El abuelo de Efraim

¿Hubiese sido Juan Bosch el hombre magno que fue, de no haber existido Don Juan Gaviño? Ese gallego grande que vino de Puerto Rico a Santo Domingo, se internó en La Vega y murió frente al Santo Cerro, poseía una de las bibliotecas más completas de aquel entonces y allí bebió y comió el pequeño Juan los nutrientes de sus conocimientos: desde los populares cuentos de Calleja hasta las entrañables aventuras de Don Quijote. Juan Bosch sospechaba que su abuelo había sido al menos seminarista pues no se explicaba que un hijo de marineros, de pescadores, tuviese tal vínculo con la cultura. Dice Colombo, en sus entrevistas que luego fueron libro, que ante la presencia del sacerdote dijo:

«No tengo nada que confesar... fui un hombre que cruzó por la vida tratando de actuar dentro de sus convicciones... Fui buen hijo, fui buen padre, fui buen hermano, fui buen amigo y no he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme». ¡Qué abuelo envidiable!

Yo, cometiendo el error ingenuo de vincular lo imaginado con el cerebro creador que lo imagina, intuyo que Efraim Castillo también tuvo un gran abuelo con una biblioteca extraordinaria, porque en su magnífico cuento "Consígueme La Náusea, Matilde", el personaje central, Pedro, tiene un abuelo con las características que desencadenan la ¿papirofagia? del hombre que llega a los treinta años devorando libros, pero no cualesquiera, sino "pesos pesados" de la literatura, la filosofía y la dramaturgia: Borges, Levi, Sartre, Joyce, Bernanos, Moravia, Dostoyevski, Ibsen, Shakespeare, Cortázar, Bosch, Andersen, Fuentes, Pinter, Kafka, Mauriac, Sartre, Marechal, Carpentier, Rulfo, Sagan, Sastre, Marcel,  Camus, Malraux, Tutino, Gide, Bila, Unamuno, Onetti,  Rulfo, Byron y Cervantes, Corneille y Racine, Lope, Moliere, Thomas Mann,  Shaw , sir Winston Churchill, Lawrence, Maurois, Pío Baroja, Federico García Lorca, Arthur Miller, Rómulo Gallegos, Gabriela Mistral, Eugene O’Neill, Sinclair Lewis, Miguel Angel Asturias, Rafael Alberti, John Steinbeck , D’Annunzio, Tolstoi,  Calderón,  Shakespeare, Homero, Kazantzakis, Rimbaud,  Choderlos de Laclos, Dante Alighieri, Julio Verne, Ovidio, Balzac, Baudelaire, Shelley; muchos de ellos premios Nobel. Lo de Osborne y Walt Disney, digo yo que son una buena respuesta a las críticas mediocres que debió recibir Efraim en un ambiente poblado de ignorantes.

Matilde, pecosa, pelirroja, lectora entusiasta... la ubico entre el personaje Gilda (Rita Hayworth) y la mujer de Pablo Neruda, Matilde Urrutia (o María Kodama o la misma mujer de Saramago ¡quién sabe!)... el asunto es que para cada hombre, hay una mujer dispuesta a abrasarse en las llamas de su locura, siempre y cuando éste sepa tocar las fibras de la ternura. (Claro que estoy alucinando, eso ya no existe).

Y ese público inmenso que sólo se manifiesta para juzgar la cordura, que en su mayor número no ha leído El Quijote entero. Y ese mundo invisible que valora cada paso, cada frase pronunciada, cada suposición expresada, cada gesto... somos nosotros que comprendemos a duras penas, o no comprendemos nada lo que debió haber sido existir en un ambiente que te considera pedante, petulante, engreído... simplemente porque no te alcanzan. Y por eso había que "riendo al leer y comerse lo leído remonta(r) los cielos color naranja subido en la grupa de un flaco caballo guiado por un jinete escuálido".

A raíz de la revolución de Abril, la vida cultural de Santo Domingo tenía que haber sido tan estrecha para espíritus libres como el de Efraim que debemos agradecerle su permanencia. Gracias a Dios que aquí sigue. Gracias a Dios, Efraim Castillo sigue produciendo para brillo y resplandor de las letras dominicanas.

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