domingo, noviembre 1

Yo nací vieja. Pienso como Manuel Mora Serrano hace muuuuucho


Cuando aparece una boca bien puesta, como la del maestro Manuel Mora Serrano, todos prestamos ojos y oídos, porque ahí está la verdad y el sabor de la vida. No en este mundo de apariencias en que el compañerismo no es sincero, ni el amor, ni la amistad, salvo excepciones.



"Acaso no sea verdad que se nazca literato. Acaso sea verdad que llegamos a amar a los libros influidos por algo o alguien. De saber uno el dolor y la envidia, la amargura y las grandes frustraciones que viviría dedicándose a una actividad que no produce dinero en estas islas del trópico y donde hay tanta cizaña provincial, tanto odio parroquial y tanta mezquindad, uno debería elegir la burguesía rampante, el vivir bien y hablar únicamente del último modelo de automóvil o de las delicias en el último Resort. 
Porque si uno es sincero consigo mismo y habita la tierra real y no la que los hombres han llenado de urgencias deslumbrantes, se da cuenta de que el mejor vehículo de todos NO lo inventó el hombre. Es un invento que viene incorporado a cada persona: son los pies y caminando se conserva la vida, algo que no se vende en los supermercados, negocios sofisticados ni boutiques; y la felicidad no está en las alegres playas con más desnudos que arena, sino en esa serenidad del amor más simple... y nos damos cuenta de que el dinero no produce más que un hermoso aburrimiento el cual seguimos envidiando de estúpidos... 
Pero el hombre es insincero y cree que es hermoso todo lo que no tiene y sufre porque anhela siempre lo que no puede tener. Porque usted puede ser Onassis, pero no puede tener a Sócrates mirando el busto de Homero en su pinacoteca porque está en aquella galería y eso lo hace infeliz.
Y usted puede ser García Márquez y haber escrito Cien años de soledad, pero se desgarra porque realmente lo que usted hubiera querido escribir era esa novelita mejicana: Pedro Páramo. 
Entonces, si el hombre desea ser hombre, habitar la tierra real, debe dejar de ansiar. Eso lo saben los orientales tibetanos hace miles de años, que ser feliz es no desear, no actuar, no querer, porque cuando usted o yo hemos sido felices hemos estado en el corazón virgen del aburrimiento más hermoso, nos hemos preguntado: ¿Y esto es la felicidad? 
La persona más tramposa es el artista. Sabe que todo lo que hace no tiene sentido ni le importa al universo. Pero se mantiene haciendo esas cosas inútiles. Útil es la naturaleza cuando hace la zanahoria dorada bajo tierra o al tomate sonrosado sobre ella y luego aquello alimenta criaturas y les da vigor y fuerza. Útil es el panadero que amasa con sudor y harina la saliva del hombre. Pero el escritor no es más que un impostor y lo sabe y vive pavoneándose de ese impudor. No somos más que unos araneros conscientes, hacer literatura es un acto masoquista como todos los actos humanos. 
Me canso de decirle a algunos escritores vanidosos, pagados de sus obras, que sólo hablan de sí mismos, que son farsantes; sobre todo los poetas, porque la poesía no es ciencia ni es cosa alguna que se debe realmente al esfuerzo del hombre; se es poeta y no se sabe por qué. Todo en la poesía es surrealismo auténtico, pero surrealismo inconstante como todo lo auténtico surrealista.



Lo que descubrieron Bretón y sus gentes lo sabía muy bien Rimbaud y lo sabía aquel muchachito infame porque no lo sabía y en eso consiste la ciencia de la poesía. 




Todavía la definición de Lorca gana atención real.


Hablar de uno, de su infancia, de su pubertad llena de sueños pavosos, de su madurez lograda a base de saber que nunca se llega a conocer, que no se es nadie, es un acto de presunción. 
Tal vez esté presumiendo en estas confesiones, pero en verdad siento asco de todos nosotros. Lo único que no me asquea y me sigue maravillando es que ese saco de escrementos y desperdicios que es el hombre pueda hacer algo tan transparente y tan impúdico como la poesía. 


Tal vez, sencillamente, me estoy poniendo viejo".


Manuel Mora Serrano

Santo Domingo, 1º de octubre de 1989

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...