concierto).

Si bien es verdad que el espectáculo no está pensado para los infantes; estos se hallan presentes en los intereses y compromisos sociales de Serrat y Hernández. El célebre poema del poeta de Orihuela: "Las nanas de la cebolla", como bien sabemos es un canto de amor al hijo biológico así como a los hijos de la España de los años del hambre, pero también para los hijos víctimas del hambre y la guerra de nuestro "progresista" Siglo XXI.

A cien años de su nacimiento (1910-2010), el poeta pastor sigue empático con una de las más vergonzante deudas que los gobiernos (primer mundistas) tiene con la niñez (de paises tercer mundistas, ya sea que habite en sus lugares de origen o haya migrado a los países ricos en busca de mejores condiciones de vida), expuesta a una nueva eslavitud silenciada que niega sus derechos, al cobijo de gobiernos corruptos que se interesan por el bienestar económico de la familia política-empresarial y no de la ciudadanía. Leemos/escuchamos:

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarcha de azucar,
cebolla y hambre.

Este poema acompañado de "El niño yuntero" reafirma la terrible condición de la infancia empobrecida en nuestro "flamante mundo globalizado". El video (realizado por creadores como David Trueva, Bigas Luna entre otros) que acompaña a Serrat mientras interpreta los versos del poeta de Alicante van dirigidos a los espectadores, como una fuerte bofetada para que despertemos del aletargamiento e insensibilidad en la que hemos caído en estos albores del siglo XXI.

Las imágenes muestran niños trabajando en el campo, en las minas, en el deshonroso sexoservicio infantil que destruye la infancia de tantas y tantos seres inocentes. La noche cerrada con las estrellas cobijano la voz de Serrat y protegiendo las notas de los músicos parecieran ser una especie de satélites retrasmisores de los múltiples pendientes que tenemos con la infancia (de manera tan particular en México).

La mayor parte de las personas que asitieron a este concierto eran gente de entre cuarenta y sesenta años. Se escuchaba el comentario en las charlas previas al evento: pues a revivir con nostalgia épocas pasadas. Entre esta gente era notorio que el hambre estaba superada, de repente parecía que nos habíamos trasladado a un desfile de moda. Mujeres elegantemente atavidas, hombres de la misma manera. Frente al visible bienestar económico, Serrat habla de pobreza, de hambre, de olvido de la niñez inserta en otras guerras absurdas (en apariencia superadas en Europa pero actuales en tantos puntos del orbe). ¿Cómo no estremecerse con los versos siguientes?

El niño yuntero

(...)
Empieza a vivir y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Piénsese en Ciudad Juárez en la niñez que "elige" ser adulta a los catorce años, falsificando documentos para entrar a los 13 o 14 años a trabajar a la maquiladora. Si hay un tema que destaca en este espectáculo de Serrat es la denuncia que continúa transmitiendo en su trabajo creativo. Insiste en que hagamos nuestros los versos de Hernández:

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

El dolor por la guerra mereció un momento aparte en el evento del Teatro del Generalife. El cantautor catalán tomó su guitarra, las luces -discretas- lo enfocaron, la noche lo abrazo y las miradas de los espectadores se concentaron en su voz. Con un suave acompañamiento del rasgar de las cuerdas recuperó el poema: 

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Se distingue el interés, pues, de Serrat por pedir la paz (y la palabra); por supuesto, en ese momento del espectáculo, no pude menos que pensar (por enésima vez en el dia) en nuestro atormentado Juaritos, en los domingos de Palabras de Arena en sus ruteras, en Ana Laura leyendo este poema.

Otras voces cuchilleaban que la voz de Serrat ya no es la de veinte años atrás; y, es verdad; sin embargo, también lo es que es un personaje de la lucha por la democracia en el siglo XX; por ello si los pequeños y los jóvenes (y los adultos) llegaran a él más temprano que tarde en su vida, arribarían a un paradigma de congruencia entre el arte comprometido y la persona. Llegarían al universo poético y humanistico de Miguel Hernández y de Antonio Machado.


Otros poemas acompañaron a los anteriores, "Para la libertad", en penúltimo lugar del evento; "Hijo de la luz y de la sombra" (por supuesto), "Solo quien ama vuela", "Canción del esposo soldado", "Menos tu vientre", "Elegía", entre otros. 

Dos no me resisto a comentar: "La palmera levantina" y "Dale que dale"; el primero porque uno ve en Orihuela las palmeras y sabe de dónde aprendió Miguel Hernández a afianzarse en la tierra y soportar tantos huracanes en su vida; la segunda porque nos habla de la humildad del poeta y la voz poética para reconocer la imperfección del ser humano, escuchamos en la trémula voz de Serrat:

Dale al aire, cabrero,
hasta que silbe tierno.

Dale, Dios, a mi alma,
hasta perfeccionarla.


Parece que la voz de ambos HOMBRES, Serrat y Hernández, se requiere en este amanecer del siglo XXI, más que nada en Juaritos.

Agreguemos tan solo que una vez finalizado el evento, el público se levantó y aplaudió por cerca de cinco minutos ininterrumpidos al cantautor español, que con su mirada honda y su estar tranquilo ha sabido mover emociones y conciencias a lo largo de ya varias décadas. La Alhambra quedó en silencio; mas el alma de quienes lo escuchamos seguro se lleno de palabras, de ideas y esperemos que de compromisos.

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