sábado, noviembre 8

Carlos X. sobre Andrés L.


Las palabras perdidas
Debo reconocer que mientras más literarios, filosóficos o líricos sean los artículos, más tiempo discurren por mi memoria. De ahí que el descubrimiento de un escritor en periódicos constituya para mí una celebración del intelecto y un goce estético que se reitera con la lectura de cada una de sus nuevas entregas periodísticas. Tal cosa me sucedió hace unos años con “Las palabras perdidas” de Andrés L. Mateo, libro que recoge una selección de sus columnas publicadas en el Listín Diaro entre 1996-2000.
De los diversos temas tratados por Mateo, destácase la memoria (y el olvido) por su reiteración e importancia. El autor se refiere, preferentemente, a la memoria histórica de los dominicanos, sin desligar de ella su memoria personal. Memoria, historia y lenguaje aparecen unidos de modo indisoluble en sus reflexiones, al punto de que son las palabras y su desoladora ausencia las que motivan el recuerdo o instalan el olvido.
Aunque la valoración general que tiene Mateo de los intelectuales está determinada por el escepticismo, ésta no le impide postular la figura del escritor como defensor de la memoria histórica, como el aguafiestas sempiterno y embarazoso que denuncia el grotesco festín de la desmemoria, la falsificación y el autoengaño organizado sabiamente por el poder.
Para Mateo la pérdida de la memoria histórica es un hecho crucial fomentado por las élites gobernantes.
En “Las palabras perdidas”, la desmemoria histórica es vinculada a la cultura tecnológica y la postmodernidad, la cual se contempla como “la algarabía del olvido”. A pesar de que Mateo hace una ligera mención de Richard Rorty como “el filósofo posmoderno más divertido”, estimo que su concepción y discusión de la postmodernidad es apresurada, somera, esquemática y más que nada, poco filosófica. Este último rasgo se evidencia sobre todo cuando asocia el inicio de la postmodernidad dominicana con la increíble vuelta al poder del Dr. Balaguer a mediados de los ochenta: “Su signo envejecido abre, incluso, en burla y en serio, la posmodernidad”.
En este punto, necesario es señalar que los orígenes intelectuales de la postmodernidad no son nada desdeñables, remontándose a Nietzsche y el nihilismo; añádase a esto la altura de teóricos de la postmodernidad como Vattimo, Hutcheon, Jean François Lyotard y Richard Rorty, entre otros. Podría alegarse en defensa de Mateo el carácter periodístico de su libro, que en ningún momento pretende ser un tratado filosófico. Cierto. Pero resulta curioso e interesante comprobar que esta valoración superficial en torno a la postmodernidad se verifica con excesiva frecuencia entre la intelectualidad hispanoamericana.
En sintonía con sus propias reflexiones, Mateo se construye a sí mismo como un escritor de luenga memoria; en él, el recuerdo es una hermosa usanza (auto)crítica. Nueva vez, repensar y cuestionar la dominicanidad es el propósito primordial de Mateo, que estructura un discurso literario elocuente e intelectualmente incitador.

Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...